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Socialismo científico |
CARLO FRABETTI |
160 págs. |
ISBN-10: 84-96080-92-7
ISBN-13: 978-84-96080-92-8 |
16,85 € |
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Puritanismo de izquierdas
El título es una contradicción in términis, obviamente, puesto que el puritanismo siempre es de derechas, e incluso suele ser el rasgo más ostensible (por no decir ostentoso) de los conservadores. El puritanismo lleva el discurso moral al ámbito de la sexualidad, es decir, de lo privado (más aún, de lo íntimo), y por tanto solo es compatible con el dogmatismo más prepotente e invasor. Sin embargo, algunas personas (y organizaciones) que se dicen de izquierdas asumen de forma inconsciente la moral sexual cristianoburguesa, lo que las lleva a incurrir en contradicciones flagrantes. Por ejemplo, hasta hace bien poco la actitud de muchos supuestos comunistas hacia la homosexualidad era vergonzosa (cuando no criminal), y aunque la situación ha cambiado bastante en los últimos años, la homofobia sigue estando presente en todo el espectro político de la mayoría de los países.
Pero el asunto con respecto al cual se manifiesta de forma más clara la pervivencia del puritanismo en el seno de la izquierda es, en estos momentos, la prostitución. El abolicionismo es incluso la postura oficial de algunas organizaciones que se erigen en defensoras de los derechos de los explotados, lo cual da idea del grado de ofuscación al que se puede llegar en lo relativo a los instintos básicos. Pues la actitud de quienes quieren «redimir» a las trabajadoras sexuales sin contar siquiera con su opinión, no es muy distinta de la de aquellos misioneros que, con la cruz en una mano y la espada en la otra, cristianizaban a los «infieles» a la fuerza. La arrogancia y la prepotencia subyacentes son las mismas: «Yo sé mejor que tú lo que te conviene, y aunque te avasalle y atente contra tu libertad, lo hago por tu bien».
Afortunadamente, con respecto a la sexualidad, y tras más de tres mil años de implacable represión judeocristiana, la pugna dialéctica (metadialéctica) de la dialéctica con el dogma empieza por fin a animarse, sobre todo gracias al feminismo y a los movimientos de liberación de los y las homosexuales. No es casual que sean los colectivos de lesbianas y feministas radicales los que apoyan a las trabajadoras del sexo en sus reivindicaciones, puesto que el enemigo común es el patriarcado, que lleva milenios reprimiendo brutalmente la sexualidad femenina y negándole a la mujer el derecho a decidir sobre su propio cuerpo. Y tampoco es casual que la mayoría de los abolicionistas (o al menos los más estrepitosos) sean hombres.
Es lamentable que una mujer (o un hombre) alquile su cuerpo: tan lamentable como cualquier compraventa de prestaciones que deberían ser espontáneas y gratuitas; pero si las prestaciones sexuales de pago son más o menos lamentables que otras lo tendrán que decidir las personas directamente implicadas, no la Iglesia, ni la izquierda timorata, ni las feministas de salón. Mientras vivamos en un mundo-mercado en el que no tenemos más remedio que alquilar diariamente una parte de nosotros mismos, qué menos que poder decidir qué parte alquilamos sin que vengan a darnos lecciones de moral los puritanos de uno y otro bando. Algunos de los que piden la abolición de la prostitución deberían predicar con el ejemplo dándose de baja de sus prostituidas organizaciones políticas.
El horror a la prostitución tiene también mucho que ver con el mito del amor romántico, que es el mito nuclear de nuestra cultura; un mito que se resiste más que ningún otro al asalto dialéctico de la razón, y que hace que algunos desplacen el «receptáculo de la identidad» de la cabeza al bajo vientre («El cerebro es mi segundo órgano favorito», dice Woody Allen, uno de los máximos exponentes del romanticismo irónico). Si el amor es algo sagrado, la «profanación» mercantilista del ritual amoroso es un sacrilegio, y la prostituta se convierte en una especie de diablesa, a la vez terrible y fascinante (es decir, doblemente terrible).
El poder siempre ha intentado controlar la sexualidad y la procreación, y como el poder (al menos en el periodo histórico) siempre ha sido patriarcal, ha puesto un especial empeño en el sometimiento o en la negación de la sexualidad femenina. Esta es la explicación última del puritanismo y de su paradójica pervivencia en ciertos sectores de la izquierda, que aún no han comprendido que el paternalismo con respecto a las «pobres mujeres indefensas» es una artimaña más del patriarcado opresor; que aún no han comprendido que, por definición, no se puede llevar el discurso moral al terreno de la intimidad (puesto que la intimidad, siempre que haya acuerdo entre quienes la comparten, es el lugar donde los individuos dejan de tener que rendir cuentas a la sociedad); que aún no han comprendido que sin libertad sexual no hay libertad a secas, y que esa libertad incluye, nos guste o no, lo que algunos llaman libertinaje, perversión o pecado.
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El velo y la corbata
(Contra el Imperio, 28 de octubre de 2002)
El velo que las mujeres tienen que llevar obligatoriamente en algunos países islámicos es lamentable, desde luego. Pero aún más lamentable es la actitud de muchos occidentales que se creen superiores o más civilizados porque nuestras mujeres pueden ponerse o quitarse lo que les venga en gana.
Esos necios occidentocéntricos se olvidan de varias cosas. Por ejemplo, de la corbata.
En Occidente, la mayoría de los hombres se ven obligados a llevar corbata en su trabajo y en muchos lugares y situaciones. Y la corbata, amén de antifuncional y ridícula, es tan lamentable como el velo. Es clasista y es, sobre todo, machista: es el estandarte del «señor», que lo distingue tanto de la mujer como del obrero, y, junto con su inseparable chaqueta, constituye el uniforme del macho dominante.
La mujer, cuando se pone «elegante» (es decir, cuando reafirma su estatuto social mediante la indumentaria), tiene innumerables opciones. El varón, solo una: el uniforme. ¿Y quiénes llevan uniforme? Los militares, los policías, los curas... Es decir, las personas cuya pertenencia a un cuerpo o estamento determinado les confiere algún tipo de autoridad; las personas que se definen más por su pertenencia a una clase que por su individualidad.
La corbata es un símbolo (uno de los más relevantes, a pesar de su inofensiva apariencia ornamental) de nuestra cultura patriarcal y clasista. La corbata es vanidosamente reaccionaria, chillonamente falocrática.
Desconfiemos de los que la eligen. Y combatamos a los que la imponen: no son mejores que quienes obligan a llevar velo o cuelgan crucifijos en las aulas donde los niños deberían aprender a pensar.
Otro día podríamos hablar de los zapatos de tacón...
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