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Alta velocidad. Nueva narrativa portuguesa
| | VV AA | | Editora
literaria: Karmele Setien | | 192 págs.
| | Traducción: Tamara Gil y Karmele
Setien | | ISBN 84-96080-28-5 |
| 15.50 € | |  |
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La conquista suprema Paulo
Moreiras Traducción de Karmele Setien
SIEMPRE
ME HA divertido mirar a los niños que corren detrás de las palomas,
allí en el Rossio. Es como si corriesen detrás de un sueño
y, sin saberlo, fueran ganando confianza en sus primeros pasos. También
yo venía todos los días a correr detrás de mis palomas, mejor
dicho, detrás de mis palomitas. Correr es una forma de expresarme, pues
prefería esperarlas sentado, hasta que poco a poco se iban posando en el
suelo. Debían de ser las diez, igual que todas aquellas mañanas,
y acababa de llegar del gimnasio. Lo mismo que de una hora y media de ejercicio,
tampoco me privaba de un suculento y nutritivo desayuno en la Pastelaria Suiça.
Y ellos ya sabían cuál era mi menú predilecto: una ensalada
de espárragos y alcaparras, un yogur desnatado, un zumo de cereales y medio
melón, rematado con un magnífico café con espuma y canela;
lo suficientemente afrodisíaco como para dejarme de buen humor el resto
del día. De ese ritual matutino también formaban parte el periódico
y la consulta a los anuncios clasificados. En aquellos tiempos me gustaba conocer
las maniobras de mi competencia, si ya habían ideado otras estrategias
o cambiado de palabrería, es decir, si habían conseguido un nuevo
eslogan, pues en aquel negocio el marketing era una herramienta indispensable.
Entre el yogur y el melón me di cuenta de que todo estaba en calma, como
todos los días. No había ningún gallo nuevo en el gallinero,
y los que andaban por allí seguían cantando igual. Recuerdo que
me quedé más tranquilo. Poco después llegaba Pirrocho,
el limpiabotas; esa era otra cosa de la que no me privaba ningún día:
que me limpiasen los bellos zapatitos Made in Portugal pero con diseño
italiano. A ellas les gustaban. Entre una cepillada y otra fuimos intercambiando
un poco de prosa. Formaba parte de la estrategia. Pirrocho era un tipo que
tenía su gracia, típicamente lisboeta, un picarón callejero,
alto, lo suficiente, flaco de darle al tarro y con una perilla bajo el labio que
le acentuaba esa labia que exhibía con gran maestría ante las turistas
perdidas por la Baixa. Pirrocho era un diletante por los cuatro costados. Por
lo poco que sabía de él, había sido taxista, después
fue barbero y ahora andaba plastificando documentos y limpiando zapatos.
Una cosa era cierta: estaba muy acostumbrado a escuchar y, sobre todo, a
pasar después el mensaje, que era lo que a mí me interesaba, sin
añadirle ni una coma. De lo que no se privaba era del comentario mordaz,
pero eso ayudaba a comprender mejor el escenario. Como siempre le daba buenas
propinas, Pirrocho me tenía al tanto de las novedades que corrían
por la ciudad, principalmente de aquellas que interesaban a mi negocio. Según
él no había novedades, estaba todo muy tranquilo, extrañamente
tranquilo. Esto anda con una calma de muerte, señor Pascoal,
hasta asusta... soltaba Pirrocho mientras me retiraba las guardas de los
zapatos. Había terminado. ¿Sabes, Pirrocho?, afortunadamente
yo siempre tengo trabajo: el amor es como la muerte, a todos nos toca. Pirrocho
asintió, con la mano extendida, mientras le depositaba sus merecidos honorarios.
Terminó de meter las herramientas en la caja y se despidió afectuosamente:
¡Hasta mañana, camarada! Es algo que nunca he entendido,
eso de camarada. Quizá sea un residuo de su actividad de taxista. En cualquier
caso, ya era hora de ir al trabajo. Pero apuesto a que mi amable lector siente
curiosidad. Quiere que se le cuente todo. Claro. Aquí sigue el hilo de
la historia. En aquel tiempo tenía un negocio muy peculiar: hacer felices
a ciertas personas, por un instante, por breves instantes, dependiendo del contrato.
Mi negocio consistía en hacer felices a ciertas mujeres. Aparecía
en sus vidas, les daba cierto colorido, y después de cumplir la misión
quedaba disponible para otra clienta. Todo sin grandes complicaciones ni lloriqueos.
No es que fuera muy rentable, pero me hacía feliz, inmensamente feliz.
Y para mí todo eran beneficios, como más tarde tuve ocasión
de constatar. A estas alturas el amable lector estará pensando: «Este
tipo está aquí alardeando, pero ¡no es más que un gigolò!».
Que no se precipite. No es oro todo lo que reluce, y en mi negocio nada era lo
que parecía. Lo que confería particularidad a mi empresa era
el objeto en sí, el alma del negocio: las mujeres feas. Sí, he dicho
bien, las mujeres feas. Siempre me han fascinado las feas, aquellas a quien nadie
quiere, a quienes se vaticina una vida miserable y solitaria. Se trata de una
atracción desmedida e inaudita que no me explico. Me hierve la sangre.
Me transciende. Quizá en una vida anterior mi destino fuera el opuesto.
No sé. Solo sé que soy feliz, y eso me basta. Siempre he sido
así, lo recuerdo. Hasta en mi infancia sentía una inclinación
notable por aquellas tías mías feas, como las que hay en todas las
familias, aquellas solteronas picadas de viruela, con un desagradable bigote,
gafotas y hasta andrajosas a las que nadie se acercaba o que ni siquiera habían
invitado. Aparecían apenas con ocasión de una boda, de un bautizo
o un funeral. No sé por qué, pero ellas también correspondían
a mi dedicación haciéndome regalos maravillosos que dejaban a todos
mis primos muertos de envidia. Pero, créalo, amable lector, nunca lo hice
por interés, nunca. Me sentía profundamente atraído por ellas,
por su soledad y por el amor que llevaban dentro. Fue en la escuela donde
me di cuenta del foso que se creaba alrededor de las chicas feas. Nadie quería
estar en su compañía, a no ser otras chicas feas, y nadie quería
ligar con ellas. Entonces me supe llamado para esta misión. Mis novias
siempre fueron feas y todos se mofaban de mí, pero nunca les hice ni pizca
de caso. Tanto ellas como yo nos sentíamos inmensamente felices. Y así
fui ganando confianza en mí mismo, en mis atributos, que es como tener
medio camino andado hacia la felicidad. Comencé a educarme y a cultivarme
a través de lecturas y me dediqué al estudio de la psicología
humana para planear mejor mis estrategias. Al llegar a la universidad opté
por hacer Filosofía, una locura, y allí conocí a unas cuantas
chicas feas más. No tenía tiempo para estudiar, las solicitudes
eran tantas que acabé por abandonar la carrera. Entretanto, mis padres,
que nunca habían entendido esa disposición natural mía hacia
las mujeres feas, y en virtud de los malos resultados académicos, me
cerraron el grifo de la paga mensual, dejándome así en la contingencia
de buscar otra fuente de rendimiento y sustento. Después de saltar de trabajo
en trabajo, y de encontrarme sólo con mujeres guapas, decidí abrir
este negocio. Era una consecuencia natural de mis inclinaciones, además
de que me garantizaría una supervivencia estable y saludable, y seguiría
siendo feliz. ¿Qué más podía desear? Siempre me
consideré un hombre atractivo, sin grandes vanidades pero con presencia,
seductor, un buen conversador con una sólida cultura general. Y, por encima
de todo, sabía escuchar, cosa que ellas adoraban. En mi vida las mujeres
guapas eran un tormento, no solo porque no me dejaban en paz sino porque me asediaban
constantemente con invitaciones atrevidas. A pesar de todo, les faltaba algo,
aquella chispa que despertaba en mí la pasión y el amor. Es verdad
que mi actividad es efímera, pero así es como me siento mejor, haciendo
feliz al mayor número posible de mujeres. La Isla del Tesoro, así
se llamaba mi empresa, estaba en Lisboa, en la Travessa do Fala Só, en
un primer piso, muy cerca del ascensor de Glória. A veces, cuando estaba
en el despacho harto de ordenar papeles, aprovechaba para bajar a Restauradores
o ir a las Portas de Santo Antão para tomarme un licor de guindas. Una
pausa que con frecuencia acababa con un nuevo encuentro. Porque este negocio no
es nada fácil. Muchas clientas se sentían inhibidas y no se atrevían
a entrar en el edificio y subir a la oficina, por vergüenza de que las viesen
e hicieran comentarios. Pero para eso también tenía solución.
De vez en cuando iba hasta el balcón, fingiendo descansar, y de un vistazo
me daba cuenta si pajareaba por allí alguna indecisa. Se reconocen fácilmente.
Entonces, bajaba a tomarme un licor de guindas. Para ellas era más fácil
abordarme en la calle, como transeúntes perdidos que preguntaran pidiendo
información. Ya había establecido muchos contratos así, en
plena calle. Máximas discreción y confianza. No me preocupaba
mucho de averiguar si, en aquel tiempo, los vecinos sabían lo que hacía.
Pero vaya si les intrigaba aquella Isla del Tesoro, eso sí. «Importación
y exportación» era lo que les decía, y con eso los dejaba
callados, con aquellas caras de paletos desconfiados. Aquel día, cuando
llegué a la oficina me encontré el buzón lleno, como todos
los días. «Más material para leer y archivar », pensé;
en esto perdía mañanas enteras. Pero valía la pena. No despreciar
nunca un contacto. El archivo es fundamental. Abrí la ventana, y el
tranvía de Glória acababa de pasar, con sus chirridos de hierro
viejo. Encendí el ordenador, y, en eso, una gran explosión sacudió
todo el edificio. Los armarios cayeron al suelo de la oficina con gran estruendo
y yo, que acababa de sentarme, fui proyectado contra la pared junto con mi silla.
Los cristales de los cuadros de las paredes estallaron. Aquello parecía
el fin del mundo o el inicio de una guerra. En medio de toda esa confusión
creo que me di un golpe en la cabeza contra la pared, lo que me provocó
mucho dolor y mareo. A lo lejos se oían gritos y cosas que aún
se caían. Toda mi oficina estaba destrozada, el edificio envuelto en una
gran nube de polvo que entró de repente por la ventana abierta, ensuciándolo
todo a mi alrededor. Poco después, toda aquella agitación pareció
amainar. Me levanté apesadumbrado y me pasé la mano por la nuca.
Se me mancharon los dedos de sangre. Pero ¿qué mierda
ha sido eso? Me dirigí al cuarto de baño para lavarme la herida
e intentar descubrir la gravedad de la contusión. Mientras me estaba lavando,
alguien entró en la oficina y preguntó por mí. Ya
voy, un momento. Pero ¿quién sería? Quizá los
bomberos o alguno de mis vecinos cotillas queriendo sacar tajada. Terminé
de lavarme y, aún no del todo repuesto de aquella confusión, salí
con la toalla en la mano. Y cuál no sería mi sorpresa cuando
llegué a la sala y una señora de bello porte y muy bien vestida
me esperaba. ¿El señor Pascoal Benevides? preguntó
con una voz terrible, como cavernosa. Quería hablar con usted.
Mi amable lector no se lo va a creer. Tenía delante de mí a la mujer
más fea que había visto en mi vida. Señores, qué cosa
tan fea. Y entonces, en un relámpago de lucidez, comprendí aquella
hierofanía. Estaba delante de la mujer más fea del mundo, esa que
siempre había querido conocer. El desafío supremo que siempre había
anhelado. Como comprenderán, todos los oficios tienen sus grandes objetivos,
y, para mí, la mujer más fea del mundo era uno de ellos. Debí
de quedarme un poco impresionado con la aparición, porque la señora
me bajó a la realidad, rescatándome de mis más ardientes
deseos. Me gustaría mucho hablar con usted, si no es molestia.
Desde luego. Me apresuré a tratar de conseguirle una silla, pero
la oficina estaba completamente en ruinas. Con esta maravillosa aparición
hasta me había olvidado de lo sucedido. Solo me preocupaba aquella señora.
Disculpe el desorden, pero no sé lo que ha sucedido. Traté
de limpiar el polvo de la silla y de la mesa para proporcionarle la mayor comodidad
posible. La señora resultó ser de una distinguida elegancia y tener
una educación exquisita, no le molestaba aquel desastre. Un ligero temblor
de manos denotaba cierto nerviosismo. No se preocupe, estoy bien.
Cuando finalmente me senté, ella dijo de improviso: Quiero que
me haga feliz. Mis ojos brillaron de alegría. En aquel momento, eso
era exactamente lo que quería oír. Para eso estoy aquí.
Soy una mujer solitaria e infeliz y, como puede ver, no soy propiamente
un modelo de mujer, y en el mundo de hoy no es fácil ser feo. No
se aflija, olvide que está en este mundo, aquí las reglas son
otras. Pero hay otra cosa que debe saber la señora comenzó
a sollozar y del pequeño bolso que llevaba colgado al hombro sacó
un pañuelo, intentando retener alguna lágrima furtiva. Nunca
he conseguido mantener una relación durante mucho tiempo. Es algo trágico...
Paró para limpiarse nuevamente los ojos y entonces pude fijarme en sus
manos. Eran finas, blanquecinas y esqueléticas. Las ligeras manchas castañas
que las salpicaban les daban un poco de color. Tenía las uñas muy
bien arregladas, puntiagudas, como si le gustase arañar al compañero
en sus juegos de seducción. ¡Todos se mueren! Una tragedia.
Ya no sé que hacer, estoy desesperada. Ante este nuevo dato me quedé
pensativo. Tenía ante mí un caso extrañísimo, y, sin
embargo, aquella iba a ser mi conquista suprema. Se daban todas las condiciones
para que así fuera, y mi cuerpo hervía ya loco de emoción
y de excitación. Si hubiese sabido... No sé qué
fatalidad me persigue, pero conmigo nunca nadie ha sobrevivido volvió
a limpiarse cuidadosamente la cara. No piense que soy una loca o una asesina,
nada de eso, es mi karma... Comprendo, comprendo. No quería
que aceptase este caso sin conocer esa fatalidad de mi vida. Lo único que
pido es un poco de felicidad. Había escuchado lo suficiente, y además
la muerte es siempre un desafío. La señora me había convencido.
Acepto su caso, la felicidad es algo en lo que siempre debemos creer.
El amable lector comprenderá que interrumpa aquí mi narración.
La confidencialidad es una garantía y una exigencia de mi trabajo. Por
otro lado, no me conviene tampoco revelar las estrategias de las que me serví
para lidiar con este curioso caso. El secreto es el alma del negocio. Lo cierto
es que los siguientes fueron días de amor, cariño y felicidad. Puse
en práctica todo mi saber y toda mi experiencia, y, no sé por qué
extraño azar, nuestra relación se desarrolló a las mil maravillas.
La funesta fatalidad que la acompañaba no se manifestó. Éramos
el uno para el otro, en unión, en comunión, en armonía.
Cierto día ella se me acercó con la ternura que la caracterizaba
y me dijo: ¿Sabes?, tengo que decirte una cosa la forma
coloquial con la que empezó la conversación me picó la curiosidad.
Gracias, Pascoal. La felicidad era para mí algo desconocido, por primera
vez en la vida he sido feliz, es un sentimiento extraño. Son
cosas que pasan. Pero ha llegado la hora de que te vayas. ¿Qué
quieres decir? Nada, solo que te voy a dejar vivir. ¿Qué?
Hasta la próxima, volveremos a encontrarnos... Nada de aquello
tenía sentido. Sólo después, cuando me desperté en
el hospital, comprendí lo que verdaderamente había sucedido. Los
que me rodeaban, los médicos, saltaban de alegría. Afortunadamente
había salido del coma. Hoy me divierto escribiendo historias y mirando
a los niños correr detrás de las palomas, como si corriesen detrás
de un sueño, detrás de la vida. Igual que yo. |