Según la comprensión del mundo de los científicos victorianos, todo el grupo homínido habría partido de un común estado primigenio de barbarie —un estado que se suponía semejante al representado por numerosas poblaciones contemporáneas de las colonias—. Sin embargo, sólo el hombre blanco habría podido evolucionar —física e intelectualmente— hasta el máximo grado dentro del grupo. El análisis hermenéutico de los textos antropológicos finiseculares revela que, aunque la evolución diferencial de las razas se explicó en un lenguaje enteramente biológico, técnica y formalmente intachable de acuerdo a los estándares científicos de la época, el significado de este mismo lenguaje técnico, pretendidamente enunciativo, descriptivo y neutral, podía amplificarse simbólicamente en un sinfín de connotaciones ideológicas claramente asociadas a intereses superracionales (esto es, económicos, de poder, emocionales...) de la burguesía capitalista blanca, clase a la cual pertenecían en su inmensa mayoría los propios científicos de la época. En mucho mayor grado que el famoso darwinismo social, y de una forma mucho más precisa, más exacta (en términos cuantitativos), que la propia Etnología, fueron la Antropometría y la Biología evolutiva ortodoxa las principales encargadas de fundamentar, entre las sociedades burguesas, la idea de las desigualdades raciales. En resumen, las ciencias biológicas aplicadas a nuestra especie conformaron el más sólido fundamento, en términos intelectuales, para la legitimación simbólica de la dominación imperialista occidental. La Biología, una de las ciencias naturales duras, había desentrañado las «causas naturales de la extinción de las razas», siguiendo las hipótesis de competencia intergrupal y selección natural desarrolladas por el modelo darwiniano. Así pues, fue la taxonomía biológica, en mayor grado que la Etnología, la encargada de relegar a los pueblos no europeos al rango de semianimales biológicamente inferiores al caucásico, delverdadero hombre por antonomasia. El Homo europaeus albescens linneano, ese mismo «hombre» que había construido el sistema social de las grandes potencias imperialistas finiseculares, y que enseguida llevaría al planeta a su primera guerra mundial a través de la competición por la depredación del mundo, había creado a su vez complejos sistemas de pensamiento científico que demostraban la absoluta coherencia científica del orden social global que había impuesto en el planeta gracias a su superior tecnología militar. La Biología señalaba la práctica identidad estructural del orden geopolítico imperialista con el orden, pretendidamente eterno, de las jerarquías biológicas raciales. Para lograr creer en sí mismo como el verdadero pináculo de la perfección y la racionalidad humanas, por encima de todos los demás pueblos del planeta, el «hombre blanco de Occidente», a la vez que inventaba la ametralladora, las armas automáticas y descubría las ventajas de la artillería ligera para la explotación interior de los continentes, se vio forzado a construir sus racionales modelos de Antropología biológica sobre un marco conceptual absolutamente delirante. Una de las tareas más importantes de la Antropología histórica del conocimiento debería ser el estudio en profundidad de tales delirios colectivos, asumidos de forma repetitiva en nuestras cultas sociedades donde, como Goya sabía bien —y junto a otros efectos verdaderamente maravillosos—, el sueño de la Razón también produce monstruos...
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