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Tornados |
JESÚS TORRECILLA | 200
págs. | ISBN 84-89618-21-6 | 1950
pts. 11,71 Eur. | |  |
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Cuando salió del agua, Ray miró
las colinas de Malibu a lo lejos entre los soportes de madera del muelle. Sólo
los jardines de algunas casas diseminadas en las alturas añadían
un poco de vida a la tierra requemada y seca de las laderas. Había sido
un invierno sin lluvias, como los tres o cuatro anteriores, y según los
pronósticos la sequía se prolongaría durante la próxima
primavera. Ultimamente no llovía demasiado. Sobre la parte inferior de
los postes de madera medraban las colonias de algas y de mejillones. La estructura
entera, con sus pilares adentrándose en el mar y continuamente batidos
por las olas y sus edificios de rótulos borrosos y ventanas cegadas, parecía
haber comenzado a resquebrajarse. Antes había habido un restaurante en
la entrada desde el que podían verse las puestas del sol en el océano,
pero hacía unos años que los dueños habían clausurado
el negocio y poco a poco había comenzado a presentar todo un aspecto decrépito
y abandonado. Un grupo de jóvenes
jugaba al voleibol en la arena. Ray había estado nadando en la parte más
tranquila de la playa durante un buen rato, dando brazadas sin descanso hasta
mucho más allá de la línea que formaban los últimos
surfistas, y ahora, mientras caminaba lentamente por la arena mojada a la que
todavía llegaba la espuma de las olas, experimentaba una agradable sensación
de fuerza. Permaneció al sol de pie unos minutos para secarse, se puso
la ropa y se acercó a un bar al borde de la carretera a tomar una cerveza.
Hacía un buen día, seco y despejado. Cuando subió al auto
y tomó la Pacific Highway hacia el sur, se pasó la lengua por el
borde de los labios y comprobó que todavía le duraba el sabor salado
del agua. Le gustaba sentir el sabor salado del agua en los labios. Cruzó
Topanga Beach y Sunset Boulevard y subió por la rampa de Santa Mónica
hacia Ocean Avenue, pero al llegar al cruce de Olympic, dio la vuelta y se dirigió
de nuevo hacia la uno. Podía reflexionar mejor mientras manejaba. La velocidad
parecía desenredarle los pensamientos y colocarlos sobre una línea
recta, individualizados y nítidos. Torció a la derecha en Topanga
Canyon y continuó veinte minutos hacia el norte; después tomó
una desviación a la izquierda y se adentró por un pequeño
camino que terminaba en una enorme mansión aislada rodeada de terreno y
de árboles, en medio de las montañas. Se sabía bien ese camino.
En los últimos meses lo había hecho casi todos los días.
Un poco antes de llegar a la puerta de
entrada, justo cuando la ventana delantera del auto se alineaba con unas piedras
que alguien había amontonado en la parte izquierda del camino, pulsó
el botón del mando a distancia y redujo la velocidad al mínimo.
Había comprobado que si pulsaba el botón en ese preciso momento
le daba el tiempo justo para que la verja comenzara a abrirse y dejara espacio
suficiente para poder entrar sin tener que usar los frenos. Desde que había
vuelto de Kuwait, de esa guerra en la que se había pasado seis meses y
de la que prefería no hacer comentarios, se había convertido en
un maniático de la exactitud y del cálculo. Pero esta vez siguió
avanzando por el camino y la verja no se abrió. Frenó, un poco fastidiado,
pensando que tal vez no hubiera orientado bien el mando, lo desenganchó
de la visera y volvió a apretar el botón repetidas veces con el
brazo cada vez más extendido hacia la puerta, pero la verja siguió
sin abrirse. Algún estúpido mecanismo debía haberse averiado.
Retrocedió unos pies y volvió a avanzar el auto hasta situarlo al
lado del audífono. Poco después contestó una voz masculina.
Hello?
Hola,
Rick, ¿puedes abrirme, por favor? No funciona el mando a distancia. No
soy Rick, señor. Mi nombre es George. Okay,
¿puedes decirle a Rick que se ponga, por favor? Un
momento, señor Ray
escuchó la voz de George a lo lejos, preguntándole a alguien. Tenía
un acento del sur, probablemente de Texas .
Perdone, señor; debe de haber una confusión. Aquí no vive
nadie con ese nombre. Ray comenzaba a
impacientarse: ¿Cómo
que no? Rick. Rick, el guardia de seguridad. Ya
le dije que debe ser una confusión. El guardia de seguridad soy yo. Ray
reconoció la verja y el cuadrado de cerámica azul y verde en la
parte derecha de la valla: La Estrella Ranch. Por un momento temió haberse
equivocado, aunque pensándolo bien era prácticamente imposible.
Había venido cientos de veces y no había otra casa en varias millas
a la redonda. ¿Qué
pasó con Rick? No
lo sé, señor; ya le dije que no conozco a nadie con ese nombre;
quiero decir aquí, en la casa. Era
extraño. Hacía tres días tan sólo que había
salido con él a tomar unos tragos: el lunes por la noche, después
de la discusión con Patti. Rick era amigo suyo y tenían un buen
número de amigos comunes. Más amigas que amigos. Está
bien, George ¿puedes abrirme, por favor? Parece que se ha averiado el mecanismo
de la verja. Soy un amigo de Patti. ¿Se
refiere a la señora Loreal? Ray
subió un poco la voz: Sí,
eso es, de la señora Loreal. ¿Puede
darme su nombre, por favor? Ray.
Hizo un breve
silencio y añadió :
Ray Novoa. No
quería esperar a que le pidiera el nombre completo. Un
momento, señor. Tal vez Rick estuviera
enfermo, pero era raro que hubieran llamado para sustituirlo a este tipo que parecía
un poco lento de reflejos. En circunstancias normales habrían avisado a
Todd o a Carlos o a cualquiera de los amigos de Rick. Todos ellos eran inteligentes
y de confianza y, que él supiera, nunca habían causado problemas.
Era extraño. Tendría que preguntarle a Patti. Antes
de preguntarle, por supuesto, debería quedarse escuchando música
por la casa o se sentaría al lado de la piscina sin hablar demasiado hasta
que las cosas volvieran a normalizarse. A veces solía también acomodarse
frente al televisor y poner alguno de los vídeos que tenía grabados
del Discovery Channel. Cacerías sangrientas y carentes de cualquier noción
elemental de compasión o de justicia, animales comiéndose unos a
otros mientras las víctimas bramaban en el suelo y forcejeaban por escapar
con los ojos perdidos, peleas de osos y de arañas y de todo tipo de animales,
grandes y pequeños. Los combates de boxeo no le gustaban tanto. Eran menos
violentos. Prefería los documentales de National Geographic. Peleas crueles,
absolutamente naturales, que le dejaban una sensación incómoda.
Los animales atacaban y se defendían y esquivaban los golpes, hasta que
uno comenzaba a perder fuerza o confianza, y caía al suelo o se alejaba
corriendo. A Ray le fascinaba observar la mirada neutra de los contrincantes una
y otra vez, como si en el mismo carácter impersonal de su expresión
se encontraran las claves de un secreto complicado y recóndito cuya lógica
se le escapaba. Después de un rato,
por lo general, el hielo comenzaba a derretirse. Todo sucedía de la manera
más natural. No hacía falta que ninguno de los dos se rebajara con
peticiones de perdón ni con actitudes forzadas que a la larga sólo
causaban resentimiento. Alguna broma, algún doble sentido, una mano que
se demoraba en alguna parte del cuerpo... Mientras
aguardaba a que regresara George, Ray contempló la entrada principal de
la casa enmarcada en piedra labrada. Siempre le había encontrado un cierto
parecido con la portada de una misión de Texas cerca de San Antonio, por
el aspecto sencillo de las columnas a los lados y por el dibujo simple, casi ingenuo,
que las recorría de arriba abajo. Pero a diferencia de la misión,
ésta tenía una puerta de cristal blindado. Era una puerta enorme
y transparente que a pesar de su peso se abría casi sin esfuerzo. Una brisa
apenas perceptible hacía oscilar pesadamente las palmeras sobre los capiteles
de las columnas y en el arranque de la escalera destacaba el globo deslumbrante
de las farolas. En el centro del patio, una fuente de piedra de estilo colonial
y a su izquierda el Porsche rojo de Patti. Detrás de ella, casi oculto
por el brocal de la pila, un Mercedes negro descapotable. La vista del auto le
hizo pensar en la escena de tres noches atrás, cuando tuvo una discusión
con su propietario con algunos golpes incluidos y Patti le pidió que saliera
de la casa. El tipo ni le había rozado, pero al parecer era de los que
no escarmentaban. Habría que darle otra advertencia. Patti se enojaba mucho
cuando sucedían escenas así y le gritaba que era un salvaje y que
no quería volver a verlo, pero Ray tenía comprobado que cuando se
le pasaba el enfado se ponía más dulce que de costumbre. Algunos
de sus mejores momentos habían tenido lugar precisamente en esas reconciliaciones.
Señor.
Sí.
Señor
Novoa. Este George necesitaba todo por
duplicado. Sí,
sí. Lo
siento, señor Novoa, pero me ha dicho la señora Loreal que no le
abra. ¿Cómo?
Que
no le abra. Eso es lo que me ha dicho. Ray
estaba cansado de esperar: Escucha,
George, ¿puedes decirle a la señora Loreal que quiero hablar con ella?
Es muy importante. No
le cabía en la cabeza que Patti estuviera decidida a dejarle en la puerta.
Seguramente querría hacerse rogar un poco, pero la broma empezaba a resultarle
un poco pesada. Por supuesto que habían tenido muchos enfados y habían
discutido y se habían insultado y gritado, e incluso en alguna ocasión
habían llegado a golpearse, pero una vez que se pasaba la tormenta y él
decidía volver, ahí acababa todo. Patti nunca se había andado
con este tipo de juegos. Un
momento, señor. Recordaba perfectamente
la primera vez que vinieron a ver la casa, pocos meses después de que a
ella le concedieran el óscar. El agente de la compañía inmobiliaria
les había dado un recorrido por la propiedad y Patti se había entusiasmado
desde el principio con el bosque de columnas que se levantaban a lo largo y a
lo ancho del edificio principal y con la enorme extensión de árboles
y de pasto que lo rodeaban. A Ray, en cambio, le había dado la impresión
en ocasiones de encontrarse frente a un decorado anacrónico de película
sobre la guerra civil americana. La mayoría de los dormitorios daban a
un jardín en el que se encontraba una piscina, y decenas de columnas enmarcaban
y distribuían el espacio destinado al recibidor y a los salones. Alrededor
de la piscina, otra extensa hilera de pilastras formaba una especie de claustro
semicircular inmaculadamente blanco. Ésa
era una de las características de la casa. Columnas por todas partes. Columnas
blancas y altísimas que daban a la mansión un cierto aire de templo
griego o de museo neoclásico. Ray hubiera preferido un sitio más
cerca del mar, pero Patti quería disponer de espacio suficiente para jugar
al golf y montar a caballo y cerca de la costa era prácticamente imposible
conseguir un terreno con esas características. A fin de cuentas decidió
ella, porque era la que tenía el dinero. Antes no acostumbraba a ser así,
pero el óscar había cambiado muchas cosas. Patti había comenzado
a recibir contratos millonarios y ofertas de entrevistas en programas de televisión
de gran audiencia, y a salir en las portadas de las revistas y a firmar autógrafos
por la calle y a recibir invitaciones continuas a fiestas de gente famosa. No
es que a Ray le disgustara la popularidad de su amiga, pero para qué negar
que había cambiado las cosas. Al principio la había acompañado
a algunos acontecimientos importantes, disfrazándose con trajes de etiqueta
y pajaritas de diversos colores y quedándose a su lado mientras ella contestaba
a las preguntas de los periodistas, pero no tardó en dejarla sola e irse
por su cuenta. Le aburría ese ambiente de sonrisas plastificadas y tetas
de silicona. Cuando a Patti le llegaron noticias de que le habían visto
en tal hotel o en tal club nocturno en compañía femenina en situaciones
más o menos comprometidas, habían tenido algunas escenas violentas
con insultos y portazos que habían terminado siempre solucionándose
de la manera acostumbrada. A las noticias que aparecían en la prensa sensacionalista
sobre noviazgos y aventuras de Patti con algunos de sus compañeros de rodaje,
Ray no les dio mayor importancia. Sabía positivamente que la mayoría
de los presuntos implicados no se enloquecían precisamente por las faldas.
Señor
Novoa. Sí.
Dice
la señora Loreal que no puede hablar con usted en este momento. Está
tomando el sol en la piscina. Dammit.
Se la imaginó
tumbada en el flotador, con el pelo rubio recogido sobre la nuca, y a su lado
un vaso de Perrier muy frío.
¿Qué pasa con Patti? ¿No va a haber manera de entrar en esta maldita casa?
Contempló
el chorro de la fuente elevándose ligeramente sobre el pomo de piedra,
y la grama verde, muy cuidada y de un verde muy intenso, extendiéndose
a lo lejos entre los robles. El agua de los aspersores giraba incansablemente
y se quedaba por unos instantes irisando el aire. En primer plano, los parterres
de azaleas y de dalias rodeaban los troncos de las palmeras. Luego volvió
la vista al campo fuera del cercado y observó los arbustos secos y el pasto
requemado sobre la tierra ocre. Los últimos cuatro años habían
sido muy secos. Parecía como si cualquier intento de vida estuviera condenado
allí de antemano a una lucha desigual contra elementos hostiles. La valla
marcaba una caprichosa separación entre los dos mundos. Cercaba toda la
propiedad y estaba pintada inmaculadamente de blanco. Debía medir varias
millas. Escucha,
George, ¿por qué no abres de una vez la maldita puerta y me dejas pasar?
La
señora Loreal... Sí,
ya sé; la señora Loreal te dijo que no abrieras. No
puedo abrirle la puerta, señor. Por
favor, George. No
puedo, señor. Lo siento. Está
bien. Dile a la señora Loreal que no me iré hasta que hable con
ella. En el otro extremo de la línea
no hubo contestación. ¿Vas
a decírselo, George? Un
momento, señor. Se oía el
cantar de los pájaros en los árboles del rancho y el ruido del chorro
de agua sobre la piedra. Ray cerró los ojos y esperó. No quería
seguir mirando. Se esforzó por concentrarse en los sonidos que salían
de la parte de dentro del vallado. Señor
Novoa. Sí,
George. La voz
comenzaba a sonarle familiar. Casi se le figuró que era la de un viejo
amigo. Dice
la señora Loreal que puede esperar si quiere. ¿Va
a venir? No
lo sé, señor. De eso no me ha dicho nada. Great.
Tenía
que entrar, como fuera. Si encontraba al del Mercedes con las manos encima de
Patti, lo mataba. Salió del auto y se aproximó a la verja. Escucha,
George, voy a saltar la verja. Levantó
las manos. No
tengo armas. No
lo haga, señor. Tendría que dispararle. Ray
comprendió que hablaba en serio. Volvió al auto y sacó la
pistola de la guantera. Era una Smith & Wesson de precisión que se había
comprado tres meses atrás. Apuntó a la cámara que enfocaba
a la parte derecha de la valla y disparó. Se escuchó un ruido de
cristales rotos. Después hizo lo mismo con la cámara que enfocaba
a la parte izquierda de la valla. Sabía que George le estaba mirando. Apuntó
a la cámara que tenía enfrente y disparó de nuevo. Casi simultáneamente
se escuchó otra detonación. Desde su posición en el suelo,
fuera del ángulo de tiro de George, Ray observó que el auto se movía,
pero no le dio importancia. No era el auto lo que en ese momento le interesaba.
La valla tenía como cinco pies
de altura. Ray comenzó a avanzar agachado por la parte izquierda de la
puerta, contando los pasos. Sabía que donde empezaba la piscina era donde
había una distancia menor que recorrer entre el muro y la casa. Si sus
cálculos no fallaban debería saltar entre los ochenta y los ochenta
y cinco pasos. Al llegar a los ochenta, se colocó la pistola en la cintura
del pantalón, afirmándola bien para que no se cayera, midió
la distancia cuidadosamente para no fallar, y después, afianzando las manos
en la parte de arriba de la pared, dio un impulso y saltó hacia el otro
lado. Nada más caer se dispuso a salir corriendo hacia la casa, pero en
ese mismo momento sintió un golpe en el muslo izquierdo, como si un objeto
afilado le hubiera rozado la piel. La voz de George se oyó a lo lejos.
No
siga, señor. No me obligue a matarlo. Miró
hacia arriba. George se había subido a la terraza y le apuntaba con un
rifle de mirilla telescópica. No podía dejar que le cazara como
a un conejo. Vio las columnas y las mesas alrededor de la piscina. Sobre el agua
se balanceaban dos flotadores. Dio un impulso de nuevo y volvió a saltar
hacia la parte de fuera. La bala le había roto el pantalón, pero
apenas si le había rozado la piel. No parecía nada de importancia.
Sacó un kleenex del bolsillo e intentó contener la sangre. Este
George era más inteligente de lo que parecía. No se había
dejado sorprender. Claro, que también es cierto que tenía todo a
su favor. Pero era un buen tirador, para qué discutirlo; un mal tirador
le habría matado. El rifle le había parecido un Remington M 700
o un Winchester M 70, no había podido verlo bien. Con un arma así
también él se atrevía a poner a raya al más valiente,
pero desgraciadamente lo único que llevaba era una Smith & Wesson. Y no
es que fuera una mala pistola. En absoluto, todo lo contrario; pero nada que hacer
con el Remington. Tampoco había visto si había alguien en la piscina.
Los flotadores le parecieron vacíos. Estaba aguzando el oído, intentando
captar alguna palabra que viniera de dentro, cuando le llegó la voz de
Patti. ¿Estás
bien, Ray? Se la imaginó balanceándose
en el agua. Estupendamente.
Casi me mata el tipo ese que contrataste. ¿Qué pasó con Rick? Querías
entrar a la casa, ¿no? Quería
hablar contigo. Ahora
puedes hablar. ¿Qué
pasó con Rick? Lo
despedí. Me cansé de tanta salida nocturna. Ya te lo advertí
la última vez. No me gusta que me pongan en ridículo. ¿Por
qué no me dejas entrar para que te explique? Puedes
explicármelo desde ahí. Ray
pensó en el del Mercedes y sintió que le volvía toda la rabia.
Es
por ese baboso, ¿no? ¿Está contigo? Déjame entrar, que le tengo
que decir unas palabras. Puso
las manos de nuevo encima de la valla y se dispuso a saltar. No
entres, Ray. Llama
a la policía, si quieres. ¿A
la policía? Su
timbre de voz reflejaba una sonrisa burlona.
George se encarga de eso. Ray la conocía
y sabía que estaba realmente dispuesta a matarle si lo intentaba de nuevo.
Pero no le tenía rencor por eso. Así habían sido las reglas
del juego desde el principio y los dos habían movido las piezas a su modo.
El coraje que tenía era consigo mismo, por haberse dejado conducir a esa
situación de desventaja y encontrarse ahora con que no podía hacer
nada, como un estúpido ratón de laboratorio. Pensó en los
soldados que había visto un año atrás viniendo hacia él
con las manos en alto por el desierto, hambrientos y humillados. Eran hombres
como los otros, como los que les gritaban y les hacían tumbarse en el suelo
y les trataban con esa prepotencia con la que suele tratarse a los vencidos. En
otras circunstancias habrían sabido hacer su papel con dignidad. Habrían
sabido resistir y avanzar y matar, y hasta morir como héroes, pero no les
habían dado ni la más mínima oportunidad. Miró
hacia el campo seco y se sentó en el suelo. El muslo comenzaba a dolerle.
Probablemente fuera más serio de lo que había pensado. Se levantó
y comenzó a caminar cojeando y agachado hacia el carro. Estaba seguro de
que George no le dispararía, pero tampoco quería arriesgarse a comprobarlo.
Había avanzado un buen trecho a lo largo de la valla cuando escuchó
la voz de Patti de nuevo, aunque no pudo entender lo que decía. Abrió
la puerta del auto y se acomodó en el asiento con cuidado de no rozar la
herida. Está
subiendo al auto. Era George, informando
a la señora. Lo vio todavía en la terraza, observando sus movimientos,
con el rifle descansando entre los brazos. Giró la llave de contacto, pero
el muslo izquierdo le dolía demasiado cuando intentaba presionar el embrague.
El auto se lo había regalado Patti y le había insistido en que se
comprara uno automático, pero él había hecho exactamente
lo contrario. Ahora por primera vez lamentaba en cierto modo no haberle hecho
caso. Abrió la puerta y se dispuso a caminar hasta la carretera de Topanga
a ver si alguien le acercaba a una parada de taxis antes de que anocheciera, pero
luego miró hacia arriba de nuevo y vio a George en la terraza observándolo.
No se iba a retirar cojeando por el camino para que él le informara a la
señora. Giró la cabeza hacia atrás. Sólo tendría
que retroceder unos cuatrocientos pies para llegar a la primera curva y salir
de su ángulo de visión. Quitó el freno de mano y el auto
comenzó a moverse haciendo ruidos y renqueando por la parte derecha delantera.
George debía haberle alcanzado a la rueda. Al llegar a la curva giró
el volante hacia la izquierda, pero no calculó bien la dirección
y el auto se salió del camino. Dio un bote sobre el desnivel y siguió
rodando un trecho por el pasto seco, hasta que Ray apretó el freno. La
casa había desaparecido tras el recodo. Ray descendió trabajosamente
y se quedó contemplando el vehículo unos momentos. Tuvo un primer
impulso de romper en tiras la toalla de la playa y mojarla en gasolina para prenderle
fuego, pero después pensó que a Patti le parecería una venganza
ridícula y decidió dejarlo allí abandonado. Que lo recogiera
ella, si quería. Sacó algunos objetos personales del maletero y
los metió en la bolsa que se cruzó sobre el pecho. Cerró
la cubierta con un fuerte golpe y, con las manos apretadas sobre el muslo izquierdo
para que la herida le doliera menos al apoyar el pie en el suelo, comenzó
a caminar en dirección a la carretera de Topanga Canyon. Eran tan sólo
unas millas.
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