 |
 |
|
El fantasma de Anna Grom | |
MARIA RIBAKOVA | | 224
págs. | | Traducción: Olga Batsiukova
y Virginia Rodríguez | | ISBN 84-96080-26-9
| | 17.50 € | |
 |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
Tres días después
Querido
Wilamowitz: Tú estás vivo; yo, muerta. Tú, que dedicas
el tiempo al estudio de las lenguas muertas, tal vez puedas encontrarme interesante
ahora que estoy muerta. Libros escritos dos mil años atrás acaparan
tu atención: sus autores murieron hace mucho tiempo y yo, sin embargo,
hace muy poco, pero, quizá, como nos conocimos en vida puedas disculpar
la brevedad de este lapso y leer mis cartas. Nuestra última conversación
se interrumpió de golpe porque yo tuve que marcharme. Pienso que hay
que terminarla, ya que nunca más tendremos oportunidad de vernos. Por eso
he decidido escribirte. No vas a poder contestarme, ni tampoco querrás
hacerlo. Pensarás que me he ido a América, como había
planeado. Pero no es así. Si te interesara algo mi destino, ya sabrías
que no es así. Pero tú no eres curioso (¿acaso mostrar interés
por la vida de los demás no es pura curiosidad?). Por eso voy a contártelo
yo misma. El día anterior al de mi supuesta partida (el siguiente al de
nuestra última conversación) me ahorqué en mi habitación.
Antes de hacerlo escribí una nota que ahora considero poco afortunada:
"Irse no es una salida", y la dejé en un lugar visible. En
mi actual estado incorpóreo no puedo volver a escribirla ni cambiar nada
de lo que hice, aunque debería. Cuando me vi por primera vez desde fuera,
¡Dios mío, qué aspecto! No había previsto que tendría
que mirarme a mí misma con repugnancia: los ojos desorbitados, la lengua
hinchada, colgando fuera de la boca. Además, había olvidado que
los ahorcados se mean encima. Es una lástima: alguien llega, encuentra
mi cadáver, un cadáver que apesta. ¿Ves?, ya habrás
empezado a aburrirte. "Qué sentido tiene -pensarás- leer las
cartas de una persona que apenas conozco y que, además, ya no vive".
Y tirarás la carta. ¡Pero sí he vivido! Y por eso te escribo.
Quiero que sepas que he vivido, cómo he vivido y por qué ya no vivo.
Si hay algo a lo que puedo obligarte es a que me conozcas: no va a resultar difícil,
porque yo ya no cambio, nada nuevo puede pasarme. Eso que queda de nosotros
después de la muerte -al menos hasta ahora, al cabo de tres días-
conserva una memoria vivísima de todo lo que alguna vez nos pasó,
incluso de lo que hacía tiempo que habíamos olvidado. Puede que
se deba a que no he sido enterrada todavía. Recuerdo mi muerte. De
repente quise dar marcha atrás, gritar pidiendo ayuda, respirar aunque
solo fuera una vez más. Como cuando un niño se ensimisma jugando,
pierde la noción del tiempo y de golpe piensa: "Pero qué estoy
haciendo...". Sin embargo, podía ver mi propio cuerpo desde el otro
extremo de la habitación; me acordaba de todo, sabía todo lo que
había experimentado en sus veintitrés años de existencia.
Entendí que había muerto. No sentí pena ni sorpresa: al parecer,
los sentimientos mueren con el cuerpo. Si todavía tuviera la capacidad
de alegrarme, lo haría, porque en este nuevo estado te recuerdo y puedo
escribirte; leerás mis cartas, si el papel fantasma no se desvanece entre
tus dedos, como los restos de un viejo manuscrito. Cuatro
días después Querido Wilamowitz: Mi carta anterior
seguramente te habrá confundido. Sé que si me contestaras (pero
no lo harás) exigirías un fundamento científico para justificar
esta correspondencia entre un muerto y quien aún vive; si no te respondiera,
te enfadarías. Todo esto es muy complicado, dame tiempo. Tengo que hacerme
a la idea de que ya no existo. Me temo que incluso al escribir "yo"
esté cometiendo una incongruencia. Pero tal vez puedas perdonarme este
pequeño sinsentido, teniendo en cuenta mi estado, y terminar de leer
la carta. Todo habría podido ser distinto. Si me hubiera ido a América,
después de un año, puede que dos, habría empezado a olvidarte,
poquito a poco, como a los demás. O sea que, para mí, viva y real,
tú pasarías a ser un fantasma, a lo mejor no de golpe, pero sí
paulatinamente. Pero como yo no quería eliminarte a ti de ninguna manera,
tuve que buscar otra solución. Entonces pensé en lo que luego llevaría
a cabo (quizás actué precipitadamente, pero no veía otra
salida). Yo ya no existo, y tú estás lleno de existencia, más
que nadie. Ahora, desde mi no ser, puedo admirar tu realidad: la piel tersa ciñe
un cuerpo con peso y volumen que yo, incorpórea, no puedo tocar (¿acaso
podía antes?); la muerte me lo quitó todo, pero me dio a cambio
una memoria penetrante: hasta tu pasado (lo que sé de él) permanece
ahí, del todo incorruptible. Vi mi cuerpo y entendí que había
muerto, que era libre. Salí por la ventana (¿puede salir un ser
incorpóreo?; no, en realidad solo cambié de perspectiva). Viendo
a la gente andar por la calle comprendí que la mía era una libertad
impotente. Lo que ha quedado de mí posee una memoria extraordinaria y la
capacidad de asimilar lo que antes percibieran mis sentidos. No podía ver,
pero sabía lo que tenía delante; no podía deslizar mis manos
por la superficie de los objetos, pero sabía cómo eran, rugosos
o lisos; el conocimiento ha suplantado a mis sentidos; de todos modos, seguiré
escribiendo "oigo" o "veo", por comodidad. Al ver a las
personas, tardé en darme cuenta de que no podría tocarlas; de que,
aunque lo sabía todo sobre ellas, no podría cambiar nada, ni siquiera
hacerme notar. Por el aire pululaban mis semejantes. Me darían asco, si
mis sentidos no hubieran muerto, pero... Tú no puedes percibirlos, y yo
no voy a malgastar palabras hablando de un asunto tan miserable. La única
ventaja que me brindaba mi nueva perspectiva consistía en poder descubrir
las casas derrumbadas y reducidas a cenizas que llenan la ciudad. Se alzan en
sus lugares de siempre, y sus paredes fantasma no se obstaculizan entre sí.
A ti te parecería interesante; sé que te gusta esa arquitectura
extraña que, ahora lo veo, abundaba en Berlín. Vi los carteles,
la tapicería, las mesas. De pronto me encontré en una oficina. Encima
del escritorio había papel; al lado, un tintero, una pluma (de cuando
todavía echaban borrones). Todo lo que estaba allí -el pisapapeles,
las sillas y el escritorio- parecía tan macizo y pesado que me costaba
creer que ya no existiera, que tampoco yo existiera. Me senté en una mesa
(¡ja, me senté!, en realidad es solo un decir...), cogí la
pluma, la metí en el tintero (nunca antes lo había hecho) y empecé
a escribir una carta. Sé que la leerás (porque ahora lo sé
todo); si yo pudiera sentir miedo, me asustaría por ti, porque vas a tener
que desdoblar un folio quemado y leer una carta escrita con tinta seca hace
mucho tiempo. Pero, por lo visto, con la muerte nos volvemos indiferentes, así
que ármate de valor. No quiero torturarte; pero creo que esta unión
no debe romperse, quizá no pueda hacerlo; si ya no la ha roto la muerte,
no se romperá nunca.
|