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Apuntes
de Malpaís | LUIS PÉREZ ORTIZ |
272 págs. | ISBN
84-89618-22-4 | 2250 pts. 13,52 Eur. |
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1. MALPAÍS. Esta historia
transcurre en un mundo gris, medianamente cruel, sordamente adverso: la república
de Malpaís. Circunscrita a una afilada península, soldada al extremo
continental por un delgado istmo, siempre como a punto de quebrar su nexo y zarpar
océano adentro, tan desalentador nombre lo tomaba de su región más
extensa y predominante, una meseta árida, pelada, barrida por vientos inmisericordes
(helados medio año, ígneos y abrasadores el otro medio, sin intervalos
de suavidad), cuyos habitantes, curtidos en la ferocidad de una vida sin recreo,
acostumbraban a buscar la subsistencia en la conquista y sometimiento de las regiones
vecinas, más mimadas por la naturaleza. Los
nativos de Malpaís, los malpaiseños, tendían más a
soñar hacia el océano, a imaginar más allá del horizonte
tierras de promisión aptas para empezar desde cero una vida próspera
y saludable, que hacia el continente, dirección de la que no solían
esperar nada bueno, por innata desconfianza. 2.
ESPERA. En la espera, aguzado el oído, se distinguen cien sonidos diferentes
entre los motores automovilísticos que rompen el silencio de la noche.
La imaginación, reforzada por la fantasía, el temor y la ansiedad,
encuentra el momento propicio para desatarse, y batalla con encono contra la guardiana
razón serenadora. La pugna alcanza un armisticio cuando irrumpe desde lejos
el rumor de un coche. Todas las fuerzas contendientes se lanzan entonces a la
busca de rasgos mediante los cuáles identificar al vehículo que
se acerca. No, éste es un diesel. O: Éste es el típico sonido
citröen. O: Aquí llega la clásica furgoneta cascada. Cada uno
proyecta sus faros contra la casa al dar la curva y, a través de las persianas,
la luz se fragmenta en cápsulas danzantes, baile de puntos luminosos en
el techo. A ratos, el puro cansancio del
frenesí imaginativo permite al sueño extender una pausa. Se echa
de menos una de esas pastillas perfectas que garantizan despertar a la hora deseada
con la memoria en blanco, sin huella del abrasamiento nervioso que es la espera
comenzada sin límite. 3. PROYECCIÓN
DE LA VOZ. Para Bago la carrera de actor duró lo que dura una breve lección.
Se puede decir que en la vida real nunca interpretó el papel de actor.
En la universidad casi todos los estudiantes
se dedicaban a las áridas materias de su programa académico con
mayor o menor perseverancia, pero reservaban energías para desarrollar
su personalidad con mayor pasión que la despertada por un tratado de leyes,
un informe sobre fósiles, una pesquisa etimológica o una técnica
de balance contable. Así, en la
facultad de Económicas, por poner un ejemplo, algún grupo de alumnos
intentaba robar al calendario escolar tiempo para practicar lo más en serio
posible su afición por el teatro. Sabían que eran aficionados, pero
trataban de abordar el escenario tan a fondo como creían que los profesionales
lo abordaban. Era la vehemencia, el ímpetu juvenil. En fotocopias casi
ilegibles memorizaban textos de autores heterodoxos y ensayaban, restando horas
a la diversión y al descanso, en locales prestados por un día en
los suburbios (talleres, colegios, naves, polideportivos). Si,
al llegar a la universidad, Bago se había matriculado en la facultad de
Económicas lo había hecho siguiendo la tradición familiar.
Su padre, su abuelo, su bisabuelo, y también algunos tíos y hermanos,
habían sido o eran funcionarios de la Hacienda pública. Bago era
consciente de que si deseaba permanecer en la casa paterna donde
se vivía aceptablemente
sin enfrentarse al cabeza de familia, debía plegarse al empuje del linaje
profesional. Poco ilusionado con la perspectiva de engrosar la lista de parientes
empleados del fisco, se decía al principio que cabía estudiar los
fenómenos económicos con la mirada radiografiante del científico,
pero tras pasar al segundo curso archivó esa expectativa como una de tantas
pretensiones quiméricas. Estudiaba, pues, las ciencias económicas
como quien cumple una obligación ineludible, como quien realiza el servicio
militar sólo para no ser encarcelado. Ahora bien, dedicaba muchos ratos
a la música. De niño asistió al conservatorio. Era una formación
complementaria que se estilaba en la familia de Bago, a la vez que la práctica
regular de algún deporte o los viajes al extranjero; al igual que, entre
las mujeres de la familia, el aprendizaje de la danza clásica o ballet.
El joven Bago conocía la escritura
musical y podía componer piezas sencillas, además de tocar bien
unos cuantos instrumentos. Piezas complejas, o más ambiciosas, no se había
planteado componer. Todavía escuchaba con enorme reverencia las grandes
composiciones de los clásicos, en la actitud de quien contempla extasiado
una catedral majestuosa y entiende las ideas que informan sus líneas maestras,
los contornos y volúmenes definitivos, pero no sueña con crear él
mismo un monumento semejante. No obstante, sí soñaba (puro ilusionismo,
en el rincón más privado de su fantasía) con triunfar como
actor. Se veía representando a los personajes más variados y cuando
no tenía testigos ensayaba o improvisaba ante el espejo del cuarto de baño,
donde se encerraba a tal fin. Persona discreta y más bien poco expresiva,
alimentaba con sus fantasías un espíritu fabuloso, un personaje
formado por mil personajes, capaz de fascinar sin excepción a cualquier
público mediante gestos, inflexiones y registros cautivadores, dotado de
ese magnetismo carismático, tan raro como valioso para el actor sobre el
escenario. En el grupo de teatro estudiantil
Bago se ocupaba de la música. Las piezas que escribió para cada
escena obtuvieron aceptación unánime. Los componentes del grupo
suponían que con los años Bago se convertiría en un músico
renombrado, igual que suponían un futuro brillante para su compañía
teatral. Ninguno quería imaginarse a sí mismo ejerciendo la profesión
de economista, y tampoco podía imaginar que, en realidad, Bago no se acercaba
al grupo de teatro para ir dando a conocer su música (ni, como hacían
algunos, para relacionarse con otros en una atmósfera liberal) sino empujado
por el anhelo de actuar, de llevar a término sus fantasías de actor
triunfante entre clamorosas ovaciones, aunque frenado por la timidez usual en
quien siempre permanece en la sombra. Conociendo por dentro el juego del teatro,
a fuerza de ver con paciencia un ensayo tras otro de las mismas frases, las mismas
situaciones, Bago perfeccionaba las ensoñaciones por él protagonizadas
en su faceta de actor, actor cuyos asombrosos recursos interpretativos son admirados
por público y crítica en medio de un éxito sin precedentes.
Por fin, en uno de los ensayos, el estudiante
encargado de dirigir la obra pidió a Bago que sustituyera a un ausente
por enfermedad. Sólo son un par de frases, le dijo. Es para que los otros
actores no pierdan el ritmo y podamos avanzar mientras vuelve el que falta hoy.
Bago conocía de memoria las frases, y en su fantasía también
las había dicho varias veces, de una manera completa, con el rango de frases
singulares, citables e imprescindibles, como solía con todas: las hacía
resonar en su mente sueltas, desmenuzadas y vueltas a formar, entretejidas las
sílabas mediante un fluido eco universal y perpetuo (en estos términos
pensaba él su técnica personal), una especie de "bajo continuo".
Cuando se acercó al rincón
que servía de escenario, sus compañeros adoptaron una actitud condescendiente.
Parecían decir: Dejando a un lado a los economistas, sabemos todos que
un músico no es un actor y que no lo vas a hacer bien. Por eso no te preocupes:
basta con que llenes el hueco que ha dejado el enfermo. Llegado
el momento, Bago declamó las frases correspondientes. Sus compañeros
se lo agradecieron luego, pero no le felicitaron; tampoco enmudecieron de asombro.
En un aparte, y en tono amistoso, mezclándolo con otros comentarios, el
estudiante que hacía de director le explicó lo que era proyectar
la voz, lanzarla al exterior de la cavidad bucal para que sus vibraciones acústicas
alcanzaran los oídos del público. ¿Por qué se lo explicó?
Porque Bago, tal y como había quedado bien patente, no proyectaba la voz,
algo carente de importancia ya que él era músico en su personalidad
artística y no necesitaba saberlo para su trabajo. Las frases por él
pronunciadas se quedaban en los aledaños de su garganta: apenas rebasaban
los límites de la solitaria individualidad sonora, lo que obligaba, a quien
quisiera captarlas, a realizar el esfuerzo de acercarse y tender el oído
más de lo habitual en un espectador, pero Bago no necesitaba saber esto
pues era músico y no actor, aunque no estaba de más que comprobase
cómo el trabajo de actor también tiene su ciencia y su técnica.
Bago no volvió a los ensayos. Grabó
la música creada para la obra de teatro y explicó a sus compañeros
cómo disponer las grabaciones entre la sucesión de escenas. Después
dedicó su tiempo libre, durante meses, a meditar sobre la proyección
de una suerte de frases o palabras inaudibles, el lanzamiento y propulsión
de mensajes respecto a los cuáles las frases dichas por el actor sobre
el escenario eran una metáfora, tanto como lo era la propia proyección
de la voz por parte del actor, sin que la mismísima voz escapase a la condición
de ser metáfora. A Bago solía
ocurrirle que el mundo real le pareciera una metáfora, en todo y en parte,
de algo innombrable. E imperceptible, según pensaba. 4.
ESTACIÓN PROVINCIANA. Es un día raro dentro del año: su extremo
inicial. La población anda de un lado para otro, dando tumbos, en general
postración tras haberse levantado tarde, y en estado de obnubilación
y torpor. Una paz lúgubre y migrañosa flota a jirones sobre la superficie
del país. Contribuye el que no haya prensa ni noticiarios. Detenido el
vértigo de la actualidad, en cuya espiral rápida las noticias se
suceden unas a otras antes de haberse podido asimilar, el mundo parece también
detenerse, y un difuso sentir milenarista se cuela en los hogares por las rendijas
de las persianas. En la estación
provinciana, Bago ha comprado su billete. Los horarios son hoy irregulares y tendrá
que aguardar un par de horas hasta el próximo tren. Toma en el bar un gran
vaso de café con leche para caldearse las tripas. La mayor parte de la
clientela se agrupa en torno al televisor. Las imágenes retransmitidas
consisten en un desfile de cerdos oscuros ataviados con amplio lazo rosa en torno
al cuello. El espectáculo desencadena gran alborozo y los parroquianos
del rincón llaman con amplios ademanes y sonrisa dentuda a los que aún
permanecen alejados de la pantalla. El viajero comprueba los datos del billete
recién adquirido y se acomoda en la sala de espera, un enorme vestíbulo
de techo altísimo y espacio sin cuartear por división alguna. Unos
viejos charlan con el trasero pegado a los radiadores. Otros pasean despacio,
arrastrando los pies embutidos en zapatillonas de fieltro, de una pared a otra,
sumidos en meditaciones o en sentimientos mortuorios. Son todos palidoamarillentos
y parecen vivir por un error que prolonga sin sentido su existencia. Otros viejos
menos deteriorados (es posible, a juzgar por su atuendo puesto
al día ,
que todavía desempeñen algún trabajo productivo) se sientan
en los bancos centrales y miran a lo lejos, a través de las cristaleras,
u hojean un periódico atrasado que llevan consigo con el fin de mantenerse
ocupados. Los jóvenes, a excepción
de dos turistas orientales y un fotógrafo de muy espabilado semblante,
ofrecen un aspecto deplorable. Son jóvenes locales: probablemente se les
pueda ver ahí, en el mismo sitio, todos los días, entrando y saliendo
de la estación y oteando con ansia todos los trayectos de llegada al enclave,
ya en tren, ya en autobús o en coche o andando. Algunos tiemblan sin cesar
y se desplazan del rincón (al pie de las paredes hay dos grandes radiadores
en ángulo recto) a la puerta y de la puerta al rincón, con paso
vacilante. Visten ropas sucias y desajustadas. No pueden pensar en lo abandonado
de su aspecto, próximo al del mendigo aunque con prendas corrientes, porque
sólo pueden pensar en una cosa, si tal actividad del sistema nervioso es
pensar. Hablan con voz gangosa y estridente; se expresan con acusado aturdimiento,
como si pugnaran por avanzar sumergidos hasta el cuello en aguas cenagosas. Uno
amenaza de muerte a otro, quien no corre peligro pese a oscilar a menos de un
metro del primero, dentro del círculo que trazaría éste con
su brazo si lo lanzase en redondo, cerrado el puño o armado con una navaja.
Es una bravata. En parecido tono de bravata feroz responde una chica. En cada
frase concentra ella una cantidad enorme de palabras malsonantes (decisiva ayuda
de la entonación avinagrada y la pronunciación áspera), como
si en lo elevado de esa cifra residiera el significado. Lleva una falda corta,
tan mal igualados los bordes trasero y delantero que a cada movimiento brusco
son casi todos
muestra las bragas a los viejos. Ella nota el interés general concentrarse
sobre su lencería y se encara con el público, fustigándoles
con un par de improperios tabernarios. Quizá sea verdad lo que barruntan
las estadísticas demográficas, piensa Bago. Los jóvenes no
van a durar mucho. Éstos se sienten los amos sólo porque hablan
muy alto, escupen injurias y amenazan con ánimo terrible pero se olvidaron
de la principal fuerza, la que casi nunca se manifiesta. Están casi tan
viejos como los viejos terminales (uno de los cuáles acude todos los días
de invierno a pegarse al radiador, pero cuando quiere salir a la calle no encuentra
la puerta, y aun estando frente a ella no acaba de distinguirla del muro); no
en vano tienen querencia por los mismos lugares. Dentro del gangoso y derruido
tono expresivo del grupo de jóvenes, Bago va percibiendo matices a medida
que puede asentar su observación. Uno de ellos adopta maneras de jefe:
entrecierra los ojos y aprieta las mandíbulas cuando calla, tenso como
para imbuir dinamismo en los subordinados; quiere ser firme y autoritario cuando
expele su ronco rosario de brutalidades, amenazas de muerte casi siempre, y lo
acompasa con secos movimientos de brazos, que devienen enrabietados acentos. Otro
tiene una apariencia menos desastrosa. Todavía no ha cadaverizado su organismo
tanto como los demás esqueletos congestionados, y hasta, por su contorno
curvilíneo, se le podría atribuir cierto panfilismo. Por eso los
demás le utilizan para pedir al público de forma amable lo que haga
falta, sin repeler. Los jóvenes
se aglutinan a tropezones en torno a un recién llegado en cuanto cruza
la puerta. Una vez abastecido cada cuál de su particular maná venenoso,
empieza la búsqueda febril de los instrumentos. Revuelven sin éxito
el contenido de las papeleras. Es entonces cuando el pánfilo, destacado
en misión diplomática, se acerca a Bago y le pregunta amablemente,
tan amablemente que parece mentira, si tiene plata. No, lo siento mucho, contesta
el viajero, parapetado tras gafas oscuras mientras se interrogaba: ¿Plata? ¿Qué
plata? ¿Dinero? ¿Joyas? El pánfilo se explica: Es que como antes compraste
chocolate... Bago: Pues no, lo siento de verdad, no tengo, mientras se pregunta:
¿Chocolate? ¿Qué chocolate? ¿Hachís? ¿Marihuana?, sin recordar,
hasta pasados unos segundos, que al tomar café había comprado un
paquete de galletas. Le habían estado observando y creían que era
chocolate, o chocolatinas, con envoltorio interior de papel de plata, usado para
consumir ciertas drogas en modalidad que recibe diversos nombres, según
la región o la clase social del consumidor, quien abandona el uso de jeringuillas
para no correr el riesgo de infectarse y para no tatuar sus brazos con agujeros
muy reconocibles por el ojo policial. No
encuentran el papel, lo que aplaza la ingestión de las correspondientes
dosis. Cunde el nerviosismo y las broncas querellas restallan entre los jóvenes.
Como el macabro espectáculo apunta hacia su degeneración en tumulto,
Bago decide montar en un tren que pasa pronto, le saca de allí pronto,
aún a costa de caminar varios kilómetros desde otra estación
hasta la de su destino. Este primer tren no para en todas las estaciones pero
pocas estadías puede haber tan desagradables como la que espera a quienes
estén aquí en las próximas dos horas, piensa Bago, aunque
en su pensamiento no usa la rara palabra 'estadías' sino la muy común
"cosas". 5. AGENTE DE SEGUROS. Cuando
Bago pulsó el portero automático de la agencia de seguros ya era
de noche. Hacía frío y la calle estaba mal iluminada. Un sitio inhóspito,
impropio. Vaya cita. Era igual que ser convocado por un coleccionista de pintura
clásica en un polígono industrial: como para sentirse intranquilo.
Fácil perderse en las escaleras. Había una bifurcación nada
más entrar al portal; luego era difícil encontrar el interruptor
de la luz cuando ésta se apagaba sola al cabo de un minuto, tiempo suficiente
para que el visitante reconociera haberse ido por la escalera contraria. Al
sonar el timbre del piso se oía en el acto el ladrido de un perro de presa.
A través del telefonillo la voz del agente de seguros había sonado
estentórea: ¡Adelante, adelante!, con resonancias militares. Después
de algunos movimientos en la mirilla, sin que el perro dejara su fiero ladrar,
la puerta se abrió. Un hombre canoso y corpulento sujetaba con una mano
la cerradura interior y con la otra el collar de un perro que era todo dientes,
de brillo realzado por gruñidos y ladridos, en alternancia. Adelante, adelante,
volvió a decir. Bago formuló un saludo elemental y reparó
de inmediato en la mirada errática del agente de seguros, cuya cabeza de
senador romano jubilado, cubierta por cabellera sin entradas (si bien blanca),
se orientaba de memoria hacia la puerta, pero sus ojos medio ciegos no se esforzaban
ya en mirar, aunque para disimular los escondía entrecerrando los párpados
y el ceño, con expresión enérgica, ofreciendo con ello a
los clientes lo que entendía por "imagen profesional solvente: IPS". Al
fin y al cabo, en la placa de la puerta su nombre, Onofre Peris, aparecía
unido al de una importante compañía de seguros. Mostraba una actitud
en la frontera de lo excesivo. El perro sobrepasaba de lleno esa frontera: un
doberman estilizado, de pupilas asesinas y hocico agudo como pico de ave, que
triscaba el aire alrededor del visitante, parado éste en la puerta, y no
muy confiado en la capacidad de Onofre Peris para controlar a su cancerbero. Pase,
pase, decía el agente, sin apartar al perro, mientras el animal lograba,
en uno de sus silenciosos tirones, enganchar la manga izquierda de Bago, que musitó:
Vaya recibimiento, convencido ya de que era una calculada puesta en escena. La
escueta cortesía del agente para
mantener las apariencias, ya que estaban en una oficina de atención al
público ,
completada con la sincera expresión, mediante su brazo armado... de dientes,
de sus sentimientos hacia cualquier desconocido (quizá también a
los conocidos, la propia esposa e hijos incluidos), no hacía sino reforzarlo.
Bago vio por un instante a Onofre Peris como un consumado marionetista o ventrílocuo,
moviendo con destreza, a voluntad, los resortes del animal insoportable. ¿No le
habrá enganchado, verdad?, preguntó con aire inocente al detectar
que el visitante revisaba su maltrecha manga. Pues sí, fue la respuesta.
Bago pensó con ironía en reclamar una indemnización, ya que
estaba en presencia de un especialista. Terminado el teatro intimidatorio, el
agente le franqueó el paso al despacho. He sido citado aquí por
un cliente suyo a quien ayer golpeé el coche en un aparcamiento, dijo Bago
impacientándose. Sí, se ha retrasado unos minutos pero vayamos rellenando
los impresos. El perro había sido encerrado en una habitación desde
donde llegaban sus ladridos incesantes. El despacho aparecía decorado con
enciclopedias de saldo (acaso lomos huecos), tapices para lupanar y pisapapeles
conmemorativos de actos dictatoriales. La luz en la estancia era apenas la de
una lámpara de sobremesa que dividía el espacio entre ambos personajes,
cada uno a un lado de la mesa repleta de papeles sueltos e impresos coleccionados
en carpetas. Vamos allá, exclamó, y sacó de un cajón
una lupa gruesa. Pidió docenas de datos y en voz alta los silabeó
mientras los escribía con grandes caracteres, en mayúscula, en los
lugares correspondientes del impreso. El
caso es que mi automóvil no tiene absolutamente nada de nada, apuntó
Bago. Onofre Peris se separó de la lupa, guiñó con energía
ambos ojos y, tras una pausa de cinco segundos, exclamó: ¡Usted no se preocupe
y vamos allá! ¿Número del permiso de conducir? 6.
BAGO SOÑANTE. Bago cenó tarde y se acostó a continuación,
sin duda antes de lo conveniente, pero ya no se tenía en pie. Soñó
que andaba en medio de una confusa reunión... Todo en los sueños
es confuso si se quiere hablar de ello, salvo dos o tres detalles impresionantes,
su esqueleto argumental. Lo demás es impreciso y voluble; casi siempre
lo pone el soñante al pensar en ello después. Soñó
que andaba en medio de una confusa reunión compuesta por gente vagamente
conocida, aunque también por parientes. Nadie cobraba especial relieve
pero sin duda se trataba de una reunión, aunque informal, con los congregados
de pie, de un lado a otro, sentados a ratos: una casa con todos sus espacios (cocina,
salón, dormitorios, jardín, garaje, despensa, etc.) condensados
en uno solo. Como de costumbre solía
ocurrirle en sueños
Bago soñante esperaba, paciente, el momento de marcharse. Sin embargo,
descubría por casualidad que unos jóvenes, en apariencia dispersos
(actuaban como si entre ellos no hubiera un vínculo especial), conspiraban
para adueñarse por vía testamentaria de los cuantiosos bienes de
un anciano allí presente. A Bago soñante este anciano, cuyo pelo
era muy blanco, le recordaba a su difunto abuelo. De hecho, este anciano había
sido consuegro del abuelo, pero nunca había sido tratado como un pariente
ni se le mencionaba en las conversaciones familiares. ¿Por qué sabía
Bago que la conspiración estaba en marcha? El detalle se ha difuminado.
Tal vez una palabra clave, escuchada sin querer, procedente del corrillo vecino;
clave porque iluminaba una colección de datos sueltos y convertía
el conjunto en evidencia aplastante. Cómo revelaba al anciano la existencia
de una conspiración en su contra es también un detalle muy desdibujado,
pero la revelación quedaba convincente y, al poner en alerta al anciano,
desbarataba de golpe el plan. ¿Por qué lo denunciaba? Porque vio al anciano
como víctima injusta (algo de venerable había en él, en su
reluciente pelo blanco); porque no simpatizaba con los conspiradores (había
rasgos ruines en la urdimbre del plan, aparte de su vileza esencial) y porque
le recordaba a su difunto abuelo, evocación que había aclarado,
además, el borroso parentesco político que unía a Bago soñante
con el anciano. Desbaratado el plan, los
conspiradores no se conformaban con ver sus objetivos disiparse. Con disimulo,
mientras la reunión proseguía su desenfadado curso, clavaban miradas
agresivas sobre Bago soñante, cada vez más deseoso de marcharse.
El que parecía encabezar la banda, un raro joven calvo (su único
rasgo: los sueños son así) anunció al soñante lo que
iba a ocurrir, para que estuviera atento. Fíjate bien, le dijo entre dientes.
Lo que ocurrió fue que, en un abrir y cerrar de ojos, destrozaron un coche,
propiedad de un conspirador cualquiera. Ahora vamos a romper más, dijo
con seguridad el cabecilla, y tú vas a ir a tu compañía aseguradora
y a dar parte de que has sido tú quien los ha destrozado con tu coche,
chocando.
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