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Qué hago aquí, sentado en el suelo

JÖEL EGLOFF

128 págs.

Traducción: Tamara Gil Somoza

ISBN 84-96080-49-8

13.60 €.

Querido amigo, compañero del difunto (00025)

 

 



Qué hago aquí sentado en el suelo, al borde de este agujero, y cómo he llegado a esto es fácil de explicar, incluso puedo contarlo todo desde el principio, que es justo lo que voy a hacer. Pero por qué las cosas han sucedido así, por qué este desastre, eso ya es otra historia, y hay que renunciar a buscarle sentido. Jamás se ha visto que brotara luz de las grietas.


Recuerdo los días tranquilos, cuando nadie se preocupaba de la naturaleza del suelo. Caminábamos sin plantearnos nada, tan tranquilos, deambulábamos sin temor y hasta nos tomábamos, de vez en cuando, tiempo para parar en un banco, soñar despiertos y ver pasar a la gente. Esperar el autobús mucho rato en el mismo sitio no exigía un valor singular ni era algo exclusivo de unos cuantos inconscientes. Circulábamos alegremente, nos atascábamos con paciencia, sin pensar nunca en el suelo que soportaba, impasible, todo el peso de nuestras vidas trepidantes. Descargábamos camiones sin contemplaciones, perforábamos, apisonábamos y, colmo de la imprudencia, llegábamos a cavar todo tipo de zanjas, pozos, galerías, túneles, en todas direcciones, que pasaban por encima o por debajo de otros conductos, de otras galerías, de otros túneles, y que a veces se unían creando enlaces, interconexiones, correspondencias que nos facilitaban la vida.
Desde siempre, sabíamos que había que temer al agua por su falta de consistencia, al cielo, inaccesible, donde moraba Dios y del que podían caer infinidad de cosas; pero de la tierra, la tierra firme sobre la que descansaban nuestras construcciones, los cimientos de nuestras ciudades, nuestros pequeños pasos y nuestras grandes esperanzas, de ella no desconfiábamos hasta los años de la vejez, al sentir que pronto tendríamos que codearnos con ella.
En aquel tiempo, éramos pesados; pesados y despreocupados. Se oía el taconeo de los zapatos por las aceras; los niños saltaban en los charcos, y en el suelo, que aguantaba lo que le echasen.


Yo iba casi siempre en pantuflas, despacito, por culpa de mi convalecencia, que no se acababa nunca. Vamos, que no fui yo quien abusó del asfalto. Tardar años y años en recuperarse resultaba preocupante, de eso me daba cuenta. Llevaba tanto tiempo así que ya ni me acordaba de qué enfermedad había padecido. A veces, al despertarme por la mañana, seguía viéndome un poco cianótico y se me ocurría que a lo mejor de lo que no me había recobrado por completo era de mi nacimiento. Es que nacer no es poca cosa, lleva su tiempo recuperarse. Pero tampoco tenemos toda la vida para hacerlo.
Yo me cuidaba, hacía lo que había que hacer y seguía todas las prescripciones. No obstante, no se puede decir que mis progresos fueran espectaculares. Por mucho que cada día me sintiera un poquito mejor, sólo un poquitín, aún no valía. Y todos los días, al abrir los ojos, me decía: «Está mejor, pero aún no vale». Sin embargo, ¿era quizá demasiado exigente? Tal vez hacía ya tiempo que había recobrado la salud, sin darme cuenta de ello ni contentarme. «Sucumbió a una larga convalecencia», eso es lo que dirían de mí cuando llegase el fin, pensaba. No era como para que me diesen la Legión de Honor.
En aquella época, yo vivía por la zona de Grandes Carrières, en Montmartre, no muy lejos del cementerio, y mis días se reducían a poca cosa. Largas siestas, paseos y mi jardín: a esto dedicaba el grueso de mi tiempo. Claro que, por otra parte, la palabra jardín le queda un poco grande a lo que yo tenía, que era más bien un jardincillo, en realidad un jardincillo chiquitín. A decir verdad, se trataba de un agujerito que había en el asfalto de la acera, a un paso de mi casa. Un agujerito redondo, apenas mayor que una moneda, donde se había acumulado la mugre. Allí había sembrado un rábano, convirtiéndolo así en mi huerto. No es que los rábanos me gustasen especialmente, qué va, en realidad me eran más bien indiferentes; de haber podido elegir, habría preferido cultivar algo más ambicioso: una zanahoria, una lechuga o incluso un repollo, ¿por qué no? Pero tenía que ser realista. Las dimensiones de mi jardincillo no me permitían cualquier fantasía. Un rábano tendría el espacio justo para desarrollarse y seguramente hasta habría que recolectarlo antes de tiempo para evitar que se quedara encajonado. El caso es que era un jardín ideal, tanto por su situación como por las horas de exposición al sol, pero sobre todo por el hecho de que no exigía un esfuerzo extraordinario por mi parte. Bastaba con un escupitajo al día para regarlo, y un simple mondadientes me servía a la vez de pala, pico y azada. Estaba lo bastante cerca de la pared como para que no lo pisaran y lo bastante alejado como para que los perros lo respetasen. La principal dificultad, finalmente, radicaba en no atraer la atención de los transeúntes. Para ello, iba preferentemente muy pronto por la mañana o ya tarde por la noche y me arrodillaba justo al lado, haciendo como que me ataba los cordones de los zapatos, cuando en realidad, con gran discreción, estaba trabajando en mi jardín. Y nadie se enteraba de nada.
No puedo decir que mi vida en aquella época fuese una sucesión de días felices, porque no es verdad, tampoco hay que exagerar; sencillamente, de vez en cuando ocurría que durante un breve instante me olvidaba de cómo iba a terminar todo, tanto para aquel rábano como para mí.

Como hacía algún tiempo que había vuelto a transitar las calles, a arrastrarme por las aceras, empezaba a conocerme el barrio como la palma de mi mano. Por eso, cuando aparecieron las primeras grietas, enseguida reparé en ellas. Había algunas en las fachadas de los edificios y en el suelo que, en el espacio de apenas una semana, habían ganado un terreno considerable y se habían ensanchado de forma clara. Yo me conocía una que no estaba nada mal, al final de la calle, en la plaza, una que llevaba allí toda la vida y casi no se veía, una fisurilla de nada, que parecía haber sido puesta sólo para hacer bonito. Un día, sin embargo, vi que se extendía desde la mitad de la calzada hasta la acera, partiéndola en dos para ir a perderse bajo las mesas y las sillas de la terraza del Terminus. Precisamente allí, de vez en cuando, me permitía tomarme un cafelito para empezar el día.
—¿Has visto eso? —le pregunté un buen día a Dinochin, el patrón.
—¿El qué?
—Pues eso de ahí —repetí, señalando con el dedo la fisura que corría entre mis pies—. No se arregla...
—¡Ah, eso! —me contestó—. Lleva ahí toda la vida.
—Ya me extrañaría —respondí.
Pero no insistí, ni tampoco él. Me daba cuenta de que le traía al fresco lo que estaba contándole, como siempre. No me tomaban en serio, eso ya lo sabía. Y, sin embargo, que nadie se piense que no había tenido mis responsabilidades. Yo también había trabajado un tiempo. Hasta llegué a cotizar para la jubilación, tengo los papeles guardados en algún sitio, ya no recuerdo dónde, con las notas de la primaria y los cupones de descuento del supermercado. Por cierto, que conservo de ello un recuerdo bastante agradable. Fue en una fábrica, en verano, cuando era joven. Rellenaba cartones para poder pagarme el andador de mis sueños. No es que en aquella época lo necesitara, ni en realidad tampoco ahora, pero me había entrado por los ojos un día que pasé por el escaparate de una farmacia. Fue un capricho de adolescente. Otros soñaban con una moto, pero yo, de carácter más tranquilo, ya me veía aferrado a mi andador. Y cada noche, al salir de trabajar, iba al escaparte para admirar su acabado en cromo y sus cuatro piececitos de caucho gris. Qué lejos quedan aquellos años. Ahora me cuesta más entusiasmarme, y quizá sea mejor así.


Las grietas corrían por toda la ciudad, pero eso no parecía preocupar a nadie. Las más antiguas se instalaban y cada dos por tres descubría otras nuevas. La de la plaza, enfrente del Terminus, iba adquiriendo un aspecto amenazante. Sus bordes se habían separado y por un lado el suelo se había hundido un poco, lo que hacía que se creara como un pequeño escalón que se extendía a lo largo de varios metros y con el que yo tropezaba sistemáticamente. «¡Un día de estos aquí alguien se va a romper la crisma!», le comenté en una ocasión al hijo del patrón, que miraba con cara alelada cómo había estado a punto de dármela. «¿Y qué quiere que le hagamos nosotros?», me contestó encogiéndose de hombros, mientras recogía una mesa de la terraza.
Ya me estaban cansando los de aquel bar, con esa actitud que tenían siempre. Tanto el padre como el hijo parecían sentir la misma indiferencia por todo. Habían dado con una especie de actitud estándar, una única expresión que les servía para todas las ocasiones. Sólo cuando consideraban que de verdad valía la pena, o por un cliente muy bueno, podían llegar a abrir los ojos como platos o a fruncir el ceño. Pero no se les podía pedir otra cosa, no daban para más. Yo había visto a Dinochin hijo adoptar la misma expresión de ligera contrariedad al recibir la noticia del accidente de su madre que cuando le anunciaron que se retiraba un caballo por el que había apostado. Había tratado de comprender, los había imaginado conmoviéndose, vibrando, les había inventado pasiones ocultas, vicios, distracciones inconfesables. Pero, según fui conociéndolos, tuve que rendirme ante la evidencia. El único jardín secreto que descubrí en ellos resulto ser un inmenso descampado.
En cuanto al café que servían, corto o largo, daba igual: en la taza el nivel de líquido era siempre el mismo. Con todos los años que llevaba yendo allí, todavía a veces me hacían esperar más de un cuarto de hora antes de servírmelo medio frío. No había forma de que se preocupasen un poco por mí o reparasen siquiera en mi presencia. Y de mis historias de grietas, con su habitual indiferencia, pasaban como de todo lo demás.
De modo que, para calmarme, al salir de su bar, me iba a escupir en mi jardín. Me sentaba de maravilla. Y a la vista estaba que a mi semilla de rábano también, ya que un buen día tuve la sorpresa de descubrir, nadando en medio de mi gargajo (que seguramente actuaba como lupa) dos diminutas hojas verdes que hasta entonces no había visto nunca. Yo, que ni siquiera había sido capaz de cultivar lentejas en algodón, no daba crédito a mis ojos. Me había imaginado que tendría que esperar años antes de recoger el fruto de mi labranza, pero mis esfuerzos se veían recompensados ya. Esperé un poco más y, esa misma semana, volví con un cesto. Me habían meado en el rábano. Estuve a punto de echarme a llorar.

 

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