 |
 |
La
trastienda azul | FERNANDO PALAZUELOS |
256 págs. | ISBN
84-89618-25-9 | 2400 pts. 14,42 Eur. |
|  |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
DESCENDÍ DEL TREN un poco aturdido.
El viaje desde Compiègne había resultado largo, monótono. Me había
visto en todo momento rodeado de mujeres con cestos enormes y hombres mudos enmascarados
con agrios semblantes. El último vagón había corrido atestado
tras la zona de lujo del convoy, casi vacía. La tarifa reducida incluía
la aceptación de este hecho, abandonándose el viajero humilde a
aquella unidad, auténtica piña humana adormecida por hedores dispares,
humo de cigarros y mezcla de conversaciones vocingleras. El tren vomitó
un enorme gentío. Su sirena liberó un eructo prolongado, un respingo
de alivio por la concluida digestión humana, que voló desde la locomotora
hasta perderse en un eco de ensueño cubierto de nubes de vapor. El andén
desapareció ante la maraña de pies. Avanzaban en tropel con gran
barahúnda en busca de la salida al exterior. Yo
esperé. Me senté en la escalerilla del vagón hasta que el
tumulto se dispersó. Contemplé entonces, tranquilo, la gigantesca
bóveda que sobre mi cabeza se abría. Vertebrada por una impresionante
estructura metálica, esqueleto de un cielo de artificio, se erigía
con tal desafiante ánimo de ingravidez que para el ingeniero que la diseñara
no podía ser menos que motivo de un orgullo paternal. Cuando el camino
se despejó tomé mi maleta, vieja y gorda, tanto que en ocasiones
parecía querer reventar la cincha que la cerraba, incapaz de soportar el
peso de una adolescencia difícilmente comprimida en un resumen de objetos.
Y me decidí. Traspasé el volátil aliento blanco de las máquinas
y luego las puertas del vestíbulo, imaginando que ese caminar pertenecía
a un sueño, a una imagen de mí mismo cruzando los portones del destino.
El bulevar Diderot se antojó terrible
antesala de mi propio futuro. Y es que su descomunal proporción, su lejanía
fantástica, me hacían sentirme pequeño en un mundo de titanes.
No se trataba de colosos, sino sólo de pequeños bultos, cucarachas
bípedas de paso acurrucado anegadas por quién sabe qué pesares.
Corrían como detrás de un signo o de una orden, recogidos en sus
gabanes. Pocos sabrían, seguro, que no seguían más que a
su propia alma perdida, dolida por su infinitesimal existencia. Me
encaminé hacia la orilla este del río, sintiendo con agrado el aire
húmedo penetrándome la piel. Desde la ribera contemplé las
chalanas que surgían de las sombras de los puentes como ficticios seres
de leyenda, silenciosos, recubiertos por un barniz de melancolía incolora.
Con ilusión pueril crucé hasta la isla de la ciudad, quedando impresionado
por la monumentalidad del Palacio de Justicia. No era nada aquello, sin embargo,
comparado con la magnífica aparición, en lo alto, de uno de los
vestigios del virtuosismo humano: Notre Dame. Mi primera jornada transcurrió
entre un cierto dolor de cervicales por tanto mirar las fachadas interminables
y un hondo pesar debido al hambre, el cansancio y el desconocimiento. Durante
aquellos primeros meses me alojé en un cuartucho miserable en el que por
diez francos me cambiaban las sábanas cada domingo y me ofrecían
una comida al día. Trabajé en las más diversas tareas, desde
fijador de carteles hasta limpiador de letrinas. Ciertos días de mercado
acudía a la plaza de Halles, donde los carreteros precisaban brazos dispuestos
a descargar la mercancía. Otros, por el contrario, caminaba por las calles
al abrigo de las paredes sin ninguna perspectiva clara y con una sensación
de vacío en el estómago, pues sabía éste mejor que
yo cuánto faltaba siempre para la cena tibia de madame D'Orsay.
Oí cierto día que en algunas
obras necesitaban operarios. Perforaban la roca sobre la que la ciudad flotaba
para construir un extenso sistema de evacuación de aguas residuales. Al
parecer cada año se engendraban con mayor profusión. La idea parecía
una locura, presentándose a la vista un paisaje increíble de calzadas
levantadas como por bestias que brotasen de las entrañas de la tierra.
Eso imaginé cuando me personé en uno de los mayores centros de tal
actividad. Los hombres salían de entre los cascotes, hormigas laboriosas
que se sucedían una tras otra, pareciendo portar siempre la misma carreta,
la misma dovela, el mismo madero, y lo peor, el mismo rostro distorsionado por
el polvo y el agotamiento. No tardé
en dar con el capataz. Se llamaba Leheu, un hombre huraño y taciturno.
Al mirar al frente se asemejaba más a un puño cerrado con ojos rehundidos
que a un rostro humano. Las hendiduras de forma triangular alrededor de sus labios
eran sombras de malhumor, grabadas con profundidad abismal para compañía
de su bramar. ¿Qué
buscas, chaval? me
interrogó. Trabajo
contesté.
Me estudió de arriba abajo. Sólo
resta que me examine los dientes, pensé, y las articulaciones, como a una
bestia de tiro de dudosa utilidad. ¿Qué
sabes hacer? croó.
Su leve sonrisa la traduje como estúpida
burla por mi baja estatura y mi estado en apariencia débil. Lo cierto es
que no supe por dónde comenzar. Le solté tal retahíla acerca
de mis anteriores quehaceres que alzó una ceja en señal de duda:
¿para qué podían querer allí a un carbonero, un encalador,
un cartonero con gran habilidad para la papiroflexia, un prensador de arena para
moldes de fundición o un «oleocerista»? Yo mismo me inculcaría
tal atributo en los tiempos en que anduve junto al maestro perfumista de Reims,
Paolo di Monza, a quien ayudara a mezclar pigmentos oleaginosos y esencias para
elaborar aromáticos cirios. Leheu dibujó una mueca de desprecio,
aunque tuve una pizca de esperanza al mencionar mi experiencia como cortador de
duelas de tonel. Iban a necesitar entibadores en las perforaciones, de modo que
en cuestión de minutos me vi junto a una caseta en la que me dieron unas
botas enlodadas, un pantalón ancho fabricado con gruesas velas en desuso
y un blusón que hube de atar con un nudo para no pisar sus extremos. De
este modo comencé a prestar mi primer gran servicio a la ciudad del Sena,
servicio que no olvidaría nunca, sobre todo en años posteriores,
cada vez que hiciera mis necesidades divagando acerca de la curiosa utilidad de
semejante obra. Los grandes colectores que se estaban trazando con la paciencia
de una carcoma enorme e inteligente se complementaban con una red menor de estrechos
e interminables corredores abovedados que irían a servir a todas y cada
una de las calles superiores. Lo que en un principio se antojó como una
demencia megalómana resultó ser uno de los más curiosos adelantos
contra la enfermedad, terrible faceta del infortunio. La relatividad de esta idea
la comprendería más tarde, cuando los propios compañeros
me hablasen de sus casuchas, sus calles de barro y sus techos imperfectos, auténticos
tamices para la lluvia. Más allá del gran círculo, como ellos
lo llamaban, la vida arañaba con garras de arpía. Mi
primer destino fue el colector de Petits Champs, uno de los más cortos
de la red, aunque amplio como para albergar a una locomotora. La roca era gris
y ocultaba mantos de tierras arcillosas que según oí se debían
a la cercanía del río. Los hombres picaban con fuerza, en silencio,
con el mutismo propio de quienes saben que no pueden oírse por el fragor
del trabajo. Un encargado me explicó casi por señas cuál
sería mi ocupación. Traducido, tal gesto se convirtió en
un montón de piedras prestas a ser evacuadas con carretas de mano. Me comunicó
que antes de encomendarme tareas de entibado debía amaestrarme los riñones.
Mis primeras jornadas se hicieron eternas. Las manos se me hincharon de cargar
cascotes y sangraba por los cortes que me cruzaban los miembros. Me dolían
los brazos y la espalda, además de las rodillas y los pies, que por las
malditas botas los tenía llagados como un peregrino harto de caminar. Después
de diez horas deslomándome caía derrengado, casi sin hambre. Apenas
tenía ganas para coger el ómnibus que me acercara a la pensión,
ubicada en la periferia de Montmartre. Recuerdo
con puntual curiosidad el primer domingo de descanso que disfruté. Debí
dormir por toda la semana, al calor de un sueño profundo y tranquilo. Me
levanté y preparé sobre la estufa de carbón café barato,
por llamar de algún modo a aquel caldo negro, que acompañé
con unas tostadas de pan duro. El bebistrajo me templó los huesos. Embozado
en una manta contemplaba la humedad del aire gris y turbio del otro lado de los
cristales. La mañana fría hizo que saboreara en mayor medida la
jornada. Después de estudiar las calles brillantes, saqué la maleta
de debajo de la cama y me dispuse a escribir, recogido en mí mismo y en
recuerdos de familia. Imaginé a mi padre jugando con nosotros en el patio
de la casa, con esa añoranza con que el recuerdo afectivo tiñe la
mente. Era la primera vez que me sentía triste después de mucho
tiempo, y hablar a mis hermanos alivió mi malestar. A
mediodía llamaron a la puerta. Era madame DíOrsay, una mujer
robusta de pechos prominentes, pómulos rosados y sonrisa hambrona. Entró
en el cuarto antes de que el aire frío de la escalera pudiera reaccionar
y penetrar junto a ella. Cerró tras de sí y me miró con ojos
de vieja gata. Monsieur
Julien me dijo ,
le traigo una manta. Parece que las noches se avecinan frías. Me
dejó aturdido. Sin esperar respuesta alguna se acercó al catre.
Tocó las sábanas, aún tibias, deslizando unas manos concupiscentes
por el nicho que mi cuerpo había producido. Un escalofrío me ordenó
mirar a otro lado, deseando que dejara la manta y se marchara enseguida. No fue
así. Colocó bien el jergón, golpeándolo con firmeza
de mujer acostumbrada a quehaceres domésticos, y después se sentó,
haciendo sonar los hierros con estrépito de banda desafinada. Vio mis papeles
sobre la silla y sonrió. ¿Escribe
a su familia? me
interrogó. Asentí. Ella
hizo un gesto para que me acercara, pero al percibir mi actitud modificó
la expresión con una tensa sonrisa. Después, y sin que mediara ninguna
palabra, rompió en sollozos, implorando a Dios y musitando palabras incomprensibles.
Intenté adivinar qué le ocurría, consolándola con
frases hechas y gesto compasivo. Me miró y, sin ningún signo de
que mi intento fuera útil en realidad, me vi cubierto por un abrazo que
no me sentí capaz de eludir. Me apretó contra sus pechos blandos
y me recostó junto a ella. Me besó con húmedos labios regordetes,
mientras unos dedos insaciables buscaban en los rincones más íntimos
de mi cuerpo un lugar donde retozar. Sin darme cuenta me vi envuelto en caricias
sin retorno, en mecha prendida imposible de apagar. La estopa arde si el fuego
es vivo, pensé. Y así conocí el calor de mujer, los jadeos
y el vacío éxtasis en que uno cae tras el fuego del Estigio consumiéndose
en las venas. Madame DíOrsay
se había quedado viuda hacía tres años. El alquiler de las
habitaciones le brindaba un sustento seguro, pero en las noches frías,
en su lecho de fragancias de mujer, la soledad la abrumaba. Se embriagaba de pensamientos
acalorados, ávidos de sudor de hombre y excedentes de sensualidad. Me quedé
adormecido unos minutos, los precisos para que ella aflojara sus miembros atenazantes.
Entonces me sobresalté, asustado de mí mismo. Me había visto
desde fuera, en esa franja entre el sueño y la vigilia, acurrucado de modo
ridículo junto al busto de una matrona que por edad casi podría
haber sido mi madre. Tal sensación de vergüenza anegó los últimos
resquicios de mi adormecida mente, haciendo que saltara y me vistiera en un santiamén.
Me rogó que no la dejara, que no me asustara, que necesitaba calor antes
de que las manos se le engarfiaran más por la artrosis, su piel se corrugara
y la juventud se le perdiera en un bosque de canas y dientes descompuestos. No
concedí oportunidad alguna a sus argumentos, apurado como estaba. Tomé
el viejo gabán y salí catapultado, perseguido por los aromas que
sin saberlo se habían filtrado en mi cabello, en mis ropas y en mis dedos.
Paseé gran parte de la tarde, disfrutando
del paso lento sin rumbo, saboreando cada ráfaga de aire, cada escalofrío
y cada charco insalvable. Me había acercado hasta el Bois de Boulogne.
Allí la lluvia fina azotaba de costado, convirtiéndose en auténticas
andanadas de agujas de cristal que se clavaban en los abrigos hasta hacerlos titilar.
Los caminos iban quedando desiertos. No había niños jugando con
sus aros y sus trompas. No había soldaditos en esa indeleble imagen en
que se les observa cortejando a las niñeras de enormes cochecitos, ni ancianos,
ni palomas, ni siquiera el canto de esos gorriones escondidos en las matas perennes
que adornan los senderos. Los patos del lago eran los únicos seres que
irradiaban cierta actividad, deslizándose por el agua con su acostumbrada
parsimonia. Había un hombre contemplándolos, echándoles migas
de pan duro, embebido en la humedad. No sería la única vez que lo
viera. En posteriores ocasiones estaría, siempre, rodeado de un motrollón
de gorriones. Le observaría atónito accionar el mecánico
vuelo de sus regordetes amigos con un gesto imperceptible de la mano. Volando
unos metros, todos al unísono, se posarían siempre, una y otra vez,
tras él, arremolinándose con un agudo estrépito de coral
miniaturizada. Transcurrieron las semanas
a ritmo vertiginoso. No tardé en habituarme al ejercicio del nuevo trabajo,
a pesar de presentar una envergadura mucho menor que la de los compañeros.
Sansbury, un gigante de ojos grises y pelo de fuego enmarañado que se burló
al principio de mí, me soltó un día, propinándome
una palma que casi me derriba: «Diablo pequeño, corazón duro».
Dejé encallecer mis manos y sentí molidos los riñones por
los fríos y las cargas antes de pensar en mis carbones. Precisaba ese ardor,
esa mecha de polvorín atiborrado que en mis adentros siempre había
llegado a producir, tarde o temprano, una explosión de gestos y palabras,
de trazos y de sombras. Sabía a pesar de todo que no tardaría en
encontrarme con mi sino, y lo intuía al descubrirme comprando pliegos,
carboncillos, sanguinas y barras apasteladas, acumulando cierta cantidad de material
casi sin proponérmelo. Regresaba
a la pensión atiborrado de cajas y carpetas, que procuraba introducir sin
que madame DíOrsay se percatara. Bastante costoso resultaba zafarse
de ella durante los encontronazos imprevistos en la escalera. Las cenas las convertía
en un auténtico delirio, prestándome atenciones que a los demás
inquilinos jamás hubiera brindado. Si el viejo Marguillier abría
su descompuesta boca para pedir más garbanzos en su caldo de buey, la patrona
agitaba el cazo, convertido en fusta de mando, vociferando que ella sólo
alimentaba a los obreros deslomados, que no se dedicaba a mimarlos con una blandura
maternal que ni soñaran con descubrir. El pobre viejo bajaba la mirada
y perdía la lengua tras el garbanzo rodante escondido en algún lugar
de su boca. Ella me lanzaba un guiño, a hurtadillas, y tal gesto caía
sobre mí como un dardo jíbaro impregnado de fastidio. Saqué
todas las láminas que llevaba en la maleta. Mis mejores recuerdos de juventud
estaban convertidos en rectángulos emborronados. La visión encrespada
de los distintos momentos de mi vida fue vistiendo de este modo la frialdad verdusca
del encalado. No tardó en descubrir la oblonga casera mi nueva guarida.
Sonrió desde el umbral, siempre con su pantufla de pompón por delante,
argumentando que desde el primer día había pensado que no era yo
como los demás. Pensó, creo, que era un embrión de marchante,
un engendro codicioso y paciente a la espera de su oportunidad para florecer en
los negocios, en las compraventas, en los trueques de objetos decorados por terceras
mentes misérrimas. Cuán equivocada estaba. Pobre madame DíOrsay.
Cuando conoció ciertas noticias, más adelante, no habría
de sentir lo mismo por mí. Tengo entendido que gritó: «Ladrón
de almas obreras, maldito hijo de mal padre». No sabía tampoco qué
lejos de la realidad se hallaba su afirmación. Una
mañana, en la obra, escuché un vozarrón a mis espaldas que
me sobresaltó. ¿Qué
demonios estás haciendo? Alcé
la mirada y observé las cejas erizadas del capataz fundiéndose en
una sola. Cerré la carpeta con brusquedad, olvidando por completo que nos
encontrábamos en la hora del almuerzo y que por tanto nada malo debía
temer. Comía generalmente mis rebanadas de embutido con presteza y, casi
sin limpiarme las manos, tomaba de mi zurrón los útiles y me sentaba
a dibujar. Leheu parecía poco dispuesto a entablar conversaciones con los
obreros, y menos en el momento del asueto. Sin embargo me había venido
observando, según me dijeron, siguiéndome en los descansos como
una sombra indagatoria. Yo no me había percatado de sus pesquisas, ensimismado
como estaba en mi tarea secular y en el soplar de mis tres dedos desenguantados,
gélidos como témpanos de hielo. Me invitó a seguirle. Guardé
los carboncillos y fui tras él. Cuando nos hubimos alejado lo suficiente
de los compañeros, que bromeaban entre bocado y bocado sentados sobre pedruscos
fríos pelándose el trasero, me detuvo. ¡Muéstrame
lo que has estado haciendo! espetó.
Lo hice. No puedo expresar ahora con palabras
cómo se transformó su rostro. Precisaría más bien
de un carbón. ¡Qué voces! ¡Qué gestos! Fue digno de ver.
Cometí un tremendo error al no entresacar algún otro dibujo de la
bolsa. Uno en que se viera el detalle de las obras, hombres soportando maderos
gigantes, inmutables caballos tirando de piedras del tamaño de su angustiosa
falta de libertad, señores envueltos en gabanes negros y sombreros altos
señalando con los bastones desde el borde de las trincheras el discurrir
de las obras... Pues no. No tuve otra ocurrencia que la de mostrarle a Leheu una
de sus inconfundibles inmortalizaciones. Algunas de tales caricaturas se habían
pasado ya de mano en mano por toda la obra, liberando a su paso sonrisas y bocadillos
atragantados. Me encantaba contemplar los rostros de los hombres, curtidos por
el trabajo, alternando sus pesares con el humor y las chanzas. Pensé
que a Leheu le daba un síncope. Se puso rojo, amoratado más bien.
Una vena se recreció por su cuello, subiendo como la hiedra, enroscada
hasta la sien y amenazando con reventar. Tardó en poder articular palabra.
Lo intentaba, pero sus ojos y sus manos no le obedecían, escudriñando
mi pliego con la morbosidad del que se siente aludido. Al fin me miró y
dijo: Estupendo.
Ahora tenemos un bastardo que nos airea las entrañas. Yo
no dije nada. Me devolvió el dibujo y se tragó el orgullo, decidido
como estaba a combatirme con algún otro medio en lugar de montar una gresca
que le atribuiría peor fama de la que ya tenía. Recuerdo que admiré
su olfato para la venganza, su especial sentido para protegerse y colocarse siempre
en el lugar adecuado para dirigir la ofensiva. Atacarme en aquel rincón,
lo sabía, hubiera sido un error. Los compañeros nos habían
estudiado con el rabillo del ojo, masticando con bravura sus emparedados. Leheu
hizo ostentación de su poder gritando que era la hora de comenzar de nuevo
la tarea. Después desapareció. Aquella
tarde todo fueron sonrisas y palmadas en mi hombro. Manos impersonales me rozaban,
arañadas, duras, casi coriáceas bajo la mugre. Manos que me empujaban
a un destino que yo mismo intuyera acaso al decidirme, meses atrás, a acercarme
hasta París, curva del Sena inmortal.
|