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| Malavita | |
TONINO BENACQUISTA | | 224 págs. |
| Traducción: José Luis Sánchez-Silva
| | ISBN 84-96080-48-X | | 16.95€.
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1
Tomaron posesión
de la casa en mitad de la noche. Otra familia hubiera visto en ello un comienzo.
La primera madrugada de todas las demás. Una nueva vida en una nueva ciudad.
Un momento único que nadie quiere vivir en la oscuridad. Sin embargo,
los Blake se mudaban a hurtadillas, esforzándose por no llamar la atención.
Maggie, la madre, entró la primera, taconeando en el porche para ahuyentar
a las posibles ratas, recorrió todas las habitaciones y terminó
por el sótano, que le pareció saneado y con la humedad ideal para
curar una rueda de parmesano y envejecer unas cajas de chianti. Frederick, el
padre, poco amigo de los roedores, dejó hacer a su mujer; mientras, dio
una vuelta por la casa, linterna en mano, y desembocó en una veranda donde
yacían amontonados algunos muebles de jardín viejos y cubiertos
de óxido, una mesa de ping-pong combada y diversos objetos invisibles en
la penumbra. La hija mayor, Belle, de diecisiete años, subió
la escalera y se dirigió hacia la que iba a ser su habitación, un
cuadrado regular orientado al sur, con vistas a un arce y a una bordura de claveles
blancos milagrosamente persistentes los intuyó a través de
la noche como un chorro de estrellas. Belle orientó la cabecera de
la cama hacia el norte, desplazó la mesilla de noche y disfrutó
imaginando las paredes cubiertas con sus pósters, que habían atravesado
con ella épocas y fronteras. El lugar empezó a temblar ante su sola
presencia. Allí era donde iba a dormir a partir de entonces, donde iba
a repasar las lecciones, a trabajar la gestualidad y el porte, a enfurruñarse,
soñar, reír y, a veces, llorar su jornada estándar
desde la adolescencia. Warren, tres años menor que la hermana, invadió
la habitación contigua sin la menor curiosidad: poco le importaban la armonía
de los volúmenes o el panorama, lo único que contaba era la instalación
eléctrica y una línea telefónica propia. En menos de una
semana, su gran dominio de las pantallas informáticas le permitiría
olvidar la campiña francesa, e incluso Europa, y le proporcionaría
la ilusión de estar de vuelta en casa, al otro lado del océano Atlántico,
de donde venía y adonde un día regresaría. La casa estilo
1900, de ladrillo y piedra normanda, se distinguía por un friso en damero
que recorría la fachada; se trataba de unos festones de madera pintados
de azul que subrayaban las líneas del tejado, desde el que una especie
de minarete dominaba el ángulo este-oeste. Los arabescos de hierro forjado
de la verja de entrada infundían al visitante deseos de adentrarse en lo
que de lejos parecía un palacete barroco. Pero, a esas horas de la noche,
a los Blake la estética les traía completamente sin cuidado: sólo
les interesaba la comodidad. Pese a su innegable encanto, la piedra a duras penas
conseguía ocultar su vetustez. Nada podía competir con la pequeña
joya de modernidad que fuera, tiempo atrás, su casa de Newark, Nueva Jersey,
Estados Unidos. Los cuatro volvieron a encontrarse en el salón, donde,
sin cruzar palabra, retiraron las fundas que cubrían los sillones club,
el sofá, la mesita baja y las estanterías vacías. La chimenea
de ladrillo rojo y negro, lo bastante ancha como para asar un cordero en su interior,
estaba decorada con un blasón esculpido que representaba a dos gentilhombres
en liza con un jabalí. Fred cogió una serie de bibelots de madera
que descansaban sobre el madero transversal y los arrojó directamente al
hogar. Cualquier objeto que juzgase inútil le inspiraba inmediatamente
deseos de destrucción. Esos gilipollas han vuelto a olvidarse
la tele dijo Warren. Dijeron que mañana respondió
la madre. ¿Mañana seguro, o mañana como la última
vez? preguntó Frederick, tan inquieto como su hijo. Escuchadme
los dos: no vais a tomarla conmigo cada vez que falte un objeto en esta casa.
Dirigíos directamente a ellos. La televisión no es un
objeto, mamá, es nuestro único vínculo con el mundo, con
el mundo real, quiero decir, lejos de esta especie de casucha renqueante, de este
nido de ratas lleno de paletos con los que a lo mejor tenemos que cargar durante
años. La tele es la vida, mi vida, somos nosotros, es mi país.
Maggie y Frederick, que de repente se sintieron culpables, no supieron qué
responderle y pasaron por alto su impertinencia. Ambos reconocían su derecho
a la nostalgia. Warren apenas tenía ocho años cuando los acontecimientos
los obligaron a abandonar Estados Unidos; era el que más había sufrido
de los cuatro. Para desviar la atención, Belle preguntó cómo
se llamaba la localidad. ¡Cholong-sur-Avre, Normandía!
contestó Fred intentando pronunciar con el menor acento posible.
Imaginad cuántos norteamericanos habrán oído hablar de Normandía
alguna vez sin saber en qué puto rincón del mundo situarla.
Aparte del hecho de que los nuestros desembarcaron aquí en el 44,
¿qué tiene Normandía para ser célebre? preguntó
Warren. El camembert aventuró su padre. También
había camembert en Cagnes-sur-Mer, pero además allí teníamos
sol y mar terció Belle. Y también en París,
y era París encadenó Warren. Todos conservaban un buen
recuerdo de su llegada a la capital, seis años antes. Después, las
circunstancias los obligaron a bajar a la Costa Azul, donde habían permanecido
cuatro años y donde el destino los golpeó de nuevo, hasta conducirlos
a Cholong-sur-Avre, en la región del Eure. Los cuatro se separaron
para ir a explorar las habitaciones que aún no habían visitado.
Fred se detuvo en la cocina, inspeccionó el refrigerador vacío,
abrió algunos armarios, pasó la palma de la mano por la placa vitrocerámica.
Satisfecho con la encimera cuando le daba por hacer una salsa de tomate
necesitaba mucho espacio, acarició la madera del tajo, los azulejos
del fregadero, el mimbre de los taburetes altos, empuñó algunos
cuchillos y probó las hojas en una de sus uñas. El primer acercamiento
pasa siempre por el tacto. Fred procedía con los cuchillos como con las
mujeres. En el cuarto de baño, Belle posaba ante un soberbio espejo
ligeramente picado, encuadrado por un viejo marco de caoba y aderezado con un
pequeño aplique de cristal esmerilado, en forma de rosa, donde venía
a enroscarse una bombilla desnuda. A partir de ahora Belle ya no podría
prescindir de ese reflejo. Por su parte, Maggie abrió de par en par las
ventanas de su dormitorio, sacó las sábanas de las fundas, se apoderó
de las mantas dobladas que había sobre el armario, las olió, le
parecieron limpias y las desplegó sobre la cama. Sólo Warren iba
de una habitación a otra, preguntando: ¿Alguien ha visto
a la perra? Malavita, que le debía su nombre a Fred, era un bouvier
australiano de color ceniciento que se había unido a la familia al poco
de llegar a Francia. Un regalo de bienvenida para distraer a los chicos, comprar
su perdón a precio de saldo y hacerles olvidar su desarraigo, tres razones
que entonces animaron a Maggie a adoptar a aquella cosa peluda de orejas puntiagudas.
Debido a su sorprendente discreción, la perra no había tenido problemas
para hacerse aceptar. Nunca ladraba, se alimentaba con delicadeza, casi siempre
de noche, y se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, normalmente en el sótano
o en el lavadero. Todos la creían muerta al menos una vez al día
y desaparecida el resto del tiempo. Malavita llevaba una vida de gato y nadie
tenía nada que objetar. Como había imaginado, Warren acabó
encontrándola en el sótano, entre una caldera en stand-by y una
lavadora recién comprada. Igual que los demás, el animalejo había
encontrado su sitio, y había sido el primero en dormirse.
La
vida a la francesa no había conseguido acabar con el ritual del desayuno.
Fred se levantaba temprano para ver marchar a sus hijos con el estómago
lleno después de darles su bendición y, si era necesario, algo de
dinero y un precioso consejo sobre la vida; en cuanto cruzaban la puerta, volvía
a acostarse con la conciencia tranquila. Frederick Blake, que no andaba lejos
de los cincuenta, nunca se había visto en la necesidad de comenzar la jornada
antes del mediodía. Las excepciones podían contarse con los dedos
de una sola mano. La peor de todas había sido la del entierro de Jimmy,
compañero de armas de los primeros tiempos de carrera, a quien nadie había
osado faltarle al respeto ni siquiera post mórtem. A aquel tipo no se le
ocurrió nada mejor que hacerse enterrar a dos horas de coche de Newark
y en una ceremonia prevista a las diez de la mañana: fue una jornada penosa
de cabo a rabo. No hay cereales, ni tostadas, ni peanut butter dijo
Maggie. Tendréis que conformaros con lo que he traído esta
mañana de la panadería: buñuelos de manzana. Esta tarde iré
a hacer la compra, hasta entonces ahorradme las reclamaciones. Es perfecto,
Mom dijo Belle. Warren cogió un buñuelo sin mucho entusiasmo.
¿Alguien puede explicarme por qué los franceses, famosos por
su pastelería, no han inventado el Donut? No era tan complicado: un buñuelo
con un agujero dentro. Medio dormido, pero ya exasperado por la jornada que
se avecinaba, Fred preguntó si el agujero en cuestión mejoraba el
sabor. Al menos han empezado a hacer cookies dijo Belle.
He probado algunas bastante buenas. ¿A eso lo llamas cookies?
El domingo haré Donuts, y cookies también dijo Maggie,
que quería tener la fiesta en paz. ¿Sabemos dónde
está la escuela? preguntó Fred, interesándose por una
organización del día a día que siempre se le había
escapado. Les he dado un plano. Acompáñalos.
Ya nos las arreglaremos, Mom dijo Warren, hasta iremos más
deprisa sin plano. Es como si tuviésemos un radar en la cabeza. En cuanto
te sueltan en cualquier calle del mundo con una cartera a la espalda, una vocecita
interior se pone en marcha y te avisa: «No vayas, es por ahí»,
y cada vez te encuentras más siluetas con carteras a la espalda que van
en la misma dirección y se meten por una especie de boca oscura. Es una
ley física. Si estuvieses así de inspirado en clase...
dijo Maggie. Fue la señal de partida. Todos se besaron y se despidieron
hasta la tarde, el primer día podía comenzar. Por diversas razones,
todos se abstuvieron de hacer las mil preguntas que les quemaban los labios y
aceptaron la situación como si esta todavía presentara alguna coherencia.
Maggie y Fred se quedaron solos en una cocina repentinamente silenciosa. ¿Qué
vas a hacer hoy? preguntó él primero. Lo de siempre.
Echaré un vistazo a la ciudad, visitaré lo que haya que visitar,
localizaré los comercios. Volveré hacia las seis con la compra.
¿Y tú? Oh, yo... Detrás de ese «Oh, yo...»,
Maggie escuchó una letanía silenciosa, frases que se sabía
de memoria sin que él hubiese necesitado pronunciarlas nunca: «Oh,
yo me pasaré el día preguntándome qué coño
hago aquí, y fingiendo, como siempre; fingiendo qué, ese es el problema».
Procura no pasarte todo el día en bata. ¿Por los
vecinos? No, por la moral. Tengo la moral alta, Maggie, sólo
estoy un poco fuera de juego, siempre he necesitado un tiempo de adaptación
superior al tuyo. ¿Qué decimos si nos cruzamos con algún
vecino? Aún no lo sé, por ahora lo solucionas con una
sonrisa, tenemos dos o tres días para encontrar una idea. Quintiliani
insistió en que nunca mencionásemos Cagnes, tenemos que decir que
venimos de Menton, se lo he explicado a los chicos. Como si necesitase
precisarlo, el muy gilipollas. Para evitar una discusión penosa, Maggie
subió a cambiarse. Fred quitó la mesa para que no se dijera. Por
la ventana, descubrió el jardín a la luz diurna, un césped
bien cuidado, pese a algunas hojas caídas del arce, un banco verde de metal,
un camino de grava, un cobertizo que albergaba una barbacoa abandonada. De repente,
recordó su visita nocturna a la veranda y el ambiente extraño, más
bien agradable, que había percibido allí. Quería verla a
la luz del día inmediatamente. De todas formas, no tenía nada mejor
que hacer. Corría el mes de marzo, el día se anunciaba templado
y claro. Maggie dudó un momento antes de escoger la ropa adecuada para
su primera salida por la ciudad. Muy morena, con la piel mate y los ojos negros,
casi siempre se vestía de colores marrones y ocres. Se puso un pantalón
beis de montar, una camiseta gris de manga larga y un jersey de algodón
de ochos. Bajó la escalera con una pequeña mochila en bandolera,
buscó un instante a su marido con la mirada, lanzó un «¡Hasta
la noche!» que quedó sin respuesta y salió de la casa.
Fred entró en la veranda, ya inundada por el sol, y reconoció un
suave olor a liquen y madera seca: procedía de un montón de leños
abandonados por los antiguos inquilinos. Los estores del ventanal dibujaban estrías
luminosas a lo largo de la estancia, Fred vio en ello algo así como una
ráfaga divina y se divirtió exponiéndose a sus impactos.
Protegida de los elementos pero abierta al jardín, la pieza rondaba los
cuarenta metros cuadrados en un solo espacio. Se dirigió hacia el rincón
habilitado como trastero y se propuso retirar todas aquellas antiguallas que le
restaban sitio y luminosidad. Abrió la puerta acristalada y arrojó
sobre la grava del jardín los recuerdos olvidados de una familia desconocida:
un aparato de televisión antediluviano, una vajilla y algunas piezas de
cobre, varias guías telefónicas manchadas, un cuadro de bicicleta
sin ruedas, y un montón de objetos variopintos desechados con toda la razón.
Fred experimentaba cierto placer a medida que se iba deshaciendo de aquellas antigüedades
y, cada vez que propulsaba uno de los cacharros lejos de su vista, subrayaba el
lanzamiento con un «Rubbish!» o un «Junk!». Para acabar,
agarró el mango de un pequeño estuche de baquelita gris verdosa,
dispuesto a arrojarlo por los aires con un gesto de discóbolo. De repente,
sintió curiosidad por su contenido, lo apoyó sobre la mesa de ping-pong,
accionó como pudo los dos cierres oxidados y levantó la tapa.
Metal negro. Teclas de nácar. Teclado europeo. Carro automático.
La máquina llevaba un nombre: Brother 900, modelo 1964. Por primera
vez en su vida, Frederick Blake tenía en las manos una máquina de
escribir. La sopesó como había hecho con sus propios hijos nada
más nacer. La hizo girar sobre sí misma y observó sus contornos,
sus ángulos, sus mecanismos aparentes; a la vez obsoleta y compleja, la
máquina estaba llena de pistones, levas y toda clase de quincallería
erudita. Fred pasó la punta de los dedos por los relieves de los martillos
r t y u, se entretuvo reconociéndolos al tacto, después acarició
con toda la palma el armazón de metal. Con la mano en una bobina, intentó
hacer correr la cinta, luego acercó la nariz en busca de un olor a tinta
que no encontró. Golpeó la tecla n, luego otras muchas, y cada vez
más deprisa, hasta enredar los martillos. Los desenredó, excitado,
y luego apoyó los diez dedos sobre diez teclas al azar y, de pie bajo la
luz rosada de la veranda, con la bata entreabierta y los ojos cerrados, sintió
que lo ganaba una emoción de origen desconocido.
Para mantener
el tipo en el patio de recreo, entre mil miradas intrigadas por su presencia,
Belle y Warren charlaban en inglés, exagerando el acento de Newark. Ya
no tenían problemas con el francés: al cabo de seis años
lo hablaban con mayor soltura que sus padres y ya reemplazaban ciertos mecanismos
de su lengua natal por giros típicamente franceses. Sin embargo, en circunstancias
excepcionales, como aquella mañana, necesitaban recuperar su intimidad
de palabra, una forma de reconocerse en su propia historia y de no olvidar de
dónde venían. A las ocho en punto se habían dirigido al despacho
de la señorita Arnaud, consejera educativa del instituto Julles Vallès,
que les había hecho esperar un momento en el patio antes de llevarlos a
cada uno ante su tutor. Belle y Warren desembarcaban a finales del segundo trimestre,
cuando la suerte de cada estudiante ya está echada. El tercero habría
de servirles para preparar el año siguiente: ella la selectividad, él
su entrada en segundo. Pese a todos los cataclismos que habían sacudido
la vida de los Blake, Belle había mantenido el nivel de sus primeros años
de colegio en la Montgomery Academy High School de Newark. Desde la más
temprana infancia había comprendido que el cuerpo y la mente debían
enriquecerse mutuamente, intercambiar su energía, trabajar sincronizados.
Siempre demostraba curiosidad en clase y no descuidaba ninguna asignatura, aunque
ni un solo profesor en el mundo, ni siquiera sus propios padres, hubiera podido
imaginarse su principal motivación: embellecer. Por su parte, el pequeño
Warren, que entonces tenía ocho años, había aprendido el
francés como quien retiene una melodía, sin pensar, casi sin querer.
Ciertas complicaciones psicológicas ocasionadas por el desarraigo lo habían
obligado a repetir un curso y a visitar a un psicólogo infantil a quien
ocultaron las verdaderas razones de la huida de Estados Unidos. Hoy ya no le quedaban
secuelas, pero, a la menor ocasión, se encargaba de recordar a sus padres
que él no merecía aquel exilio. Como todos los niños a los
que se les exige mucho, había crecido más deprisa que los demás
y se había fijado ciertos principios de vida a los cuales parecía
no faltar nunca. Detrás de aquellos valores que conservaba como una preciosa
herencia de su casta se escondía una solemnidad de otra época, solemnidad
en la que se combinaban el sentido del honor y el de los negocios. Un grupo
de chicas de la clase de Belle, siempre curiosas ante las caras nuevas, se acercaron
a ella para conocerla. El señor Mangin, su profesor de geografía
e historia, vino a buscarlas y saludó a mademoiselle Belle Blake ceremoniosamente.
Ella se despidió de su hermano deseándole buena suerte con un gesto
incomprensible para quien no hubiese nacido al sur de Manhattan. La señorita
Arnaud vino a anunciarle a Warren que no tenía clase hasta las nueve y
le pidió que esperase en la sala de estudio. Él prefirió
fisgonear un poco por las instalaciones para hacerse una idea y delimitar los
contornos de su prisión. Entró en el edificio principal del instituto,
un bloque circular al que llamaban la Margarita, con un hall central concebido
como una colmena que albergaba a los alumnos de segundo ciclo, autorizados a fumar,
deambular fuera de la sala de estudio, ligar, pegar carteles y organizar asambleas
generales el aprendizaje de la edad adulta. Warren se encontró
solo ante una máquina de bebidas calientes y un gran cartel que pedía
la participación de todos en la tradicional fiesta del instituto, prevista
para el 21 de junio. Recorrió los pasillos, abrió un par de puertas,
esquivó algunos grupos de adultos y, finalmente, desembocó en el
gimnasio en pleno entrenamiento del equipo de baloncesto. Siguió el juego
un momento, intrigado como siempre por la falta de coordinación de los
franceses. A fin de cuentas, uno de sus últimos y mejores recuerdos americanos
era aquel partido entre los Chicago Bulls y los Knicks de Nueva York en el que
vio a Michael Jordan en persona, la leyenda viviente, volando de una canasta a
la otra. Suficiente para añorar la tierra natal durante el resto de su
vida. Una mano en el hombro lo arrancó de sus ensoñaciones.
No se trataba de un vigilante o de un profesor encargado de llamarlo al orden,
la mano pertenecía a un alumno que le sacaba una cabeza y venía
acompañado por dos secuaces que flotaban dentro de unos chándales
demasiado grandes. Warren tenía la morfología de su padre, el clásico
morenito enjuto, y la misma ponderación en los gestos, una economía
natural de movimientos. En su mirada se leía ya una gravedad asentada,
casi inmóvil, tal vez la de un contemplativo para quien la reacción
nunca es la primera respuesta a la acción. Su hermana le había asegurado
varias veces que de mayor sería un tío atractivo, entrecano y con
personalidad, pero que hasta entonces tendría que ganárselo.
¿Tú eres el americano? Como sacudiéndose una mosca,
Warren apartó la mano del que inmediatamente identificó como cabecilla.
Los otros dos, simples acólitos, esperaban prudentemente la evolución
de los acontecimientos. Pese a su corta edad, Warren conocía bien aquella
entonación, la conminación poco segura de sí misma de quien
se aventura a poner a prueba los límites de su autoridad sin el menor aplomo.
La peor de todas las agresiones, la más cautelosa, la de los cobardes.
Pasado el primer instante de sorpresa, el americano dudaba si responder. Además,
aquello no había sido una pregunta y poco importaba lo que quisieran de
él, aquellos tres no habían aparecido por casualidad. «¿Por
qué yo?», se preguntó. ¿Por qué la habían
tomado con él nada más llegar? ¿Por qué, en menos
de media hora, se había atraído un absurdo principio de amenaza
que, alentada por su silencio, no iba a tardar en concretarse? Él conocía
la respuesta, una de esas que podían hacerle dejar atrás la infancia:
¿Qué queréis de mí? Eres americano,
eres rico. Dejaos de gilipolleces y decidme de qué va vuestro
rollo. ¿A qué se dedican tus padres? ¿Y
a vosotros qué os importa? ¿De qué se trata? ¿Extorsión?
¿A plazos o al contado? ¿Sois tres, seis, veinte? ¿En qué
lo reinvertís? ¿...? Organización cero.
Lo suponía. Ninguno de los tres entendió una sola palabra y
menos de dónde le venía su entereza. El cabecilla se sintió
insultado, miró a su alrededor, arrastró a Warren hacia abajo, hasta
un pasillo desierto que conducía al comedor, y lo zarandeó tan fuerte
que lo tumbó sobre un murete. Eres muy gracioso, novato.
Y los tres unieron sus fuerzas para hacerlo callar a golpes de rodilla en las
costillas y de puñetazos lanzados al tuntún contra la cara. Uno
de ellos acabó sentándose sobre su pecho, le registró los
bolsillos y encontró un billete de diez. Sin aliento, con el rostro ardiendo,
Warren escuchó cómo le exigían la misma cantidad para el
día siguiente en concepto de derechos de entrada al instituto Jules Vallès.
Conteniendo las lágrimas, prometió que no lo olvidaría.
Warren nunca olvidaba.
Rodeada del bello paisaje rural típicamente
normando, Cholong-sur-Avre es una antigua plaza fuerte medieval que conoció
su apogeo al final de la guerra de los Cien Años, a comienzos del siglo
xvi, y cuenta en nuestros días con siete mil habitantes. Sus casas de colombage,
sus palacetes del siglo xviii, sus callejuelas atravesadas por canales, hacen
de Cholong-sur-Avre un conjunto arquitectónico admirablemente conservado.
Maggie
abrió su diccionario de bolsillo por la palabra «colombage»
y se hizo una idea precisa de lo que encerraba mientras recorría la calle
Gustave-Roger: la mayoría de las casas, con su armazón de vigas
de madera vistas, no se parecía a nada de lo que había visto antes.
Buscando el camino hacia el centro Cholong era un pentágono delimitado
por cuatro bulevares y una nacional, Maggie tomó varias calles construidas
según el mismo principio: una perspectiva que supo apreciar. Con un ojo
en la guía y sin proponérselo realmente, no tardó en llegar
a la plaza de la Libération, que le pareció desproporcionada para
tan delicadas callejuelas. Dos restaurantes, varios cafés, una panadería,
la oficina de turismo, un quiosco de prensa y varios edificios típicos
bordeaban una gigantesca plaza rectangular que servía de aparcamiento los
días en que no había mercado. Después de comprar la prensa
local, Maggie se instaló en la terraza del café Le Roland Fresnel
y pidió un café americano. Cerró un momento los ojos y lanzó
un suspiro, dispuesta a saborear uno de sus escasos momentos de soledad. Aunque
en su orden de prioridades privilegiaba los momentos pasados con la familia, los
que pasaba sin ella venían justo después. Taza en mano, hojeó
La Dépêche de Cholong y luego Le Réveil Normand, edición
Eure, otra forma de conocer su nueva tierra de acogida. En la primera plana de
La Dépêche aparecía la foto de un señor de sesenta
y cinco años, nativo de Cholong y antiguo campeón regional de medio
fondo, que, al parecer, estaba participando en los campeonatos del mundo sénior
celebrados en Australia. El personaje le pareció divertido, leyó
el artículo hasta el final y comprendió lo esencial: un hombre que,
llevado por la pasión, se había pasado la vida corriendo estaba
viviendo la culminación de sus sueños justo antes de llegar a la
meta. De adolescente, el señor Christian Mounier no había pasado
de ser un corredor discreto. Y a la edad de la jubilación se había
convertido en un campeón de nivel internacional que competía en
la otra punta del mundo. Maggie se preguntó si la vida ofrece exámenes
de recuperación o alguna oportunidad de destacar en el último momento.
Decidió creer en ello y mantuvo su propósito justo el tiempo de
pasar la página. Seguía una larga sección de sucesos, un
inventario de pequeños delitos locales, entre ellos la agresión
al dueño de un garaje, varios robos en una urbanización vecina,
una o dos riñas domésticas dramatizadas y algunos altercados delirantes.
Maggie no siempre comprendía los detalles y se preguntaba por qué
los redactores insistían en conceder el mejor espacio del periódico
a la miseria cotidiana más triste y banal. Dudó entre varias respuestas
posibles: la violencia, sobre todo si tiene lugar a la vuelta de la esquina, es
lo que más interesa al lector que adora indignarse o pasar miedo. O bien:
al lector le gusta pensar que su ciudad no es la capital del aburrimiento y que
en ella ocurren tantas cosas como en otros lugares. O incluso: el hombre de campo
comprueba una vez más que sufre los inconvenientes de la gran ciudad sin
disfrutar de sus ventajas. Había una última hipótesis, la
más triste, el eterno tópico: no hay nada tan apasionante como las
desgracias ajenas. En Newark nunca leía la prensa, ni la local ni la
nacional. El mero hecho de abrir un periódico representaba una especie
de desafío que nunca aceptaba: le daba demasiado miedo lo que podía
salpicarle, así como tropezar con una cara conocida o leer nombres familiares.
Acosada por los recuerdos de su antigua vida, hojeó nerviosamente los periódicos,
se detuvo en la información meteorológica y en las actividades previstas
en la región ferias, mercadillos, una pequeña exposición
de pintura en el salón de actos del ayuntamiento, y se bebió
su vaso de agua de un trago. Una sensación de opresión, acentuada
por una sombra colosal que oscurecía la plaza a medida que el sol iba girando,
empezaba a apoderarse de ella. Era la de Santa Cecilia, una iglesia que la guía
describía como una joya del arte gótico normando. Maggie fingió
ignorarlo y se volvió para hacerle frente. La Brother 900 descansaba
en medio de la mesa de ping-pong, que, a su vez, se hallaba en el centro de la
veranda: una geometría dispuesta por Frederick con la mayor solemnidad.
Sentado ante la máquina, concentrado, con el sol en segundo plano, introdujo
en el carro una hoja en blanco, la superficie más blanca que hubiera visto
nunca. Comprobó una a una las teclas de nácar, que antes había
desempolvado y limpiado con lavavajillas hasta dejarlas relucientes. Incluso había
conseguido humedecer una cinta seca como la paja exponiéndola al vapor
de una cacerola de agua hirviendo. Listo para establecer el primer contacto, ahora
se encontraba solo frente a aquel trasto, él, que seguramente nunca había
abierto un libro, él, que hablaba un lenguaje directo y sin florituras,
y que, en toda su vida, no había escrito otra cosa que direcciones en las
cajas de cerillas. «¿Esta máquina permite decirlo todo?»,
se preguntó sin apartar los ojos de las teclas. Fred nunca había
encontrado un interlocutor a su medida. «La mentira está en el oído
del que escucha», pensó. El deseo de hacer oír su verdad lo
perseguía desde el final del proceso que lo obligara a huir a Europa. Ni
los psiquiatras, ni los abogados, ni sus antiguos amigos, ni ninguno de aquellos
tipos rebosantes de buenas intenciones habían hecho nada por comprender
sus declaraciones; lo habían tomado por un monstruo y nadie se había
privado de juzgarlo. La máquina, sin embargo, no haría distinciones,
lo aceptaría todo, las churras y las merinas, lo bueno y lo malo, lo inconfesable
y lo indecible, lo injusto y lo abominable, pues todos los acontecimientos eran
ciertos, y eso era lo más increíble, esas parcelas de verdad de
las que nadie quería saber nada eran completamente auténticas. Si
una palabra lleva a otra, él debía poder utilizarlas todas, sin
que nadie le impusiera una sola. Sin que nadie le prohibiese una sola. En
el principio fue el verbo, le había dicho alguien mucho tiempo atrás.
Cuarenta años después, el azar le daba la oportunidad de comprobarlo.
Al principio seguramente había una palabra, una sola; todas las demás
vendrían después. Levantó el índice derecho y
golpeó la g, que se imprimió sobre el papel en azul claro, apenas
visible, después una i, buscó con los ojos la tecla o, la v, luego,
para ir cogiendo confianza, logró obtener una a con el anular izquierdo,
después pulsó dos n seguidas, con dos dedos diferentes, y terminó
con una i ejecutada con el índice. Al final, lo releyó todo, feliz
de no haber cometido ninguna falta.
giovanni |