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El viajero que huye

PEPE MONTESERÍN

256 págs.

ISBN 84-89618-26-7

2200 pts. 13,22 Eur.

El viajero que huye (00028)


      
LOS ZAPATOS DE AQUERONTE


       A spectre moving in a world of spectres. [La vida], un espectro que se mueve en un mundo de espectros. T. CARLYLE, Description of himself
      EL JOVEN AQUERONTE estaba con su hermano en la cueva de la Alondra. Iban muchas tardes para cantar y multiplicar sus versos por el abismo:
      

Hay voces que suenan a vuelo
      de alondra subida de mayo.
      Hay voces que suenan a chelo.
      El arco se alarga, se alarga
      y vibran las cuerdas de anhelo...


      Y descendían entre las cascadas de hielo buscando sus propias voces. Pero ese día Aqueronte tuvo un mareo y perdió un equilibrio que, gracias a sus recios zapatos de piel de tortuga, consiguió recuperar al borde de la más profunda sima. «Es curioso pensó, unos zapatos hechos para andar me detuvieron». En aquel agujero vertiginoso lo acechó la muerte. Desde entonces quiso huir de ella e ir en busca del país donde uno no se muere nunca.
      ¿Adónde vas, Aqueronte? le preguntó su hermano cuando le vio dando grasa a sus zapatos de piel de tortuga.
      Al país donde uno no se muere nunca, a la casa de la luz interminable.
      Aqueronte se puso a andar, recorrió landas y páramos, indagó en callejeros, preguntó en mil lugares por el país donde uno no se muere nunca, pero nadie sabía encaminarlo, o lo dirigían a criptas y a almacabras para sacarlo de quicio.
      Atravesó cordilleras, vadeó ríos y glaciares, y llegó a un bosque impenetrable. Un anciano lo observaba desde la rama de un tilo; sus barbas se confundían con las grietas de la corteza como si fueran parte de ella y hasta le estorbaban cuando trataba de cortar con una navaja la olorosa rama que sobresalía encima de su cabeza.
      Oiga, buen hombre, busco el país donde uno no se muere nunca. ¿Voy bien por aquí?
      ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo a la muerte?
      Repelús se puso lívido Aqueronte. Ya me amenazó una vez y no tengo vocación de morir.
      Si te quedas conmigo no morirás hasta que haya talado el bosque con esta navaja.
      ¿Y cuánto va a demorar con la tarea?
      No menos de cien mil lunas.
      ¿Y luego?
      Luego, ya sabes apuntó al suelo con el dedo gordo de la mano.
      ¿Sabe entonces qué le digo? Que no me interesa. Yo busco el país donde uno no se muere nunca, no el país donde se tarda una enormidad en morirse.
      Y Aqueronte enfiló hacia el Oeste, tras el sol. Y estuvo dando el zapato qué sé yo el tiempo, no sólo por donde decían los mapas sino fuera de ellos, en la fantasía, en el futuro, hasta que un día, al pie de una montaña más alta que las nubes, se encontró con otro hombre de luengas barbas, más luengas que las del que talaba el bosque a navajazos. Aqueronte tendió la mano para presentarse; hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie, pero el anciano llevaba las dos manos cerradas y le saludó puño en alto.
      ¿Me podría indicar cuál es el camino para ir al país donde uno no se muere nunca?
      El anciano le observó quedo.
      ¿No te quieres morir?
      No. No me interesa morir. Quiero agarrarme a la experiencia, al pasado o al porvenir, mientras sea un porvenir sobreviviente. Me interesa este valle de lágrimas, vaya.
      Acompáñame, entonces.
      El anciano caminó hacia una gran hondonada donde tiró unos guijarros que llevaba en las manos.
      En mi compañía explicó a Aqueronte puedes durar hasta que traslade de lugar aquella montaña y allane esta depresión.
      ¿Y cuánto tiempo tardará en convertir la depresión en llanura?
      Doscientas mil lunas, y no sé si me quedaré corto. Ten en cuenta que lo haré a puñados, sin prisas.
      ¿Y después, moriré?
      Después palmaremos los dos.
      Me parece que no nos entendemos. No es éste el lugar que busco. Yo trato de encontrar el país donde uno no se muere nunca; un lugar donde pueda cantar sin que los ecos se extingan.
      Esta montaña da los mejores ecos de la comarca.
      Pero cuando termine el desmonte se apagarán los ecos, ¿verdad?
      Sí, joven; se apagarán los ecos, como está mandado. Y no cantaremos más.
      Pues apaga y vámonos.
      Aqueronte siguió dando suela con aquellos zapatos de piel de tortuga. Se ve que no le interesaba vivir mucho sino vivir siempre, vivir más que la Luna, más que la primavera.
      Alcanzó paraísos perdidos al borde de la vida, interminables Navidades que se terminaron, rodó hacia fronteras de sombra, aventuras sin fin que llegaron a su fin, anchas estepas, hasta que casi sin aliento llegó al mar. Un viejo más viejo que Carracuca, de larga barba cana que desaparecía en el agua, jugaba con una lupa al borde de las olas.
      Abuelo, ¿me podría decir cuál es el camino hacia el país donde uno no se muere nunca? ¿Estará acaso bajo estas aguas?
      En estas aguas hay sal.
      ¡¿La sal de la vida, por ventura?!
      Sal, simplemente. Y yo voy a aislarla con esta lupa. Calentaré la mar hasta evaporar las olas. Si buscas el país donde uno no se muere nunca, quédate aquí; esto lleva su tiempo y, mientras no convierta este océano en una floristería blanca, vivirás.
      ¿Cuántas lunas cree usted que tardará la sal en florecer?
      Quinientas mil. Menos, nada. Para no cogernos los dedos.
      Y luego a morir, ¿verdad? pasó Aqueronte el borde de la mano por el cuello.
      Sí, luego a descansar. ¿Te parece poco tiempo?
      Me parece que no me he explicado: yo busco el país donde uno no se muere nunca.
      Aqueronte miró debajo de las mareas, escarbó en las dunas y hasta en sí mismo escarbó; se metió detrás de las cascadas, se subió encima de las tempestades, entonó sus canciones en todas las cavernas que halló a su paso sin hallar lo que buscaba: un lugar en el que su imagen y sus palabras rebotasen sin fin. Y en esas andaba, con sus zapatos de piel de tortuga, cuando en medio de la noche divisó una luz. En unas horas llegó hasta ella, una luz contenida dentro de un palacio. Llamó a la puerta y le abrió un hombre muy arrugado y con una barba tan espesa y larga que parecía más de una.
      Aqueronte tuvo la impresión de haber dado con lo que buscaba: un sitio en que la vida rebotase en la vida, un lugar en el que se alcanzase la madurez sin envejecer, se lograse la madurez a base de juventud.
      ¿Qué deseas? preguntó el barbudo.
      Busco el país donde uno no se muere nunca.
      Aquí es. Has tenido la suerte de encontrarlo. Mientras estés conmigo no te morirás nunca. Mi nombre es Vital.
      No cabía de gozo. Aqueronte había tenido suerte, es cierto, pero también había caminado mucho para dar con ella. Sus zapatos de piel de quelonio estaban llenos de agujeros y le salían los dedos gordos por las punteras, cabecitas de tortuga. Pero había merecido la pena.
      Bien lejos está este lugar comentó Aqueronte.
      Y se quedó haciendo compañía al viejo.
      Pasaron muchas lunas juntos, sentados en el claustro del palacio, al pie de un obelisco. Allá se estaban, risueños, con las piernas cruzadas y el vientre desnudo, inmortales, ora con una corona de laurel y una palma en la mano, ora con un ramito de siemprevivas. No inmortales por sus heroísmos, sino inmortales de andar por casa, como si dijéramos inmortales de nacimiento.
      Las lunas transcurrían en un suspiro, pero Aqueronte tenía toda la luz del mundo para charlar con Vital sobre la psicología del alma, la verticalidad del gótico, la expansión horizontal de la conciencia moderna, y tiempo también para jugar a las adivinanzas:
      Cuando fui, iba con ella, al volver, tope con ella...
      ¡La huella!
      Y para beber. Sin respirar, y el que respirase o no bebiese el porrón de una sentada tenía que pagarlo con aquellas monedas de oro que tenían un círculo, símbolo de la perpetua revolución de los meses. En una de esas apuestas fue cuando Aqueronte se empapizó. Tosió tanto que daba la impresión de que iba a ahogarse de verdad en aquel vino de lágrima.
      Tú pagas esta ronda le dijo Vital.
      Pago, pero no bebo más. Sentí una angustia terrible, como si se me hubiera nublado el cielo.
      ¡Ja, ja, ja! Pierde cuidado, ¡estás en el país donde uno no se muere nunca!
      Días después, o el mismo día interminable, Aqueronte se dirigió al viejo para decirle que vivía muy bien pero que tenía deseos de ver a sus padres, que ellos le habían confeccionado aquellos zapatos que tan buen rendimiento le daban, y que echaba de menos a su hermano y las canciones que cantaban a dúo, y que le gustaría ir a visitarlos.
      ¿Visitar a tus familiares? ¿Sabes dónde están tus familiares?
      Claro que lo sé: en mi pueblo.
      No, Aqueronte, tu pueblo hace mucho tiempo que ha desaparecido y ellos más tiempo aún que están muertos.
      ¿Muertos? preguntó pensativo y contando lunas por los dedos.
      Muertos, Aqueronte.
      Al menos me gustaría ir allí, ver el valle, la cueva de la Alondra; quizá pueda encontrar a alguien que me pueda hablar de ellos. Hijos o nietos...
      Ante la obsesión y la nostalgia de Aqueronte, Vital quiso facilitarle las cosas:
      Si te empeñas, sólo hay una manera: ve al potril y coge mi caballo blanco, el único capaz de seguir las huellas de la luz. Sólo una advertencia: ¡no desmontes nunca! ¡Un pie en el suelo y quedarás podrido! Seco, seco. ¿Me explico?
      Entendió el mensaje. Aqueronte no tenía ningunas ganas de liar el petate, y por lo tanto no desmontaría del caballo bajo ningún motivo. Se despidieron. Vital le dijo que volviese para retomar aquellas conversaciones sobre la psicología sin alma, la verticalidad del gótico, la expansión horizontal de la conciencia moderna, y también para jugar a las adivinanzas.
      Volveré, Vital. Espérame junto al obelisco había confianza para tutearlo. No te muevas de aquí.
      No me iré. Congelaré la luna hasta que regreses.
      Aqueronte fue al potril, ensilló el caballo y cabalgó hacia su patria más rápido que el resplandor.
      Volvió por todos los lugares que había recorrido, y encontró el bosque sin tilos y sin anciano y sin fragancia, la montaña esparcida en una llanura de silencio, y donde estaba el mar había ahora blancos pilares gigantescos, como si la sal quisiera salir tras el mar evaporado. Aqueronte se congratulará de haber seguido andando y no haberse quedado con aquellos viejos que suponían que el trabajo alargaba el tiempo.
      Al fin llega a su tierra. O mejor dicho a una tierra que ahora era agua, como si el océano que faltaba en el otro lugar lo hubiesen vertido allí. Su pueblo estaba bajo las aguas. Entonces fue a la cueva de la Alondra: los cascos del caballo, todavía al rojo vivo, triscaban en la oscuridad. A Aqueronte le pareció escuchar los ahogados ecos de aquella canción que cantaba con su hermano:
      

Hay voces que suenan a vuelo
      de alondra subida de mayo.
      Hay voces que suenan a chelo.
      El arco se alarga, se alarga
      y vibran las cuerdas de anhelo...


      Y al recordar el resbalón que le hizo ver la muerte tan de cerca, vertiginosa y voraz, tensó las bridas del caballo haciéndolo girar y picó espuelas, presto a calentar su escalofrío en la luz de aquel palacio donde se hablaba del alma como quien habla del pecho.
      Después de galopar largo rato por los atajos del tiempo, y ya caída la noche, se encontró con alguien que llevaba una carreta cargada de zapatos viejos.
      Se me ha salido la rueda paró a Aqueronte, pidiéndole ayuda.
      Lo siento, voy con prisa, no puedo desmontar.
      Si no me ayudáis no llegaré nunca a casa.
      Aqueronte tuvo lástima, y trató de ayudar desde la silla, de tal modo que su zapato de piel de tortuga llegó a rozar el suelo. Entonces un brazo suave le rodeó el hombro y unas manos firmes con uñas muy largas le agarraron la oreja:
      Te pillé. ¿Sabes quién soy?
      ¿Quién? preguntó Aqueronte con una cara de asombro tan grande que pareciera haber envejecido mil años.
      ¡Soy la Muerte! respondieron sus labios negros. ¿Ves estos zapatos que llevo en el carro? Todos los he gastado para coger los tuyos y a ti con ellos.

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