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Delito sin cuerpo

ANA NOBRE DE GUSMÃO

160 págs.

Traducción: Karmele Setien

ISBN 84-96080-50-1

15,20 Eur.

Delito sin cuerpo (00028)


     
Sobre el Atlántico
Mayo / domingo


La veo doblar despacio la esquina superior de la página, cerrar el libro y acomodar en el asiento su cuerpo obeso. Poco después el libro se le desliza por el regazo y deduzco que se ha dormido.
Me inclino hacia ella e intento leer el título, pero un pliegue de su falda de vuelo cubre parcialmente la portada. Me vuelvo a acomodar en el asiento, me aprieto el cinturón de seguridad y cierro los ojos. Siempre me ha gustado intentar adivinar lo que están leyendo los demás, en cualquier parte, en los transportes públicos, en las salas de espera, en los cafés. Es una manera de pasar el tiempo, un juego. En el caso de la mujer que está sentada delante de mí, es evidente que se trata de una de esas novelas americanas de portada sugerente, autor oscuro y prosa ligera. Confieso que el tamaño del libro me ha dado una pista.
Me despierto sobresaltada y por un angustioso momento me parece que el avión se está cayendo. Miro a mi alrededor intentando descubrir en los demás signos de pánico. El hombre sentado a mi lado sonríe.
—Ha dado tal manotazo al libro —dice—, que ha volado como una bala directamente hacia usted. Eso es lo que la ha despertado... a usted, pero no a ella —añade, señalando con la cabeza a la mujer dormida.
What is dying like? Es el título del libro caído en mi regazo.
¿What is dying like?, en una edición de bolsillo, a diez mil metros de altitud, en algún lugar sobre el océano Atlántico? Extraña literatura de viajes, caída como por milagro o intuición divina en mi regazo, y que formula la pregunta que me hago a mí misma todos los días, varias veces al día, desde que Jaime me dejó. Jaime es la razón de mi presencia aquí, la razón por la que me encuentro dentro de este avión, yo que detesto los aviones, las alturas y los océanos, a los que temo y evito con igual intensidad.
De repente me doy cuenta de que What is dying like? formaliza de un modo absolutamente inequívoco lo que hasta ahora ha sido sólo una amalgama de despecho, sufrimiento, odio y sed de venganza. La tentación de hacer desaparecer el libro, dejándolo resbalar hacia el suelo y de ahí a mi bolso, es enorme. ¿Qué mejor regalo de despedida para un condenado? Curiosa, abro el libro y lo hojeo al azar.
—Perdone, ese libro es mío —dice una voz por encima de mi cabeza, al mismo tiempo que unos dedos gruesos, con largas uñas pintadas de rojo, arrancan sin delicadeza el libro de mis manos. Sorprendida, miro hacia arriba y quiero decirle que no se lo he cogido. Balbuceo confusa unas palabras en inglés, pero la antipática mujer encoge los hombros con impaciencia, me da la espalda y, sentándose con esfuerzo en su sitio, retoma la lectura.
Miro al hombre sentado a mi lado como un náufrago a un trozo de corcho. Él sabe que es una injusticia, que soy inocente. Con la cabeza apoyada en la ventana el hombre ronca suavemente en sintonía perfecta con los motores del avión. De la esquina del labio se le desliza un fino hilo de saliva. Enojada, pienso en Jaime. Otro traidor.


Nueva York
Mayo / domingo


Intento no dejarme vencer por el miedo que me inspira esta ciudad. En el trayecto del aeropuerto hacia aquí, cansada, tensa y nerviosa todo me resulta amenazador. Soy una de esas personas a las que muy fácilmente culquier cosa les puede dar miedo.
Bordeando Washington Square el taxi baja a Thompson y para a la puerta del edificio que indico al conductor. Vuelvo a sentirme inquieta por no quedarme aún más cerca del hotel. Pero no tengo mucho dinero y sé que esta es la mejor solución.
Miro hacia arriba y veo a Cindy, que me saluda desde la ventana. Correspondo al saludo con verdadero placer, pero no me dejo engañar. El placer que siento es sobre todo alivio, el alivio de ver una cara conocida.
Cindy me recibe en las escaleras con los brazos abiertos y entre las más profusas manifestaciones de alegría. En ella no parece que nada haya cambiado, ni la expresión ingenua e infantil de sus grandes ojos azules, ni la piel lisa y clara, ni el cabello rubio que le toca los hombros. Reparo también en que, bajo su ligero vestido de algodón color crema, su cuerpo casi atlético parece mantener aún la forma y la dureza de la juventud. Fuerzo gestos y palabras que no siento y devuelvo los abrazos, las caricias, las miradas, las exclamaciones. A pesar de que lo hemos mantenido a lo largo de los años, la verdad es que nuestro contacto ha sido siempre esporádico y formal, casi distante. Patrick, el marido de Cindy, trabajó para la misma compañía farmacéutica en la que Jaime está aún. Así fue como nos conocimos. Algunos encuentros aquí en Nueva York, unas vacaciones que pasaron en Portugal y el intercambio epistolar, regular pero circunstancial, en Navidad y en Pascua.
Cindy y yo nunca tuvimos mucho en común, y ahora que mi marido me ha dejado todavía tenemos menos. Pero quizás estoy siendo injusta. En los ojos de Cindy veo más de lo que quisiera ver. Veo simpatía. Veo preocupación verdadera cuando le cuento con más detalles mi situación. Omito la venganza y le hablo del disgusto, del hogar deshecho de repente, de la tristeza de mi hijo, de la otra mujer, de la desesperación y de la confusa pero firme determinación de hacerlo todo para recuperar a Jaime, para liberarlo del hechizo y de las garras de ella. Me pongo violenta, con el fin de cumplir el papel que se espera de mí. Miento un poco, exagero, lloro. Otra humillación que tendrán que pagar.
Cindy me escucha en silencio. Cuando me callo, noto espantada que ella también llora. Jaime siempre pensó que yo podía ser una buena actriz.
—No llores —le pido, acariciándole ligeramente la mano—. Ahora ya me encuentro bien. No te puedes imaginar lo agradecida que estoy de que me dejes quedarme en tu apartamento. Es la mejor manera en que podías ayudarme.
Cindy sonríe, se enjuga las lágrimas y se suena ruidosamente. Después se levanta, me abraza con espontaneidad y se lamenta de la situación caótica del mundo en la que incluye, de forma explícita, la traición de Jaime e, implícitamente, la dejadez polvorienta de la casa.
—Ya no se respetan los valores —continúa, bajando triste la cabeza—. No hay moralidad, no hay principios, no hay nada. Pero tranquila, él se dará cuenta y volverá a ti. Vuelven casi siempre. Y oye, querida, tienes sábanas limpias en el armario del cuarto y toallas limpias en el del pasillo. Te he comprado café y té, agua; no bebas agua del grifo, está llena de productos químicos; galletas...
Temo no ser capaz de disimular mi impaciencia por mucho más tiempo. Con alivio veo que Cindy mira a su reloj y se lamenta de que es mejor salir antes de que el tráfico se vuelva infernal.
—Salir de Nueva York después de las cuatro es como un suicidio lento —dice, poniéndose la chaqueta. Le respondo que Lisboa no está mejor, sea cual sea la hora del día.
La acompaño a la puerta deseando librarme de ella. Nos besamos y nos intercambiamos promesas. Cindy me vuelve a jurar que no va a decir a Patrick que yo estoy aquí, yo le juro que voy a tener cuidado, que no voy a olvidarme de cerrar siempre con llave la puerta ni de almorzar con ella al día siguiente.
No me gustan los cambios. Mi metabolismo se resiente siempre. Cualquier cambio, sea geográfico, climático, alimenticio o afectivo me provoca una inestabilidad desesperante. Hasta hace poco más de un mes mi vida transcurría con la puntualidad de un reloj que nunca se atrasa ni se adelanta. Así es mi idea de la armonía. Y me gusta moverme con esa precisión. Aunque, al contrario de lo que Jaime piensa, puedo dejar también espacio para imprevistos. No me gustan, es cierto. Pero sé que existen. Y sé lidiar con ellos.
Lavo la tetera y la pongo al fuego. Mientras espero que el agua hierva saco el cuaderno del bolso, lo abro por la página de hoy y, en una nota a pie de página, añado: «Limpiar el apartamento antes de 5) y 6)».
Aspiro el suelo, limpio el polvo, lavo el cuarto de baño y los cacharros de la cocina (el polvo tiene la virtud de meterse por todas partes, hasta dentro de los armarios), analizo el olor de las sábanas, las sacudo y vuelvo a hacer la cama.
Deshago la maleta, ordeno la ropa, tomo un baño largo, me meto un Lorenin con el resto del té frío y, después de asegurarme de que la puerta está cerrada con llave y cerrojo, me acuesto y espero a que la pastilla haga efecto.


Me despierto a las dos de la mañana, las siete en Portugal.
A esta hora Thompson Street es una calle tranquila. Aunque la noche me inquieta siempre, ahora me siento casi en calma.
Tengo hambre y me acuerdo de que no he cenado. En el armario de la cocina encuentro una lata de sopa de tomate y un paquete de tostadas. Como delante de la televisión haciendo un gran esfuerzo para oír, pero negándome a poner el sonido más alto.
El ruido de las sirenas que cortan la noche me pone nerviosa, y en un constante sobresalto las oigo pasar, sin detenerse, por las calles vecinas. Me tranquilizo al imaginar que es siempre así, la amenaza relegada a otros lugares. Es un alivio efímero.
Me acuesto cerca de las cuatro, me duermo enseguida, pero vuelvo a despertarme desorientada poco después. Por la calle pasa un coche, una, dos, veinte veces, acelerando y desacelerando con enormes chirridos de las ruedas. Todavía somnolienta creo que se trata de un aumento repentino del tráfico, pero enseguida me doy cuenta de que el coche es siempre el mismo y, con el corazón desbocado, decido que es alguien buscando a alguien o a algo, mafiosos, droga, ajuste de cuentas, un traficante que no ha cumplido, un cliente desesperado.
Hago un esfuerzo para levantarme e ir a la ventana a mirar, pero en cuanto pongo los pies en el suelo oigo un grito estridente y me quedo sin saber qué hacer, con el movimiento dubitativo y la voluntad congelada. Al oír otro grito, esta vez amortiguado por el ruido del coche que se aproxima de nuevo, mi cuerpo comienza a temblar.
—Bill —grita la voz—. ¡Bill! —insiste impaciente, enfadada, amenazadora. Durante un momento, conteniendo la respiración, espero el tiro, imagino el navajazo, el ruido amortiguado de un cuerpo al caer al suelo. Bill va a morir, o a matar, probablemente por un error, un mal entendido, una estupidez.
El miedo deja paso al pavor. ¿Y si la bala se pierde, si la disparan al aire y entra por mi ventana? ¿Serán los cristales a prueba de balas? Debería habérselo preguntado a Cindy. Vuelvo a meter las piernas bajo las sábanas y tapándome hasta el cuello espero en la penumbra, con el cuerpo tenso y los ojos desencajados.
El coche vuelve a entrar en la calle. A pesar del ronroneo asmático del motor distingo unas voces. Cierro los ojos y pienso que el momento ha llegado. Enseguida callan las voces y, aún más aterrorizada, me doy cuenta de que en el patio, justo debajo de la ventana del cuarto, alguien revuelve los contenedores de metal donde se acumula la basura del edificio.
El silbato de una sirena se superpone a los sonidos confusos que vienen del patio. Esta vez estoy segura de que no se alejará hacia otros lugares, alguien ha llamado a la policía. Y escucho, intentando distinguir el ruido de los pasos de una fuga precipitada.
La sirena se aleja en la noche. Al final no venía hacia aquí. No oí que nadie huyera y, allí abajo, el ruido continúa, aparentemente desordenado y caótico como el final de un carnaval. De repente reparo en que parece que los ruidos se articulan formando un todo vagamente familiar.
El estado de vigilancia absoluta se disipa al recordar que vi, clavado en un panel del descansillo, un folleto con el horario de recogida de basuras. Riéndome (¿cómo he podido ser tan tonta?) recuerdo el día estipulado, el subrayado en rojo de la multa de doscientos dólares para los infractores. Corro a la ventana de la sala aún a tiempo de ver, alejándose despacio, al camión de la basura.

Lisboa
Abril


—Mi vida ha sido una sucesión de errores, de mal entendidos, de verdades a medias. En serio, hablo en serio. Nunca, hasta que te he conocido, había sentido lo que siento ahora —confesó Jaime, inclinando el cuerpo y besando a Fibi—. Había siempre alguien que se anticipaba, que escogía por mí, que decidía. Quería ser moreno y soy rubio, quería ser delgado y soy gordo, quería ser poeta y soy médico. Quería haberte conocido hace muchos años, no haberme casado con Berta, que mi hijo fuera tuyo. Tú eres la primera elección de mi vida.
Fibi sonrió y retirando la mano que Jaime acariciaba distraído pensó que la situación era, como mínimo, absurda.
—¿Cómo puedes darme tanta importancia si ni siquiera me conoces?
—Te conozco lo suficiente, es como si te conociese de toda la vida. Eres mi alma gemela. Yo creo que cada ser tiene un alma gemela. Algunos tienen la suerte de encontrarla más pronto o más tarde en la vida, otros nunca la encuentran. Tú eres todo lo que a mi me gustaría ser. Y tener.
Fibi miró a Jaime perpleja. «Una semana —pensó—, media docena de citas como mucho y este tío me dice que soy la mujer de su vida. ¿Halagada? Sí, me siento halagada, no estoy acostumbrada a semejante dedicación. ¿Enamorada? No, no lo creo. A pesar de todo tiene algo, algo así como una gran vulnerabilidad o una tensión emocional. Un niño grande, eso es lo que es. Este hombre es un perfecto crío».
—¿Qué piensas, Felisbela? —preguntó Jaime—. No estabas aquí conmigo —se quejó con tono enojado.
—No me llames Felisbela, por favor. Es un nombre horroroso. Aún hoy no perdono a mis padres la elección que hicieron —dijo Fibi con vehemencia.
—¡Qué disparate, amor! Nada que venga de ti es horroroso. Pues vale, Fibi. Te prometo que de aquí en adelante te llamaré sólo Fibi.
—Todo esto es increíble; quiero decir, apenas nos conocemos —murmuró Fibi. «Quizá lo que me atraiga de él sea la suavidad con la que me trata. También me gusta esa sensación de integridad, de seriedad, que transmite. Nunca he tenido un novio que me haya inspirado confianza. Eso se siente, se ve en la manera en que nos miran, nos tratan. Además, es un hombre encantador. Estoy convencida de que es más atractivo ahora en la madurez, con el pelo ya gris, con las arrugas de expresión marcándole una cara que sin ellas sería apática y sin interés, que cuando era más joven. Me gusta sentirlo alto a mi lado. Y, ¿por qué no?, me gusta la seguridad que me da su dinero».


Jaime se vistió en silencio en la penumbra del cuarto y sin despertar a Fibi salió. El viento frío de la madrugada le espabiló el cuerpo adormecido, pero en su cabeza la confusión seguía siendo total. Durante unos minutos se paró al borde de la acera mirando para un lado y para otro de la calle, como si buscase un taxi.
Con las manos crispadas y arrebujadas dentro de los bolsillos del abrigo, y con los cuellos subidos, intentando calentarse la nariz con el aliento de la respiración, Jaime comenzó a andar despacio, imaginando con un cierto miedo su entrada en casa, el encuentro, la cena que Berta seguramente le iba a preparar.
«Berta, mentir es algo que no está en mi naturaleza. Ni tú eres tonta. Ni siquiera vale la pena que sigamos fingiendo, ambos sabemos que nuestro matrimonio está acabado. Mejor dicho, nunca llegó a empezar. Sí, está el chico, ya lo sé. Pero no será el único criado por padres divorciados. Hoy en día eso es normal, perfectamente aceptable.
»Berta, sé que estás dolida, ni siquiera te he avisado de que llegaba tarde. Surgió una urgencia, ya sabes cómo es, no es la primera vez que pasa esto. ¿Se ha portado bien Jonas? ¿Ha estudiado algo?
»Berta, ya no te puedo mirar. Odio tu aire pretencioso, tu seguridad, tu suerte. Detesto tu corte de pelo de niña, siempre el mismo desde que te conocí, las pecas que te manchan la piel, tu cuerpo grande y delgado, tus vestiditos chics. Hasta no hacer nada te sienta bien. Tienes todo lo que quieres, y yo no tengo nada de lo que quisiera. Tú me escogiste y yo me dejé escoger.
»Berta, hay otra mujer en mi vida. No, no llores, por favor, no llores».


Jaime suspiró, abrió la puerta y entró en casa. La luz de la cocina al fondo del pasillo estaba encendida. «Voy a sacar al perro a la calle —decidió—, y me enfrento después. Es un mal inevitable, puede esperar un poco más».
—Catota —llamó, silbando bajito—. Catota, ven con tu dueño, vamos a la calle.
Pero el perro no apareció. Jaime cerró la puerta y empezó a andar en dirección a la cocina. De repente sintió que algo se movía debajo de sus pies y, justo antes de darse cuenta de que había tropezado con el perro, se cayó de bruces, apresado por una sólida dentadura bien sujeta a su tobillo.
—Hijo de puta —maldijo en voz baja, intentando liberarse—. Suéltame, estúpido. Soy yo, tu dueño.
«¿Será que huele a Fibi?», pensó masajeándose la pierna dolorida y empujando al perro que, tras reconocerlo finalmente, le lamía la cara, ahora remilgado y gimiente.
Jaime entró en la cocina cojeando. Esperaba encontrar a Berta sentada en la mesa, con los ojos enrojecidos, hinchados y llorosos, los labios reducidos a un fino trazo de rabia, desgreñada y ridícula con su pomposa bata de seda verde. La verdad es que nunca la había visto así, pero seguro que así iba a ser.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, espantado al ver a Jonas que, sentado en la mesa, leía un libro de cómics.
—No tengo sueño —respondió Jonas lacónico, sin levantar los ojos del libro—. Tengo examen de Matemáticas mañana.
—¿Tienes examen de Matemáticas y estás leyendo esa porquería? Tus notas son brillantes, ¿no es así? ¿Para qué estudiar más?
—Ya lo he estudiado todo, papá —respondió Jonas bostezando.
Jaime no insistió. Sabía que era inútil y, además, lo último que le apetecía era provocar una discusión con su hijo.
—El listo del perro me ha mordido —dijo en tono quejoso, apoyando el pie encima de la silla y enrollándose el pantalón hasta la altura de la herida.
Aparentando interés Jonas levantó por primera vez los ojos del libro.
—¿Te ha mordido? Entonces ha sido eso lo que he oído, ya me pareció, pero he creído que era Catota protestando porque le querías obligar a salir. Y quizá haya sido eso —concluyó riéndose.
—Qué gracioso —dijo Jaime irritado—. ¿El perro está vacunado?
—¡Yo qué sé! —exclamó Jonas—. Pregúntaselo a mamá.
—¿Y tu madre? —preguntó Jaime; parecía que se daba cuenta de repente de que Berta no estaba allí.
—Mamá está durmiendo. ¿Dónde querías que estuviera? Son las cuatro de la mañana, papá.
«Júzgame, recrimíname —pensó Jaime—. Mírame con esos ojos grises, fríos y malos. Los ojos que ha heredado de ella».
—Una emergencia —balbuceó encogiendo los hombros—. ¿Sabes si hay agua oxigenada?
Jonas se levantó de lado y sin pronunciar palabra salió de la cocina. Jaime se quitó el abrigo y la chaqueta y tirándolos encima de la mesa se dejó caer, exhausto, en la silla. «Si ella no está aquí —pensó—, estará sentada en la sala, a oscuras». También eso era posible.
Jonas volvió con el agua oxigenada y durante un momento se quedó mirando cómo su padre se desinfectaba la herida.
—Eso no es nada —dijo en tono desdeñoso—. Dos marquitas enrojecidas alrededor. Por la bronca pensé que había sido peor.
—¡Entiendes mucho de esto! Dos marquitas —dijo Jaime, imitando la voz de su hijo—. Verás el hematoma que tengo mañana. Y duele de muerte. Venga, vete a acostar que ya es muy tarde. Ya acabo y no merece la pena. —Jaime levantó la vista dispuesto a echarlo, pero Jonas ya no estaba en la cocina.
«Todos me odian en esta casa —pensó con amargura—. El perro, mi mujer, y hasta el chaval, empujado por la rebeldía de la adolescencia y picado por su madre, parece que está contra mí. No hay duda de que para todos sería mejor que me largara». Le vino a la cabeza la imagen de Fibi. Vio su cuerpo delgado y bien proporcionado, la delicadeza de sus manos finas, la vivacidad de sus ojos negros, los labios de contorno barroco siempre pintados de rojo, la fantástica melena oscura y rizada que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Jaime sintió una emoción tan fuerte que las lágrimas le vinieron a los ojos.
—Te amo —susurro sin querer.
—Muy cariñoso de tu parte —dijo Berta, dándole un susto enorme.
—Estás ahí... —dijo Jaime sobresaltado, dándose la vuelta.
—Pensé que te habías dado cuenta. No me digas que la declaración de amor estaba destinada a Catota —bromeó Berta, agarrando el abrigo y la chaqueta que Jaime había tirado encima de la mesa—. ¿Te hubiera costado mucho colgar esto? Ya sabes cómo odio ver las cosas fuera de su sitio. Detesto el desorden.
Jaime no respondió. Sin moverse esperó a que Berta volviera a la cocina. «Me pone enfermo —pensó con rabia—. Esta mujer con su manía del orden me pone enfermo».
—Perdona que no te haya avisado —dijo súbitamente intimidado, como le pasaba frecuentemente en presencia de su mujer—. La reunión acabó tardísimo y para relajarnos fuimos a tomar una copa. —Jaime se calló y miró a Berta, que estaba sentada enfrente de él, en la silla que había ocupado Jonas. Ni sus ojos estaban enrojecidos ni hinchados, ni su pelo desgreñado, y los labios formaban no una línea de rabia sino una sonrisa burlona. Sólo la bata de seda verde correspondía a la imagen que Jaime había anticipado de ella.
—No importa —respondió Berta—. Nunca me voy a acostumbrar, pero no importa. Sé que forma parte de tu profesión, ¿no es así, querido?
Jaime tuvo ganas de darle un puñetazo, de acabar de una vez por todas con esa permanente sonrisa burlona y de superioridad de Berta. «Todo lo que digo —pensó—, todo lo que soy, todo lo que quiero es para ella irrelevante e indiferente. Ella me programa, me controla; es ella quien decide». Jaime quiso decirle que la iba a dejar, que estaba harto. Que había otra mujer, la mujer de su vida, e intentó recordar los discursos que había ensayado totalmente decidido y aún con las manos de Fibi bien presentes en su cuerpo. Pero no recordó ninguno o, mejor, no consiguió decir nada.
—¿Has cenado? —preguntó Berta, rompiendo finalmente el silencio, después de reorganizar por enésima vez los objetos de encima de la mesa.
—He comido un filete en el bar. Estoy destrozado, me voy a acostar.
Berta se levantó, rodeó la mesa y se puso detrás de su marido colocando las manos sobre sus hombros.
—Una de tus enfermeras tiene un gusto terriblemente vulgar para los perfumes —le susurró al oído, después de besarle suavemente en la nuca.
Berta sabía, siempre había sabido, todos los pasos de Jaime. Sabía que había conocido a Fibi, cuándo y cómo; sabía que se habían hecho amantes, sabía que él venía de su casa. Sabía incluso que Jaime la quería dejar. La situación no le resultaba, por así decirlo, extraña; la había anticipado otras veces y ahora que estaba tan cerca de hacerse verdad era como si viviese una amarga victoria. Por fin, su obsesiva desconfianza estaba plenamente justificada.


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