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El cuchillo en la garganta

KJARTAN FLØGSTAD

256 págs.

Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

ISBN 84-96080-52-8

17,95 Eur.

El cuchillo en la garganta (00029)


     



Lugares del mundo


Mina a la deriva


Consiguió dominar los temblores con ambas manos sobre el volante. La carretera se curvaba, pero él se agarró, temblando en sintonía con el temblor coagulado de tiempos remotos del paisaje. Se encontraba en lo más profundo de un páramo poblado de figuras prehistóricas. Cazadores de cabezas, caníbales, cavernícolas, seres tribales. Llevaba el garrote en las manos. Pronto se encontraría cara a cara con su progenitor, y el progenitor miraría al hijo asesino a los ojos.
Había llegado.
Ambas manos sobre el volante, la aguja del velocímetro en noventa, aún conseguía dominar el temblor. El mar quedaba ya muy atrás, pero seguía conduciendo por un paisaje costero, un paisaje desnudo con cerros redondeados, montículos y colinas bajas cubiertas de piedra, brezo y arbustos perennes. Un mar agitado con crestas marrones coaguladas, justo por encima del límite de inundación. En el cielo, el gran maestro pintaba nubes con ligeras pinceladas hacia el oeste del horizonte en un lienzo que se volvía cada vez más pesado y negro, sin forma ni dirección, salpicando de fósforo el coche que se mecía con las olas de la carretera, camino de las blancas rompientes de las montañas nevadas.
¿Quién puede arder en la espuma de la ardiente ola?

 


El conde de la Tierra Pelada


Seguía sentado con las manos entrelazadas sobre el volante. No sabía por dónde había venido. El coche estaba parado con el motor apagado, y él llevaba un rato ausente. Abrió la puerta y puso el pie en el suelo. La humedad le atravesó inmediatamente las finas suelas de los zapatos: había vuelto a casa. La hierba larga y mojada estaba aplastada bajo las cubiertas y se inclinaba a los lados de las huellas de las ruedas, deslizándose por la parte delantera del vehículo. Salió y dio una vuelta alrededor del coche. Olía a porqueriza, oveja, pienso de silo y lluvia. Le resultaba conocido. Sabía dónde estaba. Se detuvo detrás del coche, abrió la puerta del maletero y sacó dos botes de diez litros de pintura. Ya tenía los pies empapados. El chapoteo de sus pasos en la tierra mojada le hizo pensar en infancia, frío, pasado, hogar. Oscurecía deprisa bajo las nubes de fósforo que lo habían acompañado desde el mar. En la esquina de la casa más próxima brillaba una bombilla de pocos vatios cubierta por un globo. Fue hacia allí. De la casa vecina, que estaba aún más atrás, salía luz por la ventana de la cocina. El rectángulo negro que había junto a ella parecía un granero grande y moderno. Detrás de él, al otro lado de la carretera principal, se oía el rumor del agua del fiordo, que enseñaba sus largos y blancos dientes de espuma por entre las piedras de la playa. Primero olía a gasóleo, y él pensó: autocar. Pero, mientras avanzaba con los pies empapados por el estrecho camino de tierra hacia la casa más próxima, aumentaba el olor húmedo a abono, hierba mojada y pienso animal. No había señal de vida por ninguna parte. La casa estaba oscura. Ni siquiera el portazo que dio al salir del coche había encendido las ventanas.
En la cara norte de la casa habían construido una alta escalera de cemento que conducía a un zaguán. Dejó los dos botes de pintura al pie de la escalera. De la pared, encima del par de zuecos colocados en el escalón superior, colgaba una maceta vacía de plástico blanco y un paraguas negro de caballero con una varilla rota. La puerta no tenía ninguna placa y estaba cerrada. El portal olía a podrido, a hongos y a humedad. Estaba en penumbra. Un par de zapatillas de goma con cordones estaba ordenadamente colocado frente al umbral. Bjørn Pelado Blakke llamó a la puerta y entró sin esperar contestación en la cueva de la que había salido alguna vez al principio de los tiempos.
En el pasillo por el que acababa de entrar había dos puertas que conducían al interior de la casa. La puerta de la sala estaba cerrada. Los cuadros y las fotos de las paredes seguían siendo los mismos con los que se había criado. Una foto de él de joven, Berta Louise en casa del fotógrafo, la foto de la boda en marco de plata, atardecer en un lago de montaña pintado al óleo. Los recuerdos oscilaban como un vídeo sobre las paredes de la cueva. Desde la habitación, del otro lado de la pared, llegaba un insistente y vago cuchicheo.
La otra puerta del pasillo estaba entreabierta y daba a la cocina. Allí saltaba alegremente la tapadera de una cacerola, hirviendo bajo un peso de zinc. A excepción de un testigo rojo, no había ninguna luz en la cocina. Bjørn Pelado Blakke pasó la mano por el marco de la puerta, encontró el interruptor y encendió la lámpara del techo, cuya luz amortiguaba una pantalla de porcelana blanca. Apartó el agua hirviendo y apagó la placa de la cocina. En el silencio que siguió oyó una voz hablar lenta y melosamente en la habitación de al lado. Por la rendija de la puerta entreabierta salía el pálido reflejo azul del televisor hacia la cocina.
En un sofá de tres plazas frente al televisor había un hombre tumbado, durmiendo con la boca abierta ante las imágenes de la programación infantil. Delante de él, en la mesa baja de cobre, una taza vacía con dibujos de flores y el borde dorado, y un frasco de café instantáneo. Bjørn Pelado Blakke giró sobre sus talones en la puerta y volvió a la cocina. En la cacerola aún no se había evaporado toda el agua. De la pared colgaba una bandejita bajo una fuente esmaltada con el borde verde. Bjørn Pelado Blakke llevó a la sala la bandeja y el cazo de agua, preparó dos medias tazas de café cargado y se acomodó en el sillón vacío junto a la mesa baja.
Lo que estaba haciendo falta era el olor a café. El hombrecillo del sofá de terciopelo empezó a agitarse en sueños, moviendo la cabeza, husmeando y levantando el torso. Parecía aún más bajo de lo que Bjørn Pelado Blakke recordaba, aún más bajo que él mismo, más debilucho, con menos pelo, más viejo y desmejorado. Chorradas, estaba como siempre. Incluso dormido, su rostro tenía la misma expresión extraña y amargada que cuando estaba despierto.
De pronto se coordinaron los movimientos incoherentes. El olor a café tuvo el efecto de disolver el sueño. El hombre dio un respingo y cerró la boca abierta con los ojos cerrados abiertos de par en par. Una suma de impresiones inconscientes se había infiltrado en alguno de sus sentidos. El dique reventó y el mundo exterior se le vino encima. Se incorporó de un salto, se dio contra el borde de la mesa, volvió a caer sobre los cojines de terciopelo del sofá y se quedó mirando la cara de Bjørn Pelado Blakke con expresión de aturdimiento. Como muchos hombres bajos, tenía la espalda increíblemente recta, un ángulo desafiante en la nuca y un porte como diciendo: «¡Ven si te atreves! ¡No soy tan debilucho como parezco!».
Su segundo intento de incorporarse fue más lento y más logrado. Consiguió bajar las dos piernas del sofá, poner los pies en calcetines en el suelo y colocarse la dentadura postiza en la boca. Con un rostro tan reluciente como un espejo recién pulido, miró fijamente a Bjørn Pelado Blakke.
Bjørn Pelado Blakke le devolvió la mirada. No había rastro de reconocimiento en el rostro reluciente. Así permanecieron un buen rato, mirándose cara a cara el uno al otro. Al ver el olvido grabado en el rostro reluciente de su padre, Bjørn Pelado Blakke supo que para eso había vivido. El hombre del sofá era su padre. Miró larga y detenidamente a Bjørn Pelado Blakke sin reconocer a su propio hijo. Esa era la libertad, ese breve instante en el que pudo ser un extraño. Con su padre de espejo, Bjørn Pelado Blakke vio su propio rostro desconocido, vio que era libre, supo en qué momento había sido liberado.
Como un pez tras el cristal de un acuario, el padre abría y cerraba la boca. ¡Qué pequeño y ligero era! Nada más que una fina funda terrenal que envolvía esa voz grave que empezó a murmurar algo inaudible. Una funda, un tono de voz. No había dejado ninguna huella profunda tras de sí en esta vida. Eso se veía a primera vista. El cuerpo era una funda, las palabras eran aire, el recuerdo estaba vacío, los movimientos eran viento; el cuerpo, tan ligero como un mosquito que cualquier membrana terrenal soportaría.
El rostro frente a Bjørn Pelado Blakke seguía cerrado, pero parecía como si su padre estuviera a punto de vislumbrar algo. También se diría que necesitaba tener la boca abierta para que le entrara algo en la cabeza. Estaba sentado bajo la potente bombilla de interrogatorio que lucía sobre el león de escayola pintado de color bronce de la lámpara, mirando a su hijo desconocido. El conde de la Tierra Pelada tenía aspecto de estar a punto de recordar algo que había sabido y luego olvidado durante muchos años, veintiocho, para ser exactos.
El conde de la Tierra Pelada. El conde y la condesa de la Tierra Pelada. Bjørn Pelado Blakke había querido olvidarse de los dos. Quería olvidar y ser olvidado. Quería sumergirse hasta el fondo del mar de lágrimas saladas, agarrarse a él, cavarse un agujero seguro de tejón en la profundidad del fondo del mar, y quedarse allí, invisible, con todas las lágrimas como un océano encima de él. No bastaba con mantenerse bajo la superficie. Debajo del mar, bajo el fondo del mar. ¡Debajo de la superficie del reverso de la medalla!
Y, sin embargo, Bjørn Pelado Blakke no había olvidado. Pero él sí había sido olvidado. Bjørn Pelado Blakke pudo leerlo en el rostro reluciente y vacío del conde de la Tierra Pelada, y esa mirada estaba tan vacía como grande es el mundo. Con la boca entreabierta parecía como si el viejo le estuviera clavando tres ojos. Dos somnolientos, con sus pupilas colocadas donde deben estar. Y luego el tercero más abajo, con la lengua como un globo ocular rojo en la boca entreabierta. Bjørn Pelado Blakke sabía exactamente lo que diría ese ojo, lo supo en el instante en el que vio el primer signo de reconocimiento en los otros dos.
—Pero ¿no es...? —dijo el tercer ojo, agrandándose aún más.
Bjørn Pelado Blakke no contestó.
—Sí, lo es —se contestó el conde de la Tierra Pelada a sí mismo—. Ya lo creo que sí. Ya lo creo, ya lo creo.
El conde extendió una mano marchita. A pesar del calor sofocante de la sala, que olía a sueño y albóndigas del año anterior, llevaba una gruesa chaqueta abotonada hasta el cuello con botones de metal.
—Te he hecho un café —dijo Bjørn Pelado Blakke.
Era evidente que el conde de la Tierra Pelada estaba buscando alguna disculpa. Saboreó el café, y al no quemarse los labios, dio otro sorbo y otro más.
—No es fácil —dijo, colocando la taza cuidadosamente sobre el platito—. No cuando se llega a mi edad. Te entra mucho sueño por la tarde. Y aquí estoy sentado solo, después de que se marchara mamá. Tu madre, quiero decir. Cuando ella murió. Una siestecilla no viene mal. Sobre todo cuando hace bueno, los días son claros y estás a punto de dormirte. Es como si miraras hacia atrás al mundo desde el sueño, como si estuvieras dormido viéndote despierto al mismo tiempo. En ese instante es como si me disolviera, como si estuviera en un estado y mirara a otro.
Frases conocidas. Como tantas otras personas alegres, el conde de la Tierra Pelada era un hábil filósofo de lo cotidiano. Junto a mil copas había meditado extensamente sobre cuestiones como esa y similares.
—¿Inconsciente? —sugirió Bjørn Pelado Blakke.
—Sí, tú que has estado por el mundo seguramente sabrás maneras más latinas de expresarlo. Resulta más bien extraño decirlo, porque es como si se tratara de la felicidad completa, aunque esas son palabras que no suelo emplear, cosas de las que no sé nada. Pues así es. De algún modo floto, pero no como un cuerpo en el agua. Es algo mucho más ligero. Tampoco es volar, estar en el aire. Es más como si te disolvieras, como si te convirtieras en el mismo aire. El aire se convierte en ti, tú te conviertes en aire. Respiras aire, y el aire te respira a ti. En esos momentos se me ocurren las palabras más grandiosas que conozco. Libertad, felicidad, cosas así. Pues así es, sí señor.
El programa infantil seguía rayando la pantalla.
—No te he reconocido, fíjate —dijo el conde de la Tierra Pelada—. Llevas mucho tiempo ausente. Creo que ni siquiera te he preguntado dónde has estado.
—El Golfo Pérsico —contestó Bjørn Pelado Blakke—. Recientemente, Plataforma. Benín. África Occidental. Sudamérica. Todo eso. Países de paganos. No creo que vayan a cristianizarse. Ni siquiera tienen nieve en Nochebuena. ¿Cómo se puede entonces volver uno cristiano?
El conde se rió.
—Ay, Bjørn, Bjørn —dijo—. Siempre has sido especial. Jamás diste problemas. Serio y alegre a la vez. Serio y bromista. Dos dedos de seriedad en el fondo y un montón de bromas encima.
Bjørn Pelado Blakke sabía muy bien lo que diría ahora el conde de la Tierra Pelada. Se lo dijo al televisor:
—¿No tendrás...? No habrás traído algo, ¿verdad?
Bjørn Pelado Blakke ignoró la cuestión. Preguntó qué tal le iba a Berta Louise, que vivía un poco más arriba, en la cuesta, estaba casada con un jefe de máquinas y tenía dos críos y más de cincuenta ovejas que ella cuidaba mientras su jefe de máquinas navegaba en el exterior; se encontraba muy bien.
—Me refería a algo líquido —dijo el conde de la Tierra Pelada—. A algo embotellado. Si has traído algo, quiero decir, un pequeño reconstituyente, algo estimulante, algo que gorgotee, ya sabes, glu-glu-glu.
—Nada embotellado —dijo Bjørn Pelado Blakke viendo cómo el viejo se encogía, haciéndose aún más pequeño.
—¿Ni siquiera una?
Todavía un débil chirrido de esperanza en la voz crespa.
Bjørn Pelado Blakke negó tristemente con la cabeza.
—Pero —añadió— tengo dos botes en la escalera.
—¿Botes? ¿Lo has traído en botes?
Esta vez el conde de la Tierra Pelada apartó del todo la mirada del televisor.
—Ay, ay, Bjørn —dijo—, siempre has sido algo especial. Tú nunca has llegado con botellas vacías y pretextos sin sentido. Fíjate, haber venido con botes a visitar a tu viejo padre sabiendo que a él siempre le ha gustado la bebida, vaya, vaya. Es lo que siempre hemos dicho los nobles. La borrachera es mejor que el vacío. Iré a por vasos.
—No hace falta. Necesitamos un gancho y una escalera.
La cara del conde se hundió hasta el último ojal de la chaqueta. Miró asustado a su hijo:
—¿Gancho, dices? ¿Y escalera? ¿Has dicho escalera? Yo suelo contentarme con un vaso y cubitos de hielo.
—Escalera. Y gancho. Una escalera para subir, y un gancho para el bote de pintura. No hay que probarla si no quieres ponerte color violeta por dentro. Hay dos botes de diez litros en la escalera esperando a que los unten en la pared. Como tú no te ocupas, tengo que ser yo el que te adecente la madriguera. No soy de esos que permiten que su padre viva en una chabola sin ponerle remedio. Tráete también el raspador, y luego nos repartiremos esta.
Bjørn Pelado Blakke buscó debajo de la chaqueta y sacó una botella que puso con un golpe encima de la mesa.
—Pero si es de noche —dijo el conde con voz de esperanza mirando por la ventana—. No podemos pintar en la oscuridad. Nadie puede pintar en la oscuridad.
—Yo he trabajado de pintor. Así que vamos.
—Bueno, bueno —murmuró el conde de la Tierra Pelada, y siguió a su hijo hasta la escalera pisándole los talones.
La oscuridad salía a gotitas de la tierra como humedad, bajando del cielo, de las ráfagas de viento. Y la humedad les cayó como oscuridad en cuanto abrieron la puerta exterior. Noche y lluvia, entrelazadas, otoñales y mojadas, frías y oscuras.
—Pero está lloviendo —dijo el conde—. No podemos pintar ahí fuera, bajo la lluvia y de noche. No podemos, ¿verdad que no?
Bjørn Pelado Blakke ignoró el tono esperanzado de su padre. Cerró la puerta tras de sí y salió a la lluvia. Pidió a gritos la escalera y recibió una tenue respuesta desde arriba. Estaba colgada en la pared trasera de la casa, y enseguida estuvo apoyada en la fachada. Bjørn Pelado Blakke abrió el primer bote de pintura haciendo palanca en la tapa, la removió un poco y metió la brocha descuidadamente.
—Pero si ni siquiera se ve el color —se oyó desde la puerta.
—No, nada, nada en absoluto.
Sin más comentarios, Bjørn Pelado Blakke se puso a untar la madera de pintura. Temblaba tanto que la escalera vibraba. Pero en cuanto puso la brocha sobre la pared, el temblor cesó. Mientras la pasaba de un lado a otro murmuraba que Bjørn Pelado Blakke no era de esos que iban a ver a su padre y no le echaban una mano.
—¿No querías emborracharte? —le gritó al conde, que seguía arriba, en la escalinata de su palacio—. Mete aquí la nariz y verás cómo nos emborrachamos. Primero de pintura y luego de aguardiente. Cuanto antes acabemos con el contenido de este bote, antes podremos dedicarnos a la botella.
Esta información pareció encender una nueva vitalidad en el conde. Se precipitó escaleras abajo y agarró la otra brocha. Una estampa conmovedora. El conde en persona y Bjørn Pelado Blakke con botes de pintura pintando la fachada de la casa en la oscuridad, bajo la lluvia, y con ráfagas de viento.
Brocha en mano y olor en nariz, Bjørn Pelado Blakke iba recordando con el olfato. Los recuerdos fueron absorbidos por la conciencia como vapor de disolvente y polvo de pintura entrando en un eficaz sistema de ventilación. Tiene apenas quince años. Lo meten hasta el fondo de los tanques vacíos del viejo barco Bravado sólo con un bañador. Está descalzo, un trapo delante de la nariz es su única medida de protección. Más muerto que vivo lo vuelven a subir cuando se desmaya y todo le da vueltas. Subir a la cubierta para ventilarse y luego abajo otra vez. No es más de lo que puede aguantar un verdadero macho.
Son los tanques del Bravado. Otros tanques, otros pensamientos. Muy a lo lejos oye a alguien gritar. ¿El contramaestre? ¡El conde de la Tierra Pelada!
—¿Queda bien?
Bjørn Pelado Blakke siente la lluvia en la cara y abre los ojos. El conde de la Tierra Pelada es contramaestre y capataz. Inmóvil como un espantapájaros sobre la escalera con el viento y la lluvia.
—Sí, bien. Muy bien.
El conde mira suplicante a Bjørn Pelado Blakke, que siente la mirada en su persona. Luego nota la brocha que tiene fuertemente agarrada. Reconoce el lugar. No está en el Bravado. Está en la escalera. Llueve. Se resigna.
—Vale, digámoslo así.
—¿Digamos qué?
—Que está bien. Digamos que ya está bien.
Bjørn Pelado Blakke deja caer la brocha, coge el bote y lo vacía sobre la pared como si fuera un cubo de agua. La voz que dice que está bien suena débil y aplanada, está bien.
Digámoslo así.
—¡Está bien! Está bien. Mañana amanecerás con la casa pintada de violeta. ¿A que está bien?
El conde está perplejo con la brocha en la mano. Tiene pinta de lo que es: el único noble de todo el mundo que ha tenido descendientes tejones.
Bjørn Pelado Blakke es el único tejón con sangre azul en las venas.
—Entremos —dice—, necesitamos entrar y reconfortarnos un poco.
En la sala chisporrotean las imágenes de las noticias desde el televisor como una chimenea en la que arde la realidad.
El conde se sacude en la puerta como un perro mojado. Luego va a la cocina a por vasos y una tacita de piedra de lava negra para guardar las gafas.
—Debería salir a dar de comer a las ovejas —dice en voz muy alta—, pero creo que no voy a hacerlo. Creo que vamos a dejarlo por hoy. Vamos a relajarnos, a descansar.
Bjørn Pelado Blakke ha agarrado el cuello de la botella. Es una botella de litro de licor de whisky que le pesa en la mano. La levanta por encima de la cabeza y espera pacientemente.
—Bueno, bueno, vamos a probar la mercancía —dice el conde de la Tierra Pelada volviendo de la cocina.
De repente se detiene en la puerta. Con la boca abierta y un vaso en cada mano, el conde se queda parado en la puerta de la cocina mirando cómo Bjørn Pelado Blakke con gran lentitud, increíblemente despacio y desgarrándole el corazón, levanta la valiosa botella y la estrella contra el televisor.
—Toma —dice, dejando caer el cuello de la botella al suelo—. Ahí tienes tu bebida. Puedes lamerla si quieres.
El conde de la Tierra Pelada contempla incrédulo cómo las últimas y preciadas gotas bajan por la pantalla encendida.
—¡Qué! —grita—. ¡Coño! ¿Qué coño estás haciendo?
Bjørn Pelado Blakke no contesta. Le da una patada al cuello de la botella y se vuelve.
—¡Venir aquí! —grita el conde con el llanto en la garganta—. ¡Venir aquí y derramar todo ese alcohol del bueno por el televisor! ¿Así me agradeces todo lo que he hecho por ti? ¿Así me agradeces la educación que te he dado y todo lo demás? ¡Vete al infierno! ¡Vete a la mierda, cabrón!
—Ya lo creo —dice Bjørn Pelado Blakke—. Ya lo creo. Ya lo creo.
Tiene las manos pegajosas del licor. Sale al pasillo en busca del cuarto de baño.
Encuentra una puerta en la que se ve un ángel de Rubens con la espalda arqueada y dirigiendo su chorro a un orinal. Detrás de la puerta no hay ningún baño, solo un inodoro y un lavabo. Abre el grifo y se mira en el espejo. Tiene la cara empapada de llanto y lluvia. Su mirada sigue las lágrimas que le chorrean por las mejillas y se mezclan con el agua que sale del grifo. El lavabo blanco está manchado y agrietado, y la taza mugrienta. Bjørn Pelado Blakke se echa un poco de agua en la cara. Mientras el agua fría se mezcla con las lágrimas, se pone a limpiar con ambas manos el lavabo, y por el desagüe se van las lágrimas y la mierda de las fatigas de su padre. La mierda y el sudor diluidos por las lágrimas, lavados y desaparecidos.
Fuera, el hocico mojado de la lluvia se restregaba contra la hierba. Recordó que no se había encontrado con nadie. Se acordaba de dónde estaba. Bajó el enfangado camino de la granja hasta el coche sin mirar hacia atrás. El motor arrancó a la primera. El fosfato corría a chorros por el parabrisas. No, no se iba al infierno. Tampoco al cielo. A ninguno de los dos sitios. No existían ni el cielo ni el infierno, había podido comprobarlo por sí mismo.
Únicamente restos terrestres al caer la noche.
Y no había ninguna diferencia entre los esclavos de Dios.
Todavía sin mirar hacia atrás cogió la carretera principal. Tuvo que conducir algunos kilómetros hasta el café más próximo, una cueva de estalactitas eléctricas en la que no estabas obligado a llevar corbata ni a comer. Entró en esa extraña síntesis de madera clara barnizada, neón blanco, olor a frito y noche oscura. A excepción de un viejo solitario, una colilla, un periódico de la mañana y un café frío, estaba solo en el lugar.
Bjørn Pelado Blakke tomó una cena mediocremente acrílica y dejó los colorantes en el plato. Aún le quedaba una hora para llegar a la ciudad donde su hermana y él habían sido cachorros de tejón y la gente estaba tan llena de mercurio que podía servir de termómetro.
Y no sólo por el color rojo de la política.
Se tapó la cara con las manos y se las olió. Las palmas le seguían oliendo a alcohol. ¿O era su propio aliento?
Un pequeño camión grúa estaba aparcado fuera. Lo vio al salir. Al principio pensó que llevaba una carga de colinabos en la caja. Luego pensó que estaba viendo visiones. Finalmente se dio cuenta de que eran cabezas de oveja. Estaban amontonadas en la caja, ni quemadas ni ahumadas, y parecían colinabo mohoso. Degolladas y con los ojos entreabiertos resultaban blancas e inocentes, sin cuerpo, con mirada suplicante.
Levantó la vista. La parte inferior del cielo estaba cementada.
Del cemento recién hecho corrían gotas azules.
Bjørn Pelado Blakke cruzó el aparcamiento bajo una lluvia oblicua y se metió conduciendo en la oscuridad. Era como cerrar los ojos y verse a sí mismo. Había estado de vuelta en la cueva, en las cuevas de estalactitas de las que procedemos. Consiguió dominar el temblor. Había cogido el garrote. Lo había blandido. La Edad de Piedra duraba aún.
La mente humana es el único páramo intacto.

 

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