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La
mentira de un fauno | PATRICIA DE SOUZA |
256 págs. | ISBN
84-89618-27-5 | 2200 pts. 13,22 Eur. |
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EL MIEDO PRIMITIVO que evoca la
idea del asesinato es demasiado importante como para ignorarlo. Por medio del
crimen alguien se apodera de la vida, la ausencia y la soledad del otro; de su
mortalidad y de todos sus pecados. El hielo y el fuego de ese infierno permanecen
en el recuerdo para los que han sido cómplices, incluso para sus descendientes.
La noticia resumía en el periódico
lo que había sucedido, con indiferencia, como un hecho más, entregando
una vida a la inercia, al paso del tiempo. Había muerto en el intento de
hacer estallar un auto frente a una embajada en un barrio de Lima. Y lo que había
llamado la atención fue la manera como lo hallaron vestido. Su traje revelaba
cierta extravagancia que al parecer obedecía a normas de ritos ceremoniales
concertados para matar. Ésos eran
los términos con que se hablaba de los hechos que serían leídos
por cientos de personas ocupadas en innumerables acciones detrás de los
muros de sus casas u oficinas, sus ventanas de aluminio, puertas de doble cerradura
y tranqueras, en caso de que lo primero no fuese suficiente. De algo podía
estar seguro: no volvería a ver a Manuel. Ese instante le había
devuelto lo que estuvo a punto de perder: la pasión por el mundo que lo
rodeaba, por sus ideas. Convencido de que al final, cuando terminase la guerra,
las cosas serían siempre mejores. Como si la vida fuera una guerra en la
que matas o mueres. Lo ve dirigirse en
el auto al lugar indicado. Va vestido con una camisa oscura y pantalón
del mismo color. Los movimientos son precisos, el rostro grave, las manos firmes
en el momento de activar la bomba. Aunque de repente no, no fue así, fue
demasiado tarde. Imagina que tendrá el tiempo de subir al auto, introducir
la llave en la ranura y luego presionar el acelerador. Y no. Lo hace lentamente.
No llega a arrancarlo y sucede la explosión. O pensó quedarse quieto.
Introduce la llave pero no le da la vuelta. Piensa que es mejor terminar así:
hacer de ese instante algo para sí mismo, algo secreto. Hace
años que Sofian no piensa en esa parte de su vida. Es un tiempo ido, dejado
atrás. Sin embargo, cuando lee el periódico, ese pasado regresa
con una facilidad inesperada, fluye hasta imponer su presencia. Sombras que se
deslizan hasta su cuarto, formando núcleos compactos, inmóviles,
la memoria. Y de un momento a otro, la luz que viene de ese recuerdo le da la
certeza de que no sabe con exactitud cuándo sucedió, en qué
circunstancias y en qué lugar. Ha decidido vivir en un suburbio abandonado,
ser un ojo que registra lo que va viendo sin que esto signifique la expulsión
de su isla imaginaria: un Robinson Crusoe urbano que busca la protección
del anonimato. Sólo su voluntad le permite arrancar los recuerdos al tiempo.
Un instante de su pasado, una imagen, el olor de un cuerpo, su tierna sombra deslizándose
en la noche o el espacio indeciso e inmenso del cielo donde esa presencia cobra
vida. La historia sucede años antes.
En medio de una lluvia de imágenes rotas, lavadas por el olvido, se ve
un autobús llegando a la ciudad de Pucallpa. Es un mediodía. El
sol quema y hace arder el cuerpo como si lo frotasen con arena. Antes, nunca se
ha sentido prisionero del calor. Cuando desciende del autobús, alguien
se le acerca (por la forma como va vestido diría que es de Lima) a preguntarle
si necesita ayuda para cargar su morral. Él le dice que no es necesario,
sorprendido por la extraña amabilidad de aquel hombre que lo observa con
unos ojos que gravitan en un rostro anguloso y grave. Sofian extrae del bolsillo
un papel, le pregunta por una calle, él le responde que debe caminar hasta
llegar a una plazuela y ahí alguien le indicará el camino. Sonríe,
dice que su nombre es Manuel y que lleva prisa por llegar a un lugar donde lo
esperan. Sofian no recuerda si es eso lo que realmente le dijo antes de remarcar
que se le veía cansado, los ojos inflamados, casi en sangre viva. Camina
a través de esas calles enrojecidas de arcilla. Hay densas masas de nubes
en el cielo y una amenaza de lluvia se siente en el aire. Se
voltea, una, dos veces, para verlo. Ve sus pantalones desteñidos y la espalda
larga de donde nace una cabeza muy redonda y pequeña. Camina varios metros
hasta que encuentra un bar donde al parecer se reúnen lugareños,
aventureros de paso y trabajadores que terminan su jornada diaria. Sofian se decide
a entrar para beber algo. Es posible que se quede ese mes, el próximo mes.
Todo dependerá de su encuentro con el abogado que le habló de una
herencia y de su padre (fue una llamada intempestiva, le dijo que le urgía
verlo). Entonces, Sofian le explicó que no tenía a nadie quien le
pudiese dejar una suma de dinero. Su madre vivía en otro país y
no conocía a su padre. Sin embargo, el hombre insistió en que era
él con quien tenía que hablar y le recomendó viajar a Pucallpa
para que se lo explicase personalmente. Eso dijo el hombre antes de colgar. Sofian
no dudó mucho en llamar a la hermana de su madre, la dueña de la
casa donde vivía, para decirle que Matilde lo había abandonado,
que se iba de viaje y no sabía cuándo regresaría. Le encargó
sus cosas, le dijo que las metiera en cajas y las guardase en uno de los cuartos.
No le importaba si lo que le decía era racional o descabellado, cumplía
simplemente una función: comportarse como una persona civilizada. Habían
pasado varios meses desde que Matilde se marchó. Prometió que hablarían
por teléfono y escribiría cada semana y no fue así. Sus cartas
se hacían cada vez más escasas y cuando la llamaba, era muy raro
encontrarla. Si la vida es el escenario donde se representan todas las escenas
de nuestra existencia, entonces aquella noche en que Matilde le hace un último
adiós con una media sonrisa entre los labios, es la peor de todas. Por
eso, las cosas de ella las regala, las que puede, las demás, las deja en
la casa. Decide seguir lo extraordinario de lo inesperado, abandonándose
a ese flujo tan lejos como pueda llegar, creyendo que de esa forma podrá
comprender la clave de ese fracaso, o mejor aún, saber cuál es la
simplicidad de ese momento, y si con él ha llegado al final de su inacción.
Piensa que morirá en vida para ella; luego, cuando la muerte sobrevenga,
será un alivio para Matilde. En
un bar, una mujer muy alta, con claros signos de desconfianza, viene a atenderlo.
Usted
no es de aquí afirma
observándolo con atención. Sofian
asiente con un gesto. Se acerca a la barra y pone las palmas de sus manos sobre
la madera desgastada del escaparate. Esta vez, la mujer detiene la mirada en la
ropa de Sofian: la camisa blanca que dibuja una espalda un poco arqueada hacia
adelante como la de un puma o un tigre, los pantalones de algodón crudo
que envuelven sus piernas entreabiertas plantadas con firmeza en el suelo. Apoyado
sobre el mostrador, le dice que acaba de llegar. Ella se llama Ángela.
Siente que al decirle su nombre su rostro se le viene encima. Ovalado, lustroso.
Ojos grandes. Casi nada de arrugas. Alza la cabeza y sonríe con su ancha
boca apacible. Aún es muy pronto para detectar otros rasgos, y aunque quisiera,
otros clientes esperan su atención. Pero ella le pregunta si tiene dónde
hospedarse y le ofrece alquilarle una habitación en su casa. Lo contempla
con curiosidad, unos segundos antes de alejarse, posiblemente impresionada por
la belleza espléndida de ese muchacho de pelo oscuro y ojos sombreados
por espesas pestañas; o porque intuye se
trata de un forastero que aparece en su tienda como un herido buscando refugio
que alguien como él difícilmente podrá subsistir mucho tiempo
en un lugar como ése. Sofian no
desdeña la posibilidad de preguntarle si se puede llegar a Iquitos por
el río como un pretexto para conversar más tarde con la mujer. Después
se entera de que hay muy pocas embarcaciones que transportan pasajeros. El único
transbordador que existe hace una salida diaria, sube por el Ucayali y empalma
con el Amazonas. La mayor parte de los pasajeros son lugareños (a veces,
uno que otro turista o cierta gente de clase media que viene de Lima), silenciosos
inconscientes de su apariencia miserable y de la curiosidad que despiertan en
los visitantes sus rostros curtidos, devastados por el sol, sus dedos amorcillados
con uñas lustrosas y oscuras. Habría alguien, sí, en esas
ocasiones suele haber alguien capaz de tomar una foto para convertirla en una
pieza de colección, un souvenir de ciudades selváticas. Y
sin embargo, esa intención podría tener varios matices: un ejercicio
de conciencia que exige cierto respeto por esas gentes, o una hipócrita
distancia que termina siendo prudente y hasta asqueada ese
tipo de embarcaciones viajan casi llenas, por lo que es difícil no tener
esa aglomeración de caritas alrededor ,
una vez que uno de ellos se levante y pida: Tómeme la foto y a cambio déme
un poco de dinero. Entonces la miseria parece tan elocuente y se toma la foto,
y se recuerdan, más tarde, con mucha fuerza y concentración, como
una cábala contra esa miseria, las estelas doradas que se formaban sobre
el río, el vaivén de la nave y nuevamente la estelas y, sin querer,
ese silencio álgido, grave, que reclama un nombre.
En su pasado siempre soñó
con hacer algo así: recorrer el río y visitar las poblaciones que
se encuentran en las márgenes. Hubiese podido vivir varios meses sin tener
que buscar al hombre que lo había llamado por teléfono, pero eso
significaba olvidarse de saber quién era su padre, qué relación
mantenía con su pasado y si, de esta manera, la vida le daba la oportunidad
de conocer esa parte oscura de su existencia. Pensó en otras tantas posibilidades
creyendo que eso era lo único que podía hacer en ese momento, seguir
el latido incierto del azar. El sol, por su parte, lo sumía en un entorpecimiento
general. Los músculos de su cuerpo se dilataban a tal punto que le pesaban.
Esto le impedía tener ideas claras, envolviéndolo en un denso sopor
que le hacía arder los ojos. En la costa, incluso en verano, el sol nunca
llega a ser tan intenso; apenas es un ojo de buey, un medallón de ópalo
que se hunde en el espesor de las nubes blancas y calienta las casas que despiden
un brillo hipnótico. Sofian contempló
en su imaginación un barco que se alejaba lentamente como si se llevase
una parte de su voluntad. Y así, las aguas turbias del río, el color
violento del cielo tomaron una importancia capital, asfixiante. ALQUILA
UN CUARTO en la casa de Ángela por veinte soles diarios. Deja sus cosas
en la habitación y decide recorrer el lugar. El paisaje parece no tener
límites. Enormes franjas verdes se extienden hacia ambos flancos del río.
Las casas son de techos de chapa o calamina con entramados de madera, patios interiores
y macizos de retama que protegen del calor. En las casas más pequeñas,
la gente se sienta bajo los dinteles de las puertas de entrada o sobre las aceras.
Alguien le había dicho que para evitar el calor sofocante de esa zona las
habitaciones debían mirar al sur. Pero la ciudad no parece hecha pensando
en el calor. Sólo las lavanderías tienen el privilegio de una penumbra
que acoge a mujeres que lavan ropa mientras algún hijo suyo marmotea en
una hamaca de colores desvencijados, con un puntal de madera que separa ambos
extremos para no asfixiarlo, que mecen cada cierto tiempo para que el niño
no llore. Sofian camina hasta llegar a un terraplén donde la ruta parece
cerrarse en una angosta garganta de tierra devorada por un denso follaje. Cuando
regresa al bar, la música se oye a todo volumen. Tan pronto se escucha
una cumbia como un bolero. Fuera, en la terraza que se abre al río, la
gente parece esperar que disminuya el calor. Al pasar cerca de una mesa, Sofian
oye que hablan de un ataque de la milicia subversiva. Se dice que los milicianos
han tomado un puesto de policía y han huido después por el río.
Se dice que la guerra entre milicianos y policías terminará con
sus vidas. Se dice que deberían darles la pena de muerte cuando el arrastre
de unas ruedas sobre el asfalto los distrae. El ruido va haciéndose más
intenso, se aproxima hasta quedar pegado a la puerta y no se oye nada más.
Por unos instantes, los pulsos parecen acelerados, como si esperasen un grito
repentino, un estallido, luego todo vuelve a tomar su ritmo normal, un ritmo aletargado,
casi inerte. Desde que llega siente que oscilará entre dos situaciones:
una lo aleja de su pasado más reciente, y la otra lo devuelve a una remota
infancia que protege su identidad. Estaba con su madre, en el auto, dirigiéndose
a Chosica, mirando a través de los cristales los cerros grises, completamente
áridos, asfixiados por el calor y el viento (almorzarían en el Chalet
Belga). Sobre la cima de un cerro, imaginaba a su padre como un vagabundo, un
ermitaño que vivía en una cabaña indiferente al mundo. Imaginaba
que volaban una cometa azul en un cielo muy alto; noches contemplando las estrellas;
oyendo aullidos de lobos que protegían su territorio. Qué
feos estos cerros decía
la madre , te
aprisionan. Para Sofian significaban también
la promesa de lugares desconocidos latiendo detrás de sus flancos erosionados
por el viento. Su aparente aridez y fealdad revelaban la sensualidad de sus formas,
que brotaba del olor y la textura de la tierra. De pronto, sucedía algo
inesperado mientras compraban gaseosas y cigarrillos para su madre en una bodega
de la Carretera Central: ella olvidaba las llaves o perdía el monedero;
entonces regresaba angustiada, buscaba por todas partes, nada. Se transformaba
en un torbellino. Poco a poco iba agotándose las
cosas se resolvían de manera muy simple: o bien olvidaba que tenía
las llaves en el bolsillo o encontraba a alguien que forzara la ventanilla del
auto para abrir la puerta y después recordaba con una gran sonrisa dónde
las había puesto ,
dejaba de moverse, permanecía parada como una niña caprichosa que
reniega de su suerte. Uno de sus tantos olvidos ocurrió en San Isidro cuando
fueron a un centro comercial con varios pisos de estacionamiento. Sofian le había
pedido que le entregase el comprobante porque sabía lo distraída
que era su madre. Ella, por supuesto, se negó rotundamente a dárselo.
Dijo que tendría cuidado y que debía confiar en ella; si él
no lo hacía, ¿quién más lo iba a hacer? Después de
sus compras cosa
que por lo general duraba horas debido al tiempo que le tomaba elegir un producto
le pidió a Sofian que la esperase en la entrada del centro comercial; iría
por el auto. Se cansó de esperar y ella no apareció. Pero él
conocía a su madre y hubiera jurado que se trataba de uno de sus olvidos.
Regresó, como siempre, atolondrada, diciendo que no recordaba en qué
piso había estacionado el automóvil y había pasado horas
buscándolo sin encontrarlo. Sofian le dijo que era su culpa por no haberle
dado el comprobante y ella explotó, le dijo que era un mal hijo por no
confiar en ella y que mejor hubiera sido no tenerlo para no soportar sus reproches.
Sollozaba y, entre gemidos, fue a reclamarle al guardián que la acompañase
a buscar su automóvil. Sofian le explicó a éste lo que sucedía,
le dijo que sabía muy bien dónde habían estacionado el auto
y que no era necesario que los acompañase. Su madre lo siguió como
impulsada por un sentimiento de sumisión y partieron. Durante el trayecto
a Chosica, Sofian permaneció sentado en un extremo del auto sin decir nada.
Trataba inútilmente de buscar su pasado en el tiempo y en su sangre. En
una familia donde se hablaba poco, donde nadie escribía y no se guardaban
fotos, no era tarea fácil. Recordaba fragmentos sobre la vida de su padre
contados por su abuelo, su madre, o su tía, que iba de visita los domingos
llevándole algún juguete: recordaba su mirada que acariciaba, sus
manos frías resbalando por su pelo; las ganas de quedarse en esa sensación
para siempre mientras ella le preguntaba a su madre si tenía noticias del
padre de su hijo y la respuesta salía de su boca como un escupitajo del
diablo: lo habían internado en una clínica para toxicómanos.
Sofian no oía esas palabras. Las oía resonar en el aire pero no
dentro de él. El olor del perfume barato de su tía lograba entorpecer
sus sentidos y ya no era importante que su madre siguiese hablando de su padre
denigrándolo, sin saber hasta qué punto sufría él
por esas atrocidades que repetía cada día, ensuciando, haciendo
trizas, lo que para él significaba una imagen de belleza y de bondad. La
tía abrió un paquete y sacó un osito de peluche. Antes de
recibir el regalo, tuvo que soportar los pellizcos en las mejillas sin quejarse.
Al osito lo sentaron sobre un mueble y lo acariciaban sin reclamarle nada, caricias
sin exigencias. Él no tiene que ser bueno, no tiene que comer ni dormir,
ni lavarse. Sofian imagina su piel cubierta de pelos, caminando en cuatro patas.
El osito es él. Quiere que lo mimen y tener la misma libertad. Pasar el
día contemplando las horas gotear sobre los muros blancos de su casa sin
tener que comer y dormir. Un día escribe una historia sobre un niño
que padece una extraña enfermedad y vive encerrado en su habitación,
a la que sólo pueden entrar las personas autorizadas por él. La
escribe y se la regala a su tía como una forma de ganar terreno en lo que
cree una suerte de persuasión. Esa misma noche se niega a comer y se levanta
de la mesa sin que su madre ni su tía protesten. Piensa: le ha leído
la historia y ahora no saben qué hacer. Entonces cree que las palabras
son mágicas y las convierte en el arma más eficaz para defenderse
de los otros. Por las noches se va al balcón con la empleada. Se sientan
sobre las losetas rojas y se cubren con una manta mientras le lee la historia
que ha escrito pensando en pedirle que después ella haga lo mismo con el
diario de Anna Frank. Ama al personaje y es la única manera de que viva.
Cuando ella lee, Anna Frank camina, se ríe, sufre y sueña. A veces
juegan a que él es un personaje. Se disfraza para ella. Un día ella
recorta un corazón en celofán rojo y se lo pega en la frente. Le
dice que lo cuidará como a un hijo. Cuando su madre no está en casa,
lo lleva al lugar donde vive. Va tomado de su mano seguro de que emprende una
aventura, como un Cid alistándose para una batalla. Después de una
cierta distancia los rodea el caos. Cruzan el puente de Ñaña sobre
el río donde los guijarros danzan produciendo un ruido galopante; a veces
se atascan entre los juncos que arrastra, y luego vuelven a danzar, ya liberados.
Habla la muchacha: Lo
trae de nuevo, doña Esther. De
vuelta con el niño. Tiene
una carita... Que
vaya a jugar con los otros niños. ¡Muaa!
Un beso en la mejilla, otro en la frente. El
Cid está listo. Una pluma de paloma hace de cimera, la rama de un molle
la daga. Soy
el Cid. Los otros niños se ríen
mostrando sus pequeños dientes desiguales. Un
Cid, ja, ja... Muera, que muera el Cid,
humillado. Tira la rama. Se va.
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