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Los Días Felices

LAURENT GRAFF

88 págs.

Traducción: Tamara Gil Somoza

ISBN 84-96080-60-9

11,95 Eur.

Los Días Felices (00030)

Aquí estoy, muerto y enterrado, como si hubiera vivido.
Es un hermoso día de otoño; los árboles esparcen su follaje por el césped; algunos internos, forrados de ropa, avanzan a pasos lentos por los caminos asfaltados, amontonando y revolviendo hojas secas entre sus pies; una ambulancia acompaña a un recién llegado a su última morada; sentado junto a Alzheimer, con los codos apoyados en el respaldo del banco y una menuda sonrisa de satisfacción planeando como una gaviota al viento, respiro el aire fresco del jardín de Los Días Felices. Pasando al ralentí, con una toalla de felpa alrededor del cuello, Bébel practica su footing matinal, inusitadamente bronceado en su chándal blanco. Con zancadas raquíticas, muy económicas, va del edificio de la Residencia a la entrada de la finca, y vuelve. "¿Qué tal, Bébel, en forma?". "¡Cumpliendo objetivos!".
Al final del camino principal se alza el edificio de la Residencia, un amplio caserón de dos pisos, de construcción reciente, con aspecto de chalé suizo por sus balcones de madera. En la planta baja, se abren al comedor unos ventanales con puertas correderas, adornados con cortinas de flores montadas en rieles. En la entrada, una placa de mármol anuncia: "Los Días Felices. Residencia privada para la tercera edad". Un aparcamiento interior evita que los visitantes tengan que dejar el coche lejos. El efecto que produce el conjunto es de sana quietud y de eficacia.
Me vuelvo hacia Alzheimer, que, a mi derecha, parece estar mirando fijamente un punto del espacio, con cara de concentración, fruncido el ceño:
-¿Por dónde íbamos, Al?
Al no reacciona: se ha quedado bloqueado en una secuencia que acapara toda su atención.
-¡Ah, sí! Mis dieciocho años.
De pronto, Al se vuelve también hacia mí, con un súbito interés:
-Pero ¿usted dónde vive?
-A eso voy, Al, a eso voy.


A los dieciocho años, llegué a la conclusión de que ya había experimentado todo lo que, grosso modo, constituye una vida normal plena, desde el amor hasta el trabajo, desde el idealismo hasta la ambición, desde la desilusión hasta el aburrimiento. Había conocido, en forma de muestras sin duda pueriles, pero significativas, las alegrías y las decepciones de la existencia, con las que me había formado una idea aproximada que me parecía suficiente. Consideraba que la vida, tal y como groseramente se impone, no me reservaba ninguna otra sorpresa sorprendente por la que mereciese la pena seguir esperando. Decidí vivir resignado, sin más pretensiones, y prepararme para lo que había de llegar. "Pero ¿usted dónde vive?".
Así pues, un buen día me voy a la caja de ahorros con la libreta en la que mis padres pacientemente han ido depositando dinero desde mi nacimiento. "¿Vive en la caja de ahorros?". Le entrego mi libreta y mi carné de identidad al cajero y le digo que quiero desbloquear la cuenta. Podía hacerlo, ya era mayor de edad. El tío comprueba mis papeles, teclea un rato en el ordenador y me entrega el saldo de mi cuenta con cierta satisfacción profesional, encantado de ayudar a un joven que se inicia en la vida, y una buena dosis de ceremonial ad hoc. Me embolso el cheque y me voy derecho al banco a ingresarlo. A continuación, me dirijo al ayuntamiento. Allí, solicito ver a la persona encargada de las concesiones funerarias. De este modo, a la edad en que la mayoría de los jóvenes se compra un coche, yo decidí adquirir una tumba. Quería marcar mi vida con una losa.
Me encuentro frente a una empleada atónita que no da crédito a sus oídos. Me pregunta mi edad, se sorprende aún más, trata de razonar conmigo: "A tu edad hay que hacer otras cosas, ya habrá tiempo para pensar en eso, tienes toda la vida por delante... No estarás enfermo, ¿no?". No, estaba en plena forma, sano de cuerpo y mente, la tranquilicé. "¿Estás seguro de querer hacerlo?", insiste. Nos ponemos a rellenar papeles, ella me miraba extrañada, por encima de las gafas, visiblemente perturbada; yo le sonreía amablemente. "¿Quieres un panteón familiar o una parcela individual?". No lo había pensado. Seguramente con el tiempo me casaría, como todo el mundo, tendría hijos, si todo iba bien, pero de ahí a ocuparme también de su tumba... Tras un momento de reflexión, al final opté por una parcela individual, tampoco había que anticiparse. "¿A perpetuidad o temporal?". "A perpetuidad". Ella consulta un registro, una especie de catastro mortuorio, de enorme libro de cuentas, y apunta un número de ubicación. Le pregunto si es posible ir a verlo para juzgar el sitio, el emplazamiento de mi futura sepultura. Desesperada, me contesta en un suspiro que la atribución de las concesiones se hace de oficio, según un orden establecido, y me enseña en el registro el plano de ocupación del cementerio, señalando con el dedo los dos metros cuadrados que me corresponden. Firmo los papeles y pago un anticipo, a la espera de poder abonar la factura, que me llegará por correo. Le doy las gracias y me levanto para despedirme: ella me tiende una mano triste, cadavérica, sin vida. ¡La pobre parecía totalmente abatida, desmoralizada! Mi visita no la había dejado indiferente. Cuando iba a salir de su despacho, me dijo: "Tengo un hijo de tu edad". Le sonreí por última vez y me fui, con intención de pasar por una funeraria. "Pero ¿usted dónde vive?".
No es por criticar, pero, francamente, el tipo de la funeraria tenía más pinta de carnicero que de enterrador. Indecentemente rellenito, con la tez sonrosada de las personas sanotas y una jovialidad bastante inapropiada, tipo "¿Qué le pongo?", que él se esforzaba en contener con escasos resultados. "¿Señor?", afectando tono de pésame, con el cuchillo en la mano. Le expongo mi caso y, como buen comerciante, apenas se sorprende: "Tiene razón, nunca es demasiado pronto para pensar en eso". Le cuento que me gustaría adornar mi sepultura con una lápida cuanto antes, para concretar la cosa. Me mira con suspicacia: "¿No estará pensando...?". No, en absoluto, de ninguna manera pretendo acabar con mi vida, no son esas mis intenciones, al contrario, deseo vivir todo lo que me toque. Se quedó más tranquilo. "Tenemos varios modelos expuestos o, si no, puede verlos en el catálogo". Me doy una vuelta por la tienda, pasando revista a los distintos mármoles y granitos, acariciando con la palma de la mano la piedra para apreciar el pulido de una losa o la curva de una estela. Buscaba algo corriente, sin originalidad ni efecto estético. Una tumba. Descubrí una, olvidada en un rincón de la tienda, que me pareció adecuada: de mármol gris claro y con una estela cuadrada, el modelo básico. Me dio la impresión de que al hombre le decepcionaba mi elección, probablemente habría preferido que me decantase por una lápida más trabajada, para hacer honor a su arte. "Muy bien, señor, como desee". Me explica que, antes de hacer ninguna otra gestión, primero hay que esperar a que registren mi concesión: "De todas formas, no hay prisa, ¿verdad?". Él se ocupa de todo y se pone en contacto conmigo. "¡Que pase usted un buen día!".
Así fue como, a los dieciocho años, me compré una tumba. "Pero ¿usted dónde vive?".
Es mediodía. La campana de Los Días Felices resuena por el patio, anunciando la hora de comer.
-Hala, vamos, Al. A papear.
Ayudo a Alzheimer a levantarse y me dirijo al comedor en compañía de los otros internos, al mismo paso lento y calculado que he acabado por adoptar para no llegar siempre el primero.

 

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