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Velcro
y yo | MARTÍN REJTMAN | 192
págs. | ISBN 84-89618-29-1 | 2100
pts. 12,62 Eur. | |  |
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ESTA
NOCHE TENGO que ocuparme de mis dos hijas. Tienen doce y trece años y se
llaman Lorena y Aldana. En general las llamamos «las mellizas» porque,
a pesar de que nacieron con diez meses de diferencia, son prácticamente
idénticas. Gabriela me recomendó
que llevara a las mellizas al Circo de Moscú cuando las pasé a buscar.
A mí nunca me gustó el circo, así que le pedí una
alternativa. «Holiday on Ice», me dijo. Sin
embargo, Lorena y Aldana prefieren el circo. Supongo que porque es un espectáculo
más específicamente infantil; el patinaje artístico puede
dar lugar a confusiones. Pero con tantos
monos y malabaristas los tres salimos de la carpa un poco mareados. Caminamos
unas cuadras para despejarnos y cuando vamos por una avenida comercial mi hija
Lorena de pronto se escabulle y corre hacia una iglesia. Veo que intenta entrar
pero las puertas están cerradas; ya es de noche. Tengo que salir disparado
a rescatarla y explicarle que no somos creyentes. Lorena me escucha con una expresión
vacía. Estamos los dos al final de las escaleras; Aldana nos mira desde
abajo, parada cerca del cordón de la vereda. El espectáculo que
damos me hace pensar en la televisión. No veo el día en que mis
chicas se hagan independientes. Las llevo
a mi casa. Desde hace dos años convivo con Cecilia, que es psicopedagoga
y no se lleva demasiado bien con las chicas. Dice que la inquieta demasiado que
sean dos gotas de agua y que no hayan nacido el mismo día. Cuando
se quedan conmigo, las mellizas duermen en el escritorio. Tengo una especie de
diván con una cama que se saca de abajo para ellas. Pero a la hora de acostarse
después de volver del circo me obligan a que las lleve a un local muy pesado
de San Telmo. Gabriela ahora está
de novia con un rockero y su grupo toca esta noche. Mis hijas no se lo quieren
perder por nada del mundo. Me imploraron tanto que tuve que acceder. La madre
no puede ocuparse de ellas durante el recital: tiene que estar back-stage. El
grupo resulta mucho peor de lo que me esperaba. Hombres de treinta y cinco transpirando
arriba de un escenario para un público de dieciséis años
promedio. Pienso en escribirle una notita a Gabriela para que su novio la encuentre
en la mesita de luz: «El rock murió; lo siento», y mi firma.
Pero Gabriela debe estar eufórica viviendo su segunda juventud; hasta debe
haber probado drogas duras. Al día
siguiente tengo una discusión con ella por el tema de la televisión
y la iglesia: cuando nos divorciamos habíamos quedado en dos horas por
día máximo. Me dice que tengo razón, pero que no tiene forma
de controlar a la mucama. Le pregunto si es una fanática. Me confiesa que
un día volvió más temprano a su casa y encontró a
Lorena arrodillada con tres rosarios que le colgaban del cuello en el cuarto de
servicio, que estaba lleno de velas. Le pido que eche a la mucama pero ella me
contesta que es honesta y rápida, responsable y trabajadora. Les
llena la cabeza de cosas raras a tus hijas. Es
muy difícil conseguir buenas mucamas. Más
difícil es tener una hija chupacirios. Ya
te vas a acostumbrar. A partir de ese
momento vivo en el terror de que Gabriela me llame llorando para anunciarme que
Lorena y la mucama se fugaron juntas. Un jueves feriado me despierto sobresaltado
de la siguiente pesadilla: la policía detiene a Lorena en Plaza Once. Es
de día. Gabriela y yo nos careamos con ella; está vestida con una
pollera tableada oscura y una blusa blanca almidonada; en la mano tiene una guitarra.
No habla, tiene la mirada extraviada, como la otra noche en las escaleras de la
iglesia. Yo empiezo a pegarle bofetadas porque se niega a llamarme «papá».
El pánico me hace consultar la
situación con mi abogado. Pero resulta ser de una familia muy tradicional
y conservadora y no consigue ver adónde está el problema. Al día
siguiente un compañero de trabajo me recomienda un par de abogados progresistas
con estudio en Palermo Viejo. Estoy tentado de preguntarle si atienden a no vegetarianos;
a veces me desconcierta esta mezcla que tengo de ideas avanzadas y reaccionarias
al mismo tiempo. Pero de a poco el problema
se diluye, mis pesadillas se desvanecen y me resigno a creer que el fanatismo
religioso de Lorena no es más que un capricho de preadolescente. Una
semana y media después Aldana aparece drogada en el cinturón ecológico,
a trescientos metros de una megadiscoteca. No sabe nada, no puede decir nada,
no quiere abrir la boca. Ahora está con la madre. Lo único que hace
es escuchar música bolichera con lágrimas en los ojos. Lorena se
encerró en el baño y no quiere ver a su hermana. Estoy
desconsolado. Durante días no sé qué hacer. Unos amigos me
convencen una noche de ir a jugar al paddle con ellos. Después cenamos
en una cantina italiana; ellos hacen lo mismo todos los miércoles. Cuando
terminamos de comer, dos de ellos me arrastran a Trumpís. Miércoles:
«Executiveís day». Aldana
está en la barra de la discoteca con un hombre de unos cincuenta años.
Está pintarrajeada y la poca ropa que usa es ajustada y brillante. La miro
desde donde estoy, paralizado; no puedo creer sus trece años. Veo que uno
de mis dos amigos se acerca a saludar al acompañante de Aldana. Yo me muero
de vergüenza. Tengo dos opciones, pienso: les rompo la cara a los dos o me
retiro de mi vida. Esto es causa suficiente para que el juez le quite a Gabriela
la tenencia de las chicas. Tengo las pupilas dilatadas de tanto intentar no llorar.
Mi hija es una Lolita. No armo una escena
y camino solo y sobrio por Libertador de madrugada. Desde un teléfono público
llamo a Gabriela. Me atiende la mucama. Me dice que Gabriela duerme y no está
autorizada a despertarla. Son las cuatro y media de la mañana. Le digo
que es una emergencia. Dice que Dios hizo la noche para descansar y corta. Entro
al Open Plaza y me siento a una mesa. Pido un café doble con doble ración
de crema. El bajista del grupo del novio de Gabriela está sentado un par
de mesas más allá con dos amigotes, también de campera de
cuero. De pronto entra el novio de Gabriela y se sienta con ellos. Me levanto
y lo encaro como si él fuera el culpable. Ni siquiera sabe quién
soy yo. Le cuento lo que me pasa. Nos emborrachamos juntos. Ricky paga los whiskies
y lloramos. Ninguno de los dos cree en la represión. Salimos
del bar y nos subimos a su coche. Ricky maneja como si estuviera al frente de
una nave espacial. Está completamente a cargo de la situación y
toma todas las decisiones. Estaciona en la entrada del colegio. Llega Aldana,
sin rastros de maquillaje ni de cansancio. Ricky le pide que por favor entre al
auto. Nos quedamos los tres sentados sin decir una palabra hasta después
del timbre, cuando ya no queda ningún alumno en la calle. Siempre en silencio,
Ricky hace girar la llave de arranque y llevamos a Aldana a casa de la madre.
Despertamos a Gabriela. Ricky se mete
en el baño y empieza a llenar la bañadera de agua caliente mientras
yo le explico la situación a mi ex mujer. Por suerte Lorena duerme todavía.
Gabriela me pide que baje la voz; no quiere que la mucama se entere. Ricky entra
al living y dice que la bañadera ya está casi llena. Llevamos a
Aldana al baño y Gabriela tira sales relajantes al agua. Aldana primero
se resiste a meterse en la bañadera, pero nos ve a todos tan encarnizados
y perseverantes que pronto se da por vencida. Para quitarse la ropa nos pide a
Ricky y a mí que no miremos. Cuando Gabriela nos dice que ya podemos darnos
vuelta, la vemos a Aldana flotando en el agua. Por primera vez me doy cuenta de
que tiene tatuada en el hombro derecho una palmera en miniatura. En
el living tenemos que estar en silencio porque la mucama ya empezó a limpiar.
Cada uno tiene una taza de café con leche delante. Yo la dejo intacta.
Ricky se toma el café con leche de un trago y Gabriela le da sorbitos como
si fuera un canario. Una hora más
tarde, Gabriela, Ricky, Aldana y yo vamos a cien kilómetros por hora por
la avenida Gaona. Ese mismo día dejamos a Aldana pupila en un colegio de
monjas de Haedo. Cuando más tarde
le cuento a Cecilia, mi novia, lo que hicimos con Aldana, me arma una escena dramática
y me deja. Cecilia es psicopedagoga. Cuatro
días después, a las seis y media de la mañana, me despierta
por teléfono un chico de quince años. Dice que su nombre es Santiago,
que es el hermano del novio de Aldana, y que quiere hablar conmigo. Nos encontramos
a desayunar en un café al aire libre. Está de pantalones cremita
de corderoy y camisa celeste de jean prelavado; parece muy serio. Santiago
me mira fijo y me dice que su hermano está desesperado. Llora sin parar
desde que no puede ver a Aldana. Lo único
que puedo decirle es que mi hija se volvió imposible de controlar y que
en el colegio de monjas por lo menos la tienen vigilada. Presa
acusa Santiago.
No
encontramos ninguna solución mejor. No
me va a decir que usted nunca probó las drogas. Nunca
lo tranquilizo .
Ni me pintarrajeo, ni ando con hombres cuarenta años mayores que yo. ¿Qué
guarda en la lata de pomada para zapatos que está en el tercer cajón
del placard de su cuarto? Me quedo unos
segundos desconcertado, sin reaccionar. En esa latita hay marihuana. ¿Por
qué no vino a verme tu hermano? Da
lo mismo mi hermano o yo. Santiago se
levanta y se va. Arranco el coche, doblo
a la izquierda, y veo a Santiago junto a una parada de colectivo. Decido seguirlo.
Se baja en Villa Urquiza y toca el timbre en una casa de una planta. Adentro se
queda alrededor de una hora. Se toma otro colectivo hasta Devoto y con su propia
llave abre la puerta de un edificio. Espero
abajo. Veinte minutos después aparece con el peinado cambiado. En vez de
sus pantalones de corderoy y la camisa de jean prelavado tiene puestas unas bermudas
verdes desflecadas tamaño extralarge y una camisa enorme a cuadros azules
y rojos. Baja de la vereda a la calle, apoya la tabla de skate en el pavimento,
y se aleja del edificio. Yo voy detrás
de él en mi coche, a velocidad mínima. No parece notar que lo están
siguiendo. A veces se mete de contramano y lo pierdo, pero de alguna manera adivino
por dónde va a reaparecer y ahí está otra vez. Finalmente,
en Santa Fe y Rodríguez Peña, se pone el skate debajo del brazo
y entra en la galería Bond Street. Tardo
unos diez minutos en encontrar un lugar donde estacionar. Entro en la galería.
Busco a Santiago por los locales. El ambiente es de mafia juvenil. Hay tachas
tiradas por el piso y en las disquerías suena música alternativa.
De pronto lo veo. Está en la puerta de un local del subsuelo charlando
con un hombre gordo y de barba, bastante mayor que él. Compro un fanzine
para disimular, bajo las escaleras, y me siento en el café. Pido un licuado
de manzana y banana. La moza es una chica de quince; tiene un tatuaje en el hombro
izquierdo: una palmera. Leo la revista y espío. Santiago camina hacia mí.
No sé si ocultarme o no, pero ya no hay tiempo; me ve y no reacciona, a
pesar de haberme registrado. No se sorprende ni me saluda. Nada. Camina hacia
la barra y le dice «Hola» a la moza. Ella le contesta: «¿Qué
tal, Velcro?». ¿Velcro?, pienso yo, y me doy cuenta de todo. No es Santiago
sino su hermano, el novio de Aldana. Son idénticos. Velcro se sienta a
una mesa, entierra la cara entre sus manos y llora. Ahora
la moza deja sobre mi mesa la jarrita del licuado, un vaso y el ticket. Se queda
parada esperando que le pague. Sin dejar de mirar a Velcro busco dinero en la
billetera y se lo doy a la chica. Mis ojos hacen foco en su hombro izquierdo y
le digo: Qué
lindo tatuaje tenés. ¿Te
gusta? me dice
ella. En ese mismo momento doy vuelta
la hoja del fanzine y mi corazón también da un vuelco: en la página
central, a dos carillas, hay impresa una foto enorme de Aldana y la moza del bar
besándose en la boca. Las dos tienen un hombro desnudo con el tatuaje de
la palmera; sobre la foto, en letras pop, está escrito: blá blá
blá. Todo gira a mi alrededor,
la silla está colgada del techo, floto en el aire, el olor a tinta fresca
me descompone. Veo doble, las luces destiñen, mis ojos rojos parecen escarchados.
Hay una puerta que conduce al Paraíso
y otra a la casa de mis padres. Éste es un sueño que siempre vuelve
y, como todos mis sueños, nunca se me aparece como un recuerdo, sino como
algo constante que sucede en el presente. Es
temprano a la mañana, viajo en el subte D, de Palermo a Tribunales. En
el vagón somos todos hombres. En Pueyrredón se sube una mujer de
unos treinta y cinco años, ama de casa; por un segundo nos estudia, y se
cambia de vagón. Velcro tiene la
costumbre de mirar hacia abajo en el subte. Dice que prefiere conocer a la gente
empezando por los zapatos. De a poco yo también adquirí esa costumbre.
Esta mañana hay mocasines, zapatillas, y un par de borceguíes. Al
llegar a Callao a Velcro se le caen las carpetas. Las levanta, me saluda, y se
baja. De ahí va caminando al colegio. A mí todavía me quedan
dos estaciones hasta el trabajo. Ya hace
dos meses que Velcro se instaló a vivir en mi casa. Organizó su
cuarto en el escritorio, donde antes dormían las mellizas cuando se quedaban
conmigo. Lorena ya no quiere venir sola a visitarme, y Aldana, los días
de salida del colegio de monjas, se queda encerrada en su cuarto, en casa de la
madre. La primera vez que Velcro entró en el escritorio vio tantos libros
que me preguntó incrédulo si los había leído todos.
«Casi todos», le contesté. «¿Por qué?»,
me preguntó. «La literatura para mí es como una droga»,
dije. Desde que me dejó Cecilia
viví solo, pero cada vez me provocaba más angustia pasar mis días
sin nadie con quien hablar. Salía todas las noches para no tener que enfrentar
el silencio. Velcro para mí es
como un perro. Está ahí cada vez que vuelvo a casa. Es discreto,
trae pocos amigos. Desde que dejó de ver a Aldana se dedica a terminar
con las materias que le quedan de tercer año. Cada
martes, al final de la tarde, vamos juntos al supermercado de enfrente. Velcro
juega con los stickers que le ponen a la fruta y la verdura cuando las pesan.
Pone el de las manzanas en la bolsa de las uvas y el de las uvas lo pega directamente
sobre la cáscara del zapallo. Los cambia siempre de lugar para confundir
al cajero, que nunca se da cuenta de nada. A
medianoche, desde el balcón, Velcro me hace notar cómo los basureros
se llevan las bolsas de residuos amontonadas en la puerta del supermercado. Cada
día tiran más y más. En los dos lados del camión recolector
hay escrita una leyenda: La droga es basura. Las letras aparecen invertidas
y eso complica la lectura. Se lo señalo a Velcro y le explico: «Eso
es un mensaje subliminal». Los basureros
no terminaron todavía con la cuadra cuando suena el teléfono. Velcro
entra a atender. Es Cecilia, mi ex novia. Me
pregunta qué hago. Le digo que estoy en el balcón mirando la ciudad.
Quiere saber quién contestó el teléfono. «Velcro»,
le digo. Se queda en silencio. Yo tampoco digo una palabra. Ella no sabe quién
es Velcro, y a mí me resulta demasiado difícil explicárselo.
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