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El aturdimiento | | JOËL
EGLOFF | | 136 págs. |
| Traducción: Tamara Gil Somoza | | ISBN
84-96080-65-X | | 14,60 Eur. | |
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Cuando sopla el viento del Oeste, huele como a huevo podrido.
Cuando viene del Este, se nos agarra a la garganta una especie de olor a azufre.
Cuando llega del Norte, se nos echan encima nubes de humo negro. Y cuando se levanta
el viento del Sur, lo que por suerte no ocurre muy a menudo, huele simple y llanamente
a mierda, no hay otra palabra. Nosotros, en medio de todo esto, hace mucho
tiempo ya que dejamos de prestarle atención. Al final, es sólo cuestión
de costumbre. Uno acaba por hacerse a todo. Tampoco con el clima nos ha tocado
la lotería. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, por aquí los días
siempre han sido igual de sofocantes, siempre igual de plomizos. Por mucho que
haga memoria, por mucho que me estruje los sesos, no recuerdo que en ningún
momento haya refrescado ni un poco. No re- cuerdo tampoco que nunca haya despejado,
que se haya abierto un claro en ese manto gris que algunos días se nos
echa encima dejándonos inmersos en la niebla de la mañana a la noche,
a veces durante varios días seguidos y hasta semanas enteras si no se levanta
viento. Obviamente, no es un entorno muy saludable. Los niños están
paliduchos, los viejos no son muy viejos. De hecho, a veces cuesta distinguirlos.
Yo, en cualquier caso, no pienso pasarme aquí toda la vida, eso está
claro. Algún día me iré a ver mundo, aunque digan que es
igual en todas partes, aunque digan que hay sitios aún peores. Por mucho
que fuerce mi imaginación, eso me cuesta creerlo. Para
descubrir el paisaje y hacerse una idea más clara, lo mejor y más
sencillo es pasarse por la oficina de turismo. Allí, cuando está
abierto -o sea, el primer sábado de cada mes, de diez a doce de la mañana-,
se puede coger un pequeño plano mal fotocopiado, con un itinerario pedestre,
que te dan gratis, pero poniendo mala cara. En dos horitas, para quien esté
acostumbrado a caminar, se puede dar un paseo que sale de detrás del aparcamiento
del supermercado y baja entre descampados hasta las vías del tren. Esa
zona es bastante salvaje, con seto a los lados del camino, y flores amarillas
y cardos que crecen entre la grava. Hay que seguir las vías un buen rato.
Con un poco de suerte, se puede ver pasar un tren de mercancías. Después
de dos o tres puentes, a un lado sale un camino que lleva al vertedero. Merece
la pena acercarse hasta allí, es como un gran autoservicio para las gaviotas,
que vienen desde muy lejos con objeto de probar las especialidades de la cocina
local. Luego se sigue por una carreterita que llega hasta la planta depuradora.
Eso también hay que verlo, al menos una vez en la vida, es como un gran
caldo hirviendo, impresiona bastante. Desde ahí, se toma por un sendero
que se abre entre zarzas y ortigas. Está todo señalizado, no tiene
pérdida. Se atraviesa una zona de monte bajo con el suelo cubierto de bidones
viejos, cascos de botellas y desechos diversos. Por cierto que es ahí donde
hace poco encontré un tubo de escape en perfecto estado y un bidé
apenas descascarillado. El camino sigue, su- biendo un poco al final, hasta llegar
a la cima de una pequeña colina desde la que se domina toda la zona. Allí
se puede hacer un picnic, si se quiere, o disfrutar del panorama: chimeneas humeantes,
filas de postes que se pierden en el horizonte y aviones que despegan de las pistas
del cercano aeropuerto. Para el regreso, hay dos posibilidades: o se vuelve
paseando por el mismo camino o, para los más valientes, se puede seguir
un poco más trazando un círculo que nos lleva al punto de partida,
dejando a un lado el gran centro de transformación. Y ya está,
este pequeño paseo permite hacerse una idea. Sin embargo, no creo que el
itinerario de la oficina de turismo haya sido nunca muy útil. Lo que es
turistas, por aquí no hay ni rastro, y a la gente de la zona no le hace
ninguna falta. Es el paseo de los domingos, se lo saben de memoria.
El
día que me vaya, de todos modos, sé que lo sentiré. Seguro
que lloro un poco. Al fin y al cabo, aquí es donde tengo mis raíces.
He bombeado toda clase de metales pesados, hay mercurio circulando por mis venas,
tengo plomo en el cerebro. Brillo en la oscuridad, meo azul, tengo los pulmones
llenos como bolsas de aspiradora y, sin embargo, sé que el día que
me vaya echaré una lagrimilla, eso está claro. Es natural, aquí
es donde nací y donde me he criado. Todavía me veo, de niño,
saltando con los pies juntos en los charcos de aceite, revolcándome en
los desechos del hospital. Aún oigo a la abuela diciéndome a gritos
que tenga cuidado. Y las tostadas con grasa de coche que me preparaba para merendar...
Y su mermelada de neumático, que sabía parecido a la de naranja
amarga, sólo que más amarga... He jugado junto a las vías
del tren, he trepado a los postes, me he bañado en los depósitos
de aguas residuales de la depuradora. Y, más tarde, conocí el amor
entre la chatarra, en los asientos desvencijados de los coches del desguace. Mis
recuerdos parecen aves petroleadas, pero al fin y al cabo son mis recuerdos. Nos
aferramos a cualquier cosa, incluso a los peores lugares. Es así. Como
la grasa al fondo de las cacerolas.
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