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Derretimiento

DANIEL MELLA

128 págs.

ISBN 84-89618-30-5

1500 pts. 9,01 Eur.

Derretimiento (00032)


      El coche hace un ruido tremendo cuando acelero, las gomas aran en la tierra. El niño mira por encima del hombro y un poco pierde el control cuando ve que me le abalanzo encima, sus ojos son increíbles. Se me abre una sonrisa en la cara. Siento el golpe, el ruido metálico de la bicicleta. El cuerpo del niño se estrella contra el parabrisas y luego rueda y cae al piso. Freno de golpe y bajo apurado.
      El niño está de costado. Tiene los ojos entrecerrados y en el pelo negro hay manchas de sangre que le caen por la frente en hilos finos. La camiseta se ha rajado debajo de una manga. El pecho apenas se le mueve, pero dudo que esté consciente. Lo sacudo un poco con el pie y el niño da un respingo y abre los ojos de manera desmedida para un segundo después volver a cerrarlos.
      Voy hasta el auto y abro la valija. Alzo al niño y lo meto dentro, y tiro la bicicleta y la bolsa de los mandados por el acantilado. Conduzco rápido hasta la casa, y esta vez meto el auto un poco más adentro del terreno.
      Identifico el camino entre los arbustos y me adentro en él.
      Tengo la choza a la vista pero no me hago visible, me quedo entre las acacias. Doy un gran rodeo intentando detectar algún movimiento. Hasta que veo a otro de los hijos de Pedro, cargando esforzadamente dos canastos de mimbre; se dirige al cobertizo. Corto camino y lo atajo. Ahora estamos frente a frente, separados por no más de cinco metros. Él se queda mirándome, por un par de segundos yo también lo hago. Se me ocurre que quizás piense que estoy jugando, o algo parecido; aunque por mi aspecto no sea muy probable. Pero yo no doy tiempo a nada y me aproximo, veloz, y le doy tremendo golpe en el medio de la cara, con el puño cerrado. Cae como una bolsa de papas. Se agarra la cara con las manos y enseguida se pone a gritar, llorando. Yo lo alzo y le tapo la boca, pero él me muerde. Lo suelto y me miro la mano. Le falta un pedazo de piel entre el pulgar y el índice. Sangra profusamente. El niño grita cada vez más. Esta vez lo agarro y, en lugar de taparle la boca, meto la mano allí. Un poco se ahogan sus gritos. Le agarro el maxilar inferior y tiro hacia abajo con fuerza. Siento cómo cede y se quiebra. Veo el maxilar que cuelga y pienso en una marioneta. Lo que sale de su boca ahora son ruidos incoherentes y deformados, acompañados de borbotones de sangre. Intenta tocarse, con ojos aterrados, pero nunca llega a hacerlo. Tiembla. Tomo los canastos de mimbre y los escondo entre los arbustos. Pienso en dejarlo a él también allí, pero luego se me ocurre que quizás aún sea capaz de gritar y atraiga a algún otro miembro de la familia. Por lo que lo cargo bajo un brazo, como si fuera una alfombra, por entre los matorrales. Me muevo con agilidad. A mitad de camino, noto que entorna los ojos y desfallece. Se torna más pesado. Tiene el cuello y el pecho empapados en sangre. Abro la valija del auto y lo meto junto a su hermano, del que me aseguro que aún respira.
      Entro a la casa grande. Voy directamente hasta la despensa. No encuentro lo que busco. Subo las escaleras y, luego de entrar a dos dormitorios y a un baño, abro una puerta que no había abierto antes. Es un cuarto alargado y con estanterías que ocupan todas las paredes, repletas de herramientas y latas y botellas y cajas. El azul y el rojo dominan. Saco una serie de cuerdas finas y gruesas.
      Mientras bajo las escaleras, aspiro mi propio olor y me miro. Tengo las mangas manchadas de rojo y los pelos del pecho pegoteados también, pero de un color un tanto más oscuro. Huelo a sudor ácido. En una situación normal, me metería al baño y estaría una hora bajo la ducha, refregando hasta decolorarme. Dudo y me detengo un instante, pero luego sigo. Bajo como una tromba.
      Me detengo unos minutos en la cocina, donde me ato retazos de un repasador alrededor de la mano, a manera de torniquete. Siento cómo detiene la hemorragia.
      Estoy acercándome al cobertizo. Es probable que Pedro esté allí; el hijo que ahora he reducido a marioneta iba en esa dirección. Vigilo unos minutos hasta que percibo, por una de las ventanas, el movimiento de un cuerpo grueso. Dejo las cuerdas al costado de un árbol y me enrollo una gruesa y larga en la mano derecha. Entonces recién me acerco.
      Decido entrar por la puerta, como si nada. Pedro no se da cuenta, ni se inmuta. Está doblado sobre la olla: oigo ruido de nailon y otros ruidos amortiguados y líquidos. Me tomo un tiempo para registrar el interior del cobertizo. Los canastos de mimbre están puestos en línea contra una pared y la mesa está armada sobre los caballetes. El olor, otra vez, es insoportable. Pero Pedro no se da cuenta de mi presencia hasta que le pego un latigazo en la espalda. Se dobla de dolor. La camiseta se rompe en el lugar del impacto. Me mira, entre indeciso y sorprendido y furioso se me abalanza. Pero antes de que llegue a mí le pego otro cuerdazo, esta vez en medio de la cara, lo que hace que desvíe su camino y se dé contra la pared, que deja manchada. Tiene algo de cerdo, doblado en el piso, la cabeza redonda, disparando miradas confundidas para todos lados. La cara colorada. Cuando le pego el último cimbronazo queda definitivamente aturdido. Algo que me sorprende: lanza un fino gemido, como de mujer. Un ojo le sangra mucho y el pequeño arroyuelo le invade la boca. Entonces lo levanto de los pelos y el cinturón y lo llevo hasta la olla. Le hundo la cabeza dentro de la insoportable masa amarilla, verde y roja, y lo mantengo allí abajo hasta que considero que es suficiente. Cuando lo saco, respira agitado, con desesperación. En esas bocanadas, se le meten grumos de nata por la nariz y la boca, lo que le produce una tos estentórea y arcadas. Lo suelto y cae. En el piso, le pego patadas. Primero en el abdomen y luego en la cabeza. Le quiebro las costillas. Le golpeo los parietales hasta que se hincha y se pone violeta. Las patadas más fuertes lo hacen rodar. Es una masa blanda que se desfigura con cada golpe, que los absorbe por completo, haciendo mayor el daño. Le saco la ropa porque está muy sucia y manchada y huele espantoso. Lo que no puedo sacar como se debe, lo rompo. Miro el cuerpo, gordo, excedido, y cada vez que le muevo algún brazo o pierna, la vibración reverbera en la panza y en la grasa de las nalgas. El sexo tiene forma de piedra, lisa y redondeada. Luego le ato la cuerda al cuello, me la pongo al hombro y salgo arrastrándolo, con dificultad. Ahora apenas lo oigo resoplar.
      Voy hasta el árbol contra el que dejé las demás cuerdas y encuentro una liebre parada encima de ellas. Me mira, en realidad no sé si me mira, el hecho es que dirige la punta del hocico hacia mí, incluso cuando reclina la cabeza hacia un lado, y luego hacia el otro. No sé por qué pero no me atrevo a moverme un solo centímetro más. En lugar de agacharme en un movimiento repentino para asustarla, me quedo allí parado, esperando. Ella me mira, luego frunce el hocico unas cuantas veces y desvía por primera vez la cabeza. Su mirada penetra en el bosque de una forma en que la mía nunca podrá. Para y mueve las orejas de una manera que me enternece. Luego pega un salto descomunal y desaparece entre el follaje. Yo tomo las cuerdas y vuelvo donde Pedro.
      Pedro se retuerce y eso me molesta. Le pego una patada que le exprime todo el aire que lleva dentro. Lo arrastro hasta la choza. El cuerpo ahora exhibe cortes enormes. Como si la piel se hubiera ablandado y quedado frágil y fina debido a los golpes y al maltrato, y las pequeñas ramas y hojas caídas que antes no le hubieran hecho un rasguño ahora son más filosas que una hoja de afeitar. Da pena.
      Unos diez metros antes de llegar a la choza, aparece el perro ladrando furioso. Retrocedo, maldiciendo por ese detalle que había olvidado, y tropiezo con el cuerpo de Pedro. Caigo y quedo de rodillas. El perro se me abalanza pero se detiene frente a su dueño. Guarda los colmillos, deja de ladrar y se pone a olerlo. Lo recorre de arriba abajo. Llega a una de las manos, la derecha, creo, y empieza a ladrarle, como indignado, y la muerde y menea la cabeza con fuerza hasta que le arranca un dedo de cuajo. Entonces sale trotando en dirección al bosque, con el dedo de Pedro entre los dientes y con la respiración agitada. Lo veo perderse entre la maraña. Me levanto, sorprendido, y examino la mano rosada y sangrienta, y el olor a piel arrancada se parece al de la cerveza caliente.
      Irrumpo de golpe por la puerta trasera. Pero la oscuridad de adentro me ciega. Me quedo parado en seco, sin ver. Escucho gritos de pánico y luego sollozos, y luego palabras que no entiendo porque concentro toda mi energía en acomodar los ojos a las tinieblas. Lo primero que veo son sombras difusas que se mueven de un lado a otro. Una de ellas hace impacto en mi pecho y me hace soltar la cuerda. Me revuelco con ella en el piso. Cuando logro sujetarla, los ojos ya se han adaptado y me doy cuenta de que se trata de la mujer de Pedro. La veo claramente y detecto una mueca de esfuerzo supremo en su cara; una dureza inesperada. Quedo encima de ella y la inmovilizo por las muñecas. Grita. La golpeo repetidas veces con la mano abierta, en la cara, hasta que, de repente, deja de gritar. Las cejas pierden la tensión, se aflojan, su rostro adquiere un gesto casi displicente. Pero sigo escuchando gritos, gritos agudos, de mujer. Entonces recién miro alrededor y me percato de la presencia de Gloria, la hija adolescente, que está tirada encima del cuerpo de su padre. Dejo a Lara en el piso y se queda inmóvil. Me aproximo a Gloria y la muchacha se cubre, temblando, con el antebrazo. No, no, no: grita y se aleja de mí, arrastrándose con torpeza por el piso. A veces se agarra de la pata de alguna cama o de alguna silla. No tengo apuro, así que la dejo alejarse, y en un momento hasta me doy vuelta y finjo desinteresarme, enciendo un cigarrillo y miro alrededor y chasqueo los labios en signo de desaprobación. El volumen de sus quejidos se reduce a simples gimoteos, mezclados con palabras de súplica. Cuando tengo la sensación de que se ha instalado el silencio en la choza, me doy vuelta, tiro el cigarrillo y corro hacia ella y le doy una patada en la cabeza. La recibe con un aullido y rueda unos metros. La agarro del cuello y de entre las piernas y la tiro contra la pared; golpea y cae con fuerza. Me le acerco por tercera vez y noto que tengo una erección descomunal, me desabrocho los pantalones, tomo a Gloria a la altura del pecho y le golpeo la cara un par de veces más hasta que queda boba y sangrienta y la empiezo a coger por la boca. Ahora la tomo de la nuca y penetro su cara rechoncha y roja con fuerza: siento que toco el paladar y la garganta con la punta de la verga; siento que hago daño. Tiene el pelo emplastado con sangre y barro; el cuerpo hierve. Pero la humedad de la boca se transforma enseguida en algo pastoso. Saco la verga y está empapada en sangre. Algo se ha roto ahí dentro. Igual sigo cogiéndola hasta que acabo dentro. Grito. Luego siento unas emociones tan raras en la cabeza y el cuerpo que me vengo abajo.
      Recibo imágenes confusas, centellazos de situaciones que no reconozco, colores, olores. Sufro espasmos de frío seguidos por estremecimientos de calor. Lo único claro que se me ofrece es la cara de una liebre inmóvil, de ojos perezosos. Después, todo negro.
      Me despiertan los alaridos del bebé. Me levanto como un resorte y el espectáculo es estremecedor. Lara intenta estrangular al pequeño Tomás, doblada sobre la mesa, a pocos centímetros del farol. Pero el bebé feo se resiste de manera formidable, agita los brazos y piernitas y pareciera que aprieta el mentón contra el pecho con la intención de librarse de las manos asesinas. Lara se da cuenta de que me he despertado y se detiene, me mira por espacio de cinco segundos, respira pesadamente y luego, llorando desconsolada, vuelve a apretar el cuello del hijo, que a esta altura llora desgañitado y pareciera que comienza a ceder. Yo no puedo hacer nada. Sé muy bien lo que está haciendo. Es una reacción animal, una especie de protección. Lo protege de las garras de un extraño, prefiriendo que sean las suyas las que lo terminen. Y ante eso yo no puedo actuar, no intercedo.
      Miro cómo, a fin de cuentas, Lara consigue destrozar la garganta del niño. Veo cómo, además de estrangularlo, le golpea, ya fuera de control, la cabeza contra la mesa. Siento cómo se rompen las cosas dentro del pequeño cuerpo.
      Veo la imagen exhausta de la madre sobre el niño, y todo el peso del mundo sobre esa espalda. Sé que voy a recordar esa cara para siempre. Los ojos fuera de órbita y vacíos, clavados en algún punto muy lejos de aquí; las mejillas llenas de sangre y gotitas de sudor que brillan, y parecen oscilar con la luz indecisa del farol; el gesto, la musculatura de la cara, rígidos como el tuétano, y los labios mordiéndose hacia adentro. Pero es cuando me mira que no entiendo, porque sonríe una sonrisa desolada y de deber cumplido, tan feroz que otra vez estoy a punto de perder la conciencia.
      Camino hasta los cajones de lo que se podría tomar como la cocina. No encuentro cuchillos, sólo cucharas y tenedores, y eso seguramente por la dieta de queso y verduras. Escucho la voz de Lara, murmurando en un tono muy parecido a un rezo, incongruente. Tomo una cuchara que se me antoja demasiado fina y larga, de mango de madera, y me paro frente a Lara. Ya no me mira, se mira la punta de los zapatos. Me dan ganas de arrancarle los ojos con la cuchara, pero por alguna razón es lo único que quiero dejar en su lugar. La recuesto en la mesa. En un extremo, el bebé yace sobre un charco de sangre, con la boca abierta y colorada. Desgarro la ropa. Intento clavar la cuchara en el abdomen, pero encuentro una resistencia elástica. La segunda vez, también. Con cada golpe, Lara hace arcadas y lanza gemidos. La tercera vez, la cuchara entra, para mi sorpresa, primero a medias, y con el segundo envión, por completo. Ella cierra los ojos. Se muerde el labio inferior. Revuelvo allí dentro y se escucha un pedorreo y ruidos que no había escuchado antes. Me lleva un esfuerzo agrandar la abertura con las manos. La sangre sale por cuatro o cinco puntos de la herida y no distingo bien lo que hay allí dentro. Al rato de manipular sin saber qué es exactamente lo que hago, descubro la carne blanca del estómago. Veo también un revoltijo entre marrón y amarillo, que apesta. Doy un par de puñetazos al interior de ese cuerpo y saco la mano untada de mucosidad. Lara tiene ya los ojos entornados, y el aire que expulsa por la nariz o la boca es simplemente producto de mis golpes; como si su cuerpo fuera un fuelle.
      Experimento un cansancio increíble.

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