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El cajón de los pelos |
| EMMANUELLE PAGANO | | 136
págs. | | Traducción: Tamara Gil
Somoza | | ISBN 84-96080-80-3 | |
14,95 € |
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EL HORNO ESTÁ encendido, me sobresalto y le digo no.
No. Titouan sacude la cabeza riéndose. Aparto su brazo curioso, me agacho
y acerco su cuerpo hacia mí. Hace calor por culpa de la primavera y de
la lasaña. Por debajo del pijama, la espalda de Titouan está
tibia. Le levanto la parte de arriba para que le dé el aire en el pecho.
Él se aparta. Yo vuelvo a cogerlo. Le paso la mano por la melena medio
larga, los rizos castaños tiemblan, parecen chocolate caliente mal preparado.
Un punto demasiado espeso, seguramente demasiado dulce. Él me quita la
mano y se rasca la cabeza. Me gusta el pelo, hasta cuando es graso, áspero,
espeso. Mate, sedoso, flexible al tacto, húmedo. Mirar de cerca sus formas,
sus colores, sus texturas. Y acercarme a las cabezas, por detrás, por un
lado. Me gusta sorprender los movimientos de los mechones. Olisquearlos discretamente. Titouan
mira la puerta del horno y vuelve a decir no con la cabeza. En la frente en las
sienes la sombra del flequillo alborotado tiene el color de unas manos golosas
ennegrecidas por las castañas. Le suda un poco la frente y eso hace
que se le ricen las puntas. No sé qué me apetece más, si
castañas o chocolate caliente. No es propio de la época, pero la
lasaña tampoco. Titouan da saltitos, se pone nervioso como un animal atrapado
entre mis muslos. Yo aprieto más y eso le hace reír. No, que quema.
Me dan ganas de pasarle una brocha de peluquería por detrás de las
orejas para refrescarlo y hacerle cosquillas. El pelo de Pierre
es muy diferente. Con el roce se va enredando y ya no hay quien deshaga los nudos.
He renunciado a cepillárselo por la mañana y por la noche. Lo tiene
tan fino tan largo, hay que echarle horas. Los rubios (luminosos) se entrelazan
hasta formar una especie de rejilla desordenada, sin llegar todavía a ser
rastas, los rubios dorados se deslizan por encima y por debajo de los rubios nacarados.
Los colores de su pelo están llenos de matices.Me encantan los reflejos
que se le ven en el cuello cuando lo cojo para llevarlo a la cama (pasamos por
delante de la puerta acristalada, donde la tarde hace declinar la luz, mi apartamento
está en silencio y su pelo se mueve). Esta tarde Pierre
está en casa de mi madre, he podido cocinar. A Titouan le encanta la lasaña
con caracoles. Trepa a la silla alta (yo lo ayudo un poco). El silencio está
punteado de movimientos de niños y de sillas tiradas. Nos encontramos en
pleno barrio gitano, todas las ventanas están abiertas. Las casas están
muy juntas. Oigo a los hijos de los demás como si fueran los míos. Es
un barrio complicado. Las calles son demasiado estrechas para venir en coche (de
todas formas, yo no tengo coche, ni siquiera tengo carné). Entre cada grupo
de casas hay escaleras que permiten pasar de una calle a otra, atajar o simplemente
caminar a la sombra. Calles enteras que son escaleras. Calles que no son calles,
sino pasajes. Los turistas no van ni por los pasajes ni por las escaleras (hay
muchos gatos y huele a pis). Bajan siguiendo el trazado circular de las calles hasta
las murallas. Hay cada vez más, porque ya casi estamos en verano. Se paran
delante de los porches, levantan la cabeza hacia las ventanas con parteluces,
se alejan un poco y sacan fotos. Titubean al ver a Pierre atado fuera, apoyado
en las escaleras de mi edificio, al final del corredor largo y oscuro. En las
guías mencionan esos corredores exteriores que llevan de la calle a las
casas, de modo que se aproximan un poco y echan una ojeada rápida, les
da sensación de frío, casi de estar fuera del tiempo. Veo que
intentan vernos, digo chsss, tiro de la cuerda. Ellos retoman su visita por la
ciudadela medieval, molestos, cuando Pierre se mueve y se deja ver. Vivo sola
con Titouan y ocasionalmente con Pierre, para que mi madre tenga un respiro. Cada
vez quiere tener más respiros. Pierre es muy grande para su edad. Se
está volviendo pesado, difícil de manejar. Yo me quedo con él
dos o tres días a la semana, a veces más. También para mí
pesa mucho, me estorba. El cochecito se le está quedando pequeño. Titouan
pesa tan poco, con dos años y pico. Hace la ronda de las sonrisas por todo
el pueblo. No me cuesta nada sacarlo de paseo en el cochecito de Pierre. Es gracioso.
A veces me lo llevo cuando voy de compras a la ciudad. *** EN
EL COCHE de línea que va a la ciudad, el de las ocho y media, me encuentro
con mi antigua vecina. Muchas veces no tiene clase a primera hora (ahora ya va
al instituto). Nos saludamos, y nada más. Antes, por lo menos intercambiábamos
unas palabras o, si no, unos silencios. A mis recuerdos de niña les falta
eso. Teníamos tiempo para todo, hasta para no decir nada. Ahora ya no es
igual. Ella se baja antes que yo (pesándole en los hombros la mochila abierta
llena de cuadernos, de gruesos archivadores y de libros), un poco después
que los otros alumnos, rezagada y soñadora, como si se reservara un margen
de aire. Creo que la envidio. Los mechones alborotados se le quedan pillados en
los tirantes de la mochila, hace una mueca, trata de liberarlos. Luego el coche
de línea sigue su camino por las avenidas y la pierdo de vista. Es un ratón
de biblioteca, lee en todas partes, hasta en el coche de línea. Siempre
tiene en la mano un libro como yo tenía un cigarrillo, por necesidad, por
despecho, por distracción. Quizá por costumbre.
Algunas mañanas,me
sonríe entre página y página. Se sujeta el pelo y levanta
los ojos muy azules, yo le devuelvo la sonrisa, ella regresa al libro que esté
leyendo en ese momento, vuelve a dejar caer el pelo negro.
Yo dejé
de estudiar cuando nació Pierre. Tenía quince años y acababa
de empezar un módulo de FP para hacer prácticas, porque a mí
las clases los libros siempre me han dado dolor de cabeza. Quería hacerme
peluquera. De momento, trabajo en la peluquería del pueblo (peluquería
unisex y salón de belleza), pero, como no tengo ningún título,
sólo un poco de experiencia, yo no hago cortes. Eso es privilegio de la
jefa. De todas formas, los días con mucho jaleo, algunos sábados,
las mañanas en que hay bodas, me deja igualar mechas, terminar cortes sencillos,
menudencias, para poder consagrarse al moño barroco de la novia. Ese es
mi sueño, hacer un peinado de novia. Entreno conmigo misma cuando me veo
demasiado fea, pero no es fácil y eso me deprime.
Arreglarle
el pelo a los demás, tocarlo con las manos, es algo que me obsesiona, me
cuesta contenerme. Una noche me ocupé así del pelo de Pierre. Estaba
extrañamente tranquilo, yo había conseguido desenredarle el pelo
después de lavárselo bien. Estábamos los dos en mi cama,
Titouan ya dormía. Oíamos su respiración, tan regular que
daba la impresión de no tener fin. Habría podido atravesar las
paredes, el barrio el pueblo los viñedos, parecía que hasta el mar.
No respiraba fuerte, sino que dormía como el bebé que todavía
es, infinitamente. A lo mejor por eso Pierre estaba tan tranquilo. Lo tenía
sentado entre mis piernas, cruzadas por delante de su pecho. Su pelo resbalaba
entre mis dedos y se le enroscaba en los hombros. El sol muy bajo subía
con sus rayos calentitos por la mezcla de rubios. De espaldas era hermoso como
una niña. Cogí el cepillo que había dejado en el suelo y
me estiré para alcanzar mi neceser de peluquería, grande y transparente
(de la repisa que hay encima de mi cama), tratando de mantener las piernas trenzadas
apretadas. No quería que él se soltara, que se asustara, que se
hartara. Quería que aquello durase. Saqué todos los accesorios
de mi neceser. Horquillas de colores fluorescentes, elásticos con conchas,
pasadores adornados con pedrería, palillos para moño de todos los
tipos y hasta plumas de colores, un pompón lila, extensiones de pelo trenzado
y adornado con perlas, gomas a porrillo. Cogí unos cuantos entre los
dedos, me puse otros en la boca y apreté aún más las piernas. Noté
cierta tensión en las caderas de Pierre, luego nada. Cepillé, tiré,
tiré, le enrosqué el pelo en todos los sentidos. Volví a
empezar varias veces. El moño era complejo y desordenado, magnífico.
Quise ver si hacía resaltar sus grandes ojos claros vacíos. Me incliné
hacia delante. Tenía los ojos cerrados. Noté su aliento en mis mejillas,
que respondía fugitivo al de Titouan. De pronto sentí vergüenza.
Le solté el pelo, rescaté los accesorios perdidos en él,
volví a guardarlo todo en el neceser. Abrí las piernas, con las
rodillas llenas de rencor. Me levanté para coger a Pierre y llevarlo a
su cama. Me tumbé en la mía. El pelo de Pierre caía largo
y deshecho entre los barrotes. Vi brillar en la noche una perla olvidada. Me acordé
de la lamparita, pero me dio pereza volver a levantarme.
De todas
formas, en la peluquería me siento útil. Ayudo a limpiar, lavo cabezas,
peino espesas pelambreras, aliso líneas rubias, la regla de oro para tener
el pelo sedoso es un buen cepillado. Yo me tomo mi tiempo. Hago las mechas con
pincel, a veces colores enteros, grandes lodos violetas por los que mis guantes
transparentes pasan una y otra vez. Me gustan las materias como esas, pegajosas,
tierras húmedas, con olores pronunciados, más o menos naturales.
Me gusta amasar, friccionar. Siempre me ofrezco cuando hay que hacer una depilación
con cera, incluso si se trata de pieles viejas. Me gusta tocar. A la jefa le viene
bien, a ella le parece ingrato. Yo creo que no le gustan mucho los viejos. A mí
tampoco, pero bueno. Paso por detrás de ella, perdón, y pongo a
las abuelitas bajo el gran secador de pelo. Las escucho, mucho.
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