 |
 |
Líneas
Aéreas | Varios Autores | XX
+ 672 págs. | ISBN 84-89618-31-3 |
3600 pts. 21,63 Eur. | |  |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
Fue
el mismo año en que los flemáticos servicios británicos convirtieron
al líder de la irlandesa Liga de Orange en un cedazo de carne, hecho con
veintitrés disparos de una Browing; el mismo año en que las milicias
de la Irish Revenge transformaron al jefe general de la Scotland Yard en un puzzle
de trescientas cuarenta y ocho piezas imposibles de armar, con los siete kilos
de trotyl que pusieron debajo de su flamante Jaguar V 12. Fue el mismo año,
en fin, en que, siete mil millas al sur, la Real Marina hacía del buque
Manuel Belgrano una brasa crepitante que hervía las aguas heladas mientras
se hundía de culo hacia el fondo del Atlántico. Aquel
mismo año, Segundo Manuel Rattaghan se presentó como voluntario
a las reservas del ejército con un único y secreto propósito.
Dos días después, Rattaghan era un recluta rapado, aturdido y metido
en un uniforme de soldado raso dos números mayor que su exiguo talle. Le
colgaron una mochila a los hombros, y, junto con otros diez y nueve hombres, lo
arriaron hasta un Unimog desvencijado, lo bajaron en la base aérea del
Palomar, lo hicieron subir por el trasero abierto en flor de un Hércules
y, al día siguiente, lo bajaron en el flamante Puerto Argentino. La
división de voluntarios que integraba Segundo Rattaghan estaba a cargo
del teniente Severino Sosa, un correntino semianalfabeto y aterrado que, hasta
entonces, suponía que la guerra consistía en torturar y matar prisioneros
maniatados y quebrados, secuestrar mujeres y saquear casas de civiles desarmados.
Pero ahora, en aquel compás de espera, bajo la amenaza lenta pero segura
del arribo de un enemigo que habría de llegar desde el cielo y el mar,
no podía evitar un terror que le vaciaba las tripas. Su tropa tenía
la misión de llegar por tierra hasta Ganso Verde y a su paso minar toda
la franja de playa de punta a punta. En Ganso Verde se unirían a otra división
y avanzarían hasta la orilla de la Gran Malvina, dónde tenían
que cavar las trincheras para resistir el desembarco enemigo. El
soldado Rattaghan no hablaba con nadie. No parecía mostrar ninguna preocupación
ante la llegada del enemigo. Se diría que la inminencia de la guerra lo
tenía sin el menor cuidado. No mostraba signos de frío ni de hambre
ni de miedo, ni siquiera de tedio durante aquellas eternas horas muertas de la
espera. Podía adivinarse que su propósito era otro. Que había
llegado a Malvinas para librar su propia guerra. El
teniente Severino Sosa había encontrado que, para morigerar el miedo propio
e infundirse ánimos, tenía que mantener a la tropa permanentemente
aterrada con gritos, amenazas y humillaciones. El teniente no podía tolerar
la pasmosa tranquilidad del soldado Segundo Rattaghan. Miraba a su subordinado
con una mezcla de aprensión, recelo y cierto temor que se resumía
en un desprecio que pronto habría de desaguar en odio. No hubiese habido
forma de hacerle entender al teniente que aquel apellido no era inglés,
sino irlandés, y que un irlandés o
su descendencia
era una entidad completamente diferente de la de un inglés. Por añadidura,
a último momento, el teniente había sido notificado por la comandancia
de que el voluntario Rattaghan tenía un hermano mayor cuyo paradero aquella
misma comandancia decía desconocer, aunque se presumía según
un parte del Ministerio
que su denunciada desaparición había sido voluntaria y ahora, quizá,
se hallara en el exterior o, quién sabe, tal vez hubiera sido muerto por
sus propios camaradas de armas marxistas-leninistas. Lo cierto es que el soldado
Rattaghan había presenciado, siete años antes, cómo su hermano
había sido sacado de su cuarto, arrastrado por los pelos escaleras abajo
hasta la calle y molido a patadas por incontables borceguíes iguales a
los que él mismo ahora llevaba puestos y así, medio muerto y a la
rastra, lo habían tirado sobre la caja de un Unimog idéntico al
que había transportado al soldado Rattaghan a la base aérea. Desde
entonces, jamás volvió a ver a su hermano mayor. El
segundo día de espera y para ilustrar a la tropa de cómo se procedía
con aquellos que contravinieran órdenes, el teniente hizo formar a la tropa
delante de las trincheras y, hecho una hiena, furioso y vociferante, a ver manga
de putas, pedazos de mierda, decía, pronto vamos a tener visitas, decía,
vamos a ver, imbéciles, cómo se trata a un inglés y entonces,
con una rama que usaba como bastón, señaló al soldado Rattaghan
y ladró, a ver, Rata, rata inglesa hija de puta, al frente. El soldado
Rattaghan avanzó un paso. Entonces Severino Sosa ordenó que lo estaquearan.
Crucificado el soldado contra la nieve, el teniente se encargó de sujetar
los nudos atados a sus muñecas hasta que la soga se metió en la
carne. Rattaghan no despegaba la vista de los ojos de su superior y aun cuando
el sisal había empezado a teñirse de rojo, el soldado no había
siquiera lanzado un gemido. Permaneció crucificado por el término
de doce horas. Si faltaba una lata de
conservas, el ladrón había sido el soldado Rattaghan; si se oía
un murmullo cuando el teniente había ordenado silencio, el soldado Rattaghan
había sido el contraventor, y si llovía o, peor, nevaba, la culpa
era, desde luego, de Rattaghan. En una ocasión desapareció una barra
de chocolate que el teniente se tenía reservada para sí. Severino
Sosa hizo formar a la tropa y se encaminó derecho al soldado Rattaghan.
Rata
inmunda le dijo ,
abra la boca. Entonces toda la tropa pudo
ver cómo Severino Sosa le arrancaba los dos incisivos superiores con una
tenaza de sacar clavos y los guardaba, a guisa de trofeo, en un bolsillo de la
chaqueta. El soldado Segundo Manuel Rattaghan, sangrante, tembloroso pero erguido,
no emitió siquiera una queja. De no haber tenido un único, secreto
e inquebrantable propósito, se hubiese desmayado del dolor. En otra oportunidad,
el teniente notó que faltaba un atado de los habanitos que acostumbraba
fumar. Entonces decidió usar como cenicero al soldado Rattaghan: uno por
uno, apagó los trece cigarros que se fumó en el día en los
huevos de su subordinado. Al quinto día,
desde el fondo del horizonte, se escuchó un tronar creciente, apocalíptico.
Una formación de Harriers, poco menos, afeitó las nucas de los soldados.
Inmediatamente después sobrevino un destello cadmio que encegueció
al soldado Rattaghan. Fue una explosión cuyo estruendo fue tal que ni siquiera
la oyó; el soldado Rattaghan voló, literalmente, a una distancia
de sesenta metros. Intentó ponerse de pie pero no pudo. Estaba sordo y
completamente ciego. Conforme fue recuperando la visión, pudo descubrir
el panorama más aterrador que jamás hubiera visto: desparramados
alrededor de un cráter todavía incandescente, yacían, desmembrados
y humeantes, los restos de sus compañeros. A pesar de que había
perdido toda noción de tiempo y espacio la
conmoción fue tal que tuvo que hacer esfuerzos para recordar su propio
nombre no olvidó
cuál era su propósito, en ese lugar que ahora ni siquiera reconocía.
Rattaghan se arrastró apoyado sobre los codos, buscando quién sabe
qué. Se acercó hasta un obús retorcido que brillaba como
una brasa y ahí, al calor de aquella hoguera metálica, intentó
recuperar aliento. Tenía una necesidad de dormir como nunca antes había
experimentado. Entonces tuvo la certeza de que aquello no era sueño, sino
el dulce arrullo que precede a la muerte. De no haber tenido un único y
secreto propósito hubiese cedido a la tentación del sueño
fatal. El soldado Rattaghan no hubiera
podido precisar con cuántos cadáveres se topó en su marcha
reptil hacia ninguna parte. Se había arrastrado en círculos. De
pronto supo qué era, en verdad, lo que buscaba. Buscó en las caras
desfiguradas y en los miembros desperdigados, buscó en los uniformes, reptando,
siempre reptando, buscó en las formas de las mochilas y de los pertrechos,
entre la nieve y revolviendo la chatarra de los restos de los armamentos; como
un perro, elevó la nariz hacia el cielo y buscó en el olor del aire.
Fue un ruido sutilísimo. Un suspiro. Entonces giró la cabeza y pudo
ver un temblor finísimo en la nieve. Como un lagarto, corrió hacia
aquel promontorio palpitante y hurgó en la escarcha con la yema ya
insensible de
los dedos; tocó un borceguí; giró sobre su eje ventral y
cavó con ambas manos hasta tocar una barbilla pétrea. Entonces pudo
descubrir que aquello era su teniente, Severino Sosa. Por primera vez desde su
llegada a Malvinas, rió. Rió como jamás se había reído.
Enterrado como estaba su teniente, le cachete
las mejillas y, cegado por la fiebre y el dolor, le dijo sin dejar de reírse,
miráme hijo de puta y entonces, el soldado Rattaghan se levantó
el labio y le mostró las cuencas vacías de los dientes que le había
arrancado el día anterior y miráme hijo de puta, le gritó
y le enseñaba las muñecas llagadas por el sisal de la cuerda con
la que lo había estaqueado la tarde anterior y miráme hijo de puta,
le decía sin dejar de reírse, a la vez que le abría los párpados
yermos para que le viera los huevos escaldados. De no haber tenido un único
y secreto propósito, lo habría matado ahí mismo. El soldado
raso Rattaghan tomó a Severino por las axilas y, arrastrándose con
los codos y las rodillas, lo desenterró por completo. Lo sentó sobre
un peñasco y, sosteniéndole la cabeza por los pelos, le dijo, no
te vas a morir ahora hijo de puta, ahora no. El teniente se desplomó sobre
sus propias rodillas. Severino Sosa se moría. Lo volvió a recostar,
se llenó los pulmones con aquel aire filoso, le tapó la nariz y,
labio contra labio, le dio de su propio aire para que respirara. El
soldado Rattaghan llenó una mochila con los víveres diseminados,
improvisó una camilla hecha de trapos y madera sobre la cual recostó
a Severino Sosa, se cruzó el FAL sobre el pecho y, como un perro de tiro,
emprendió el descenso de aquel monte. Había caminado desde que el
sol era una mancha difusa sobre el horizonte hasta que se clavó en medio
de la bóveda plomiza del cielo. Caminaba entre las montañas sin
saber adónde. Estaba completamente perdido. En
el límite de sus fuerzas y cuando suponía que no podía dar
un paso más, el soldado Rattaghan pudo ver una delgada columna de humo
blanco en la ladera de una montaña; no era se
dijo el vestigio
de un bombardeo. Se acercó cautelosamente y entonces distinguió
una breve chimenea de caño. Volvió a levantar el precario palanquín
sobre el cual yacía el teniente y emprendió nuevamente la marcha.
Cuando faltaban no más de diez pasos para llegar a la casa, exhausto, desfalleciente
y casi congelado, el soldado Rattaghan se desmoronó. Cuando
abrió los ojos tuvo la alucinatoria certeza de que se encontraba en su
casa. El soldado Rattaghan miró en derredor. Sobre la mesa de luz junto
a la cama, pudo ver una imagen de Santa Brígida igual a la que tenía
su madre en el dormitorio. Más allá, sobre una repisa hecha de listones,
descansaba una Biblia en inglés y, en otro estante, pudo leer los lomos
de otros libros ordenados sin demasiado criterio. Había obras de Joyce
y de Yeats, de Synge y de Burke, de Goldsmith, de Swift y unos volúmenes
de lomos marrones e ilegibles. Hubiera jurado que era la biblioteca de su hermano.
Desde su perspectiva, sobre su cabeza, el soldado Rattaghan pudo ver la cruz invertida
de un rosario celta. Era cierto se
dijo que aquel
techo de listones de madera tibia y hospitalaria no era el de su casa. Pero lo
que le hacía suponer que todo aquello no era más que un desvarío
era el hecho de que estaba escuchando una vieja canción irlandesa en idioma
gaélico que únicamente le había oído cantar a su abuelo.
Se incorporó sobre los codos y entonces comprobó que estaba sobre
una cama. Más allá, un hombre alimentaba una salamandra sobre cuyo
crisol se cocinaba un guiso. Era un viejo que presentaba el porte de un dolmen:
gigante, erguido y de una indiferencia que se diría pétrea. Tenía
el pelo blanco recogido en una cola de caballo y unos ojos azules enmarcados en
unas lentes montadas al aire sobre el puente y las patillas de oro. Llevaba un
inadecuado sobretodo negro y bastante raído, largo hasta los tobillos,
que le confería una apariencia cuáquera. Siguió los movimientos
de aquel hombre enorme. A donde iba, llevaba consigo un vaso repleto de whisky.
Sin quitar la vista del fuego que ardía en la salamandra, el viejo musitó
en un español sinuoso pero decidido: Puede
llamarse afortunado. Apenas tiene una luxación en los hombros y las rodillas,
dos falanges quebradas, una costilla fisurada, el tabique de la nariz roto y unos
cuantos raspones. Mi nombre es Sean Flanaghan. El
soldado Rattaghan se contempló cuan largo era y, sólo entonces,
pudo comprobar que estaba casi por completo entablillado. En
cuanto a su compañero, soy menos optimista dijo
el viejo señalando a la derecha de Rattaghan. El
soldado giró la cabeza y, por sobre el promontorio de la almohada, pudo
ver otra cama paralela donde yacía moribundo Severino Sosa. Tenía
vendada la cabeza hasta las cejas, ambos brazos entablillados y la pierna derecha
afirmada oblicua al pie de la cama. Estaba destrozado. Lo
que ve no es nada, el problema son las hemorragias internas. El
viejo se puso de pie y caminó hasta el soldado Rattaghan. Se sentó
en el borde de la cama y le abrió la boca, examinando el lugar vacante
de los incisivos superiores. Éstas
no son heridas de guerra musitó
como para sí mientras le mojaba las encías con whisky .
Tampoco éstas dijo
a la vez que le examinaba las quemaduras de los testículos ,
esto parece más bien un cenicero. El
soldado Rattaghan bajó la vista. El viejo se levantó y caminó
hasta la cama improvisada donde yacía el teniente. Lo señaló
con la botella y preguntó: ¿Fue
él? El soldado negó sin
mirar a su interlocutor. El viejo se rascó la cabeza y musitó en
inglés un «no comprendo». Fue hasta la salamandra y volvió
frotándose el mentón. Fue
él afirmó,
mirando por primera vez a los ojos del soldado. Rattaghan volvió a negar
con la cabeza. El viejo se bebió el vaso de whisky de un solo sorbo, caminó
hasta la mesa de luz, tomó algo del interior del cajón, exhibió
su puño cerrado frente a las rotas narices del soldado y abrió suavemente
la mano. Entonces Rattaghan pudo ver sus dos dientes. Estaban
en el bolsillo de la chaqueta de su amigo y creo que le pertenecen a usted. Luego
le mostró uno de los habanitos que había encontrado en las ropas
del teniente, cuyo diámetro coincidía exactamente con las quemaduras
que el soldado presentaba en la piel. Sean
Flanaghan fue hasta el fondo del cuarto, hasta donde no llegaba la luz que brotaba
del crisol abierto de la salamandra, y regresó de la penumbra con un rifle
de doble caño. Lo cargó con sendas balas, se acercó al teniente,
apoyó los caños en la frente de Severino Sosa, amartilló
y, en el mismo momento que estaba por disparar, escuchó el alarido del
soldado Rattaghan. ¡No!
Por favor, le suplico que no lo haga. El
viejo miró al soldado con una mezcla de asombro y fastidio. ¿Por
qué no? preguntó
con la mayor naturalidad. Entonces el
soldado Rattaghan habló. Le contó lo que jamás había
dicho a nadie. Le habló en un inglés clarísimo. Le explicó
por qué no podía matarlo y cuál era su propósito en
aquella guerra. Primero le contó que su abuelo había nacido en Belfast,
que muy joven llegó a la Argentina, que su padre había sido casero
de la estancia de los Anchorena, que la abuela había sido institutriz;
le habló acerca de su madre y de la imagen de Santa Brígida, igual
a la que ahora descansaba sobre su mesa de luz. Y le dijo, también, que
había tenido un hermano. Entonces volvió a tomar aliento y habló.
Le habló de su hermano mayor, le dijo que se llamaba Patricio, Patricio
Rattaghan, que también leía a Joyce y Yeats, a Synge y a Burke,
a Goldsmith, a Swift y a otro irlandés que era en realidad argentino, Rodolfo
Walsh, que también su hermano escribía, y entonces le recitó
una poesía, podía recitar todo el libro, le contó que una
noche de julio de 1976 un camión del ejército se estacionó
en la puerta de su casa, que se bajaron diez hombres armados y se lo llevaron
a la rastra, que lo molieron a patadas, que él, Segundo Manuel Rattaghan,
escondido tras la puerta, tuvo pánico, que no entendía nada, que,
literalmente, se cagó de miedo, que, a través de sus ojos infantiles,
había visto todo y que jamás se perdonó no haber hecho nada,
que nunca más lo volvió a ver. Le dijo que lo torturaba el hecho
de que, con el paso de los años, se iba borrando de su memoria la cara
de su hermano, pero que había un rostro que jamás había olvidado,
que desde aquel día se le aparecía todos los días como un
mal pensamiento, como una mosca pertinaz, le dijo que nunca había olvidado
el rostro de aquel que daba las órdenes cuando se llevaron a su hermano.
Le contó que, desde entonces, no había hecho más que buscar
esa cara. En los subtes, en los colectivos, entre los transeúntes, en todas
partes, hasta que un buen día vio aquel rostro en la televisión,
en una nota que les hacían a los heroicos soldados del batallón
63.3, que habían sido los primeros en pisar las islas recuperadas, entonces
aquel rostro no pudo sustraerse al hambre de gloria y dijo su nombre mirando a
cámara: teniente Severino Sosa. Fue cuando él, Segundo Manuel Rattaghan,
decidió presentarse como voluntario al batallón 63.3. Entonces,
señalando al hombre que yacía a su lado, le dijo al viejo: Él
secuestró a mi hermano. Cuando
el soldado Rattaghan hubo terminado de hablar, el viejo lo miró a los ojos
y se quedó en silencio. Asintió, se bebió el contenido del
vaso de un solo sorbo, se puso de pie. Fue y vino y, finalmente, habló:
Entiendo
su punto de vista, pero si le interesa saber lo que pienso, opino que hay que
matarlo ahora. Antes de que Rattaghan
pudiese responder, Sean Flanaghan se sentó en la cama junto al soldado
y le contó qué hacía un irlandés en el fin del mundo.
Desde el mar llegaban las explosiones remotas de los bombardeos y los vuelos de
los Harriers. Por primera vez el viejo pudo comprobar que no estaba contemplando
a un soldado, sino a un niño. Le acercó un vaso, sirvió whisky
primero en su
vaso, después en el de su huésped
y con el fusil sobre el regazo, se lo bebió de un solo sorbo, interpuso
un interminable eructo y empezó a hablar. Fue escueto. Era como si hablara
con su vaso, o más bien con el contenido, porque cada vez que se vaciaba,
guardaba silencio y retomaba su soliloquio sólo cuando volvía a
llenarlo. Contó que había nacido en Belfast, que a los veintiséis
años se casó con una enfermera, la dueña del culo más
espléndido de Irlanda, y que al año siguiente nació su hijo,
James; que eran católicos militantes, que integró distintos grupos
políticos, que se había opuesto a la radicalización de la
lucha, que había estado preso durante cinco años, que una noche
volvió a su casa y se encontró con que ya no tenía casa,
que una bomba del LVF había volado el edificio. Que la dueña del
culo más espléndido de Belfast era una entidad calcinada a la que
ni siquiera pudo reconocer, que su pequeño hijo, James... el viejo iba
a seguir hablando pero no pudo. Aquel gigante de ojos transparentes, aquel dolmen
enorme e inexpresivo, se incorporó y se refugió en el ángulo
del cuarto adonde no llegaba la luz de la salamandra. El soldado Rattaghan pudo
escuchar un llanto apagado por el pudor y el desconsuelo. Eso fue todo lo que
dijo. Luego comieron en silencio. Antes
de irse a dormir, Sean Flanaghan repitió: Si
quiere saber mi opinión, pienso que hay que matarlo. Eso no es un semejante.
A la medianoche, el soldado Rattaghan
se despertó sobresaltado. Hubiera jurado que percibió un ruido,
un movimiento brusco proveniente de la cama donde yacía Severino Sosa.
Se incorporó un poco y vio que el teniente permanecía en la misma,
exacta e idéntica posición que antes. Sin embargo, en la semipenumbra,
creyó ver un levísimo cambio en el rictus del teniente. Con enormes
dificultades, el soldado Rattaghan se puso de pie. Le dolía hasta el pelo.
Caminó hasta la cama vecina. Había algo diferente, aunque no podía
precisar qué. De pronto lo sobrecogió la idea de que Severino Sosa
hubiese muerto. Posó su índice sobre la carótida de su superior
y entonces respiró tranquilo: su corazón latía sereno, acompasado.
Rattaghan volvió a acostarse no sin cierta inexplicable desazón.
Se le cruzó la absurda ocurrencia de que el teniente no sólo se
había movido, sino que, en algún momento, se había levantado.
No, hubiese sido imposible, pensó. Se disuadió de la idea y se dispuso
a dormir. Estaba por conciliar el sueño cuando escuchó que decían
su nombre. Era la voz inconfundible del teniente Severino Sosa. Se le congeló
la sangre. Soldado
Rattaghan repitió
la voz. Segundo Manuel Rattaghan se levantó
como un resorte y corrió a despertar al viejo. Sean Flanaghan fue por la
botella de whisky, se calzó los lentes y una manta por encima de los hombros,
caminó hasta el camastro del teniente y lo examinó. Por detrás
de su hombro, Rattaghan asomaba su pánico. Este
hombre se está muriendo fue
el veredicto del viejo. Agua,
por favor, agua suplicó
Severino Sosa. Sean Flanaghan trajo un
cucharón con agua y, en el mismo momento en que estaba por apoyarlo sobre
los labios del teniente, el soldado Rattaghan tomó la mano del viejo y
la alejó de la boca reseca de Severino Sosa. Se acercó a su oído
y le susurró: ahora, hijo de puta, me vas a decir qué hiciste con
mi hermano. El teniente no hacía más que implorar por agua. Rattaghan
exhibía ahora el cucharón frente a los ojos del teniente y le repetía,
decíme, hijo de puta, qué hiciste con mi hermano. La proximidad
del cucharón parecía devolverlo a la realidad. Por fin dijo: óNo
sé de qué me habla, soldado. Había
dicho esto último con un sino de sarcasmo que se traslució en una
sonrisa imperceptible, involuntaria. El soldado Rattaghan tuvo la inmediata certeza
de que el teniente no sólo sabía de qué le hablaba, sino
que sabía de quién le hablaba. Siempre lo supo. Ése era el
motivo del odio que le prodigaba desde el día en que lo vio, desde el momento
en que escuchó el apellido Rattaghan. Siempre supo que era el hermano de
su víctima. Entonces, Segundo Manuel Rattaghan tomó una resolución:
lo iba a torturar hasta que hablara. Se acercó a la salamandra y puso a
calentar en el crisol el fierro del atizador. El viejo se había sentado
en la mecedora y bebía indiferente. El hierro pasó de negro a rojo
y de rojo a blanco. Rattaghan lo retiró y lo acercó a la cara del
teniente, me vas decir, hijo de puta, qué hicieron con mi hermano. Severino
Sosa no hacía más que negar todos los cargos y pedir agua. Conforme
se encolerizaba, el soldado Rattaghan, en la misma proporción, descubría
que era incapaz de torturar. Ni sabía cómo se hacía ni podría
hacerlo aunque supiera. Lloró de impotencia. Yo
podría hacerlo por usted dijo
el viejo sin mirarlo
pero esta es su guerra. Derrotado por
su misma ineptitud, Rattaghan dejó el atizador en su lugar. Entonces Severino
Sosa, con una voz inédita, afable y calma, empezó a hablar. Voy
a decirle, soldado, qué fue de su hermano, pero antes quiero agradecerle
que me haya salvado la vida. El corazón de Rattaghan se sobresaltó
primero y luego latió con ansiedad. El viejo se incorporó sobresaltado
por una inquietud indecible. Le voy a decir qué pasó con su hermano,
siguió diciendo el teniente, pero quiero que sepa que jamás voy
a olvidar que si no hubiera sido por usted, soldado, ahora yo estaría muerto.
El viejo buscaba algo desesperadamente. Soldado, voy a decirle de una vez qué
fue de su hermano, pero antes quiero que sepa que estoy en deuda con usted; sucede,
dijo, que odio tener deudas, sacó el brazo por debajo de las cobijas y
extrajo el rifle de doble caño del viejo, entonces levantó el arma
y apuntando al pecho de Segundo Manuel Rattaghan dijo: esto fue lo que pasó
con su hermano, entonces disparó. En el mismo momento en que Sean Flanaghan
corría hacia el soldado, Severino Sosa volvió a disparar al centro
de los ojos del viejo. Cayó como lo hiciera un dolmen, sin quebrarse, sin
emitir una sola queja.
|