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Los perros de Tesalónica |
| KJELL ASKILDSEN | | 112
págs. | | Traducción: Kirsti Baggethun
y Asunción Lorenzo | | ISBN 84-96080-82-X | |
13,95 € |
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Los perros de Tesalónica (fragmento) TOMAMOS
EL CAFÉ de la mañana en el jardín. Apenas hablamos. Beate
se levantó y colocó las tazas en la bandeja. Será mejor subir
los sillones a la terraza, dijo. ¿Por qué?, pregunté yo.
Seguro que va a llover, contestó. ¿Llover?, dije, no hay ni una
nube en el cielo. Hace bochorno, ¿no te parece? No, contesté. Tal
vez me equivoque, repuso ella. Subió a la terraza y entró en el
salón. Yo seguí sentado un cuarto de hora más, luego me subí
un sillón a la terraza. Permanecí unos instantes contemplando el
bosque al otro lado de la valla, pero no había nada que ver. A través
de la puerta abierta de la terraza oí canturrear a Beate. Seguro que ha
oído el parte meteorológico, pensé. Volví a bajar
al jardín y me acerqué a la parte delantera de la casa, al buzón
junto a la puerta negra de hierro forjado. Estaba vacío. Cerré la
puerta, que por alguna razón se había quedado abierta; entonces
vi que alguien había vomitado justo al lado. Me sentí indignado.
Coloqué la manguera en el grifo de la pared, lo abrí a tope y luego
arrastré la manguera hasta la puerta. El chorro no dio del todo en el blanco,
y una parte del vómito salió disparada hacia el jardín, el
resto se dispersó por el asfalto. No había cerca ningún sumidero,
de modo que sólo conseguí alejar la sustancia amarillenta unos cuatro
o cinco metros de la puerta. Pero fue un alivio conseguir apartar un poco aquella
porquería. Después de cerrar el grifo y enrollar la manguera,
ya no supe qué hacer. Subí a la terraza a sentarme. Al cabo de unos
minutos oí a Beate canturrear de nuevo; sonaba como si estuviera pensando
en algo en lo que le gustaba pensar, supongo que creía que no la oía.
Tosí, y se hizo el silencio. Ella salió y dijo: ¿Estás
aquí? Se había maquillado. ¿Vas a salir?, pregunté.
No, contestó. Me volví hacia el jardín y dije: Algún
idiota ha vomitado justo delante de la puerta. ¿Ah sí?, dijo ella.
Qué asco, exclamé yo. Ella no contestó. Me levanté.
¿Tienes un cigarrillo?, preguntó. Le di uno, y también fuego.
Gracias, dijo. Bajé de la terraza y me senté junto a la mesa del
jardín. Beate se quedó en la terraza fumando. Tiró el
cigarrillo a medio fumar a la gravilla delante de la escalera. ¿Por qué
haces eso?, pregunté. Se acabará consumiendo, contestó. Se
metió en el salón. Me quedé mirando fijamente el fino hilo
de humo que subía del cigarrillo, quería verlo consumirse del todo.
Un momento después me levanté, presa de una sensación de
desamparo. Bajé hasta la valla, crucé la estrecha franja de césped
y me adentré en el bosque. Enseguida me senté en un tocón,
casi oculto tras unos matorrales. Beate salió a la terraza. Miró
hacia donde estaba sentado y me llamó. No puede verme, pensé. Ella
volvió a bajar al jardín y dio la vuelta a la casa. Subió
de nuevo a la terraza. Volvió a mirar hacia donde yo estaba. Es imposible
que me vea, pensé. Ella se dio la vuelta y se metió en el salón.
Yo me levanté y continué adentrándome en el bosque. Cuando
estábamos sentados a la mesa, Beate dijo: Ahí está de nuevo.
¿Quién?, pregunté. El hombre, contestó, ahí,
en la orilla del bosque, junto al gran... No, ha vuelto a desaparecer. Me levanté
y me acerqué a la ventana. ¿Dónde?, pregunté. Junto
al pino grande, contestó. ¿Estás segura de que era el mismo
hombre?, pregunté. Creo que sí, respondió. Ahí ya
no hay nadie, dije. Desapareció, repuso ella. Volví a la mesa y
dije: A esa distancia no puedes haber visto si se trataba del mismo hombre. Beate
no contestó enseguida, luego señaló: A ti sí te habría
reconocido. Eso es diferente, dije. A mí me conoces. Comimos en silencio.
Luego ella preguntó: Por cierto, ¿por qué no contestaste
cuando te llamé? ¿Me llamaste?, pregunté yo. Te vi, contestó
ella. ¿Por qué diste la vuelta a la casa?, pregunté. Para
que no pensaras que te había visto, respondió. Pensé que
no me habías visto, repuse. ¿Por qué no me contestaste?,
volvió a preguntar. ¿Para qué iba a contestarte si pensaba
que no me habías visto?, pregunté yo. Podría haber estado
en otro lugar. Si no me hubieras visto, o si no hubieras hecho como si no me vieses,
no habría habido ningún problema. Cariño, dijo ella, no hay
ningún problema. No dijimos nada más en un rato. Beate no
paraba de volver la cabeza hacia la ventana. Dije: Al final no ha llovido. No,
repuso ella, la lluvia se hace de rogar. Dejé los cubiertos en la mesa,
me recliné en la silla y dije: ¿Sabes? A veces me irritas. ¿Ah
sí?, contestó ella. Nunca admites que te has equivocado, señalé.
Sí que lo hago, respondió ella. Me equivoco a menudo. Todo el mundo
se equivoca. Absolutamente todos. Me limité a mirarla, y noté
que ella se daba cuenta de que se había pasado. Se levantó, cogió
la salsera y la fuente vacía de verduras y se metió en la cocina.
No volvió a salir. Yo también me levanté, me puse la chaqueta
y me quedé un momento escuchando, pero reinaba un silencio total. Bajé
al jardín, di la vuelta a la casa y salí a la calle. Me dirigí
hacia el este, alejándome de la ciudad. Notaba que estaba alterado. Los
jardines de los chalés de ambos lados de la calle estaban vacíos,
y no se oían más ruidos que el regular murmullo de la autovía.
Dejé atrás las casas y me adentré en la gran explanada que
va hasta el fiordo. Llegué al fiordo, a un pequeño café
al aire libre, y me senté en una mesa a la orilla del agua. Pedí
una cerveza y encendí un cigarrillo. Tenía calor, pero no me quité
la chaqueta, pues suponía que la camisa tendría manchas de sudor
en las axilas. Todos los demás clientes estaban a mis espaldas; delante
de mí se extendía el fiordo y las lejanas colinas cubiertas de árboles.
El murmullo de las voces y el suave gorgoteo del agua entre las piedras de la
playa me sumió en un estado de ausencia adormecida. Mis pensamientos seguían
caminos aparentemente carentes de lógica, y no eran desagradables, al contrario,
sentía un inusual bienestar, y por eso resultó aún más
incomprensible que de repente y sin ninguna transición perceptible me invadiera
una sensación de angustioso abandono. Había algo absoluto, tanto
en la angustia como en el abandono, algo que de alguna manera ponía el
tiempo en suspenso. En realidad, no creo que pasaran más de unos cuantos
segundos hasta que los sentidos se me corrigieron y me devolvieron al allí
y al entonces. Volví a casa por el mismo camino por el que había
llegado, atravesando la gran explanada. El sol se estaba acercando a las montañas
del oeste; sobre la ciudad se había posado una capa de neblina, y el aire
ni se movía. Noté dentro de mí una especie de desgana por
volver a casa, y de repente pensé, y fue un pensamiento nítido y
claro: Ojalá estuviera muerta. Pero seguí. Atravesé
la puerta y me dirigí a la parte posterior de la casa. Beate se había
sentado junto a la mesa del jardín; justo enfrente de ella estaba su hermano
mayor. Me acerqué a ellos, me sentía muy tranquilo. Intercambiamos
algunas palabras rutinarias. Beate no me preguntó dónde había
estado, y ninguno de los dos me invitó a acompañarlos en la charla,
algo que, de todos modos, habría rechazado con cualquier pretexto. Subí
al dormitorio, colgué la chaqueta y me quité la camisa. El lado
de la cama de Beate estaba sin hacer. En la mesilla había un cenicero con
dos colillas, y junto al cenicero, un libro abierto. Cerré el libro; me
llevé el cenicero al baño, eché las colillas al váter
y tiré de la cadena. Luego me desnudé y abrí el grifo de
la ducha, pero el agua no terminaba de salir caliente y la ducha fue diferente
y mucho más corta de lo que me había imaginado. Mientras me
vestía delante de la ventana abierta del dormitorio, oí cómo
Beate se reía. Acabé rápidamente y bajé al sótano;
por el ventanuco podía observarla sin ser visto. Estaba reclinada en el
sillón, con el vestido muy levantado sobre los muslos separados, y las
manos detrás de la nuca, lo que hacía que se tensara la fina tela
sobre sus pechos. Había en su postura una indecencia que me excitaba, y
esa excitación se veía reforzada por el hecho de que se mostrara
así ante los ojos de un hombre, aunque fuera su hermano.
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