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El derecho al pataleo de los ahorcados

RONALDO MENÉNDEZ

160 págs.

ISBN 84-89618-32-1

1800 pts. 10,81 Eur.

El derecho al pataleo de los ahorcados (00034)


      
MONEY


      DIECISIETE BILLETES DE A DIEZ. Veinte billetes de a veinte. Diez de cincuenta. Hacen un total redondo, ineludible, de mil setenta dólares. El primer error podría estar en el manejo inexperto de los billetes de diez unidades, de tal modo que bien pudieron perderse pegados entre sí, enmascarándose tres de ellos en lo incuantificable de la indistinción. Para descartar el perverso extravío va disponiendo en grupos distintos una nueva magnitud: un total de diez segmentos, cada uno con igual cantidad del mismo valor, o sea, cien dólares, y sobran diez de a diez. Confirma, pues, la inconsistencia de su sospecha.
      Estupefacto, pasa a considerar la posibilidad de un segundo error, que podría estar en el manejo inexperto de los de veinte unidades. No obstante, y aun sabiendo que es imposible buscar treinta dólares perdidos entre billetes de a veinte (previa confirmación de cada uno), observa con detenimiento los cuatro números simétricos sobre los cuatro ángulos de cada plano rectangular, verificando con gran decepción que todos son de igual valor..., y aún vuelve a contar, demorando la esperanza irracional (como casi toda esperanza) de haber fallado en la constatación de los de a veinte. Un solo número lo golpea ineludible: veinte.
      Aún más absurdo es considerar la posibilidad de un tercer error al manipular los de cincuenta, puesto que se busca el extravío de treinta dólares. Sin embargo, con mimética esperanza, los cuenta. Siguen siendo diez de cincuenta; completando una cifra definitiva: mil setenta dólares.
      Su mujer lo mira angustiada y él es su espejo: faltan treinta dólares sobre la faz de la cama.
      Es imposible. Aún ella vuelve a contarlos según su estilo de un solo bulto y luego multiplicar la cantidad de iguales y sumar los resultados parciales; y aunque a él no le gusta este método por lo homogéneo del procedimiento que tiende a confundir, ella le confirma la estática cifra.
      La angustia aumenta y hace un nudo como paralizándose en algún sitio impreciso del espíritu, bloqueando rotundamente toda disposición de volver a contar la magnífica cantidad de papeles dibujados contra la sábana blanca. (El hecho de que la sábana sea descaradamente blanca confiere a la incertidumbre un aspecto de fatalidad.)
      El dinero, este que ahora se ha convertido de 1 100 en 1 070, lo han ahorrado óel diablo sabe cómo durante un año; y no para convertirlo, tras un rapto de mágica multiplicación de papeles, en su formidable equivalente en moneda local, sino para metamorfosearlo en dos pasajes a México.
      No se resignan: la mujer recorre con su mirada ubicua el techo de la habitación, y se recuesta sobre los codos arqueando la espalda de tal manera que simula una concavidad hacia donde debe escurrirse la memoria para que pueda ser verificada con esa otra mirada interior, ansiosa, que manosea indistintamente hacia atrás una red de trastos arbitrarios que son los recuerdos. La mujer asegura poseer una minuciosa cantidad de trastos arbitrarios, pero ninguno se parece a ese recuerdo anónimo que debe teñir de lógica la compartida incertidumbre. Él tampoco se resigna y hace memoria. Tiene aproximadamente la misma proporción de trastos, sólo que matizados por una leve intuición de conocimiento de causa.
      La mujer simula resignarse: a tal amigo le robaron el otro día sus únicos sesenta y dos dólares, que eran los ahorros concebidos para mantenerse mientras escribía una novela; ahora tendrá que buscar trabajo y no podrá novelar tan fácilmente. Él le responde que es un caso triste, para quien junta esa cantidad y se somete al celibato de cero bebida, cero ropa y poca comida, en nombre del arte por el arte... «Sin dudas dice a tono con la resignación del momento es todo un caso ese del amigo y su novela trunca». También se regodea en eso del celibato, por el placer de hacer encajar una palabra grandilocuente en una cuestión que sería irrisoria para un seminarista convencido. Enfatiza, entonces, en la gran diferencia que hay entre tener dinero para derrocharlo epicúreamente en los bares de la ciudad, y tenerlo ahorrado para un propósito específico, amén de privaciones de todo tipo (incluyendo los bares de la ciudad). «No te das cuenta afirma, asombrado de su ejercicio de estupidez que el dinero que se ahorra por encima de las necesidades y los placeres queda espiritualizado».
      La mujer tiene la convicción aunque ahora no la manifiesta, lógicamente de que resulta muy ridícula la propensión de él a hacer filosofía a costa de cualquier nimiedad. Insiste en que no hay remedio: «Debimos haber tomado los treinta dólares para algún propósito y luego los extraviamos». Esta consideración a él le resulta tan absurda como la pérdida misma: ¿cómo tomar treinta dólares y no acordarse? Ella le responde que «tal vez estábamos fumados y con el arrebato ni nos dimos cuenta, quizá hasta se los regalamos a alguien».
      Poco a poco, él hace memoria, y se detiene en el único trasto atípico que resalta sobre el fondo de recuerdos arbitrarios. Memoriza su intuición de hace un momento: hacia atrás, diez días antes, tomó un billete de cincuenta para comprar un pantalón necesariamente rumiado, aprovechando la oportunidad de una buena venta, gastó veinte y regresó a casa de su mujer con el pantalón, la euforia y el vuelto. El vuelto de treinta dólares. ¿Dónde fue a parar el vuelto de treinta dólares?
      Él salta sobre la cama y el dinero vuelve a desparramarse en una geografía indescifrable; repite aún la pregunta clave como si reiterándola pudiera conjurar el maleficio. A partir de entonces todo se precipita y los recuerdos arbitrarios se repliegan dejando sitio a otros más precisos que se encadenan tropelosos. La cuestión queda así: él increpa a su mujer sobre la responsabilidad de reintegrar el vuelto, pues asegura habérselo entregado. Ella duda, pero al instante hace que la consideración rebote sobre la culpa: «Nunca me diste nada, la pérdida es asunto tuyo».
      Una primera tentativa los hace suponer que el vuelto quedó dentro de la bolsa de nylon, en el lugar del pantalón. La mujer se levanta de un salto y va al cajón donde suelen comprimir las bolsas que van consiguiendo. Regresa con una bola blanca azulada que suena al menor contacto de los dedos ansiosos por desparramar, estirar, torcer y verificar. Nada. Un vacío irremediable dentro de cada espacio, a veces alterado por algún comprobante de venta donde se enumeran jabones, detergente y alguna otra cosa por el estilo, y al extremo del cintillo blanco en caracteres de computadora: Tiendas INTUR, o Tiendas Caracol, o Tiendas Panamericanas, o Tecnitiendas, o...
      Ella llora. Él le dice que trate de no deprimirse, todavía podrían hacer memoria y localizar el vuelto QUE NO SE PUEDE HABER PERDIDO. Su mujer protesta y lo acusa de regado y de haber comprado el pantalón más caro de la vida, además, no sabe cómo se le ocurrió teniendo por delante el viaje a México. «Sólo nos queda un mes para comprar los pasajes y ahora...».
      No pueden recurrir a nadie más, pues todos los amigos que pudieran regalar/prestar algún dinero ya lo han hecho. También los parientes fuera de Cuba; y ya han vendido todo lo que valía algo.
      La cuestión, para él, se complica al tratar de precisar todos sus pasos de aquel día, 21 de julio de 1994.
      A grandes rasgos, sucedió lo siguiente:
      Despiertan, en casa de los padres de él. La mujer desayuna y regresa a su casa. Él desayuna y sale a resolver algún problema en la escuela; cuestión esta que pretexta para encubrir su libertad durante la mañana. Entonces toma el dinero para comprar el jean. Pero éste es sólo una coartada. Ya en El Vedado, entra al hotel Habana Libre y hace la compra (recuerda a la cajera, cuyo pelo negro se rizaba contra un uniforme beige escotado al inclinarse sobre el mostrador para contar el vuelto). Sale de la tienda y se dirige a casa de su amiga que queda sólo a unas cuadras. Todo ha sido alevosamente concebido. Presiona el timbre, ella abre la puerta de cristales ámbar, él penetra y conversan por espacio de media hora. Hacen lo que todos hacen cuando desean algo y no saben exactamente cómo hacer y en qué va a parar. Luego van a parar a la alfombra y, cuando terminan un coito apresurado y semidesnudo, él se percata con gran remordimiento de que le ha sido infiel a su mujer por primera vez. Desde entonces ha cultivado con una desproporción enfermiza su remordimiento. Los primeros días hasta perdió por completo el apetito y el sueño, incluso estuvo tentado a quitarse el peso revelando su crimen.
      De repente recuerda algo exacto: ese día, por falta de billetera, transportó dentro de la mochila un libro, y, para mayor seguridad, dentro del libro los cincuenta dólares. Aunque no lo recuerda en absoluto, es muy probable que el vuelto haya ido a parar igualmente entre las páginas. Le comunica esto a su mujer que esta vez sale de su reposo amodorrado con un gesto característico en que el pelo castaño se descuelga, se revira hacia atrás, y cae muerto mientras se yergue la frente. «Qué libro era», le pregunta o afirma su alivio en un preludio con aspecto de desesperación. Él responde que «por supuesto..., el único que hemos transportado últimamente de un lugar a otro, el de Reinaldo Arenas». Tras nombrar el libro ambos se derrumban como si acabaran de comprobar el resultado positivo de un análisis sobre el sida: lo prestaron hace tres días a un amigo. El mismo que fue privado de sus sesenta y dos dólares por algún terrorista antiliterario. Se resignan antes que anochezca definitivamente y puedan dormir. Aún quedan algunas conjeturas en que repasan la moralidad del amigo, presunto apoderado de los treinta dólares, y aceptan la imposibilidad de una pérdida: se trata de un asceta digno del juego de abalorios y por tanto incapaz de emprender la ruin acción de... La idea los avergüenza y sólo les queda esperar al día siguiente.
      Por supuesto, a cada quien por su lado y sin hablar, les es imposible conciliar el sueño en un primer momento. Para él, a su atenazadora traición del 21 de julio de 1994, se suma ahora la responsabilidad de la pérdida. Su amiga sobre la alfombra, el torso desnudo y el sayón sin ropa interior. De repente, como una línea tangente que lo toca y sigue su curso invariable, percibe la posibilidad de haber perdido el dinero en ese trance. Ella a horcajadas, él semidesnudo, el dinero cayendo de algún modo inconcebible. Inmediatamente, en la actitud de quien se tapa los ojos para no ver un horror que no por ello será menos tangible, decide desechar sus sospechas razonando la ausencia de una circunstancia precisa y necesaria. Es así que se niega a evolucionar en sus sospechas; la amante a horcajadas, pantalón a la altura de las rodillas, alfombra verde y dinero verde, pantalón azul blue jean, amiga verde, pelvis...
      Amanece y corren donde el amigo que es la última esperanza: dedo sobre timbre, sonido dentro que se propaga ajeno a través de un espacio que van imaginando; pasos de pantuflas siseantes que atraviesan el espacio imaginado deteniéndose frente a la puerta, haciendo sonar el picaporte. Les abre una señora con rostro de guerrero (la madre del amigo es como un guerrero resentido incapaz de resignarse a la pérdida del combate final). Glacialmente, y entreverando cierta satisfacción, les comunica que su hijo salió hace un par de días y aún no ha regresado: «Se fue vestido como un indigente y llevaba una mochila». Se percatan del aspecto desolado de sus rostros, porque van notando una evolución paulatina en el rostro de la señora (satisfacción y curiosidad), reflejo con signo contrario de lo que van sintiendo. No hay curiosidad entre el conglomerado de sensaciones desagradables que los traspasan; pues saben que un amigo (sobre todo tratándose de éste), vestido como un indigente y con una mochila, no puede haberse retirado sino a una cueva fuera de la ciudad, a olvidar la ciudad, a odiar desde lejos la ciudad. La madre, ya cerrando la puerta, protesta algo así como que su hijo no es ningún indigente para andar por ahí con ese aspecto. «Eso lo hace sólo para mortificarme», dice antes de dar un portazo como punto final.
      Quedan alelados, tristes, y la mujer rompe el silencio para mal augurar el inminente viaje a México. Quizá por esto, o para oponer una nueva esperanza a esta decepción, él vuelve a rumiar la posibilidad de haber perdido el dinero en casa de la amiga. Comienza a vibrar de ansiedad y se halla atado al dilema de zafarse de su mujer para correr a casa de la amante. El pretexto puede ser cualquier cosa aunque la mujer quede algo inconforme por lo repentino de su soledad.
      Otra vez el timbre, cristales ámbar y aunque muy opacos se deja ver el fantasma abultado de la amiga que abre, dice hola y sonríe poniendo cara de entendida.
      Sofá y alfombra verdes. Se sientan en la alfombra y él se sorprende con una erección simultánea al instante en que la sorprende a ella simulando un beso demoledor y llevando su mano sobre el bulto del pantalón. Todo es muy rápido, él responde al beso maquinalmente y ella libera el bulto bajando el zipper. Ya entre sus labios no trata de controlarse y eyacula enseguida. Cuando va comprendiendo que debe satisfacerla, ella ya ha retirado el short elastizado y ancho, en un gesto propio de quien ya no repara en los modales del preludio y sólo su carne rige movimientos bruscos que responden al orden del deseo incontrolado. Mientras ella gime y se repliega hacia atrás en la alfombra, él puede pensar con claridad aún contra su vulva y teniendo sus pechos ante los ojos en escorzo invertido en los treinta dólares. Demora el acto y precisa de una nueva erección. Ya lograda, se apura en penetrarla; ella se sorprende y comienza a moverse en un ritmo acelerado que él imita por un intervalo, estalla de repente y se lo hace saber apretando los dedos bajo su nuca y recorriendo su espalda como arados que rayan la piel. Disipa su movimiento hacia otro más acompasado y por un instante se le presenta la idea de los treinta dólares, sumergida y ahora acechante, entonces él hace ademán de retirar su ridícula erección postcoito, pero ella lo aprieta, se mueve aún más y él comprende que va para el segundo orgasmo. La sigue y llegan al final. Parejos, se despegan sobre la alfombra y miran al techo. El silencio los une un rato más hasta que los separa la voz de ella preguntando si le había gustado. Él responde que por supuesto, y lo embarga una angustia indefinible, pues va intuyendo la ausencia de un camino seguro para llegar a los treinta dólares. Ella se alegra por algún recuerdo oportuno y retira la frente hacia atrás en un gesto característico que de no ser reconocido parecería un desafío. «Ahora regreso»; se yergue desnuda y él observa sus pisadas que deben producir algún sonido sobre la alfombra, y para confirmarlo se voltea de costado pegando toda la oreja como un estetóscopo sobre la trama verde. Pero ella desaparece casi espectral y demora unos minutos antes de regresar sosteniendo un cigarro en la punta de los labios. La brutal insignificancia de este hecho lo golpea, pues esperaba verla regresar trayendo (mejor diría, enarbolando) sus treinta dólares. Fuma durante un interminable y absurdo intervalo en que él quiere vestirse, atrincherarse tras la ropa, pero no lo hace, aún espera que suceda algo impredecible que por fin sucede. Ella ha desaparecido diciendo que debe ir al baño a sentarse sobre el inodoro para que salga según su propia expresión un chorro de semen y otros flujos inmundos.
      Queda solo y se dispara como un resorte, amaga en varias direcciones hasta que corre a la habitación que queda abierta frente al baño. Enseguida descubre, sobre la mesa de noche y como aguardándole, tres billetes de diez dólares. Todo es simultáneo: estruja los tres billetes como un solo bulto dentro de la palma de la mano, nota la desnudez que impide protegerlos en lo recóndito de algún bolsillo, ella sale del baño. «¿Qué te trae por esta zona?», le pregunta con indiferencia, sólo por decir algo. Sin darse tiempo a concebir lo innecesario de una respuesta, echa mano al recurso de arrojarse sobre la cama y argumentar algo relacionado con lo agradable que sería hacer el sexo ahora que ella estaba limpia. Queda bocarriba, sus ojos sobre su inoportuna desnudez y la mano izquierda apretada colgando hacia el lado invisible de la cama, esperanzado en que su libido ficticia sería rechazada. Incondicionalmente se halla frente a una amante de ojos redondos y medio risueña, que avanza directo hacia su sexo, lo palpa y espera su respuesta instantánea. Pero nada de lo que ella espera sucede: él descuelga aún más su mano y arroja el bulto de papeles hacia un espacio presentido como el ángulo que forman la pared y el suelo bajo la cama. Mientras tanto, su sexo humillado se recoge y descuelga entre las piernas sintiendo la dolorosa insistencia de sus manos.
      Dilatan este juego y él trata de seguirla, insulso y preocupado por el curso de los acontecimientos, preguntándose por qué no dejar las cosas claras: «La he cogido con la prueba palpable, increíble, de su traición». Enseguida pasa a considerar que tal vez no fueron sustraídos de su bolsillo, quizá los dejó caer y ella no sabe... La reconoce sobre su cuerpo, frotando el sexo bajo su ombligo y disparándole una mirada, se despega hacia atrás como quien toma distancia de una tarea ardua para respirar hasta el fondo de los pulmones, un aire recóndito y resignado, devuelto en forma de suspiro o reproche. Masculla algo incomprensible y se despega totalmente. El hombre se levanta y la guía hasta la sala sufriendo una sensación ambivalente: quiere agredirla y disculparse, pedirle explicaciones implacablemente y explicar algo.
      Ya en la sala va vistiéndose mientras ella vuelve a fumar, desencadenando un humo derrotado por toda la habitación, serpentino, que lo rodea para otorgar a aquel instante en que se enfunda en el pulóver un sentido de cosa turbia, incomprensible. «Voy al baño», dice y sale sin esperar respuesta. Ella le aconseja no beber el agua del inodoro, y como para subrayar la sagacidad de su chiste todavía observa que beber del inodoro es una costumbre antihigiénica.
      Su propósito, por supuesto, ha sido el de escurrirse como un ladrón, acaso un amante furtivo o un proxeneta decadente, para recuperar debajo de la cama sus arrugados treinta.
      Ella, de repente y cuando él regresa despidiéndose, le pide que la espere un minuto para salir juntos, argumenta que su hermano mayor el que trabaja en turismo le ha dejado un dinero para comprarse la ropa del acto de graduación que será pasado mañana. Apenas él logra recuperarse de la contrariedad y ya el instinto ha tomado las riendas de la situación: como zafando un nudo gordiano opone precipitadamente que tiene que irse ahora mismo, le planta un beso arbitrario sobre la mitad superior del labio, da media vuelta y «chao».
      «Acabo de robarle treinta dólares a mi amiga, sus únicos treinta dólares para comprarse su ropa de graduación». Lo repite en la campana de su cabeza y de repente halla obvio el razonamiento de la duda: «¿Por qué no haber dudado de mi derecho sobre esos treinta dólares desde un primer momento?». Aun así, logra sacar inmune un torbellino de posibilidades: «Quizá sean éstos mis treinta dólares que ella encontró sobre el suelo y los asumió sin sospechar que yo era el dueño, o quizá lo sospechó pero la tentación fue mayor, o quizá al querer gastarlos delante de mis narices se proponía comprobarlo, o quizá...». La campana de su cabeza es un bullicio molecular, chispeante, donde aparece un tope que es la posibilidad extrema (la que atañe a su conciencia) de haber robado a la amante. En todo caso, razona que si el dinero es para dejar el país, y además con su mujer (a la cual detestaría volver a traicionar), halla más o menos justificado su proceder con arreglo al fin y en detrimento de los medios, y sobre todo, estimulado por la venganza indirecta que su mujer ejerce sobre su amante, siendo él su dudoso instrumento.
      Su mujer, en casa, aún permanece cultivando una tristeza lánguida que se desparrama otorgando al mueblerío (ya no mobiliario por tan deshecho) la capa invisible de un ambiente bochornoso, que va de sus ojos a los objetos, de los objetos al rostro nervioso de él, y desborda el diminuto apartamento para contagiarse por toda la calle, y para devolverles finalmente el hastío por una ciudad que se hace ajena.
      Él le comunica, sin saber por qué, que mañana irán a casa del amigo y recogerán el libro donde debe estar... Se detiene y piensa que tal vez quiere cerciorarse del aspecto moral exacto de su procedimiento.
      Al día siguiente corren donde el amigo, y apenas les ha abierto la puerta de su casa y ofrece su rostro ordinario de tipo vencido por la literatura, y «hola qué hacen por acá tan temprano», comprenden la falsa alarma. La decepción se agolpa y comunica a los miembros una debilidad característica que empieza por un peso abdominal y un conglomerado de llanto sobre la nariz, enmascarando sus rostros en una congestión tal que el amigo se apura en increparles: «Y ustedes, ¿qué tienen?». Él logra responder con un inverosímil saludo y la razón aún más increíble de que estaban preocupados por su ausencia. La mujer lo apoya: «Figúrate, con esto del viaje a México nos levantamos sentimentales».
      El amigo incrédulo los invita a pasar y los guía hasta su habitación estrecha y cerrada como un nicho budista. Charlan largo rato, toman café y él les ofrece marihuana. Le quedan un par de cilindrines que rotan una y otra vez hasta quedar muertos de la risa. Como un telón o un olor persistente que penetra por los sentidos y se anuda en la mente formando una convicción, no han dejado de percibir a pesar de la hierba y sus efectos la inminencia de lanzar contra el amigo la pregunta clave. Éste los mira zonzo, recoge de un movimiento rotundo su pelo larguísimo y se lleva el cabo invisible a los labios, «No hay como «matar la pata», dice disponiendo ambas manos en una concavidad alrededor del cabo, como si hiciera esas inhalaciones que recomiendan los médicos para la gripe. Termina casi quemado y todos hacen un coro de risas. Luego desaparece y aparece trayendo seis cervezas que los sorprenden en una nueva carcajada que es la continuidad de una risa permanente. La espuma asoma por el orificio que tiene forma de óvulo vaginal por donde sorben la mezcla etílica de gas comprimido. Sigue sin preguntar por los treinta dólares, y ahora se trata de una oscura sombra que se inclina sobre su hombro susurrando algo maléfico: la incertidumbre ante un amigo que primero viaja «sin tener un centavo» y luego les ofrece todo esto. Aún lucha contra esa sombra que persiste como un monstruoso smog ante el sueño de su razón. Entonces se despide y remolca a la mujer y a su risa, mientras el amigo (también risueño) los persigue preguntando el porqué de la retirada.
      Antes de salir les devuelve el libro de Reinaldo Arenas y comenta que, aunque resulta lo más pedestre que ha leído en su vida, lo hizo pensar en una cruda espiritualidad. Él no se preocupa por entender lo que a priori considera estupidez de marihuanero. Por si fuera poco, ya en la acera escucha su voz desde el portal que le grita que la semana entrante volverá a la cueva de donde nunca debió haber salido, «¿Sabes?, estoy escribiendo una novela bajo tierra».
      La mujer está con cara de emigrante frustrado, entonces sólo atina a preguntarle si es angustia pura o depresión o ambas inclusive. Y al obtener por respuesta un puchero holliwoodense, decide acabar con todo aquello y olvidar, reponerse de un golpe haciendo el sexo toda la noche. Le dice a su mujer que tiene un comprador para el libro de Reinaldo Arenas: «Es un best seller por el que me darán los treinta dólares..., espérame en casa».
      Baja hasta el malecón habanero del Vedado. El azul donde desaguan esporádicos tubos de la hotelería se mantiene constante, hasta que empata, mucho más allá, con la franja verdegrís de una de las bahías más contaminadas del mundo. Se sienta a divagar frente a una porción de agua añil dividida por el desagüe del hotel Riviera; observa cómo el gris, aunque ínfimo para este océano, logra imponerse en un sector notable bajo sus ojos. Se le ocurre que esa bahía es una de las más contaminadas del mundo, porque los turistas que se hospedan en la cadena de hoteles del malecón y cuyos inodoros desaguan jubilosamente en nuestra bahía son los turistas más contaminados del mundo.
      Por fin saca el libro de Reinaldo Arenas, lo hojea como quien manosea un fajo de billetes, y lo lanza sobre el agua: mar gigante, azul, abierto y pretendidamente democrático para los locos que se tiran en balsa y dejan las palmeras detrás. El libro se hunde de repente por la inercia de la caída, durante unos instantes desaparece y luego flota a media agua, pero no tarda en volverse invisible bajo el gris del desagüe.
      «Acabo de vender el libro en treinta dólares», se repite una y otra vez mientras hace penetrar la llave en el picaporte de la casa. La mujer corre a su encuentro con el rostro enmascarado en una profunda deformación. Para acabar con todo este malestar él enarbola, por fin, en fin, definitivamente, the happy end, el dinero, anunciando que acaba de vender el libro en treinta dólares. Sin embargo, su mujer lo taladra con una mirada, demasiado personalizada para ser reconocida, y le dice que hay una muchacha esperándolo. Entonces él logra ver a su amiga por detrás, ostentando otro rostro inefable, mientras le informa, paladeando una calma grotesca, que ella sabe perfectamente de dónde salieron esos treinta dólares. Él, en lugar de rebuscar algún pretexto extremo y convincente, se abandona a la imagen del libro que se hunde de repente por la inercia de la caída, y luego, aunque parece que va a flotar, se vuelve invisible bajo el gris turbio del desagüe.

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