Paula está cansada. Cuando está cansada aparecen en su rostro profundas ojeras, oscuras como lechos de río. Mira a su alrededor sin encontrar nada que valga la pena. Ha dejado el libro, ya no podía leer más. Ahora vuelve a cogerlo intentando encontrar la página donde se había quedado. Al no encontrarla me dice algo que no entiendo, cierra el libro y lo mete en el bolso. Se pasa la mano por los cabellos. Retira un mechón de su frente y lo echa hacia atrás. Aleja los pensamientos de esta manera. Pero parece que los pensamientos siempre vuelven, parece que han anidado en su cabeza.
—Quién sabrá dónde estamos —pienso en voz alta, observando desde la ventanilla las plantas secas de un paisaje quemado.
Paula me repite el nombre que ha leído en un cartel hace algunos kilómetros. Dice que el paisaje quemado le recuerda a su infancia, a vacaciones pasadas en lugares parecidos a estos. Pero yo solo veo colores apagados. Ella responde que son los colores de una naturaleza exhausta, destrozada por el poderoso ímpetu de las estaciones. De pronto, todo se ilumina. La paja, las plantas secas, las veo brillar.
Incluso el tren es una especie de amasijo de hierros en ebullición. Un viejo expreso que conoce el camino perfectamente. Su ronroneo nos es familiar, y la suciedad ni siquiera molesta. Acunada por este calor agitado, Paula se abandona a un duermevela. El verano pasado fuimos felices. Este año, si lo pensamos, ha sido todo un riesgo irnos de vacaciones. Pero no lo pensamos.
En el pasillo, militares de permiso hablan de destinos y encargos. Uno de ellos está inmóvil frente a nuestra ventanilla y observa a Paula, que tiene los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. De pronto se estremece y me mira, pero sé que duerme. Me levanto intentando no despertarla y abro la puerta del compartimiento. Viento caliente. Vuelvo a cerrar la puerta. Intento imaginar otra estación en este paisaje. Me doy cuenta que, aunque muera en verano, la llanura resurgirá con la fuerza del invierno. Entiendo por qué a Paula le recuerda a las vacaciones de cuando era niña. Ahora incluso a mí me recuerda a la infancia. Una infancia que he abandonado justamente en un paisaje incendiado.
—¿Fumas? —me pregunta el chico acercándome un cigarro.
—Gracias, pero todavía no he aprendido.
Lo encuentra divertido y sonríe. Envueltas en el pantalón del uniforme, sus piernas parecen muy gruesas. Me recuerda a mi padre en una fotografía tomada durante el servicio militar.
—¿Vais a Grecia?
Él vuelve de un cuartel en Roma, pero es de por aquí. Aprovecho para preguntarle cuánto queda para Brindisi. Le comento, lamentándome, que con este calor las distancias parecen aumentar en vez de acortarse. Responde que también para él, lejos de su novia, el verano no acaba nunca. Entretanto deja de mirarme y dirige sus ojos hacia el pecho de Paula. Imagino que sueña con entrar, cerrar las cortinillas y meter la mano en su escote. Lanzo una última mirada al paisaje quemado y abro la puerta del compartimento. Le hago un gesto para que entre. Él abre mucho los ojos. Después se acerca. Me siento. Se sienta. Cierro la puerta.
Le cogería la mano y dejaría que la posara sobre el cuerpo de Paula. Con una ligera presión le haría probar la suavidad de su carne. Le guiaría bajo el vestido, entre los muslos. Sentiría su mano temblar bajo mi palma. Él estiraría las piernas hasta encontrarse con las mías. Paula lleva una ropa interior que al tacto resulta elástica, natural. Nuestros dedos se deslizarían sobre aquella superficie. Los suyos, largos y regulares, con las uñas blancas, perfectas, apartarían el algodón alcanzando la piel. Hasta entrar en zonas húmedas, acogedoras. Al final el chico retira las piernas, se pone de pie y se marcha. Paula abre de repente los ojos. Me pregunta dónde estamos, cuánto tiempo ha dormido, qué es lo que la ha despertado.
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