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Las lagartijas huelen a hierba

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE

160 págs.

ISBN 84-89618-34-8

1800 pts. 10,81 Eur.

Las lagartijas huelen a hierba (00035)


      EN VERANO EL PELAJE verde de la colina y las cachitas del culo de las niñas se ponen prietos y naranjas. En verano el río mengua y a las niñas de pecho plano les despuntan las tetitas lindas, lindísimas, y van creciendo en silencio, redondas, rosas, suaves, mientras el río discurre lentamente, arrastrándose como un torpe reptil, día tras día, y un día, al final de ese verano, cuando el cauce está tan seco y cuarteado como los labios de una vieja, y sólo queda una estrecha lengua de agua con olor a hiel y a algas, las tetitas se convierten en un fruto lujurioso y surcado de venas, cuando en la colina, junto al río, está medrando el espino de ramas erectas y de pinchos recios, y las niñas juegan en las aguas sin cuerpo, junto a los frutos rellenos de pepitas venenosas, y chapotean en el flujo sosegado y fangoso con aspecto de caldo de verdura.
      En verano, las ranas se desperdigan en manchas verdes palpitantes, aliviando el dolor de un paisaje seco y duro y las mariposas viejas caen exhaustas al suelo, y las chicharras, como las niñas, como la niña, chillan bajo un suelo descarnado, y los insectos, como la ira de la niña, crepitan rojos bajo el sol, y los árboles junto al río están extenuados y se vuelven enanos de calor, mientras las niñas crecen. Y crecen.
      El sol, en verano, sofrena la pelambre de la colina, y la inmoviliza y la aplana y el cielo se aplasta contra el suelo y no hay aire y la tierra arde, despidiendo un aroma a piel de mujer, a piel de niña.
      Y, si se posa en ella, en la tierra, en la piel, un oído, allá desde lo más hondo, sube, en burbujas grandes y pequeñas, contrayéndose y dilatándose, un frágil bisbiseo.
      De niña.
      O de niño.
      Pero esta tarde, por vez primera, el calor no tiene color.
      Ni olor.
      Un niño oscuro se mete en el río y sus ojos blancos resplandecen.
      Una rana gorda emite un croar desgastado.
      La atrapa, las algas flotan en la superficie como trapos sucios a la deriva, el niño oscuro la atrapa y la rana se escurre de sus pequeñas manos, cae al suelo, alarga las ancas, saca la pechera, límpida y lisa, y salta, introduciéndose de nuevo en el barro. El niño vuelve a la orilla, el fango le ha marcado un aro negro, perfecto, en cada pierna.
      Ahí tienes otra.
      Dice la niña Fernanda. Ahí, una gorda.
      Fernanda habla con una voz de volumen extraño, como quebrada por el calor. También Fernanda tiene ancas de rana y el vientre hinchado. Como las ranas. Lleva unos zapatitos rojos de charol y un vestidito de tirantes azul al que ha hecho un nudo para avanzar en el agua y sus ojos son azules y se le ven las cachitas prietas y naranjas.
      Entra en el agua. Tiene las bragas sucias. Chapotea, abriéndose camino entre el fango, meneando levemente sus tetitas, entre las aguas turbias de barro, hasta llegar a la otra rana. La niña Fernanda es una niña pálida, inmóvil y blanca, casi ingrávida. Parece una garza de plumaje blanco.
      Yo te enseñaré cómo atraparlas.
      Dice.
      ¡Ven!
      El hermano, Luisito, arruga la cara. Se coloca junto a ella. El ojo negro del animal observa a los niños, el sol cae vertical sobre su lomo verde y brilla como una esmeralda y el latir de sus tripas se acelera. De pronto salta. Un salto pequeño. Sin fuerza. La tengo. Ves. Dice Fernanda. Tienes que atraparlas en el aire, cuando saltan. Toma. Cógela.
      Luisito hace un hueco con sus manitas y acoge a la rana. La rana se hincha y deshincha como un globo. Se mueve levemente. Al niño le gusta el cosquilleo.
      Bésala, Fernanda.
      Dice.
      Y se convertirá en príncipe.
      La niña Fernanda se desata el nudo del vestido y los pliegues caen, cierra los ojos, echa los brazos atrás, aprieta los labios e inclina su cuerpecito. ¡Qué asco! Dice. Y abre los ojos. Esta rana tiene verrugas, como las viejas.
      Sí, como las viejas.
      Dice Luisito, saltando y girando sobre el mismo pedazo de tierra reseca que pisan sus pies.
      ¡Como las viejas, como las viejas, como la viejas!
      Hay un silencio sólo quebrado por el aleteo de un grajo que, a pesar del calor, vuela bajo.
      Mátala.
      Dice Fernanda. Con sequedad, de pie, inmóvil, con los brazos aferrados al cuerpo. El gesto severo.
      ¡Mátala!
      ¿La mato?
      Sí.
      La quería llevar a casa...
      Es gorda y tiene verrugas, debe morir. Mátala.
      Yo no sé matarla.
      Aprenderás.
      ESTA NOCHE NO HAY estrellas y el río viejo y la mariposa vieja reposan tranquilos. Una niña azul y un niño sordo cavan una fosa en el jardín.
      LA HIGUERA, CON SUS HOJAS como manos abiertas de felpa verde, es el único árbol que aporta algo de frondosidad a la huerta seca de las viejas. La quietud de la tarde se rompe de tanto en tanto con la dulce caída de los higos ya maduros. Caen los higos como ubres gordas verticales, plof, jugosas y dulces, plof, y revientan en el suelo como las tripas rojas de un animal.
      La caída de los higos tiene algo de lujuria.
      Minutos antes de estrellarse en el suelo, su fina piel verduzca se abre en una carne estriada, tibia, lustrosa, vibrante, sabrosa y ubicua, que queda desparramada en confitura, escurrida por la corteza del árbol, untando los pequeños muñones que despuntan como niños nuevos, extendiéndose por el suelo para quedar a menester de los atracones de las moscas.
      Luego, la carne del higo en el suelo se vuelve amoratada.
      Como la de las viejas.
      La niña Fernanda y el niño Luisito viven al pie de la colina naranja, en la casa de las abuelas, dos viejas hermanas:
      Éranse una vez dos viejas o érase dos veces una vieja, o tal vez érase un quiste de una carne vieja apostado en un rincón de una casa de pueblo, aunque nadie, en ese pueblo, sabe bien si son hermanas y si son abuelas. Siempre han estado allí, enclavadas en esa tierra y arrumbadas en esa casa, como los objetos que un día cualquiera percibimos, y entonces cobran vida, los objetos que siempre han estado en el mismo sitio y todos lo saben y sin embargo nadie los ha visto. Las viejas son parte del paisaje de aquella casa con huerta, pozo, higuera y gallinas rojas, y viven el presente y terminan cada segundo del pasado, sin pensar en el futuro, desmemoriadas, juntas e incompletas, pálpitos clónicos, recogidas, prietas, una vieja partida en dos, o dos viejas resumidas en una.
      Las viejas secas.
      Plof.
      Sutilmente poderosas.
      Y érase un día, una tarde, mientras punteaban sus bastidores ya casi dejaron de coser, puntadas oblicuas y amplias, galopantes y torcidas por la semiceguera, bajo los frutos ubres con su leche inmadura, que les trajeron a los niños.
      ¿Que somos quién y nuestra hija es quién y me traen a quién?
      (Dos miradas atentas de niño y un silencio espeso y un ruido pequeño y las puntadas rápidas y torcidas.)
      Nosotras no tenemos a nadie en este mundo.
      (Dos pieles amoratadas quebrándose y abriéndose.)
      Ni queremos a nadie.
      (Plof, primero uno, y luego el otro.)
      Ni podemos querer.
      (Dos higos maduros estrellándose en el suelo.)
      Ni sabemos querer. El Registro ese dirá lo que le venga en gana.
      (La carne abierta y loca y estriada y desparramada por el suelo.)
      ¿Qué hija vamos a tener nosotras?
      (Dos miradas atentas de niño y las puntadas y los pálpitos dilatados.)
      ¿Escondida en casa?
      (Una mirada fría de niña azul y la aguja y la asfixia detenidas.)
      Pues déjenlos, ustedes sabrán lo que hacen.
      (Y las puntadas de nuevo, como zancadas, y las bocas abiertas y jadeantes, sin dientes, y la lujuria abriéndose camino.)
      Pues déjenlos.
      Los niños anduvieron sueltos durante dos semanas.
      A la tercera, cuando olían a charca de rana y a conejo de colina, una de las viejas abrió la boca sin dientes y dijo:
      Pasad para dentro y poneos a pelar higos y gallinas si es que queréis comer algo. Me cago en vuestra madre, que ni siquiera sois hijos del mismo padre.
      Y ASÍ ES COMO VIVÍAN en esa casa de viejas con olor a confitura.
      Porque algunas tardes, cuando los niños bajaban al río, se impregnaba de un aroma dulce.
      Las viejas hacían turrón de higos. Los secaban y luego los abrían y rellenaban de almendras y avellanas picadas. Los masticaban con la mueca falsa de la dentadura postiza, las dos juntas por las noches, con el luto levantado hasta los muslos, las venas varicosas surcando las piernas y surcando la luna, pastando como vacas descarriadas. Con el bagazo de la uva, después de sacar un vino malo y cabezón, hacían aguardiente para emborracharse cuando hacía viento, y también hacían mermelada de limones y de melocotones, jalea de moras y dulce de membrillo.
      Y eso, probablemente, era lo único dulce que había en las vidas de las viejas.
      PRIMERO ARRÁNCALE LAS ANCAS. Para inmovilizarla.
      Dijo la niña.
      ¡Vamos!
      El niño Luisito acarició el cuello de la rana. Ranita. Raniiiita. Dijo. La acercó a su cara: Fea. Debes morir. Por fea. Rana.
      Estiró las ancas delanteras del animal y miró a su hermana que apretaba los dientes. Colocó el labio inferior sobre el superior, como para hacer más fuerza, y tiró levemente de las ancas hasta que su mano resbaló por la piel gelatinosa del animal. La rana cayó al suelo. Saltó tres veces, hasta que llegó de nuevo al fango. Se inflaba y desinflaba como un pequeño globo sobre el flujo verde del río.
      Vámonos, que las viejas nos estarán esperando dijo Luisito.
      Las viejas nunca nos esperan contestó Fernanda mientras volvía a coger a la rana. Hay que matar a la rana. Las viejas esperan que un buen día no volvamos. ¿O es que aún no lo sabes? Estiró las patas del animal y tiró fuertemente de ellas. Los huesos de la rana crujieron. Las débiles patitas verdes cayeron al suelo. El resto del batracio palpitaba en sus manos.
      El niño Luisito quedó en silencio.
      Ahora quedan dos cosas más por hacer con ella dijo la niña.
      Una leve brisa agitó los árboles enanos y levantó por detrás su vestidito azul de tirantes. De nuevo se le vieron las bragas sucias y las cachitas de niña mona.
      Sácale un ojo. Luego la aplastas.
      El niño clavó la mirada en su hermana. Luego empezó a gimotear. No puedo. Decía. No puedo. Hazlo tú, Nanda, hazlo tú. Yo no puedo.
      Eres una gallina.
      La niña introdujo el dedo índice en la cuenca del ojo del animal y sacó una pequeña y viscosa bola blanquecina. Depositó los restos en el suelo resquebrajado, cogió una piedra grande y plana y lo aplastó. Un golpe seco. Con sus pequeñas manitas, y la rana crepitó.
      A Fernanda le vibró un músculo de la cara.
      La siguiente dijo la matas tú.
      Luisito, el niño de ojos blancos y piel tostada, el niño bueno, el niño Luisito, el niño negrito, se había sentado bajo el sol vertical. Hipaba. Un hipo convulso mientras las vísceras rosadas del batracio se abrían. Lúbricas y lentas.
      Ahora, coge unas bolas de ese arbusto, esas negras, y métetelas en el bolsillo. Ten cuidado porque son venenosas.
      El niño obedeció.
      El viento empezaba a soplar.

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