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La
Ciudad Rosa y Roja | CARLO FRABETTI |
144 págs. | ISBN
84-89618-35-6 | 1700 pts. 10,21 Eur. |
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Match
me such marvel saved in Eastern clime, A rosered city half as old as time.
John William Burgon La Ciudad Roja se
erguía solitaria en medio de la inmensa llanura. Sus habitantes no conocían
otra población, y los Libros Sagrados afirmaban que la Ciudad Roja era
la única del mundo, aunque, según algunos exégetas, en ciertos
pasajes oscuros se aludía a una enigmática Ciudad Rosa, situada
enormemente lejos, en dirección al sol naciente. Los más ortodoxos
interpretaban estos pasajes crípticos como alusiones poéticas a
su propia ciudad, y sostenían que donde algunos habían leído
«Rosa» ponía en realidad «Roja». Como
en los Libros Sagrados abundaban los pasajes oscuros y las letras borrosas, la
discusión se hizo interminable, y al final se resolvió mandar una
expedición en busca de la hipotética Ciudad Rosa. Las
familias más belicosas y arrogantes olvidaron sus rencillas y se aliaron
para formar un gran ejército, que partió en dirección al
sol naciente. Al cabo de cien años,
sus descendientes llegaron a la Ciudad Rosa, la tomaron y la saquearon. Luego
emprendieron de nuevo la marcha en sentido contrario, hacia poniente, para regresar
a la Ciudad Roja con la buena nueva del hallazgo y conquista de la Ciudad Rosa.
Al cabo de cien años, los descendientes
de los conquistadores hicieron su entrada triunfal en la Ciudad Roja, donde se
enteraron de que ésta había sido tomada y saqueada cien años
antes por un poderoso ejército llegado de poniente, que decía proceder
de una ciudad más roja. Tras el saqueo, los invasores se habían
marchado por donde vinieran. Al parecer,
había otras dos ciudades en el mundo: la Ciudad Rosa y la Ciudad Más
Roja. Sin pérdida de tiempo, los
curtidos expedicionarios organizaron un nuevo ejército y partieron hacia
poniente para vengar la afrenta recibida de la Ciudad Más Roja. Al cabo
de cien años sus descendientes la hallaron, tomaron y saquearon, y regresaron
a la Ciudad Roja con la buena nueva. Cuando,
cien años después, los descendientes de los conquistadores de la
Ciudad Más Roja llegaron a la Ciudad Roja, se enteraron de que ésta
había sido tomada y saqueada cien años antes por un ejército
procedente de levante. Se dedujo que había sido una expedición de
represalia enviada por la Ciudad Rosa y se planeó su destrucción
definitiva. Pero ¿y si, mientras el ejército de la Ciudad Roja partía
hacia la Ciudad Rosa, los resentidos habitantes de la Ciudad Más Roja enviaban
a su vez otra expedición? Vinieron
a complicar este dilema las heréticas declaraciones de un viejo filósofo,
que sugirió la posibilidad de que el mundo no fuera plano e infinito, como
afirmaban los Libros Sagrados, sino esférico, y de que la Ciudad Roja,
la Ciudad Rosa y la Ciudad Más Roja fuesen en realidad la misma. «Al
cabo de cien años argumentaba
el sabio los
descendientes de los primeros expedicionarios que partieron hacia levante completaron
la vuelta al mundo, volvieron al punto de partida y creyeron haber hallado la
Ciudad Rosa (ya que nuestra urbe es en realidad de un rojo rosado, y como ellos
no la habían visto nunca, en su imaginación se la representaban
de un rojo vivo). Conquistaron la Ciudad Rosa-Roja y dijeron que procedían
de una ciudad más roja. Luego partieron hacia poniente, de regreso a donde
creían que estaba la Ciudad Roja, dieron otra vuelta al mundo en sentido
contrario, y sus descendientes llegaron, al cabo de cien años, de nuevo
a nuestra ciudad, la única existente. Entonces les refirieron el ataque
del ejército de la Ciudad Más Roja, que no era otro que el de sus
antepasados, que creían haber hallado la Ciudad Rosa, que en realidad...».
El sabio fue condenado al ostracismo por
herético y antipatriótico (había subestimado la viveza del
color de la ciudad), y por fin se decidió enviar dos expediciones simultáneas
y más numerosas que las anteriores, una a la Ciudad Rosa y otra a la Ciudad
Más Roja, con el fin de destruir definitivamente ambas urbes e interceptar
y aniquilar eventuales ejércitos enviados por ellas contra la Ciudad Roja.
Antes de partir hacia el destierro, el
viejo filósofo vaticinó que los descendientes de ambos ejércitos
se encontrarían al otro lado del mundo y se destruirían mutuamente.
A punto estuvo de morir lapidado. Pasaron
los años, pasaron los siglos, y ninguna de las dos expediciones de castigo
regresó a la Ciudad Roja, que tampoco volvió a ser atacada. Los
Nuevos Libros Sagrados dicen que tanto la Ciudad Rosa como la Ciudad Más
Roja fueron arrasadas por los ejércitos de la Ciudad Roja, que a su vez
quedaron aniquilados en el formidable empeño. Razón por la cual
no pudieron enviar expediciones de regreso con la buena nueva de que la Ciudad
Roja era, ahora sí, la única ciudad del mundo, tal como afirmaban
los Viejos Libros Sagrados, que, a la larga, siempre tenían razón.
Rogó
Narciso a Afrodita que aboliese la infranqueable barrera del espejo y diera realidad
corpórea al que enfermo de amor lo contemplaba desde el otro lado. Así
lo hizo la diosa; pero en vano intentarían los dos Narcisos fundirse en
el soñado abrazo, pues sus cerebros (y por tanto sus mentes) eran tan perfectamente
simétricos como el resto de sus cuerpos, por lo que cada movimiento de
uno era el reflejo especular del movimiento del otro. Si uno avanzaba su mano
derecha, el otro adelantaba simétricamente su mano izquierda, hasta que
ambas se encontraban a mitad de camino, dedo contra dedo, palma contra palma.
Y era inútil que los dedos intentaran entrelazarse, pues el menor desplazamiento
de una mano hacia su derecha iba acompañado del exacto y simultáneo
movimiento de la otra hacia su izquierda, de forma que, a causa de su perfecta
sincronización, era como si entre ambos Narcisos hubiese una barrera tan
impenetrable como la superficie del espejo. (En
esta fábula se supone que el cerebro funciona de acuerdo con la teoría
determinista, según la cual una estricta causalidad rige todos los fenómenos,
de forma que una situación dada sólo puede evolucionar de una manera:
la que las causas que concurren en su transformación determinan fatal y
unívocamente. Si este supuesto fuera cierto, dos cuerpos simétricos
regidos por cerebros igualmente simétricos se comportarían, en ausencia
de interferencias externas, como si uno fuese la imagen especular del otro, lo
que engendraría entre ambos una barrera virtual tan plana e impenetrable
como la superficie del espejo obsérvese
la metasimetría de la situación: un ser real y un espejo real generan
una imagen virtual simétrica; un ser real y su imagen simétrica
real generan un espejo virtual .
Pero si suponemos que el azar que según
ha demostrado la mecánica cuántica
impera en el mundo microfísico se manifiesta de algún modo en el
nivel funcional del cerebro, tal vez los dos Narcisos lograsen transgredir su
férrea simetría y consumar su abrazo.) Pensó
la pulga: «Si siendo tan pequeña puedo dar saltos de más de
una vara, si fuera tan grande como un hombre saltaría por encima de los
montes». Le pidió, pues,
a Zeus que la hiciera del tamaño de un ser humano, y Zeus, por crueldad
o estupidez (nadie sabe si los dioses son crueles o simplemente estúpidos),
le concedió su deseo. Y la pulga
gigante se hundió bajo su propio peso como un cascarón aplastado
por una roca invisible. (La pulga no había
tenido en cuenta y
acaso tampoco Zeus
que el peso es proporcional al volumen, mientras que la resistencia es proporcional
a la sección, es decir, a la superficie. Esto es evidente en el caso de
una cuerda: su resistencia es proporcional a su grosor e independiente de su longitud;
o en el de una columna: si aumentamos su altura aumenta su peso, pero no su capacidad
de sustentación, que sólo depende de la superficie de su sección
transversal. Suponiendo que la longitud de las patas y demás medidas lineales
de la pulga se multiplicaran por mil, su volumen, y por ende su peso, sería
mil millones mil
al cubo de veces
mayor, pero el grosor de sus patas y de su caparazón, es decir, su resistencia,
sólo aumentaría un millón mil
al cuadrado de
veces. Proporcionalmente, la pulga gigante soportaría un peso su
peso mil veces
mayor que cuando tenía su tamaño normal y como
los grandes imperios
moriría aplastada por su propia desmesura.) Es
absurdo pensar que, como dice la Ilíada, Aquiles muriera al ser
alcanzado en el talón por la flecha de Paris. Este error deriva, seguramente,
del que a menudo nos lleva a confundir la unicidad de lo superlativo con la superlatividad
de lo único. Un gran artista puede ser único en el sentido de que
no haya ninguno que lo iguale, pero un único artista no tiene por qué
ser grande. Y no es lo mismo tener una única habilidad que una habilidad
única. El hecho de que el talón
de Aquiles fuera su único punto vulnerable no tenía por qué
incrementar su vulnerabilidad, y menos hasta el extremo de convertirlo en un punto
mortal. Por eso es mucho más lógico suponer que la flecha de Paris
se limitó a dejar cojo al héroe, lo que explicaría, además,
su polémica carrera con la tortuga, ya que tal confrontación no
habría tenido el menor sentido de hallarse el otrora veloz Aquiles en pleno
uso de sus facultades. | LA
METAFÁBULA DE LA LIEBRE Y LA TORTUGA |
La
liebre fue a ver a la tortuga y le dijo: Estoy
harta de oír esa absurda fábula según la cual me ganaste
en una carrera. Y aunque el mero hecho de que tú y yo compitamos es un
despropósito, te conmino a que corras conmigo para desmentir de una vez
por todas la falacia esópica. ¿Sobre
qué distancia quieres que corramos? preguntó
la tortuga. No
hay distancia en la que mi victoria no sea tan segura como la del sol sobre las
tinieblas contestó
altiva la liebre .
Elige la que prefieras. Entonces
nuestra carrera ya ha terminado dijo
la tortuga , puesto
que elijo la distancia nula. Y como ambas hemos tardado cero segundos en recorrerla,
el resultado es un empate. Tu
sofisma es aún más absurdo que los de tu amigo Zenón protestó
la liebre . Una
carrera sobre una distancia nula es una no-carrera, ya que no implica movimiento
alguno. Tienes que elegir otra distancia. En
ese caso elijo una distancia infinita dijo
la tortuga . Como
ambas tardaríamos una eternidad en cubrirla, de nuevo estamos empatadas.
Pero
yo iría delante de ti todo el tiempo replicó
la liebre y además
mi ventaja sería cada vez mayor. Quien en todo momento va en cabeza bien
puede considerarse el vencedor de una carrera. Eres
muy veloz admitió
la tortuga , pero
te agotas rápidamente. Como dice la fábula, tendrías que
pararte a menudo a descansar, y tu último descanso sería eterno.
Y en ese momento para mí la carrera no habría hecho más que
empezar, pues a ti sólo te quedan dos o tres años de vida, mientras
que yo, lenta pero incansable, viviré más de un siglo... ¿Qué
te parece: lo dejamos en tablas?
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