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Franz

LUIS M.ª CARRERO

436 + X págs.

ISBN 84-89618-36-4

2850 pts. 17,12 Eur.

Franz (00037)


      
1


      Cuadernos de trabajo, II. 1998 7 de enero, miércoles
      Nuevo año. Un nuevo cuaderno, y la mayor de las desgracias para empezar. La verdad, no podría haber peor comienzo que éste. Se me han quedado en la cabeza aquellos lamentos por lo de su chico, sólo cinco días atrás, cuando me llenaba el postre de confidencias y el café de penas (también ella, ya es casualidad, a vueltas con traiciones y desamores); cuando repetía una y otra vez vaya mierda y asco de todo y puto desastre, Martín, pues fue exactamente lo primero que pensé al enterarme hoy de la noticia.
      Qué asco de todo, que ya ni siquiera quejarse puede.
      10 de enero, sábado
      Anteayer se fue Carmen, con su coche clavado al cuerpo; apenas quince personas del periódico en el entierro, una nota en Cultura, otra más extensa en el suplemento, y las esquelas de rigor. Hoy me encuentro sus carpetas sobre la mesa, bajo la orden premiosa de rematar todo el trabajo que dejó pendiente. Solucionado. Torres se encargará.
      Y por mucho que me esfuerzo, no consigo recordar el puñetero momento en que yo dijera «sí».
      Cómo coño pudo la jefa lanzarme el odioso encargo allí mismo, recién terminado el entierro, qué situación: apenas tres frases exactas, tan elogiosas como incontestables, convencida de que con ellas me hacía entrega de una dosis perfecta de felicidad. Después se metió en el taxi, ajena a mis balbuceos de jodido cobarde, sonriente, sin imaginar por un momento que aquella mueca estúpida con que la despedía no era hija de algún dichoso aturdimiento, sino la única expresión posible para un tipo que, justo cuando rumia y acaricia la idea de abandonar su trabajo, acude al entierro de una compañera y sale de ahí con el puesto de ella.
      Lo que le faltaba a mi currículum. Una muerta.
      Valiente consagración.
      13 de enero, martes
      Pasen los esfuerzos de quien quiere decir «enhorabuena» y termina con lamentos imprecisos acerca de lo difícil que es hacerse de pronto cargo de un trabajo así (pero si el trabajo es el mismo, qué absurdo), cuando lo que en el fondo pretendía era darme ánimos y algún tipo de bienvenida a las alturas del suplemento, la divina jerarquía de los críticos fijos y de apellido nombrado. Pase también, no con menos derecho, el saludo de Ramón esta mañana, «¿cómo estás?», sonando más bien a «puto trepa», el odio del periodista de raza ante el ascenso macabro del que hasta ayer era otro simple negro como él; claro, las licenciaturas, se consuela por los mentideros, el jodido intrusismo de siempre, y el por qué se ha de elegir invariablemente a los críticos de entre los niñatos de Historia, si esto es un puto periódico, brama Ramón, el trono del periodista, ¿o acaso le llamarían a él para una plaza de Arte en la universidad? ¿Qué más tendrá que ocurrir para que se le haga justicia, tras tantos años de fidelidad a la Santa Casa editorial y de anónima e ignominiosa esclavitud? O mejor, ¿quién más tendrá que morir para que el pobre Ramón alcance de una vez los excelsos deleites de la crítica pura?
      Todo lo daría por bien empleado con sólo verme libre de ciertos rostros verdaderamente insoportables: esa sonrisa redicha de la jefa después de una puya que se quiere estimulante, o el gesto radiante de mi hermana cuando baja dispuesta a celebraciones en honor de la fijeza laboral y la digna nómina, aun sabiendo que terminaremos mal. Con ella me vengo de la otra, porque es tan fácil, pobre Alicia; no hay más que aliviarse un poco, hablar de ciertos proyectos radicales y darlos por seguros para ver cómo sale disparada por la puerta entre bufidos. Después la siento caminar en el piso de arriba, desgastando baldosas, a la caza de una explicación a la estupidez de su hermano; asustada, porque Martín es muy capaz, vaya si lo es, de mandarlo todo al carajo por cualquier locura. ¿Escribir? ¿Pues va a resultar que no se puede escribir en tardes sueltas, o los fines de semana, en los ratos libres?
      Y sobre todo ahora, que estás sin Marta, añade en una llamada insidiosa apenas cinco minutos más tarde, para contraatacar y salir victoriosa de la pelea, y hacer un poco de daño, a ver si espabilo.
      Espabila, Martín, que hasta las novias te dejan. ¿Por qué será?
      Supongo entonces que va siendo hora de tomar algunas decisiones.
      16 de enero, viernes
      La jefa se descojona. ¿Nada más llegar, y ya hablando de permisos y frecuencias y excedencias y extrañas vacaciones sin paga? Me despacha rápido. Dios, qué forma de hacer el imbécil. Luego viene el revuelo, cuando leen mis críticas de la semana: tres mierdas prometedoras, de las que Carmen tanto gustaba, resueltas sin contemplaciones. Susto, advertencias. Sugerencias que son órdenes, y cabreo para todos.
      Empecemos de nuevo.
      Soy Carmen. Tal es ahora la premisa, el absurdo norte de mis días: convertirme en rey del medio espacio, de la crítica desvirgadora que temple los muslos todavía temblorosos de novatos y primerizas con palabras cálidas como ungüentos. Buceo desconsolado en sus carpetas, riquísimas, sin poder evitar la sensación de que apenas rentabilizaba tanto material. Al final sus textos, de puro enaltecedores, terminaban pareciendo livianos, casuales incluso: un arrebato generoso culminado siempre con buen humor. El exceso de entusiasmo: no fue otro el problema de Carmen. (¿Lo sería en todo? ¿Demasiado entusiasmo por un chico? ¿Demasiado entusiasmo pisando el acelerador?)
      Al margen de simpatías personales y gratuitas, lo cierto es que en el trabajo jamás nos entendimos. Habitaba ella provincias mucho menos desoladas, los blandos y amables prados de la contemplación, a la cual se había consagrado con una fe encomiable, libre de las melancolías creativas que a veces le confesé, copas mediante, y que ella tomó por un exceso de retórica y alcohol. Entregada, la pequeña y nerviosa Carmen, a placeres indudables de experta connosieur, dispuesta siempre a un nuevo bocado de arte, tan complacida con este reparto de funciones que le había tocado en suerte, donde unos sudaban entre fogones, los señores del milagro, y otros, ella a la cabeza, se limitaban a comer, opinar, cobrar y aplaudir. Mis felicitaciones al chef. Por eso mismo odiaba sin reservas a aquellos profetas del gremio cuyas letanías se quieren imprescindibles, parte propia de la obra que el artista empieza, pero que en modo alguno concluye; intermediarios divinos, todos creamos, sentencian triunfantes, y era esa usurpación engreída la que Carmen no toleraba desde su soberbia humildad. Los despreciaba, aun a costa de enemistades que poco a poco fueron cristalizando en sutiles formas de exclusión, hasta quedar relegada, válida tan sólo para donde hicieran falta más bienvenidas encendidas y una aprobación incondicional. A solas con su entusiasmo.
      ¿Y en esto consiste mi herencia? ¿Y cómo asumirla, o rechazarla, y desde qué convicciones elegir: si convertirme en mercenario de artistas que desearía ser, ignorando al resto, o rendirme por contra a una crítica blanda y bastarda, meramente aprobatoria, inútil en cualquier caso para abrir o cerrar o torcer caminos conforme al dictado de mi público criterio? ¿Ésa es toda mi alternativa? ¿A ello se limita, en verdad, este negocio: a una simple y burda emulación?
      Al fin y al cabo, tampoco pido tanto. Apenas un poquito de luz con que marcarme los pasos.
      22 de enero, jueves
      Visita a Rayuela, calle Claudio Coello, 19
      Inauguración de la exposición de Antoni Canals, 21 h.
      Notas

      Como gesto de buena voluntad me mandan a lo de Canals, que acaba de regresar del Yemen. Detalle aparentemente decisivo, a juzgar por las caras bonitas que atiborran la entrada, ex ministra y padrinos incluidos, todos bastante eufóricos: que si un tío de Valencia se ha tirado dos años pintando en el Yemen por cojones tiene que haber hecho algo bueno, o ésa es al menos la consigna oficial.
      El folleto lo explica y corrobora, con textos del diario de viaje de Canals, a todo tren. La instalación es soberbia. Las copas, de lujo. Una consagración.
      Evidentemente, no será mi periódico el que se la discuta. Más vermú.
      Casi treinta lienzos, de amplio formato, con mucho, muchísimo barro empastado: arcillas, pigmentos, y hasta restos de telas entre las colinas de color, jugando con sombras y dimensiones. Fragmentos arrancados de un país, sentencian por aquí. Alma, tierra, viaje, artista. Muchas palabras. De acuerdo.
      Sobre un cuadro algo más grande, pista de tierra con charco y choza, proyectan sus luces coloreadas cuatro pequeños focos en permanente rotación, simulando el efecto solar en distintas estaciones. Pequeñas partículas minerales que brillan sin parar, ahora unas, después otras, según la luz en cuestión. El montaje hace furor.
      Efectos al margen, no le preocupan a Canals las semejanzas; destacarlo. La propuesta se limita a admirar los cambios en la dirección de la pincelada (de la espátula más bien), que se quieren significativos en sí, y la forma de bloquear una masa de color y materia con otra secuencia invasora, de acuerdo a motivos sutilmente figurativos: la llegada de una nube, reflejos sobre fachadas, o este de los dos rostros enfrentados, el mejor, sin duda (foto).
      El agente me saluda. Canals me saluda, recuerda una entrevista de hace dos años que yo no le hice, aunque él insista. Digo que sí. Quedamos en otra entrevista, tal vez para el dominical, sugiero.
      Qué triunfo.
      Más vermú.
      Notas, madrugada
      La crítica se hace sola. Ése es el regalo de la jefa.
      Incluir repertorio de frases convenientes: artefacto pictórico y vital (vida y arte, etcétera); sentidos alerta, a flor de piel; corporeidad obsesiva, máxima exigencia del lenguaje pictórico, Canals en el país de la pintura, regido por la física de lo atávico y el relámpago de la sugerencia que brota entre la niebla de la materia conquistada (basta).
      De haber una objeción, sería precisamente semejante abuso del lenguaje, y la irremediable frialdad que provoca en un contemplador más impaciente o menos complaciente, según se mire. Claro que esto me llevaría muy lejos, y la madrugada es corta, y yo estoy borracho, y cansado, harto de buen vermú y de sonrisas exquisitas, tantas caras, tanta palabra fácil e imprudente. Mis propias imprudencias, que me arrastraron allí donde nunca debería haber ido: carne de salón, y hasta perro faldero, la guardia caída y fuera de distancia, diciendo que sí, vamos allá, de la mano de uno y otro por grupos y calles y locales, puta travesía que me condenó, hasta dar con ella. Ella, aparecida tras la espalda de su chico, amigo de algún amigo, todos amigos, vivan el arte y la pintura. Hola, dijo Marta la divina, simpática y un poco azorada. Qué haces aquí.
      Tampoco creí que me fuera a desmoronar de esa manera.
      Pero dejemos las cosas como están.
      26 de enero, lunes
      Entusiasmo de la jefa por crítica y entrevista. Así sí, Martín.
      Así vamos bien.
      Entusiasmo maternal de Marta al teléfono. Me alegro tanto por ti. Y añade: para mí es importante saber que te va tan bien. Intento responder con algo un poco odioso, pero fallo y me vuelvo a derrumbar.
      òltimamente estoy negado para el odio. Entre tantas claudicaciones, parece incluso verdad. Todo marcha de cojones.
      Hay alivio en el rendirse, está claro. Cambiar la selva enemiga por la plácida sala de trofeos. Te han cazado, pero la buena noticia es que la caza ha terminado. Se acabó la lucha. Hala, a descansar.
      Llegado este punto, y visto el fervor colectivo, hagamos más hermosas frases. No resultará difícil, desde luego.
      Que les den por culo.
      Y a cobrar.
      30 de enero, viernes
      Visita a la Sala Hernani, calle Bárbara de Braganza, 22
      Inauguración de la exposición de Francisco Leiner, 20 h.
      Cinta 1/98, A-B

      De mierda en mierda, pues, seguimos avanzando. Puto desastre.
      A la entrada, una bandeja con vino más que aceptable, pero huérfano: lo justo para estragar las tripas. Nadie atiende. No hay folleto, ni siquiera una mísera fotocopia. Apenas diez personas deambulan en silencio por los pasillos de la Hernani, posiblemente la peor sala de Madrid. Iluminación muy escasa, focos indirectos, sombras que cruzan los cuadros. Menudo velatorio. Nadie conocido, ningún otro crítico, ningún padrino. ¿Y el pintor?
      ¡Antológica, dicen! Venga, lo que nos faltaba. ¿A quién coño se le ha ocurrido llamarla así? ¡Antológica de un debutante!
      ¿Y qué sentido puede tener ocuparse de esto?
      Ni rastro del tal Leiner.
      Primera parte (supongo):
      Doce cuadros sobre el Viaje de invierno, de Schubert
      (ciclo de canciones para voz y piano; así reza en un minúsculo cartel)

      En fin, mantengamos la calma.
      Cuadros pequeños con títulos en alemán (¿los de las canciones de Schubert?). Paisajes que siguen siempre un esqueleto figurativo, argumental, pero alternando de manera más que dudosa vistas muy desintegradas (fondos disueltos y perspectivas confusas) con la atención a ciertos detalles supuestamente significativos. El propósito es claro: protagonismo de motivos simbólicos que surgen de la masa del paisaje de forma progresiva, dispuestos para una segunda mirada más atenta. Los resultados, muy irregulares: maneras algo afectadas en ocasiones, pretenciosas incluso, junto con otros efectos más naturales y poderosos (los pecados del novato, en suma; las mezclas, las indecisiones, que son las puertas del fracaso. Destacarlo).
      Elementos de fácil asociación, viaje de invierno como viaje hacia la muerte, y soledad, abandono del que viaja. Arroyos de hielo (vida detenida), una veleta al viento, rumbo perdido, cuervos sobre campos de cristal y pueblos varados en la lejanía, caminos apartándose de una sombra oscura (¿el viajero?) que nos da la espalda (de alguna manera, son los caminos los que se apartan de él). El viajero es un hombre joven, pero de cabellos blancos: retratado en tres cuartos, como si se volviera hacia nosotros, aparece en el número 6, titulado así, Der Greise Kopf, uno de los mejores, de los más siniestros también: la cabeza ocupa un primerísimo plano, mitad izquierda, tal vez incluso más, y tras él sólo queda una pasta negruzca e invernal, el supuesto paisaje donde se libra esta depresiva peregrinación, en agudo contraste con la escarcha que ha cubierto su cabello. El rostro se ha ejecutado con asombrosa y mórbida morosidad, hasta los más mínimos detalles, fantásticos algunos, como las arrugas de las comisuras, de textura mineral. La mirada, un punto alucinada. Perplejidad y dolor. Buscar foto de Leiner: es fácil intuir aquí un autorretrato (menudo elemento).
      Sería necesario comparar todo esto con las canciones de Schubert, ver equivalencias, transposiciones, nuevas lecturas, si es que las hay. Otras referencias resultan descaradas, Friedrich por todas partes, tan apropiado como manido, hasta desmerecer el conjunto. Lo romántico, ¿criticable por principio? (Muchos se cebarían a gusto; las ausencias, desde luego, le favorecen.) Aun así, extraña tanto que ni siquiera deje un resquicio a la melancolía. Odio puro, simplemente, destilado a raudales, evitando apenas la truculencia y el histerismo. Pero es un viaje vivido, pintado con las tripas, y por eso puede llegar a impresionar, a pesar de las deficiencias técnicas (números 1, 6, 7, 10; demasiados, sin duda). Los mejores, el 2 (Der Lindenbaum); el del cuervo, número 12 (Die Krähe), y sobre todo el 5, Frhülingstraum: encuadre en negro, y una ventana empañada en el centro, tras la que se adivina un árbol imposible, absurdamente florido, sobre un paisaje fangoso. Sorprendente el tema, la profundidad de esta ventana, toda la construcción, como un túnel que devorase las flores blancas del árbol, inútil esperanza.
      Paleta espesísima, bien equilibrada: los negros se matizan con pardos, gama muy amplia, y los blancos (nieve) con una capa sucia, lechosa, que disuelve los perfiles y provoca distancias, salvo en lo que se refiere a la figura del viajero, supongo que por acentuar su soledad, su insolente presencia en un mundo saturado de invierno.
      Y por encima de todo, el acero de los hielos. Doce cuadros de acero.
      Desasosegantes. Discutibles, pero no son cualquier cosa.
      Definitivamente, no lo son.
      Segunda parte. Veintiocho paisajes (!)
      Vaya cambio.
      Campos de olivos, dehesas; una casita blanca, un castillo y su aldea al fondo, sobre una colina; puestas de sol, la mayoría. Luego, un puñado de nocturnos: luz de luna, mismo escenario (atención a éstos). Otros motivos relacionados: alguna escena de tormenta, tierras labradas (dos, pero también destacables), la curva de un río... Sin títulos. Retratos de un mismo lugar, sureño, mediterráneo, que sin embargo no se menciona, ¿por qué? Comparten idéntico espíritu (celebración radiante de toda la belleza del mundo), enfrentados a la oscuridad del Viaje con una intensidad que sólo puede ser deliberada, pero que en modo alguno se explica en la muestra (organización muy deficiente, nulo entusiasmo de la sala, destacarlo así; nos condena a la ignorancia).
      Y una misma fecha: verano, 1996. ¡Los veintiocho! Formato idéntico, uno por uno, calculo. Preguntar a Leiner la razón. Y por qué tantos cuadros, cuarenta en total, qué desmesura; por qué obligarlos a trepar por las paredes y a vivir hacinados, sin indicación alguna de orden o concierto.
      En un aspecto, cuando menos, se mantiene la unidad de la exposición, y no es de poca importancia: la fe casi infantil con que cada tela ha sido creada, y su carga de intenciones; la propia existencia de propósitos, la voluntad reflexiva, las ganas de hablar y explicar más allá de lo puramente pictórico, convirtiendo mundo y vida en un asunto testimonial. Cuadros de batalla, en fin, tan extraños, capaces de arriesgarse a caer en el ridículo por lograr un solo triunfo. Absurdos, incluso, porque lo cierto es que ya no se pinta así (pero tal vez por eso ya no se pinten triunfos).
      Vamos con ellos. Serenidad en las vistas de olivos que todo lo invaden, y majestuosidad en las del castillo, de presencia animal, rey de pardos, a caballo de una colina florida con lo más fantástico y granado de la paleta. Paisajes humildes estos en los que Leiner escarba y llena de posibilidades. Incomprensible, sin embargo, la presencia de los números 15-17, 21 y 23-27, tan distintos, penosos incluso, sea por excesivos o por miserables, o simplemente por bastardos respecto al conjunto principal; tan fuera de lugar, y uno se pregunta, airado, qué criterio o falta de él habrá seguido el autor para colocarlos aquí, donde lucen como hijos de distinto padre. ¿En verdad nacieron al tiempo, juntos en un mismo verano? Confirmarlo, desde luego. Fascinante irregularidad la de Leiner, más que nada por lo que tiene de atroz, de inexplicable. Y sobre todo si, con apenas dar unos pasos, uno se enfrenta a estos otros, nocturnos, no hay mejor palabra: los mismos paisajes bajo el aura de los sueños buenos, luz lunar muy meditada, real y personal al mismo tiempo, relajante, plena de secretos, atrapada entre azules metálicos y muchas capas de algún barniz oscuro, habrá que comentar esto, preguntárselo también, aplicadas en círculos concéntricos; de nuevo Friedrich, pero igualmente Van Gogh, y de ahí hacia arriba, siempre hacia el norte, hacia Holder y Munch, a Newman, a Rothko, directamente (sin pasar jamás por Francia, que diría Rosenblum, maestro). Tal es la savia en la que habitan los genes de toda esta serie, casi sin saberlo, o sin tener la menor idea tal vez, o tal vez sí y los esconda, porque lo cierto es que Leiner camina sin rastros académicos, preocupaciones de escuela o de estudiante, para variar, eso salta a la vista, ni mucho menos de erudito. Rayos circulares, casi siempre en diagonal; perspectivas sutilmente adulteradas, abombadas o incluso deformadas en ocasiones, jugando sin descanso con la mirada del espectador; masas de colores que caen una sobre otra, con tanta levedad como precisión, en pos del acorde que su unión ansía producir.
      Y un puñado de cuadros cerrados (los triunfos, sea), difíciles de contemplar sin auténtico entusiasmo.
      ¿Quién hubiera esperado algo así? Pero no cabe duda, hay que rendirse: es el vacío en el estómago de las grandes ocasiones. Llega el vacío, y todo se acaba. De nada valen ya los reparos y las prudencias. La cabeza está caliente. Dios, bendita sorpresa: haber recuperado semejante placer, justo cuando más olvidado lo tenía.
      Conclusión: cambiar la media página prevista, y reservar lugar y foto y entrevista para este chico. Es una ocasión. Confirmarlo con la jefa, traerla aquí, intentarlo al menos (tampoco le vendría mal).
      ¿No es exactamente lo que se espera de mí?
      31 de enero, sábado
      Estoy hasta los huevos de este mes de muertes. Gracias a Dios que hoy termina.
      Intento la crítica, desde hace horas. Me paso. Hablo, escribo por mí, sin más propósito que encontrar alguna certeza entre tanta letra. Por de pronto, sólo el título me satisface: Los viajes de Leiner. Otra alternativa debería incluir alguna noción intermedia entre viajero y vagabundo, aunque no acabo de dar con el término exacto; lo digo por lo que tienen de oscilación estas rutas, desde unos hielos que parecen definitivos al sol ardiente y benefactor. Tránsito misterioso y brutal, y la seguridad, que en el fondo es mera intuición, de que fue vivido por aquel que lo pintó. Pero cómo averiguarlo, ahora. Incógnitas que la mala fortuna desbarata, convertidos estos abortos de crítica en un lodazal de cálculos y palabras. Vida y arte, la eterna ecuación; y, en medio, el paisaje, sólo paisaje, tan humano, ampliando los términos de la fórmula: vida, mundo, arte. Claro que así no son más que frases cualesquiera. Y lo que yo necesito es un poco de claridad, para seguir adelante.
      Quizá el culpable de tanto deseo sea un único cuadro. Ya antes estaba rendido, lo confieso, y no es menos cierto que cuando lo descubrí llevaba todos los viajes de Leiner en la retina. Gracias a Dios que alguien razonable decidió colocarlo en una esquina solitaria, como se merece, para proteger el efecto de su hallazgo. De pronto, retrato de grupo, al término de los paisajes. Personas, ocho, habitando el mundo previamente diseccionado. Una cena. Un banquete, mejor dicho: El banquete, sólo él tiene la dignidad del título en toda la exposición (¿simple casualidad?). La misma casa de lienzos anteriores, pero desde dentro: estamos en el hogar del pintor, después de tanta contemplación exterior. El mismo paisaje, que ahora queda fuera, aunque sea capaz de colarse inverosímilmente por la ventana. La mesa, servida de placeres. Y los amigos. Porque son amigos, no hay duda, aquellos que bendicen su amistad entre manjares, sobre el paisaje que les une, clavados a un campo y una casa compartida, y entonces la ecuación se dispara: vida, mundo, amor, arte. Y Leiner junto a la ventana, mirándonos a los que le miramos y mirando a un mismo tiempo a su bulliciosa compañía. Demasiadas miradas. Yo, al menos, rendí la mía, y así caí en el exceso, con una entrega que todavía ahora, después de tanto análisis, no consigo explicar. Tampoco fue nada premeditado: simplemente, el vuelo directo del placer estético a la conmoción personal. Mi vida, que estallaba por sorpresa en una masa revuelta de recuerdos, traiciones y triunfos. Un vértigo. Aguanté el soplo entre temblores. Después, al término de la epifanía, quedaba yo, reconociéndome como nunca antes lo había hecho. Era yo. Salí a buen paso de la sala, camino de algún bar.
      Evidentemente, nada de esto tiene que ver con una puta crítica.
      De lo que rumié en el bar tampoco he adelantado mucho. Me mantengo en la estupefacción. Al igual que entonces, puedo sentirme redimido, recuperado para mí mismo, salvado de no sé muy bien qué naufragio, y al mismo tiempo ignorante de cómo es posible hallar semejante salvamento y remisión en el retrato de unas personas que desconozco, de un pintor también desconocido, de un lugar que nunca he visitado. Todo, siendo ajeno, me resulta propio, y es el mismo enigma en el que ayer me devanaba, entre tabaco y vermús, sin saber que aún no había terminado el tiempo de los sobresaltos.
      Primero fue el cuadro, al cobrar vida en dos tiempos. Lo del bar, admitámoslo, parece cosa de fantasía, cuando creí reconocer a las dos figuras que en ese instante salían por la puerta: el chico de cara blanda, la perfecta espalda de hembra, siluetas deformadas entre cristales. ¿Los amigos? Quizá. Pero no, de serlo hubieran vuelto a la sala, y allí ya no quedaba nadie cuando al fin regresé. Nadie, salvo un hombre silencioso, plantado en medio del pasillo, el rostro algo más grueso que en su correspondiente retrato. Esta vez sí. Pintura hecha carne. Nos miramos. Sonriente, me acerqué y le pregunté por el pintor.
      Ahora resulta cruel, incluso al recordarlo. Claro que entonces yo tenía ilusión, y desde luego poca capacidad para imaginar desastres. Sólo quería un saludo, un apretón de manos; mi enhorabuena, seguro, y un número de teléfono junto a un nuevo nombre, Leiner. Eso me bastaba. Supongo que ya debería haberlo deducido: tantos cuadros de golpe, y lo de antológica, por supuesto, y la atmósfera densa y mortecina, extraña a una inauguración. Pero no, tuvo que ser aquel amable fantasma, carne de pintura (Fernando Dolmau, se presentó cordial, amigo del artista), el encargado de las aclaraciones, aun a costa de derrotar su sonrisa un par de veces. Lo lamento tanto, señor Torres. A Franz le habría hecho tanta ilusión.
      Le estaba pidiendo una entrevista a un muerto.
      Todo esto me obliga a rellenar una ficha desoladora. Francisco Leiner, Franz, pintor (Madrid, 1965-1997). Sin referencias. Primera exposición, 31 de enero de 1998, en el aniversario exacto de su fallecimiento, organizada por sus amigos a modo de homenaje (no le pregunté a Dolmau cuánto le había sangrado la Hernani por atiborrar de cuadros sus paredes; me gustaría saberlo). De sus palabras extraje que con aquel acto se cumplía una pequeña venganza histórica: el sueño de Leiner, que no pudo ver sus obras colgadas en vida. La tardía solución a su fracaso como pintor. Entonces aparezco yo, dispuesto a consagraciones. No me extraña que a Dolmau se le pusieran más brillos de la cuenta en la mirada.
      ¿Y qué coño hago ahora?
      Camino entre desconciertos y revelaciones, soliviantado. Hasta hace poco, toda muerte me parecía un hecho tan remoto como incontestable. Ahora descubro que sólo es definitivo para el que muere, pero no para aquellos vivos a los que atrapa en su espiral de herencias y consecuencias y preguntas a medio resolver. Llega el momento en el que hemos de dialogar con ellos, los muertos, sea por ocupar el lugar que nos dejaron o con la esperanza de aclararnos el presente, ese tiempo que dicen no habitar. Pero lo hacen. Qué complicación. Y así, saturada de presencias, avanza la madrugada, y yo voy cansado, con la crítica esquiva y el mismo enigma a cuestas desde ayer. Preguntándole por mí a la obra de alguien que ya no conoceré. Tan necesitado de respuestas, ahora que me he encontrado allí donde nunca estuve.
      Si al menos supiera cómo continuar.

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