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Silencios

KARLA SUÁREZ

240 págs.

ISBN 84-89618-39-9

2250 pts. 13,52 Eur.

Silencios (00039)


      
LA CASA GRANDE


      Cuando yo tenía seis años, mi padre decidió irse a dormir a la sala. De aquello no recuerdo mucho, salvo el portazo en la puerta del cuarto y los llantos apagados de Mamá, durante las horas siguientes.
      Vivíamos en casa de mi abuela, un apartamento grande lleno de cuartos con mundos diferentes; el de la abuela, una tía soltera, un tío masajista y nosotros tres, antes de Papá mudarse para la sala.
      Mi madre era una argentina que en los 60 había decidido venir a La Habana a estudiar teatro, ahí se hizo amiga de mi tía, que empezó por el teatro, y luego pasó a la danza, de ahí la literatura y así, siempre buscándose como decía ella, o perdiéndose, como decía la abuela.
      Por mi tía, Mamá llegó a la casa grande y conoció a Papá, que en aquel entonces era un joven oficial del ejército, de esos que dieron el paso al frente y lucían el uniforme que tanto gustaba a las muchachas, sobre todo a las progresistas como Mamá que quedó profundamente enamorada y renunció a su nacionalidad para que mi padre no se sintiera incómodo por andar con extranjeras. Para la familia de Mamá, en el sur de América, la renuncia significó renunciar a ellos como familia, y entonces decidieron por su cuenta romper relaciones con la hija renegada. Para mi abuela, en cambio, el hecho de aceptar a una mujer viviendo en casa con su hijo, sin matrimonio previo, significaba una vergüenza, y fue por eso que decidió, también por cuenta propia, renunciar a su nuera. Así fue que Mamá comenzó a vivir su romance sin la anuencia de nadie, pero absolutamente convencida de su amor y de su amistad con la tía. El tío no contaba porque no tenía buenas relaciones con Papá. Desde mucho antes de mi nacimiento, Papá y el tío apenas se dirigían la palabra. Así es que Mamá, persuadida por su marido, asumió una cierta frialdad e indiferencia en el trato hacia su cuñado.
      Yo crecí rodeada de adultos totalmente diferentes. Mi abuela tenía cuatro hijos, uno mayor que siempre había sido el preferido y que ocupó casi el lugar del abuelo, después que éste se marchó de casa. Eso ocurrió mucho antes de mi nacimiento, así es que al abuelo nunca lo conocí, y lo cierto es que en casa estaba prohibido mencionarlo. Él un día abandonó a la abuela y el hijo mayor se mudó para el cuarto de su madre y le sirvió de sostén hasta que decidió casarse e irse a vivir a otro sitio, entonces la abuela declaró la guerra a la mujer que se llevaba a su primogénito y volcó todo su amor en mi padre, que era el más pequeño. Mi padre prometía una gloriosa carrera y se convirtió en cómplice y confidente de su madre cuando ambos decidieron odiar abiertamente al primogénito el día que decidió irse a vivir un poco más lejos y de tan lejos se fue a Miami con su mujer. Claro que todo eso ocurrió antes de aparecer yo en la familia porque en cuanto mi madre se mudó a casa, la abuela se vio en la obligación de despreciar a su hijo militar, puesto que éste al parecer no tenía intenciones de legalizar su estado civil. En esos momentos pienso que la abuela pasó una situación difícil, debía escoger entre la tía, que era la segunda y el tío tercero. Con la tía sus relaciones nunca fueron las mejores porque ella era la preferida del abuelo y siempre que la dueña de casa intentaba referirse a su ex marido con tono de desprecio, enseguida saltaba la tía para defenderlo con palabras que debían resultar mágicas porque la abuela cerraba la boca inmediatamente y cambiaba la conversación. Con el tío tercero también había problemas, no solo que mi padre no le hablara, sino que existía algo en la familia que nadie se atrevía a pronunciar. Sé que antes de Mamá, mi padre y el tío compartían el mismo cuarto, hasta que un día la abuela determinó que él se iría a dormir al pequeño cuartico junto a la cocina, claro que en esos momentos Papá seguía siendo el preferido y cuando yo nací, el tío hacía rato había fundado su reino, lejos de todos, allá en el fondo.
      La abuela pasó unos años sin hijo predilecto, hasta que un buen día, antes de Papá irse a dormir a la sala, el tío decidió que se dedicaría a hacer masajes. Así la casa comenzó a ser frecuentada por jovencitas que llegaban a la sala, le sonreían a la bebita que era yo, y atravesaban la cocina para irse donde el tío y sus masajes. Para la abuela esto fue como una iluminación y entonces terminó su debate centrando todas sus fuerzas en el hijo masajista que cada día llegaba a casa con flores y caramelos para ella.
      Hasta ese momento, quizás mi instinto infantil mantenía la esperanza de ser acunada por una abuela que cantara canciones de cuna y me durmiera en su regazo, pero la selección del tío hizo trizas mis sueños. Yo era una bastarda, nacida fuera de matrimonio y además hija de extranjera, en fin que tuve que conformarme con los brazos de Mamá y la tía que en cuanto me hacía pipí me soltaba aludiendo que el orine de los niños le daba coriza. En cuanto a Papá lo veía poco, el tenía muchísimo trabajo y por eso Mamá colgó en mi cuna una foto suya. Cada noche, antes de dormir, me hacía tirarle besitos a la foto y luego me regalaba todo un concierto de canciones que en la voz de Mamá sonaban dulces y me llevaban al letargo. Dice ella que la primera palabra que dije, después de Papá y Mamá, fue fusil, y es que mis canciones no hablaban de ositos y maripositas tiernas, Mamá cantaba de fusiles y muertes y cuando se ponía a conversar con la tía, tarde en la noche, junto a mi cuna, sólo escuchaba palabras raras y disonantes, entonces me ponía a gritar porque al final era el único lenguaje que conocía para estar a tono.
      El cuarto de la casa que más me gustaba era el de la tía. Allí trasladaron sus conversaciones nocturnas cuando yo ya caminaba. Ellas se ponían a hablar mientras yo recorría el espacio agarrando todo lo que viera a mi alcance, libros, muñequitos, tazas, lápices, artefactos raros, la tía tenía un montón de cosas y se ponía muy nerviosa cuando algo decidía romperse en mis manos. Allí me aprendí las palabras mierda y carajo, que sonaban muy bonitas y ellas las usaban con frecuencia. Me gustaba también el radiecito del cuarto, la tía a veces subía el volumen y se ponía a desafinar, entonces era una fiesta porque las tres nos encaramábamos en la cama para dar saltos hasta que se escuchaba la voz de la abuela del lado de allá, golpeando la puerta y había que quedarse calladitas aguantando la risa. Un rato después, Mamá me obligaba a hacer silencio para atravesar el pasillo hasta nuestro cuarto, tirarle los besitos a la foto de Papá y acostarme, pero me costaba trabajo dormir porque ella pasaba casi toda la noche con la lamparita encendida leyendo cualquier libro. Mi mundo era entonces el cuarto de la tía y el nuestro, porque Mamá había determinado que la sala era territorio vedado después de una larga discusión con la abuela a causa de las dos o tres meadas que solté encima del sofá o de cualquiera de las jovencitas que venían por los masajes del tío.
      Hasta esos momentos todo marchaba bien. Mi familia resultaba perfectamente coherente, tenía un padre que solía dejarme regalitos encima de la cuna, una madre que cantaba canciones, una tía divertidísima, una abuela peleona, como casi todas y un tío con muchas amistades.
      Yo era feliz. El día lo alternaba entre mi madre y la tía, que era cuando más me gustaba, porque ella se ponía a escribir en la máquina y yo podía coger todo lo que quería, jugar con sus cosas, encaramarme en la cama y ella allí escribiendo sin regañarme apenas. Yo hacía lo que me daba la gana y ella sólo se acercaba, de vez en cuando, cuando sentía algún olorcito incómodo, entonces me cambiaba y tiraba el bloumercito en una palangana que luego entregaba a Mamá quejándose porque el olor a caca infantil le provocaba náuseas. Por aquellos primeros años, mi tía era literata y permanecía muchas horas en casa, por eso Mamá solía dejarme a su cargo, alguna que otra vez. El resto de los días eran viajes con Mamá de aquí para allá, a lugares llenos de gente que hablaba mucho, salas de ensayo donde todos me regañaban o me pasaban de mano en mano, según estuvieran de ánimos, pero también resultaba divertido porque a veces me daban algún muñeco o una máscara y yo podía jugar toda la tarde.
      Una noche ocurrió algo terrible. Estábamos en el cuarto de la tía y ellas conversando como de costumbre, de repente mi tía se levantó furiosa declarando algo así como «realismo socialista» acompañado de «reverenda mierda». A Mamá esto evidentemente no le gustó porque levantó en cólera y comenzó a gritar acentuando las palabras más que de costumbre. Yo me aparté a un rincón sin entender nada y las vi pelearse, casi a punto de golpes hasta que Mamá me tomó por el brazo, dijo que mi tía era una idiota y que en ese cuarto no entraba nunca más. Esa noche no tuve que tirarle los besitos a la foto de Papá, claro que tampoco pude dormir. Ella se la pasó dando vueltas, mirando el reloj y Papá sin regresar. Yo estuve haciéndome la dormida todo el tiempo, acurrucada bajo las sábanas y fue la primera noche que presencié el regreso de mi padre. La puerta se abrió y él entró sigilosamente tratando de no hacer ruido, hasta que tropezó con la mirada de Mamá desde la cama.
      Si me venís conque andabas de guardia otra vez te arranco las pelotas.
      Papá hizo un gesto de cansancio y dijo algo de irse a la sala, para no despertar a la niña. Pero Mamá se levantó furiosa agregando que le importaba una mierda si la niña escuchaba o no, que estaba harta de andar escondiéndose en la sala para que la abuela y la niña no escucharan, estaba harta de todo y de esa familia de locos, de las guardias de Papá, las idioteces de la abuela, el tío reivindicado y para colmo la tía autosuficiente y medio gusana. Esa noche descubrí que después de las canciones que ella me cantaba, se quedaba despierta esperando el regreso de mi padre para irse a la sala a discutir. También descubrí que no todo andaba tan bien como yo pensaba.
      A partir de esa noche, Mamá y la tía no volvieron a hablarse y no hubo más visitas nocturnas a la sala. Yo me dormía y con los primeros gritos apagados de Mamá, despertaba para taparme los oídos con la sábana y cuando se ponía la cosa fea, entonces empezaba a llorar, muy fuerte, muy fuerte, hasta que la abuela golpeara la puerta exigiendo silencio y quejándose porque en esa casa ya ni dormir se podía. Entonces la tía desde su cuarto, aprovechaba el alboroto para encender el radiecito, mi madre me cargaba, mientras mi padre golpeaba con fuerza la puerta de su hermana reclamando respeto y la abuela se iba a despertar al tío, que era el único que la consideraba, el único decente que vivía en su propia casa.
      Fue por todo eso, que mi madre se echó a llorar el día en que mi padre decidió irse a dormir a la sala. Yo tenía seis años y pasé casi treinta horas sin comer porque mi madre lloraba y lloraba, se sonaba los mocos y lloraba sin parar, desconsoladamente, tiraba los pañuelos mojados al piso y luego se secaba con las sábanas para seguir llorando, hasta que todo estuvo empapado y sólo quedaron mis sábanas secas. Mi madre me miró, descubrió mi mirada y el llanto se cortó repentinamente.
      Ya no lloraré más, nena, te lo prometo.
      Y no lloró más, pero tampoco hizo más nada. Fue entonces cuando compró aquel tocadiscos de uso y comenzó a escuchar los tangos. Abandonó el teatro, dejó de hablarle a todos en casa, sólo salía del cuarto cuando lo consideraba imprescindible y de vez en cuando para llevarme al parque y tomarse un traguito en el bar de la esquina. Mi madre sólo escuchaba tangos y me ayudaba a crecer. Cuando mi padre le dirigía la palabra, ella escribía en un papel lo que entendía pertinente, sólo eso y volvía a sus tangos. Yo la observaba callada y me juré entonces que nunca lloraría así, nunca mostraría mis lágrimas porque detrás del llanto sólo había un tango y eso me daba ganas de llorar y no quería, nunca, nunca lloraría de esa forma, por nada, ni por nadie, ni siquiera por lo que en aquel entonces apenas podía comprender. Yo crecí escuchando las palabras que los otros se decían entre ellos, los silencios de mi madre y las letras de los tangos, mis canciones de infancia, aquella que tanto repetía:
      

...cuando todas las puertas están cerradas
      y ladran los fantasmas de la canción,
      Malena canta el tango con voz quebrada,
      Malena tiene pena de bandoneón...


      
MI MADRE ESCUCHABA TANGOS


      Una de las cosas a la que nunca temí desde mi infancia, fue a la oscuridad, más bien, me gustaba. En casa me acostumbré a andar a hurtadillas, como casi todos.
      Pasaba el día en la escuela, un semiinternado que quedaba cerca. Todas las mañanas Mamá me dejaba allí y regresaba a buscarme a las cinco de la tarde. Ella dormía todo el tiempo que yo estaba fuera. Llegar a casa era lo que menos me gustaba porque la abuela andaba dando vueltas y yo debía sentarme frente al televisor, sin molestar, Mamá decía que a la primera queja de la abuela quedaba prohibido el televisor. Era incómodo. A veces prefería que mi madre estuviera de ganas para llevarme al parque y allí pasábamos todo el tiempo en que la abuela terminara de cocinar y hacer sus cosas. Yo podía correr mientras Mamá esperaba sentada en un banco leyendo cualquier libro. Al regreso pasábamos por el barcito de la esquina para que ella bebiera algo y luego a casa a prepararme la comida. A decir verdad comíamos muy tarde, las dos sentadas a la mesa, yo hablando todo el tiempo y ella sonriendo y apurándome para no tropezarnos con el tío cuando estuviera de regreso.
      A mi padre lo veía poco. Llegaba muy tarde, como siempre y se marchaba bien temprano. A veces quería verlo y entonces debía esperar calladita en el cuarto a que Mamá cerrara los ojos para escuchar la música que más le gustaba. Entonces me levantaba sigilosa y salía del cuarto, andando despacio sin encender ninguna luz. Atravesaba el pasillo pasando por el cuarto de la tía que solía estar despierta escribiendo en su máquina que hacía mucho ruido. Yo llegaba a la sala y me gustaba acostarme en el sofá donde Papá dormía, abrazaba sus sábanas y entablaba largas conversaciones con las sombras hasta que me entraba sueño y regresaba al cuarto, cuidando de no hacer ruido. Mamá siempre estaba allí. Acostumbraba a dormir de día y pasarse la noche despierta escuchando tangos, siempre muy bajito para que la abuela no fuera a formar una de las suyas. Ella se quedaba quieta y a veces daba la impresión de estar muerta, semidesnuda y tendida encima de la cama, con los ojos cerrados, moviendo apenas los labios, marchándose, quien sabe si a las tierras de donde vino, allá con sus gauchos y su bandoneón.
      Tengo la impresión de que mi vida fue un sueño hasta que Papá decidió mudarse para la sala. Quizás fue que empecé a crecer y me faltaban las palabras que nadie dijo nunca. El hecho es que la casa y todo lo que se movía en torno a ella empezó a resultarme diferente. El cuarto de la tía, por ejemplo, seguía pareciéndome interesante aunque Mamá me tuviera prohibido entrar. A veces en las noches me sentía tentada a tocar en la puerta, sabía que la tía no se negaría a abrirme, pero me daba un qué sé yo que Mamá se sintiera traicionada por mi, por eso permanecía parada esperando que la puerta se abriera, pero esto no ocurría, la tía tecleaba y tecleaba sin parar y yo me marchaba dejándola en su mundo. El cuarto del tío que hasta ese momento había sido territorio privado, comenzaba a intrigarme, cierto es que nunca había entrado y él tampoco había hecho la invitación, pero no debía tener nada de malo un cuarto que era frecuentado por montones de personas diariamente. De lo que sí estaba totalmente aburrida era de mi cuarto, allí sólo estaba Mamá escuchando tangos o leyendo, despeinada, sin maquillaje, no como las madres de mis compañeras de escuela, ni como ella misma unos años atrás.
      Mi madre era una mujer hermosa, tenía la piel muy blanca, el pelo castaño y lacio, los rasgos finos y unos ojos excesivamente azules que saltaban encima de cualquier cosa a pesar de las ojeras de aquellos tiempos y su delgadez. En cambio yo, no podría afirmarse que era una niña hermosa, eso lo sabía por el espejo y a medida que mi cuerpo comenzaba a definirse, todos notaban el enorme parecido que tenía con mi padre. Era una niña muy flaquita, mi madre me hacía tomar vitaminas con cada comida para no parecer enferma, de ella había heredado únicamente la piel muy blanca y los ojos azules, lo demás era de mi padre. Extrañamente para mí, él era el único de sus hermanos que no tenía el pelo lacio. Cada día, antes de llevarme a la escuela, mi madre me paraba ante el espejo para desenredar mi pelo enmarañado, afirmando con despecho, en cada cepillada, que yo era el vivo retrato de mi padre, sus mismos gestos, la misma mirada con diferente color, los labios gruesos que logran ahora gracias a la silicona, la misma manera de colocar las manos en mi estrecha cintura. Yo era mi padre en tonos claros, y ella se esmeraba en mantenerme el pelo bien cortico y cepillarlo, cepillarlo, hasta dejarme caliente el cuero cabelludo, todo inútilmente porque a mi regreso ya traía los crespos enredados como de costumbre. Para mi, el problema del pelo se convirtió en un misterio, todos en casa, excepto Papá y yo llevábamos el pelo crespo y en la escuela, casi todas mis compañeras, excepto yo, podía usar esos peinaditos de niñas a la moda, en fin, que el problema del pelo pasó a formar parte de los cientos de interrogantes que nacían cada día.
      Para mí, parecerme a mi padre no era ningún problema, pero esto a mi madre le molestaba mucho, sobre todo cuando me escuchaba hablar imitándolo después de haber salido juntos. Algunos domingos, él solía ir a buscarme al cuarto, bien temprano para irnos de paseo, a veces me llevaba a la casa de amigos suyos y se ponía a conversar y a beber mientras la señora de casa me invitaba a batidos y cosas que me gustaban. Una vez le preguntaron por su esposa y él contestó que se había quedado en casa porque no se sentía bien, a mí eso me pareció un absurdo y entonces lo miré asombrada y dije que Mamá nunca salía con nosotros porque ella escuchaba tangos. Papá sonrió pasándome la mano por la cabeza y cuando salimos, me sentó en un murito y explicó muy lentamente que en la vida nunca debía decirse toda la verdad porque esa no le interesaba a nadie, en la vida sólo había que decir la mitad de la verdad para no herir a la gente. Su razonamiento me pareció correcto, además él sabía más que yo y entonces fue cuando comencé a decir, no mentiras, sino parte de la verdad, solamente eso. Una vez al regresar de la escuela, Mamá venía más seria y callada que de costumbre, cuando entramos al cuarto, me sentó en la cama y se colocó a mis pies.
      Vos le mentiste a la maestra.
      No sabía de qué me estaba hablando y entonces contó. Yo había dejado de ir a la clase de matemáticas porque después del recreo me había quedado subida en una mata observando un nido de pajaritos. Cuando la maestra preguntó, dije que había tenido que ir a casa porque mi madre no se sentía bien, tenía una enfermedad que sólo se adquiere en la Argentina y por eso no podía dormir en las noches. La historia me pareció perfectamente coherente, sólo que a la maestra no y encima de todo una de las niñas del aula dijo que me había visto subida en un árbol. Mi madre se sorprendió, pero más me sorprendí yo cuando pidió perdón y dijo que sí, estaba enferma, pero su enfermedad acababa de terminar.
      Esa noche esperó a mi padre y tuvieron una larga discusión que intenté escuchar escondida en el pasillo. A partir de ese día, el tango nocturno desapareció y ella comenzó a dormir de noche. Durante el día escuchaba tangos o salía por ahí, no sé a donde, y por las tardes se tendía conmigo a ayudarme en las tareas y entonces comenzó a hablar. Contaba historias de la Argentina, de cómo conoció a mi padre, historias de la abuela, yo ya tendría unos diez años cuando supe por qué un día él decidió irse a dormir a la sala y ella se encerró. Entonces me sentí muy confundida, mi madre contaba la verdad, él llegaba tarde a casa porque andaba con mujeres, de fiesta y bebiendo por ahí, por eso nunca podía verlo. El día que mi madre me lo dijo no supe a cuál de los dos odiar, si a él con sus verdades a medias o a ella con su absoluta verdad. Al final alguien siempre queda herido y yo hubiera preferido seguir tirándole besos al hombre de la foto porque era la mentira en la que yo creía. Entonces descubrí que mentir era mi signo, pero si iba a mentir tendría que hacerlo bien, muy bien. De mi padre había heredado el don de la mentira, de mi madre las cualidades histriónicas para representarla, estaba sin dudas, absolutamente preparada.
      La vida de mi madre cambió progresivamente. Comenzó a sonreír, hablar de literatura y teatro. Yo estaba crecidita y ella podía salir, ni siquiera tenía que ir a buscarme a la escuela porque ya me dejaba cruzar la calle sola. Sus cambios me parecían bien porque yo también cambiaba. En la escuela ya no hablaba tanto con mis compañeras porque eran unas chismosas y siempre andaban detrás de la maestra para decirle cualquier cosa. Yo me sentaba última en la fila y andaba sola. En casa podía merodear un rato por las noches, y era buenísimo porque hubo una época en que Mamá acostumbraba a salir con bastante frecuencia, se vestía, y hasta se maquillaba, revisaba mi tarea, me daba un beso y decía que se iba a la casa de Dios. La idea de mi madre visitando la iglesia me resultaba un poco ilógica, pero la aceptaba porque una cosa que aprendí fue que para no escuchar algo que no se desea, es fundamental no preguntar lo que no se dice. Esas noches caminaba por el pasillo, hasta que decidí tocar en la puerta de la tía. Hacía años no entraba allí y me recibió como de costumbre, sus diferencias eran con mi madre, no conmigo, yo ni siquiera sabía qué era el «realismo socialista». Entonces la tía se ponía a hablar, ya en esa época había abandonado la literatura y se dedicaba a la investigación musical, hasta compró un tocadiscos y yo pude conocer a Mozart y a Chopin, Beethoven, tirarme en el piso y estremecerme cuando Tosca asesina a Scarpia y repetir a coro «e avanti a lui tremava tutta Roma», era fantástico, solo que tenía que marcharme antes del regreso de Mamá.
      Papá continuaba trabajando mucho, y el tío había abierto su espectro, ya no solo daba masajes a muchachas, ahora lo hacía para ambos sexos, cosa que la abuela no aprobaba mucho aunque mantuviera su postura de hijo preferido.
      Una vez estando recostada al balcón de casa de la única compañerita que no consideraba chismosa, vi a mi madre salir del edificio de enfrente acompañada de un hombre, un tipo barbudo y corpulento. Mi amiguita también la vio y agregó que el tipo era su vecino, un escritor, según decían en el barrio, borracho y mujeriego como todos los escritores. Ese día me di cuenta que Dios no estaba en la iglesia sino en el edificio de enfrente. Varias semanas después mi madre llegó a casa unos instantes antes de yo haber tenido la audición de El trovador en el cuarto de la tía. No se sorprendió al encontrarme despierta porque realmente era una costumbre heredada de ella, así es que me invitó a escuchar un tango.
      Escuchá, nena, qué lindo...
      Comenzó a quitarse el maquillaje mientras tarareaba un tango triste, me acerqué y pregunté si había ido a la casa de Dios.
      Vení, mi dulce niña, Dios está dentro de nosotros mismos...
      Mi madre me abrazó y supe que volverían los tangos, porque uno siempre vuelve a la semilla. Cuando todo se derrumba y el mundo se vuelve absurdo, uno siempre se queda con ese extraño instinto de acurrucarse sobre sí, casi abrazando las piernas para quedarse dormido esperando el nacimiento.

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