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La hija de mi padre

MAREIKE KRÜGEL

Traducción:Valentín Ugarte

240 págs.

ISBN978-84-8381-008-8

18,90 €

La hija de mi padre  (OL39)


(fragmento)

En la escuela las chicas eran agradables conmigo, ninguna intentaba fastidiarme o provocarme, pero daba la sensación de que en mi estrategia de estar siempre discretamente a la vista, había exagerado un tanto con la discreción, ya que después de que el consejo familiar resolviera que debía ir a un cumpleaños nuestros planes parecían abocados al fracaso al no recibir ninguna invitación. Para la ocasión mi madre había confeccionado un vestido extra de cumpleaños de franela azul claro que era tan recio al tacto como mi pijama. Finalmente tomó cartas en el asunto y me consiguió varias invitaciones yendo a ver a la profesora para enterarse de las fechas y llamando a las madres de las cumpleañeras.
El primer cumpleaños al que tuve que asistir fue el de Swantje Kruse, en Grossulsby. Por desgracia ese importante compromiso fue a coincidir con el día en que terminaron nuestro nuevo cuarto de higiene del sótano. Ya desde la mañana se apreciaba en mi padre un marcado aire festivo. Mientras en el sótano el instalador terminaba de colocar el lavatorio mi padre correteaba por casa como un niño que espera la Nochebuena. Se lavaba las manos, reía sin un motivo aparente y pellizcaba a mi madre en la mejilla cada vez que se la encontraba.
Tras mucho reflexionar había hecho una gran inversión que en unos cuantos años quedaría amortizada. Con el nuevo cuarto de higiene no sólo esperaba obtener una mayor comodidad (aparte del dinero que se iba a ahorrar en gasolina al no tener que estar yendo constantemente al depósito de cadáveres), sino sobre todo poder ofrecer un servicio mejor y más personal a los clientes.
Nos había explicado que «saber que el funerario en quien han depositado su confianza está en todo momento cerca del difunto genera en las personas una sensación de seguridad». Bien mirado era él quien se sentía más seguro. Mi padre era un hombre con un fuerte sentido de la responsabilidad, por lo que el hecho de que a partir de ese momento los muertos que le fueran confiados pudieran ser depositados en su propia casa y no a un montón de kilómetros le permitía dormir tranquilo.
Después de comer, cuando el instalador hubo al fin acabado, mi padre bajó solo al sótano. Mamá y yo esperamos arriba en la cocina y preparamos zumo de naranja y pastas sin poder cruzar palabra de la emoción. Entonces mi padre abrió con cuidado la puerta de la cocina y con un ademán nos indicó que fuéramos. Cogí las pastas, mi madre puso tres vasos de zumo en una bandeja y seguimos a mi padre por las escaleras del sótano. Con un gesto grandilocuente empujó la puerta invitándonos a entrar. Antes guardábamos allí mi trineo, dos pares de esquíes de fondo, sacos de manzanas y patatas, y en cajas de cartón todos los trastos que aún pudieran servir para algo. Ahora de pronto la estancia se había convertido en una especie de cuarto de baño.
«Y bien, ¿qué me decís?», dijo mi padre.
«Espectacular», dijo mi madre.
«Espectacular», dije yo.
«Todo azulejo», prosiguió mi padre. Apenas podía hablar de pura alegría. «Y acero inoxidable».
Sobre el lavatorio había estanterías para los desinfectantes, los guantes y los delantales de papel. En medio de la habitación había una camilla con ruedas.
«Ahora viene lo mejor», dijo. Se dirigió a la pared del fondo y abrió una puerta de acero. Mi madre y yo nos acercamos solemnes y nos asomamos al interior de la cámara refrigeradora.
«Caben dos dentro» —explicó dirigiéndose a mí— «uno encima del otro. Y si se trata sólo de uno se puede meter y sacar la camilla con suma facilidad». Nos hizo una demostración, empujó la camilla dentro de la cámara refrigeradora y volvió a sacarla. Luego cerró la puerta de acero y volvió a preguntarnos: «¿qué me decís?»
Mi madre le puso un vaso de zumo en la mano y yo dejé la caja de pastas sobre la camilla. Horrorizada, la levantó rápidamente.
«No te preocupes», dijo mi padre. «Puede desinfectarse». Hizo un gesto imitando a un spray con la mano que le quedaba libre.
Fue la primera y la última vez que alguien comió en el cuarto de higiene. A partir de entonces los alimentos quedaron terminantemente prohibidos en el sótano. Pero en esa única ocasión hicimos un picnic juntos allí abajo en amor y compañía hasta que sonó el timbre de la puerta. Mi madre cogió los vasos vacíos, yo me encargué de las pastas y marcando el paso de la oca subimos las escaleras del sótano. Mi padre fue a abrir la puerta mientras mi madre, que durante nuestra pequeña fiesta había perdido la noción del tiempo, ponía a todo correr el café. Para celebrar la nueva inversión mi padre había invitado a un par de amistades, dos funerarios de Eckernförde y nuestro médico de familia acompañado de su esposa. Mi madre puso el mantel a toda prisa al tiempo que los demás visitaban el sótano. A mí me mandaron arriba a ponerme el vestido bueno y los zapatos de charol, pues en cualquier momento llegaría la madre de Dörter para llevarme al cumpleaños.

 

Era reconfortante no ir sola a Grossulsby, pues Dörte sabía cómo había que comportarse en esas situaciones. Al llegar a casa de Swantje nos apeamos del coche y su madre continuó. Subimos los escalones de la entrada, llegamos hasta la puerta y cuando estuvimos listas para entregar los regalos Dörte pulsó el timbre. Durante un momento que se hizo eterno no pasó absolutamente nada. Volví a escuchar el sonido del timbre. Entonces la puerta se abrió de golpe y una señora gordísima me agarró y me metió para dentro.
«¡Swantje, más invitados!», bramó.
Como puede verse no era empresa fácil superar un cumpleaños. Desde el principio había que hablar hasta la exasperación, lo que me obligó a armarme de valor para afrontar las múltiples situaciones desconocidas que me aguardaban. Con todo, no dejé de tener presente por qué estaba allí. El objetivo era conocer gente, saber dónde viven, conocer sus hogares desde dentro, hacerme una idea de sus vidas. Tenía que jugar con ellos para desarrollar mi creatividad (y a ser posible no manchar demasiado el vestido de los cumpleaños). «Haz lo que hagan los demás, así no te pasará nada malo», me había aconsejado mi madre.
Casi todas las chicas de clase habían venido, pero ni un solo chico. Era agradable ver que también otras personas llevaban zapatos de charol. Primero hicimos un corro y Swantje nos enseñó los regalos —accesorios para su muñeca, Smarties, un álbum de poesías, cintas de música— hasta que llegaron todos los invitados. Luego, tal y como mi madre había predicho, nos dieron algo de comer. Nos sentamos en la mesa grande del comedor y nos dieron limonada, pastel y más Smarties. Swantje apagó las velas y pensó un deseo con los ojos bien cerrados. Observé lo que hacían las demás. Comían pastel con cucharilla, se limpiaban la boca con servilletas de papel (Gunnar lo habría encontrado todo tremendamente ridículo) y no paraban de reírse. Opté por reírme también, Quería irme a casa cuanto antes. En ese mismo momento mis padres estarían sentados a la mesa con sus amigos comiendo barquillos con mousse de ciruela y nata montada y hablando del negocio y de futuras inversiones. Podría estar sentada con ellos y escuchar lo que decían, y una vez me hubiera acabado el barquillo me iría a mi cuarto o quizá al nuevo cuarto de higiene a echarle un vistazo más detallado a la camilla de acero inoxidable y a aprender a moverla.
La madre de Swantje iba preguntándonos una a una si queríamos algo más, reponía el pastel y rellenaba los vasos con limonada. Al llegar a mí se detuvo y me preguntó acariciándome el pelo: «¿Está todo a tu gusto, Felizia?» Entonces dijo en voz alta para toda la mesa: «es la primera vez que Felizia asiste a un cumpleaños».
Las demás niñas levantaron la cabeza —noté cómo se me ponía la cara roja como un tomate— y una de ellas dijo: «Ya lo sabíamos, señora Kruse».
Tras el ágape vinieron los juegos. Eso también lo había predicho mi madre, pero no sabía a qué jugaríamos. «Deja que te sorprendan», me había dicho, cuando ser sorprendida era algo que me aterrorizaba. Me tranquilizó escuchar que se podían hacer sugerencias.
«¿A qué queréis jugar?», preguntó la oronda madre de Swantje. Todas las niñas se pusieron a gritar a la vez diciendo cosas que no alcancé a entender.
«Tranquilidad, niñas, haremos lo siguiente: que cada una diga en orden su juego preferido y luego vemos cuál ha obtenido más votos. ¿De acuerdo? Que empiece la homenajeada», dijo la madre de Swantje.
«Dar en el puchero», dijo Swantje.
«Las sillas», dijo su vecina.
«Fútbol», dije yo.
Entonces se produjo un silencio. Todas se me quedaron mirando y la madre de Swantje apartando la cara se echó a reír. El pastel que acababa de comer pareció cobrar vida dentro de mi estómago.
«Dar en el puchero», corregí rápidamente.
«El pañuelo», dijo mi vecina.

 

Más tarde la madre de Swantje nos llevó de vuelta a Kleinulsby a mí y a otras niñas. Ya había anochecido cuando llegué a casa exhausta. Mi madre me abrió la puerta y pasé al cuarto de estar con la bolsita de golosinas que todas las invitadas obtuvimos como premio por acertar a darle al puchero. Mi padre estaba cómodamente sentado en el sofá leyendo el periódico. En la mesa aún estaban la cafetera, una bandeja con pastas, un cenicero repleto, unos cuantos vasitos y dos licores distintos.
Mi padre dejó caer el periódico y me preguntó sonriente: «Y bien, pequeña Felix, ¿has salido airosa?»
Ni siquiera pude contestar. Los zapatos de charol habían podido conmigo.

 

A partir de entonces hasta que terminé primaria no hubo un cumpleaños en Kleinulsby y alrededores al que no fuera invitada. Al principio tenía que ser mi madre quien llamara —por petición expresa mía—, pero pasado un tiempo recibí invitaciones de verdad, entregadas en mano o dejadas en el buzón. No quería volver a fracasar de esa manera. Iba a ser la mejor funeraria de todo Kleinulsby, y si para ello tenía que moverme como pez en el agua en los cumpleaños entrenaría hasta ser una experta.
Con el tiempo aprendí todo lo necesario. Aprendí a cómo llegar tarde en el preciso momento y llegué a conocerme el inalterable itinerario de formar un corro, ver los regalos, tomar algo y luego jugar (era como una visita al zoológico). A base de entrenamiento llegué a dominar el arte de comer pastel reseco con un tenedorcito y tampoco tardé demasiado en aprender todos esos juegos con todas sus reglas y a cómo no perder nunca. No era una invitada que llamara la atención especialmente. Iba siempre con el vestido de franela azul claro, al que mi madre iba bajando progresivamente el dobladillo, me comportaba de un modo sosegado, apropiado, discreto, y poco a poco me iba infiltrando en el subconsciente de los presentes. No me invitaban porque mi presencia fuera a hacer más interesante la velada, pero hacía bulto, y hasta para eso hay que tener talento. Sabía que si mi padre pudiera verme se sentiría orgulloso.

***


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