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La piel de Inesa

RONALDO MENÉNDEZ

192 págs.

ISBN 84-89618-38-0

2100 pts. 12,62 Eur.

La piel de Inesa (00040)


      
1


      Bájate el short, le dijo. Él sintió una rara comezón que no era nueva, pero sí más intensa. La voz de la niña insistía como un eco: Bájate el short, que te voy a inyectar. Y así lo hizo, liberando su sexo que de pronto había espigado dentro de su insuperable pequeñez. Nunca se había mostrado así ante una hembra y jamás pensó que llegaría a hacerlo, pero ahora que su short se deslizaba con ese sonido ligero hasta las rodillas, reconocía el placer en forma de saliva espesa a través de la garganta. Vírate boca abajo para inyectarte. Y también obedeció. La niña enfermera palpó su carne con los dedos ensalivados remedando la aplicación del alcohol, dejó un pellizco a manera de pinchazo, y luego empezó a sobar aclarando que aquello era necesario para que no se le entumeciera la pierna. El niño no estaba herido, no sentía los dolores, toda noción temporal se había disuelto en una extraña contemplación, boca abajo, dejaba que sus párpados le regalaran de forma intermitente el rostro dedicado de la niña enfermera, que a su vez observaba la nalga y derivaba una alegre comunicación de ojo a ojo, de mirada a mirada, con la complicidad de un secreto que empezaba a compartirse. Ahora te voy a inyectar la otra nalga, le dijo. Esta vez el niño habló indicándole que lo hiciera despacio para que no le doliera. Volvió a repetirse la aplicación con los dedos ensalivados, el pellizco casi imperceptible y el delicado masaje mientras los ojos conversaban su callada confabulación. El niño no lograba entender porqué lo mismo, repetido una y otra ves, dejaba de ser lo mismo en su gozosa intensidad. Pero cuando la comezón se le anudaba en la garganta con una fuerza irrespirable, la enfermera dejó de hacer su oficio, diciéndole: ¿Quieres verme tú a mí? Y mientras el niño se volteaba adelantando su sexo, ella bajaba el calzón con ese sonido inconfundiblemente ligero y levantaba la falda mostrando el rostro de un cuerpo sin sexo. A veces él había imaginado cómo sería, pero aquella parte blanca abierta por un tajo en mitades gemelas lo dejaba profundamente decepcionado, con miedo de que algo le saltara encima o tuviera que tocarla.
      Así estuvieron un rato más, hembra y macho asomándose en sus rostros por primera vez, las manos aún sin superar esa frontera de deseo y miedo que es palpar el sexo de otro cuerpo, hasta que ella le dijo: Mejor nos vestimos para que los demás no sepan nada.
      La frase última le dejó una inefable alegría; era el umbral de un pacto consumado. Aquel diálogo elemental expresaba una sabiduría sin contaminarse de razones, exacto en sus formas y momentos como una escalera en medio de la oscuridad. Una escalera en espiral que va abriendo ante el paseante distraído sus escalones en el instante ciego de cada pisada.
      
2


      La confabulación entrambos volvería a repetirse.
      Al día siguiente, cuando la pandilla se iba retirando, el niño observó que ella se demoraba plegándose al crepúsculo con una languidez injustificada, pues para quedarse más tiempo pretextaba cualquier nadería y dejaba que los otros se fueran por delante. Ambos fueron decantándose, y con las seis de la tarde se alargaron sus sombras bajo la intensidad del sol que traspasaba la amplia nave.
      El ritual se repitió al principio dentro de las mismas fórmulas. Voz rotunda que ordenaba: Bájate el short para curarte. Y él exhibiendo su desnudez primero boca abajo, con ella a horcajadas sobre sus pantorrillas sobándole la carne diminuta. Ahora tengo que hacerte un examen por delante. El niño comenzó a intuir que detrás de cada imperativo había un hálito de súplica, de ansiedad contenida y de insuperable cercanía. Obedeció, y todas sus células parecieron implotar cuando la enfermera envolvió en su mano tierna su espiga diminuta. Déjame olerlo a ver si tiene peste. Más se ocupaba él en dejarse llevar que en entenderla, de modo que ni siquiera supo qué responder ante aquel pedido y ya ella acercaba su rostro haciendo una campana con las palmas de las manos. Sintió la lasitud de aquella cabellera desgreñada envolviendo su pelvis, y por un instante perdió el rostro de ella que luego salió como un sol de risa que no era burla, sino algo tibio y agradecido. ¿Ustedes orinan por ese huequito? Y cuando él respondió que sí, ella volvió a preguntarle: ¿Y entonces, por qué no tiene peste?
      Poco a poco, el niño fue aprendiendo que en aquel juego casi nada tenía respuesta. Las palabras eran el preludio de gestos que se esbozaban por primera vez en la vida de ambos, de modo que eran gestos desconocidos. Era como si con cada palabra pretendieran aligerar al gesto de todo su peso muerto, de su cruda evidencia, dejándolo para ser gozado con la ingravidez de la inocencia. ¿Quieres reconocerme tú a mí? Le dijo ella, y acto seguido dejó rodar su falda y luego su calzón con ese sonido ligero. Él volvió a contemplar aquella zona rosablanca, esta vez sin sorpresa y con curiosidad. Por aquí orinamos nosotras, toca, toca para que veas. Dejó que su mano volara sin temor y fue guiada por la de ella, así aprendió a reconocer la fragilidad de la otra carne y la extrañeza de los sitios recónditos.
      Más que un hábito, se volvió un vicio de la carne. Los dos esperaban que la pandilla se fuera retirando, o ellos mismos fingían retirarse y después daban la vuelta. Comenzaban el juego repitiendo la fórmula convenida como si fuera el santo y seña para atravesar el umbral de un sereno territorio que debía ser explorado. Así se dejaban sorprender por la conversión de tarde a crepúsculo, que en las bahías del trópico dura un solo instante en que se alargan las sombras hasta lo indefinido, aceptando la cualidad de lo amarillo sideral, y las sombras de los cuerpos que se palpan se van volviendo un solo espectro tibio, sudoroso, casi fuego, hasta quedar disueltos por esa otra sombra inaccesible que es la noche.
      Entonces no supo que era amor, pero el amor estaba allí acechándolo en forma de carne prematura, como un juego ingrávido que se desarrollaba a medida que los cuerpos se iban reconociendo, y si algo se intuía claramente era el deseo recíproco en forma de confabulación. El secreto se parecía al amor, pues nunca antes el niño había sentido ante una hembra, ni ante otro ser, tanta gratitud y confianza. De modo que el Tiempo se volvió su enemigo. Las noches en su cama solitaria, a solas con sus pesadillas, se fueron extendiendo como la arena innumerable. A veces la imaginaba a ella en la almohada y a través de un diálogo mudo establecía un puente de placer. Luego llegaba la mañana, y apenas la madre regresaba con la ración de pan tibio ya él se estaba perdiendo entre alambradas y basurales para alcanzar la nave.
      Allí estaban todos esperando órdenes que derivaban en acciones que eran muros entre ambos. Cada accidente del día era como una trama de cajas chinas por donde se avanzaba, demorando la llegada de la tarde con una lentitud de gota en gota. Así el Tiempo se fue convirtiendo en una absurda confabulación contra el corto tiempo de ellos, en un espacio vasto e inexistente que debía ser recorrido como si alguien los obligara a alimentarse de bocanadas de aire. Al final quedaban solos, y esa soledad rendida de placer era el premio de cada día.
      A veces el juego tomaba forma de retozo, de sofocante forcejeo que se resolvía en el roce de los cuerpos vestidos, luego, jadeantes como pequeños animales, se echaban en el suelo a contemplar el techo de la nave, y las respiraciones apuradas iban derivando en la exploración de la carne. Las manos guiaban a las manos y el diálogo era cada vez más espaciado, aunque nunca desaparecía del todo, pues si bien el oficio de las manos era el puerto seguro del placer, las preguntas sin respuestas y los suplicantes imperativos servían para descorrer las cortinas de lo novedoso, pero sobre todo los mantenía a ambos en la ingravidez de la inocencia y del secreto, pues decían hacer no lo que realmente hacían, sino eso otro que era el juego del enfermo y la enfermera donde todo era permitido: hurgar en los lugares más recónditos, mirar bien de cerca, sobar, como si la aplicación suave de los dedos sobre la carne fuera un acto indiferente.
      Mucho tiempo transcurrió antes de que ella comenzara a distanciarse. Todo empezó una tarde cuando él quedó solo postergando su sombra hasta que los sorprendió la noche. Al retirarse la pandilla, él pensó que ella regresaría, que se trataba sólo de una jugarreta para despejar suspicacias que ya empezaban a esbozarse. Pero su sombra lenta fue alargándose cada vez más sin que llegara la otra sombra a completarla. Al golpe del crepúsculo se supo en la trampa de su soledad, echado sobre un cerro de sacos en una nave inmensa, rodeado de ese vacío que se le iba metiendo dentro del cuerpo e iba trocando los pensamientos en oscuras percepciones: el sol descompuesto deslizándose a través de las paredes de hojalata, algún charco como una isla de agua, una mancha de mosquitos que empezaban a zumbar silenciosamente. No lograba pensar en nada porque su pensamiento era un angustioso hueco. Estaba atravesando por ese trance de envejecimiento a tropezones en que la certeza de haber perdido algo se va apoderando del espíritu hasta desgastarlo.
      Se levantó, como queriendo salir de sí mismo, y sus pasos lo guiaron fuera de la nave con todo el vacío de su angustia. Dio una vuelta desordenada por los alrededores y fue derivando sus pasos tras el sol que ya se perdía en un horizonte de agua. Junto al muro del malecón, las piernas le ordenaron detenerse y estuvo largo rato mirando al mar que se oscurecía y comenzaba a rizarse levemente bajo el viento del poniente. Luego la inminencia gris lo inundó de tal modo que ni siquiera reparaba en esa otra oscuridad severa que impone un mar sin luna llena. Salió del trance caminando como por instinto, y creyendo no darse cuenta torció por opacos callejones hasta detenerse frente a la casa de ella.
      Era una antigua construcción, rodeada por un grueso muro de adobe que había ido cediendo en forma de grietas y vanos bajo la acción depredadora de los vientos marinos. El muro apenas mantenía su función delimitadora del espacio, y adentro se desarrollaba un jardín monótono, saturado de esa especie silvestre llamada Escobamarga, del implacable Guizáso de caballo, y otras plantas hostiles como la Hierba de Guinea que no podía ser tocada sin que el dedo corriera peligro de escozor o tajo diminuto. El hierbazal estaba florecido de campanillas violetas, dividido al medio por un trillo de piedras planas, escogidas y dispuestas como las piezas de un rompecabezas. La fachada de la casa, más que modesta, ostentaba esa insolente austeridad que corresponde a los sitios deshabitados, pero que en otro tiempo impuso su presencia bajo la sobria autoridad de los capiteles dóricos.
      Una luz interior insinuaba movimiento, y el niño decidió infiltrarse por uno de los flancos ruinosos del muro apartándose del camino de piedras por miedo a ser descubierto, pisando ese otro territorio invisible donde el Guizáso mordía las pantorrillas y colgaba del short como erizos diminutos. Se escurrió hasta la primera ventana y su rostro dio un salto de susto ante el rostro de un hombre que del otro lado, justo en ese instante, venía a pegarse al vidrio incoloro exhalando una poderosa bocanada de humo. El hombre, lejos de reparar en su presencia, mascaba insensible su puro maltrecho y se complacía en observar cómo la humareda rebotaba formando una espesa pared contra el cristal invisible. El niño se creyó observado desde todas partes y hasta el ladrido remoto de los perros le parecía una inminente catástrofe. Siguió por un costado y dentro del silencio macizo alcanzó a distinguir un murmullo que se iba abriendo paso, luego lo envolvió el reconocimiento de un timbre de voz, y finalmente lo fue imantando hasta llevarlo a agazaparse bajo una alta ventana que parecía una caja de fósforos.
      Al principio, su razón se negaba a aceptarlo: era la voz de ella cortada alternativamente por el brevísimo ruido del agua que cae. El oído atento fue dictando a la mente la imagen de ella desnuda, arqueando el abdomen sobre un balde de agua, la espalda como una espiga de trigo bajo el viento, y luego dejando que el líquido bajara por su piel blanca hasta perderse en el desnivel del suelo que conduce al orificio de desagüe. Lo imposible era aceptar que la voz salida de aquel cuerpo modulara una canción. Sin su angustia, el hallazgo de la voz de ella hubiera sido un premio, pero no era posible explicarse esa alegría a sus espaldas, o peor aún, sintió que ella cantaba contra él.
      Aún pudo distinguir la letra:
      

Caminando por las calles del pueblecito natal con su ritmo espiritual ella va regando flores.


      Siguió imaginando ese cuerpo que nunca había visto en su total desnudez, pues el juego imponía la exploración puntual de los sitios de placer. Ahora se arrepentía de no haberle exigido una exhibición distante, donde pudiera retener la forma total envuelta en esa piel tan insoportablemente blanca. Y ni siquiera llegaba a la ventana.
      

Con las faldas remangá
      sonando sus chacleticas
      los hombres le van detrás
      a la linda mulatica.


      La angustia se había trocado en un dolor definitivo, físico, pues la canción entraba a sus oídos como aceite caliente llenado la cabeza. De frente al muro, decidió irse sin esquivar ese sector donde la hierba y el Guizáso de caballo alcanzaban una estatura intransitable; ni siquiera sintió que laceraban sus piernas descubiertas. Sólo existían él y su rabia. Una vez que hubo saltado el muro y desvariado más de tres cuadras, se sorprendió repitiendo lacrimosamente el estribillo que completaba la letra:
      

Que caminando va
      que guarachando va
      que caminando va
      que guarachando va.


      Cuando llegó a la casa su madre era una bola de llanto. Le fue encima gritando: ¡Dónde estabas, muchacho! Y mientras lo zarandeaba por los hombros, le iba pegando en el rostro besos que parecían sapos saltando de un lago de desesperación que había ido creciendo hasta desbordarse. Había otros vecinos que coronaban la escena como una claque bien pagada, e infiltraban comentarios tales como: Menos mal, casi la matas del susto; y otros gratuitamente atrevidos aseguraban que lo que necesitaba el pendenciero era la mano firme de un padre. El difunto Francisco Miranda hubiera puesto a este niño en su lugar hacía rato.
      La madre, ya más tranquila y al escuchar la afilada observación, volvió el rostro enmascarado en una extraña severidad: Comadre, por favor, no metas a su padre en esto, yo hago lo que puedo.
      Ante aquella serena salida y en vistas de que el suceso del niño perdido prometía no exhibir más aristas de pasión de las que ya había dado, los curiosos se fueron despidiendo como quienes dejan el pésame no por compromiso, sino con esa promiscuidad de sentimientos que se respira en los vecindarios ancestrales.
      La madre lo miró con el rostro marcado por el llanto, entonces la calma le dejó ver aquellas pantorrillas arañadas, el short largo envuelto en Guizásos y los ojos indiferentes, casi perdidos, con que él se miraba los zapatos descosidos o miraba las paredes de madera. Dónde te metiste, muchacho, dónde te metiste. Más que una pregunta era un lamento resignado, luego calentó agua y con unos trapos exageradamente blancos le fue lavando las heridas que terminaron siendo casi imperceptibles. Lo llevó a su cama, y aunque él no pudo dormir entre su otro dolor y su rabia contenida, ella le impuso las manos en las piernas laceradas, y cuando la longitud de la noche cedió ante el sol mañanero ya las heridas habían desaparecido sin derivar en cicatrices.
      El niño se dirigió a la nave por el lado de los pescadores. A esa hora muchos regresaban de la garganta de la bahía en sus botes, y otros iban recogiendo los avíos con la ceremoniosa calma del que ha cumplido una dilatada faena. Ostentaban las ensartas como blasones sonrosados y no faltaba quien exhibía el Pargo o el Sábalo de mayor calibre. Para el niño, que en otra ocasión se hubiera involucrado con los pescadores a dialogar en ese tono ligero y parco con que se dicen las cosas cotidianas, aquello ofrecía el rostro insoportable de la indiferencia.
      En la nave repartió las órdenes como quien oficia una liturgia encallecida, pues ella no había aparecido. De modo que a toda la pandilla se le contagió el sinsabor del líder y se retiraron a apedrear con ostensible desgano los alrededores. Él quedó solo rumiando aquel derrumbe, y mientras más vueltas le daba al asunto menos lograba comprenderlo Toda razón se dispersaba en intuiciones de algo sin remedio y sin sentido, que era lo peor. Repasó los retozos de la última confabulación, sus ojos de siempre, color ámbar, reidores aún cuando la boca permanecía indiferente, su pelo en desgreñada lasitud cayendo sobre los hombros. Lo peor, y que se mezclaba a sus intuiciones como una ruidosa evidencia, era aquella voz que a sus espaldas cantaba una alegría incomprensible.
      Poco a poco, algo le fue quedando claro: tenía que despejar la incertidumbre. De repente tuvo la certeza de que con la punta de la madeja podría aliviar su angustia, pues pensó que su dolor se debía no tanto a una pérdida como a la falta de razones. En este punto el dolor volvió a trocarse en rabia.
      Deshizo el camino del día anterior hasta llegar casi en un ahogo a la casona. La primera impresión fue la de un silencio que se parecía a esos muros. Fue de frente a la puerta con dos toques resueltos, pero del otro lado se abismaba el mismo silencio. Si algo no había previsto era aquella doble ausencia, como si el universo se conjugara con sus azares y fatalidades para echar leña al fuego de su angustia. No queriendo aceptarlo, lo intentó otra vez con toques profundos. Luego, como un perro que persiste en husmear en el sitio donde aun queda el olor de lo que fue una presa, comenzó a rodear la casona sufriendo la respuesta en los postigos corridos de cada ventanal. La rabia se regó por todo su cuerpo y fue a anudarse a la garganta en forma de llanto que revienta.
      Se creyó un ser desdichado como esas mujeres que en las películas eran abandonadas sin remedio. Aquello era un castigo, se decía a sí mismo, nunca más volvería a sonreír, andaría por el barrio con la cabeza gacha para que todos vieran que él sabía de amores, y que le había tocado perder. Jugó a imaginarse suicida, arrojándose del campanario de la iglesia el día en que ella fuera a misa (¿ella iba a misa?) suspendiéndose en el vacío como refrenado por el viento del mar, muy lentamente para que todos, y especialmente ella, pudieran contemplarlo entrando en la muerte, volviéndose un escupitajo de sangre sobre la piedra de la escalera. Lo peor era que dentro de sus elucubraciones se colaba, muy en contra de su voluntad, aquel estribillo que completaba la letra de la pegajosa canción:
      

Que caminando va
      que guarachando va
      que caminando va
      que guarachando va.


      Pasó el día apostado frente a la casona. Luego decidió regresar a su casa bordeando el malecón, y allá por el embarcadero, donde atraca la lancha que cruza la bahía llevando y trayendo gente, se consumó el milagro.
      Era ella, que regresaba del otro lado enlazada al brazo de una mujer joven que tal vez era su madre. El niño la vio primero esbozarse entre la multitud atropellada que cruzaba el muelle, y aunque sus ojos nunca dudaron, su razón se negaba a creer en tan limpia coincidencia. Luego el cuerpo delgado y esbelto para sus doce años se dibujó en toda su magnífica evidencia; entre el viento que la refrenaba por delante y el sol oblicuo parecía una niña de agua, un ser con aspecto demasiado irreal para no ser cierto. Aun en medio del tumulto, la visión del niño guardaba el ritmo propio de lo inusitado, de tal manera que aquella diminuta imagen bajo su desgreñada lasitud parecía mecerse como un elemento intemporal, recortada sobre una insignificante multitud que daba la impresión de estar allí sólo para justificarla. Él no supo si ocultarse o salirle al paso, y en esa fracción de tiempo en que la duda lo paralizó, los ojos de ella se le cruzaron como dos navajas, innegables, sorprendentes, pintados con el color de lo instantáneo, dadores de lo que tomaban en un círculo de extrañamiento, y él prefirió beber de sus ojos la reminiscencia de la confabulación, o al menos el boceto de un acuerdo tácito. Luego creyó perderla entre la multitud que de pronto parecía confabularse para impedir la sosegada definición de un segundo golpe de vista, pero en un rapto de desesperada claridad echó a correr pegado al muro, rodeando por detrás el embarcadero y tomando un atajo que lo llevó a la ineludible calle que conducía a la casona. Al salir de pronto, con todo el desenfreno de sus doce años, envuelto en una ansiedad que antes no había conocido, su cuerpo fue a perderse casi encima de ellas, rostro con rostro, caras encaradas, manos que esquivan la torpeza. ¡Muchacho loco! Lo zarandeó la mujer que a pesar de ser tan joven debía ser la madre, y le clavó un par de ojos ámbar desnaturalizados por la ira, pero enseguida los ganó un temblor, como un brillo de incertidumbre, como si recordaran algo. Una inefable relación de ideas encontradas pareció apoderarse del ámbar de aquellos ojos. La niña dejó escapar una carcajada nerviosa que terminó rematándolo de vergüenza.
      Tuvo que recostarse aturdido a un muro y buscar desde muy adentro de sus pulmones el oxígeno que lo sostuviera entre su ansiedad y su vergüenza, luego echó a andar como un zombie hacia lo irremediable, o como un insecto de luz hacia la luz.
      Trataba de explicarse la naturaleza exacta de aquella carcajada nerviosa con que ella había castigado su mal paso. ¿Significaba acaso un signo gratuito de reconciliación o era la expresión malévola, simple y llana de la burla? Al vidrioso sabor de la vergüenza y la duda ante la burla, venía a sobreponerse otra enorme duda de peor naturaleza: ella cruzando en el lanchón al otro lado ofrecía un sentido demasiado oscuro para ser previsto, para ser siquiera soportado dentro de un ámbito libre de angustia. Siempre se había sentido superado por aquel inconcebible universo del otro lado, y ahora, bajo el golpe espumoso de los días, en un abrir y cerrar de puertas y de ojos, ella accedía al misterio, se tragaba la incertidumbre de ese otro universo, despejaba la incógnita y regresaba con la tranquilidad del infinito pintada en el rostro. Significaba entonces que ella, tan de él bajo la nave solitaria hasta hacía unos días, trascendía la maldita circunstancia del barrio y se volvía ajena: cruzar la bahía era la premonición de una infidelidad definitiva.
      Cuando se perdieron tras la puerta maciza de la casona, él volvió a odiarla con una rabia enorme, de tamaño de niño. Entonces se juró, sin detenerse a precisar el porqué, que nunca cruzaría la bahía. También intuyó que el juramento solitario que se pronuncia bajo el cielo suele llevar el signo de lo irreversible.

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