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Pudor y dignidad

DAG SOLSTAD

Traducción:Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

144 págs.

ISBN978-84-8381-013-2

16,65 €

Pudor y dignidad (OL40)


(fragmento)

 

En el fondo era un profesor de instituto cincuentón, algo alcoholizado, con una mujer que había ensanchado un poco demasiado, y con la que desayunaba todas las mañanas. Así hacía también esa mañana otoñal, un lunes del mes de octubre, con un ligero dolor de cabeza, ignorando aún que ese día sería el más decisivo de su vida. Como todos los días, se había preocupado por ponerse una camisa impecable, algo que aligeraba su sensación de malestar por tener que vivir en esa época y en esas condiciones, y de la que no podía librarse. Acabó de desayunar en silencio y miró por la ventana a la calle Jacob Aall, como había hecho innumerables veces en el transcurso de los últimos años. Se encontraba en Oslo, capital de Noruega, donde vivía y trabajaba. Era un día gris y pesado, el cielo estaba plomizo y velos negros de nubes pasaban presurosos por él. No me extrañaría que lloviera, se dijo a sí mismo, y fue a por su paraguas plegable. Lo metió en la cartera, junto con unas pastillas contra el dolor de cabeza, y algunos libros. Se despidió de su mujer con una sorprendente cordialidad y en un tono de voz que parecía auténtico y que contrastaba fuertemente con las caras de ambos, la irritable de él y la bastante demacrada de ella. Pero así era todas las mañanas cuando él, haciendo un gran esfuerzo, se preparaba para ese cordial «que tengas un buen día», como un gesto hacia la mujer con la que llevaba años viviendo, y con la que, por consiguiente, debería sentirse estrechamente solidario, y aunque ahora sólo fuese capaz de sentir vestigios de esa solidaridad, cada mañana le resultaba indispensable expresar mediante un alegre y agradable «que tengas un buen día», aunque en el fondo de su alma pensaba que nada había cambiado entre ellos, y si bien los dos sabían que eso no se correspondía de ninguna manera con la realidad, él se sentía obligado, por decencia para consigo mismo, a elevarse a un nivel en el que tal gesto fuera posible, en parte porque así recibía a cambio un adiós en ese mismo tono natural y auténtico, que tenía un efecto tranquilizador sobre su desasosiego, y sin el que no podía vivir. Fue andando al instituto, el Instituto de Enseñanza Media de Fagerborg, que se encontraba a sólo unos siete u ocho minutos a pie desde su casa. La cabeza le pesaba y se sentía irritable, después de haber bebido cerveza y aquavit la noche anterior, un poco demasiado aquavit, la cantidad justa de cerveza, pensó. Un poco demasiado de ese aquavit que ahora le pesaba en la frente como una cadena. Cuando llegó al instituto, se fue derecho a la sala de profesores, dejó la cartera, sacó los libros, se tomó una pastilla contra el dolor de cabeza, saludó de un modo breve, pero natural, a sus colegas, que ya llevaban una hora enseñando, y se dispuso a dar su clase.
Entró, cerró la puerta y se sentó tras la mesa del profesor, en la tarima, junto a la pizarra que cubría la mayor parte de una de las dos paredes largas. Pizarra y tiza. Borrador. Veinticinco años al servicio de la educación de los jóvenes. En el momento en que entró en la clase, los alumnos se apresuraron a sentarse en sus pupitres. Tenía delante a veintinueve jóvenes en torno a dieciocho años que lo miraron y le devolvieron el saludo. Se quitaron los auriculares y se los metieron en el bolsillo. Les pidió que sacaran su versión escolar de El pato salvaje. Una vez más se percató de la actitud hostil que mostraban hacia él, pero no había nada que hacer, tenía una tarea encomendada y la llevaría a cabo. Percibía esa densa animosidad de ellos como grupo, como emanante de sus cuerpos. De uno en uno eran a menudo muy agradables, pero juntos, colocados como ahora, en sus pupitres, constituían una enemistad estructural dirigida contra él y contra todo lo que él representaba, aunque hacían lo que les mandaba. Sacaron su versión escolar de El pato salvaje sin rechistar y la pusieron sobre el pupitre. Él tenía delante un ejemplar idéntico. El pato salvaje de Henrik Ibsen. Esa extraña obra de teatro que Henrik Ibsen escribió a los 56 años, en 1884. Llevaban ya más de un mes con ella, y sólo habían llegado a la mitad del cuarto acto. No estaba mal, pensó. Una somnolienta mañana de lunes. Clase de literatura, incluso clase de dos horas, en el Instituto de Enseñanza Media de Fagerborg, con uno de los grupos del último curso y ese día gris y pesado al otro lado de las ventanas. Estaba sentado detrás de su cátedra, como a él le gustaba llamarla. Los alumnos con la nariz y los ojos dirigidos hacia los libros. Algunos estaban más tumbados que sentados, lo cual le irritaba, pero no le preocupaba. Él hablaba y aleccionaba. En medio del cuarto acto. Donde aparece la señora Sørby en casa de los Ekdal proclamando que va a casarse con el director Werle, y donde está presente el inquilino de los Ekdal, el doctor Relling, y leyó (él mismo, no se lo pidió a ningún alumno; aunque lo hacía a veces por quedar bien, prefería hacerlo él mismo): «Relling (con un leve temblor en la voz): ¿Eso no será en serio, eh?». Conforme leía, iba sintiendo una emoción insoportable, porque de repente tuvo la sensación de estar a punto de descubrir algo en lo que nunca había reparado al intentar entender El pato salvaje.

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