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El
Soviet de los Vagos | EDUARDO GALLARZA |
480 págs. | ISBN
84-89618-40-2 | 2950 pts. 17,72 Eur. |
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Las administraciones públicas suelen
asemejarse a cumbres montañosas emergiendo nítidas entre las nubes.
Las regiones cimeras, alumbradas por el puro y frío sol de la gloria y
los altos destinos, se asientan sobre otras, mal definidas y brumosas: sobre una
población de esforzados chupatintas, una maraña de servicios y negociados
en la que es fácil perderse. Hablamos
de una época remota; hoy día las cosas son sin duda diferentes.
Hablamos de los últimos años de la Tercera República francesa
y de las armoniosas formas neoclásicas de un ministerio cualquiera en el
séptimo distrito de París, la ciudad que cantaron los poetas. En
una oscura sala de altas y estrechas ventanas, seis mesas de madera negra se reparten
rigurosamente el espacio dejado libre por armarios y archivadores. Cada mañana,
frente a las seis mesas se sientan seis caballeros vestidos de negro: Souvestre,
Bonnet, Blanchard, Langlois, Martin y Boillot. Un turista chino que por allí
apareciera podría tomarlos por los oficiantes de algún rito, solemne
y sombrío. El día entero transcurre en un suave rechinar de plumas
y de papel. Las bruscas apariciones y la voz grave del jefe de negociado se integran
en el ritual como las intervenciones de un oficiante de casta superior. De
los seis escribientes, Boillot es el más joven, el más aficionado
a dejar vagar la mirada por las ventanas del ministerio. A él le va a ser
deparado el honor de una aventura disparatada y atroz, una brecha en los endebles
muros que separan las vidas ordenadas y felices del caos general del mundo. A
las diez de la mañana de un lunes de octubre, un ordenanza depositó
un sobre lacrado sobre la mesa de Boillot. Era un gesto único en los tres
años que Boillot llevaba ocupando esa mesa. El sobre contenía un
folio del papel espeso y suave reservado al correo de los jefes. Boillot conocía
ese tipo de misivas, por las que se requerían los servicios de algún
miembro del negociado en otro punto de la galaxia administrativa. Lo raro era
que la orden le hubiera llegado directamente, sin franquear las etapas marcadas
por la jerarquía. Era por otra parte la primera vez que sus servicios se
juzgaban necesarios, y no los de un funcionario de mayor antigüedad. Ponderaba
esas dos anomalías, asegurándose de que el sobre iba efectivamente
dirigido a Boillot, Jules-Paul-André, cuando Sauvageon, el jefe de negociado,
lo llamó desde la puerta. Una vez en su despacho le preguntó con
su habitual brusquedad: ¿Ha
sido usted objeto de un requerimiento de servicios? Me
lo acaban de entregar, señor. Es
un hecho extraordinariamente irregular. Me han avisado por teléfono hace
cinco minutos. A
mí también me ha sorprendido. Usted
no está aquí para sorprenderse. No hay nada de qué sorprenderse,
recibimos requerimientos de esa clase a diario. Pero los cauces jerárquicos
que marca el reglamento deben respetarse. Para mí es una cuestión
de principios. Déjeme ver ese papel. El
tacto mismo del folio, indicio de las altas esferas de donde procedía,
aplacó la ira de Sauvageon. Lo devolvió después de leerlo,
mascullando: De
todas formas es un atropello miró
a Boillot como culpándolo :
No se quede ahí parado. ¡Vamos, que lo están esperando! De todas
formas, no debe ser un asunto de importancia, si le llaman a usted y no a un oficial
de más experiencia. Boillot estaba
acostumbrado a la descortesía de su jefe, y el reglamento le era indiferente.
Con el lujoso papel en la mano, cruzó
dos patios, subió tres escaleras y bajó otras tantas, se perdió
en una parte del ministerio que no había pisado nunca alfombras
espesas y maderas nobles ,
hasta casi por casualidad llegar a su destino. Un ujier atlético le quitó
la convocatoria de las manos y sin decir palabra lo dejó esperando de pie
en una antecámara. Un cuarto de hora después cruzaba el ancho umbral
de un despacho que le pareció inmenso, severo y hermoso. Las pesadas cortinas
estaban a medio correr, dejando el aposento en penumbras, salvo una mesa de despacho
cubierta de papeles y coronada por un macizo adorno de bronce que representaba
un ciervo atacado por una jauría. El bronce brillaba suavemente, acorde
con el silencio y el lujo austero del lugar. Detrás del ciervo una silueta
a contraluz lo invitó imperativamente a sentarse. Durante los primeros
minutos y las primeras palabras, Boillot tuvo ante él a un hombre sin rostro:
una voz culta y un poco monótona, la voz de quien nunca ha sufrido contradicciones
ni ha dudado de sí mismo. Tengo
su expediente sobre la mesa, señor Boillot, y créame, no lo he elegido
al azar. Usted no me conoce. Yo en cambio conozco a todos los que trabajan en
este edificio y de todos es usted, Boillot, el que necesito. Voy a proponerle
una misión importante, importante y confidencial. Hace quince años,
en las trincheras de Verdún, un oficial tenía que saber elegir de
entre sus hombres aquellos capaces no sólo de dar la vida, sino de darla
de la forma más útil, pero también la más dura: solos,
entre huestes enemigas, sabiendo que de sus gestos dependía la suerte de
una división, de una batalla, de la guerra entera. Entonces me eligieron
a mí, como yo lo elijo a usted ahora. Yo era voluntario, Boillot, y entiendo
que usted también lo es, libre de aceptar o rechazar (y en este segundo
caso, lo único que le pido es que olvide esta conversación). Le
confieso que me planteará serios problemas, pero prefiero pensar, sé
que puedo pensar que usted aceptará. Era
un bonito discurso, y Boillot se sentía aturdido. Pero era uno de esos
momentos en la vida en que, si no se tenía firmeza, al menos había
que aparentar tenerla. Boillot logró enfriar su voz y mecánicamente
pronunció la frase con la que solía pedir instrucciones a su jefe:
Usted
dirá, señor. La silueta
se enderezó en su butaca (Boillot vio brillar unas gafas doradas) y la
voz fue menos monótona: El
puesto que usted ocupa, por modesto que sea, requiere dedicación y una
absoluta discreción. Le repito, Boillot, que lo conozco a usted y sé
que es digno de la confianza que se le ha otorgado. Por sus manos pasan los informes
más confidenciales, los asuntos más delicados: está usted
por consiguiente al tanto de las tensiones que sacuden al país y de la
cada día más difícil posición de nuestro gobierno.
No voy a hacer ahora un curso sobre política, porque ni usted ni yo somos
políticos. Tampoco somos militares, en el sentido en el que no llevamos
uniforme, pero nuestro trabajo, nuestra función, me atrevo a decir nuestro
ideal, es también el servicio a la nación, un ideal difícil
de dedicación al bien común, de disponibilidad absoluta, en estos
tiempos inciertos... Boillot dejó
de entender el alud verbal que escuchaba. Una parte de su espíritu intentaba
arduamente recuperar el hilo del discurso, pero la otra ya había renunciado
y se limitaba a guardar la compostura. Ciertas frases más concisas le llegaban
como luces en la bruma, ciertas expresiones le abrían extrañas perspectivas:
«guerra sin frente ni cañones», «ejército de sombras»,
«parálisis del Parlamento». Lo más sorprendente era
enterarse de que incluso bajo las sólidas bóvedas del ministerio,
el enemigo tenía ojos y oídos y de que el silencio era hoy día
mejor arma que un 75 sin retroceso. Todo
ello concluía en alabanza del «puñado de hombres fieles a
la República» en el que Boillot y su interlocutor se integraban.
Por encima de la mesa, un sobre idéntico al de la convocatoria pasó
de unas manos a otras. Ésta
es su orden de misión. Prepárese para hacer un viaje de unos dos
o tres días. Vuelva ahora usted a su puesto. Acabe su jornada normalmente.
No abra el sobre hasta abandonar el ministerio y siga las instrucciones sin desviarse
un ápice de ellas. No tengo que recomendarle que no mencione usted su misión
a sus colegas. Sus superiores serán avisados. Por motivos de seguridad,
no volveremos a entrevistarnos hasta su regreso a París. ¿Está todo
claro? Boillot no pudo sino asentir. La
entrevista parecía terminada. El otro apretó un botón y se
encendió una lámpara eléctrica sobre la mesa. Sorprendido,
buscó un momento y apretó otro. Un timbre sonó lejos. Boillot
pensó instintivamente: Éste no es su despacho. La luz de la lámpara
revelaba ante él una calvicie acentuada, pero unos rasgos aún jóvenes,
una mirada perdida en los fuertes cristales de las gafas, un aire de profesor
más que de hombre de acción. Se levantaron, el otro le estrechó
la mano con discreto énfasis, algo como: «Sé que puedo contar
con usted». El ujier entró y acompañó a Boillot hasta
el pasillo. El trabajo de Boillot y de
sus colegas se caracterizaba por ser extremadamente confidencial y extremadamente
fastidioso. Su objeto podría definirse como la rutina administrativa de
los secretos de Estado. No requería dotes especiales el
conocimiento de unas técnicas peculiares pero sencillas era suficiente .
Requería, según se ha dicho, mucha dedicación y mayor discreción,
virtudes sorprendentemente difíciles de encontrar en los cuerpos ministeriales.
Boillot formaba pues parte de una casta de oficinistas de absoluta confianza,
hombres oscuros y silenciosos encargados de los viles papeleos que sostienen las
más altas y misteriosas labores. Pese
a sus tres años en el puesto, Boillot aún era un neófito,
dedicado a la escoria de los trabajos del negociado. Lógicamente, la misión
encomendada venía a colmar sus anhelos y durante el resto del día
sintió la presencia del sobre lacrado en su bolsillo como un testimonio
secreto de su nueva importancia, un motivo para confusos sueños de gloria.
Un chupatintas ilustre, Joris-Karl Huysmans,
empleó todo su dominio del idioma y la violencia de su léxico que
eran grandes
en glosar su triste destino de funcionario condenado a la bazofia de los restaurantes
baratos. Huysmans murió de un cáncer de estómago, pero treinta
años después los menús habían mejorado mucho y según
solía, Boillot cenó con apetito. Había elegido, a una prudente
distancia del ministerio, un bistrot donde nunca había entrado antes una
precaución que le pareció oportuna .
Se impuso no abrir el sobre hasta acabar de cenar y lo hizo con cautela, cerciorándose
primero de que ni el patrón ni los escasos clientes le prestaban atención.
En su trabajo se ocupaba a menudo de cifras
y códigos, y suponía que su orden de misión constituiría
una misteriosa poligrafía. Eran sin embargo unas líneas escuetas
mecanografiadas en buen francés sobre una hoja de papel barato: Haga
entrega de un maletín, actualmente depositado en la consigna de la Gare
de Lyon, al señor Joseph Azara, abogado, 60 Boulevard Michelet, Marsella,
sin abrirlo y en mano propia. Si el destinatario estuviera ausente de la ciudad,
aguardará usted su regreso y efectuará la entrega. Se
pondrá a disposición del señor Azara, quien le comunicará
posteriores instrucciones. Viajará
a Marsella el 9 de octubre, en el tren de las 8.30. Debajo,
habían añadido a mano un número de teléfono y la siguiente
frase: Llame esta noche a las nueve
para confirmar sus instrucciones. Pregunte por el señor Legros, de parte
de su hermano. «Se trata obviamente
de algún asunto de contraespionaje», decidió Boillot. Sorprendido
pero agradado por el tufillo de misterio, extrajo del fondo del sobre un billete
de tren y dos papeles doblados: el resguardo de la consigna y un billete de cien
francos. El billete de tren era de segunda clase. Boillot siempre había
viajado en tercera. Contempló los papeles sobre el mármol de la
mesa, como si no llegara a explicarse su presencia, como si fueran objetos irrumpiendo
por encanto en ese decorado banal, llegados de un mundo hasta entonces insospechado,
de esa «guerra sin frente ni cañones» en la que, por inconcebible
que pareciera, él estaba llamado a desempeñar un papel. La fecha
del viaje era la del día siguiente. Recordó la voz fría y
pausada de su interlocutor: «Sus superiores serán avisados»,
y se estiró sobre su silla, lleno de un extraño vigor. Adiós
por unos días a su mesa negra y a los gritos de Sauvageon. Ya estaba en
Marsella, entrevistándose con ese señor Azara, recibiendo nuevas
y misteriosas instrucciones, y en ese momento se supo, sin la más remota
duda, miembro de ese «puñado de hombres fieles a la República»
que depositaban maletines en las consignas y viajaban de incógnito a ciudades
lejanas. En contra de su costumbre, pidió un coñac. Aquélla
era una noche diferente. Entonces la puerta
del café se abrió de golpe. Se oyeron risas en la calle y al cabo
de unos segundos una silueta inmensa tapó completamente el marco de la
puerta. Con paso digno, un hombretón avanzó hasta el mostrador.
Detrás habían entrado dos personas más, que a su lado parecían
minúsculas. Discutían amigablemente. Una voz de barítono,
la del gigante, se elevó: No,
no, querido amigo, no me hable de suerte. Ya sabe usted que la suerte no existe.
Sólo existen la Providencia y el Destino. Se
dirigió a la asistencia :
Señores, muy buenas noches. Tienen ante ustedes a un niño mimado
de la Providencia. Se
volvió hacia el patrón del bar y añadió :
Vaya sirviendo a estas damas y a estos caballeros lo que deseen. Es mi ronda.
Y a mí me pone un pernod como está mandado. Hoy es un día
de los que se recuerdan. La asistencia
Boillot y cuatro
jubilados que jugaban a los naipes
no reaccionó, pero el patrón y los recién llegados saludaron
la invitación con hurras. Sin fijarse en los jubilados, el generoso gigante
lanzó a Boillot: Pida usted algo, querido señor, hágame el
honor. Boillot declinó cortésmente y el gigante se puso serio. Dirigiéndose
a la mujer que había entrado con él, dijo teatralmente: Liudmila
Andreievna, se lo ruego, tenga la bondad de convencerlo. La mujer llegó
hasta la mesa de Boillot: Por favor, caballero, brinde usted con nosotros, hoy
ha sido un gran día. Para mí también, pensó Boillot.
Liudmila iba vestida modestamente pero sus ojos tenían un color de joven
melancolía al que Boillot no supo resistir. La siguió hasta el mostrador.
Todos bebían y reían. El
gigante brindaba con un hombrecillo diminuto. Boillot observó que, pese
a lo avanzado del año, llevaban sendos sombreros de paja. El brindis era
curioso. El gigante exclamaba: «¡Dandelion, Mister Marriott!», y el
canijo respondía: «¡Man O'War, Mister Max!» Los dos vaciaban
sus vasos de un trago y se guiñaban el ojo: «Otra ronda, patrón».
¡Así fueran todos los días como el de hoy! Los
mofletes del gigante eran manzanas escarlatas y su mirada brillaba llena de bondad
sobre el mundo. Se inclinó hacia Boillot y le dijo con dulzura: El
pernod es la única contribución francesa al bienestar de la humanidad.
Hoy me sabe mejor que nunca. El duque de Gloucester, verá usted, nos ha
hecho un favor a todos... se
volvió hacia el pequeñajo ,
¡hum!, es algo así como una justicia inmanente... Se
echó a reír. Tenía una risa tranquila y musical, la risa
de un hombre que sabe comportarse en los vaivenes extremos de la suerte. El hombrecillo
Mister Marriott
también reía, como un canario nervioso. Los dos estaban pasablemente
borrachos. Liudmila Andreievna los miraba solícita y mojaba los labios
en su vaso. Las rondas seguían y Max el gigante bajaba la cabezota para
susurrar a unos y otros frases sobre la Providencia y el duque de Gloucester.
El color lechoso de los pernods condensaba la luz de las lámparas. Boillot
se sorprendió a sí mismo vaciando su vaso de un trago, y sus ojos
empezaron también a brillar. Se encontró al lado de Liudmila, preguntándole
quién era ese duque y qué favor tan grande les había hecho.
¡Ninguno!
se indignó
Liudmila . ¡Es
un hombre horrible! Y con verdadera pasión
explicó que Marriott, en su tiempo el mejor yóquey de Inglaterra,
había entrenado los caballos del tal duque hasta que éste lo despidió
sin motivo y de forma ignominiosa. Pero la Providencia había querido que
gracias a los caballos del duque y a los sabios consejos de Mister Marriott, Max
y ella hubieran vivido una tarde de gloria en Longchamp. Max ahora exclamaba extático:
¡Caballos
ingleses, señores, caballos ingleses! y
besaba sin decoro la frente de Marriott. Dejó un billete en el cinc del
mostrador y agitando su sombrero dio la señal de la partida. Quedaban otros
bares por visitar. Un grupo de borrachos
que habían ganado en las carreras. Boillot estuvo una vez en Longchamp
de niño, al año de terminar la guerra. Recordaba estar subido en
una valla, sobre un mar furioso de sombreros, y ver al fondo, en un instante,
formas veloces como un único animal ondulante, saludado en su tránsito
por el fervor de sus adoradores. La devoción de Max sin duda era extrema
Boillot imaginaba
un sombrero de paja, un palmo por encima de todos los demás, y Mister Marriott,
leyendo lejos de la muchedumbre listas de caballos y vaticinando los ganadores .
Boillot por lo demás no participaba en el vicio nacional de las apuestas
y hasta aquella noche solía ser un chico serio que despreciaba a los borrachos
y a los jugadores. Claro que Max no era un borracho, era un ogro bondadoso, una
presencia descomunal y amiga que los arrastraba, a Liudmila y a él, colgados
de sus brazos, calle arriba hacia otros bares y otras rondas, otras risotadas
y el mismo discurso desordenado sobre la justicia inmanente a los caballos ingleses.
Liudmila elegía los bares con un
acertado criterio de modestia. Pasó con mueca altiva delante de La Coupole,
refulgente hormiguero, para entrar en un angosto bistrot con restos de
serrín en el suelo, dos manzanas más lejos. Su rostro era delicado
y atormentado; a cada exclamación de Max todos sus rasgos se contraían
de admiración y temor mezclados, como si asistiera a algún fenómeno
terrible y espléndido, la erupción de un volcán o una sonora
tormenta. Boillot contemplaba la alternancia de nubes y sol en sus ojos con tanta
insistencia que Liudmila acabó por sonrojarse. Inmediatamente avergonzado,
Boillot apuró su copa para disimular. El alcohol le quemó la garganta.
Logró no toser y aprovechando una sonrisa de Liudmila, reunió ánimos
para preguntarle: Y...
¿apuestan ustedes todos los días? lo
cual no era muy original. Después
le preguntó si era rusa otra
frase bastante necia .
Boillot no sabía hablar con las mujeres. Sí, Liudmila había
nacido en Rusia. Max y ella se habían escapado de allí siendo muy
jóvenes, en un viaje terrible atravesando la guerra civil y las tempestades
del Báltico catástrofes
y calamidades como la historia no las había conocido .
Aún así, lo peor de todo era vivir la lenta agonía de sus
esperanzas de volver algún día a su patria. En
Levallois había calles enteras donde sólo se hablaba ruso y se soñaba
con otras calles perdidas. Los coroneles conducían taxis y las duquesas
vendían bordados. El jovial Max era un mozo de equipaje y Liudmila vigilaba
a las niñas remilgadas de un internado de postín. Y los parisinos
sólo mostraban hacia los exiliados el desdén más absoluto,
o peor, una compasión abyecta. Liudmila escupió las últimas
palabras, pero las enmendó rápidamente: Casi todos los parisinos.
Boillot se inclinó para agradecer el matiz y añadió solemne:
Cuente
usted que este parisino ni la desdeña ni le tiene compasión; muy
al contrario, le ofrece su amistad. Los
dos sonrieron conmovidos. Sí,
suspiró Liudmila, llevamos diez años en esta ciudad; ya va siendo
hora de que tengamos un amigo francés. Entre
los pernods, la patética vida de los rusos, y esa última confesión,
Boillot tenía los ojos húmedos y sacó su pañuelo del
bolsillo. El pequeño señor Marriott recogió algo del suelo
y se lo mostró: Se
le ha caído esto, caballero. Era
el billete de tren. Boillot lo agarró con pánico retrospectivo:
Gracias,
muchas gracias. Vaya, si llego a perderlo... le
explicó a Liudmila :
mañana tengo que ir a Marsella. Tenía
la vaga y estúpida esperanza de impresionarla, y curiosamente, Liudmila
satisfizo esa esperanza: ¿En
tren? exclamó .
¿Va a viajar usted en tren mañana? ¡Pero eso es imposible! Imposible,
desde luego, intervino Max. Mañana no sale ningún tren de París.
Los ferrocarriles están en huelga. Ante
la mueca de incredulidad de Boillot, insistió :
En huelga, amigo mío. Si lo sabré yo, que soy ferroviario... Santa
Madre Rusia añadió
con evidente pesar ,
éstos son tiempos difíciles. Boillot
lo miraba, intentando recobrar su espíritu para enfocar la catástrofe
y sólo
consiguió hundirse del todo en una sima desesperada: bruscamente había
recordado la llamada al señor Legros, de parte de su hermano, que tenía
que haber hecho a las nueve .
¿Qué hora era ya? El servicial señor Marriott consultó su
reloj de bolsillo. Las once menos cinco. El vaso de Boillot se le escapó
de los dedos y fue a rodar sobre el serrín del suelo. Su primera misión
fracasaba antes de haberse iniciado. Y
Max demostró entonces ser un hombre de inmensos recursos. De nuevo exultante
exclamó: ¡Nada
está perdido, la huelga aún no ha empezado! Esta noche sale a las
once y media el expreso de Ventimiglia, que tiene parada en Marsella. Usted viajará
en ese tren. Tenemos el tiempo justo. Era
sencillísimo..., o Boillot estaba ya suficientemente empapado para que
se lo pareciera. Fueron en taxi hasta
la Gare de Lyon. Boillot se sentía inundado de gratitud, de excitación,
de sorpresa. No había tiempo de nada, pero nada tenía importancia,
salvo un taxi recorriendo veloz las calles y
un tren expreso, más veloz aún, lanzado en la noche hacia el Sur .
Llegaron a la estación a las once y diez. Los arcos voltaicos arrojaban
una luz fría y gris. Max había bebido mucho más que Marriott
y Boillot juntos, pero encabezaba la comitiva con paso firme y mente lúcida.
Liudmila corría a su lado dando palmas, y el señor Marriott trotaba
zigzagueante pero digno, con su reloj en la mano para cronometrar la salida del
tren. Los últimos atisbos de cordura desertaron entonces la mente de Boillot.
Echó a correr hacia los andenes, pero a los tres pasos las manos de Max
cayeron pesada y amistosamente sobre sus hombros: Tranquilo,
hombre. Déjeme ver su billete. Bueno, éste no le vale. Vayan los
tres a sentarse en la sala de espera. Boillot
no pareció entenderlo. Se quedó como una estatua perpleja en medio
del vestíbulo, siguiendo con la mirada a Max que se perdía al fondo
de la sala, recorría la fila de taquillas oscuras y desaparecía.
El minutero del gran reloj de la estación prosiguió su indiferente
carrera. Muchos pasajeros se apresuraban.
Era el momento de los besos de despedida, los carros cargados de maletas y las
miradas a los relojes. El vestíbulo se vaciaba y los andenes eran un febril
ir y venir. Boillot seguía plantado, incapaz de moverse o de reprimir un
temblor que sacudía todo su cuerpo. Marriott se balanceaba flemático
sobre los talones y Liudmila dijo algo que Boillot no oyó. Max estaba de
repente allí, rubicundo y feliz, tendiéndole un sobre azul: Por
una afortunada coincidencia sólo quedaban coches-cama; va usted a viajar
como un gran duque. Boillot
recobró el movimiento y hasta logró tartamudear algo, mientras se
aferraba a la mano de Max con pasión .
Y nos quedan todavía ocho minutos añadió
éste ,
hasta podemos acercarnos al buffet a tomar una última copa. Boillot
negó violentamente tal posibilidad con la cabeza y metió el sobre
de la reserva en el fondo del bolsillo. El
señor Marriott preguntó con voz algo pastosa: Por
cierto, ¿no lleva usted equipaje? Y entonces
una idea atroz estalló en la cabeza de Boillot. Sacó la mano del
bolsillo. Sus dedos blandían un papel arrugado y su voz chirrió:
¡No
puedo irme, tengo que recoger una maleta de la consigna! ¡No puedo irme sin esa
maleta!
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