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Ciclos

F. M.

224 págs.

ISBN 84-89618-42-9

2300 pts. 13,82 Eur.

Ciclos (00043)


      
1. NARCISISMO


      Es como un salto mortal escribir sobre algo que, envenenado de antemano, intoxica las palabras hasta convertirlas en un peligroso doble juego. Quién sino un vanidoso se atreve a escribir sobre el lado oscuro del orgullo; quién sino un narcisista bucea en el estanque de párrafos que le devuelven su reflejo; quién sino un soberbio asume el riesgo de ahogarse enamorado de la imagen con que las oraciones expresan sus propios pensamientos.
      En la cuerda floja avanzo pues, al lado de un enemigo que me habita y que, de tan juntos, no cabemos a la vez dentro del cuerpo: mi narcisismo, que me invita a una mesa en la que soy el único comensal; mi egotismo, al disponer sobre el mantel un revólver para asesinar las conversaciones que no hablen de mí mismo; mi vanidad, borracha de mi sangre en un salón tapizado con un laberinto circular de espejos que repiten, infinitamente, proyecciones de mi figura que me confunden, me aíslan y me impiden aprender.
      Y si arriesgo, si escribo asumiendo que puedo convertirme en el miserable que pretende haber llegado a alguna parte, es porque quiero extender a mi ridículo asesino sobre la página en blanco. Es posible que así pueda observarlo desde arriba, ver cómo da vueltas en su absurdo laberinto. Que me dé risa, por fin, que me dé lastima.

      Cuando nació, su madre era devoradora de oráculos y asidua visitadora de adivinos, así que consultó los últimos augurios. Los videntes predijeron: vivirá eternamente, si nunca se conoce.
      A raíz de tales profecías, su madre dispuso la casa sin espejos. Careció de amigos que le ayudaran a trabar conocimiento de sí mismo. De niño se mantuvo ocupado con estudios laboriosos y arduas tareas de erudito; lo alejaron de reflexiones que no contuvieran unidades de medida.
      Al crecer, su madre lo encarriló de forma que no se hiciera las preguntas: jamás se interrogó acerca de quién era o de dónde había venido. Dedicó su juventud a la construcción artificial de una imagen que lo saciase por completo. Se concentró en atravesar los sistemas educativos como una centella. La luz de su estela alumbró considerables premios; un sinfín de reconocimientos que le auguraban una carrera profesional extraordinaria.
      Así fue. Con su madre quemando los periódicos, y sin que en su presencia hubiera nunca un televisor encendido, cumplió paso por paso las promesas que se había formulado. No comprendió jamás por qué su palabra era el azote de millones de individuos; se contentó con que ocurriese. Los medios de comunicación se enamoraron de su imagen, y elevaron a los cielos sus palabras, repetidas como un eco que no cesaba nunca. Parecían discursos que lo harían vivir eternamente.
      Pero al morir su madre, y en un descuido de sus asesores, el destino quiso que viera su rostro en una rueda de prensa celebrada cerca de un estanque. En lugar de hallar el semblante apuesto, sereno y sabio que para él había imaginado, la apariencia de la que estaba enamorado, descubrió un monstruo que mecía la cabeza al mismo ritmo que la suya, al que se le anegaban los ojos al tiempo que él lloraba.
      Dejó de comer. No pudieron persuadirlo psicoanalistas ni curanderos; no sirvieron las súplicas de los que veían cómo se tambaleaban sus cargos a medida que enfermaba. A los pocos meses murió de inanición. Las exequias duraron varios días. Hubo solemnes panegíricos, se compuso algún réquiem. Poco después todos le olvidaron.
      Dicen que sobre la tierra que adornaba su tumba creció una planta blanquecina: el narciso, útil en medicina para las dolencias del oído.
      
2. LENGUAJE


      ¿A qué dios protestar la condición del hombre? ¿Cómo aceptar la angustia, el vacío, la enfermedad mortal que en ocasiones nos asalta? ¿Qué ventanilla de reclamaciones para la vida?
      Al ser humano se le recluye, sin aviso previo, en un planeta que gira sin fin en lo que parece ser la eternidad de la galaxia. Una vez allí, se le enfunda en otro espacio, más pequeño todavía, que es el cuerpo. Dentro del cuerpo, se le confina incluso más, a la esclavitud del lenguaje, con el que ni siquiera consigue afirmar la existencia sin que asomen las dudas.

      El dios bromista, aburrido de la eternidad o de la nada, sale a pasear alrededor de lo único que existe: su yo, que tiene la mitad de infierno y la otra mitad de paraíso.
      Como forja el destino, nada hay en el futuro que no conozca; pero por ser todopoderoso, nada hay en el presente que no pueda. Así que se olvida de sí, e inventa un procedimiento para escapar de su previsible porvenir: la paradoja.
      Con vistas a ejecutar su plan necesita una herramienta para construir singularidades en el centro de sí mismo. Lo primero que se le ocurre es el verbo; girando sobre este eje, genera el resto del lenguaje. Al punto advierte que las posibilidades del infinito se han multiplicado. Ahora incluyen todo lo que pueda ser imaginado con palabras. Por ejemplo, dioses imperfectos que, a su vez, construyen un lenguaje con el que idean otros dioses, todavía más toscos, que también son capaces de crear a partir de las palabras.
      El universo se estremece. Suena un crujido de fondo, y una progresión de dioses que engendran a otros inferiores, que engendran a otros inferiores, que engendran a otros inferiores se encadena. El dios burlón, tragado por su paradoja, se ve relegado a un eslabón perdido de una serie que se alarga en los confines del espacio.
      En el extremo de esa cadena, los dioses ínfimos de un planeta azul alzan sus puños contra el que les ha confinado dentro del lenguaje. Durante el resto de la eternidad jugarán a los tropos, intentando comprender quién fue el chistoso y en qué consistió su broma. Sólo conseguirán aproximarse a los bordes del engaño engendrando dioses menores, también recluidos en el lenguaje, que proseguirán una labor interminable de degeneración del estilo.
      
3. IDEAS


      Las ideas surgen de un acto misterioso que enlaza el universo externo de los seres con su cosmos interno. El fluido que amalgama el destino común del infinito pasa, de pronto, por el interior de cada uno. Allí se filtra con los recuerdos y las fantasías, se acurruca en el acaecer del pensamiento, se hace uno con la respiración y el desasosiego.
      Ese fluido, tras recorrer los entresijos del alma, se decanta hasta que nace la idea, teñida de lo que somos o lo que fuimos y, además, de la premonición de aquello que seremos.

      Si el día es caluroso, las ideas toman el sol en las tumbonas de su mundo aéreo. Les gusta charlar sobre el buen tiempo mientras beben refrescos. De cuando en cuando, una de ellas sube a una nube y pedalea cielo adentro.
      Reside en ese lugar el átomo, circunspecto e indivisible; o el caballo, surcando incorpóreo las lindes del paraíso, molde perfecto de los caballos que nacieron y de los que nacerán abajo, muy lejos, en el mundo terrestre, cavernario e imperfecto.
      De pronto, una nueva idea surge. Aunque el tiempo es inmejorable, viste una gabardina negra. Nadie ha oído hablar de esa idea que oculta sus ojos tras unas gafas oscuras. Bien pudiera ser una espía que viene de la tierra.
      La belleza y la desnudez se cubren con las toallas cuando la intrusa pasa cerca; la justicia, que ha escuchado el ruido creciente del murmullo, se sube la venda para ver si reconoce a la recién llegada; el odio se pone en guardia, por si hace falta su presencia.
      La nueva idea abre la gabardina. No tiene cuerpo, y un cerebro enorme está suspendido en su centro. A algún hombre se le ha ocurrido que quizás los conceptos no viven en el cielo. Es posible que el mundo de las ideas no exista, porque únicamente la razón contiene la fatalidad suficiente para generar arquetipos nuevos.
      Un viento en remolinos arrecia en el jardín. Las tumbonas caen, las nociones se ven arrastradas hacia el cerebro. Muchas, como la velocidad, intentan huir a grandes zancadas; otras, como el sonido, gritan desesperadamente al adentrarse en los calabozos de la mente.
      Durante los próximos siglos las ideas permanecerán a oscuras, silenciosas, enfadadas, atrapadas en el talento de los seres humanos que necesitarán ingentes esfuerzos para que salgan a la luz, a cielo abierto.
      
4. LITERATURA


      Levantar la cabeza al final de un párrafo como si te hubieran acribillado, como si entre las letras todavía humeara el arma de tu asesino; soltar un taco (qué hijo de puta) porque las frases te han metido el dedo en las heridas; leer como un cazador, como una presa acorralada; atemorizarse por las coincidencias con los más íntimos pensamientos; leer como si te arañaran, como si te acariciaran; repetir en voz alta la frase que acabas de leer, necesitarlo, obligar a que recorra la garganta, se cuelgue de la lengua y haga trapecio en los labios, para que suene, para que atraviese otros orificios su extrema contundencia; leer a doscientos metros de profundidad o a tres mil pies de altura; encajar las frases como puñetazos en el estómago; telefonear, sin importarte la hora, para descerrajar un párrafo en el auricular; desear, apasionadamente, que el autor entre por la puerta y se siente a tu lado; y también cuando, al cerrar el libro, notas el hambre, la sed, el cansancio, el sueño, y suspiras: ya está bien y no puedo más y basta.
      Debajo de la ciudad existe un tiempo que no es el tiempo, sino la espuma de la baba del tiempo; el sucedáneo oscuro del tiempo que rezuma por las alcantarillas de los túneles negros.
      La mujer que acaba de leer el párrafo anterior viaja en un vagón de metro. Sólo cuando el ruido de los raíles resuena en una bóveda más amplia, levanta la cabeza, repara en el nombre de la estación, y vuelve al libro. En uno de esos intervalos advierte que un hombre con gafas se ha sentado en el asiento de enfrente. Continúa leyendo.
      Unas líneas después la mujer alza la mirada. En este caso el vagón está en un tramo intermedio, y ella no intenta descifrar por las ventanillas el nombre de ninguna estación, sino que mira fijamente al hombre con gafas. Vuelve su cabeza a la página. Sus pupilas se dilatan. De línea en línea levanta la cabeza para escudriñar al hombre con gafas. Al final del párrafo tiene que decirlo.
      Oiga, usted está en este libro.
      El hombre la observa como si no la entendiera.
      Mire, léalo usted. Aquí la mujer tiende el libro mientras señala con el dedo un lugar intermedio de la página. Ve, la misma camisa, el mismo pelo, las mismas gafas, están todos los detalles. Estoy segura. Usted es la persona que está descrita en esta página.
      Bueno contesta por fin el hombre. ¿Qué quiere que haga? Si lo que desea es verme sin gafas...
      Con aire cansado se quita las gafas y se frota las sienes. La mujer parece tranquilizarse. Retoma la lectura.
      No puede ser, no puede ser dice un párrafo más tarde.
      El hombre sonríe, educado.
      ¿Qué ocurre ahora?
      Que se ha quitado las gafas, por Dios, lea, se ha quitado las gafas, y ha hecho el mismo gesto que usted.
      La gente que rodea al hombre y a la mujer se muestran interesados en el diálogo. Uno de ellos dobla sobre las rodillas el periódico e interviene.
      Pues léanos, léanos. Veamos qué es lo que va a pasar a continuación.
      La mujer sigue leyendo. Pero en seguida levanta la cabeza.
      Esa frase está aquí contesta al hombre del periódico, señalando una línea con el dedo. Aquí lo pone.
      El hombre del periódico coge el libro de manos de la mujer y lee. El resto de pasajeros del vagón se acerca hasta formar un corro alrededor de los asientos.
      No puede ser, nos está tomando el pelo dice una señora con sombrero violeta que viaja junto al hombre del periódico.
      Mire, señora replica el del periódico esquivando el sombrero. No sólo está mi frase, sino la suya también, incluso el color del sombrero, aquí, violeta.
      Venga ya, déjeme ver.
      Incapaces de contener la expectación, otros viajeros se vuelcan sobre el libro. La dueña trata de recuperarlo. Es inútil. Uno de ellos se lo quita a la señora del sombrero.
      Eh, eh, aquí salgo yo.
      Déjenme ver, déjenme buscarme reclama otro.
      Ya todos están de pie, y varias manos tiran del libro que se desencuaderna y vuela hecho pedazos. Los viajeros se señalan los unos a los otros.
      Este es usted, fíjese, no hay duda.
      A ver, a ver.
      Eso que ha dicho lo pone aquí, justo aquí, es increíble.
      El único que no se mueve de su asiento es el hombre de las gafas. Tranquilo, se levanta con parsimonia cuando el metro se detiene. La dueña del libro advierte que el único que se baja es él, y que en el andén no hay ningún letrero con el nombre de la estación.
      Oiga, oiga dice la mujer al cerrarse las puertas.
      El hombre la observa sonriente. No contesta. La mujer se vuelve hacia el resto de los viajeros.
      Él es el que lo ha escrito, estoy segura, el de las gafas, el que se marcha.
      Los demás corren hacia las ventanillas. Súbitamente, comprenden:
      Sáquenos de aquí, sáquenos de aquí.
      Hágame amar a otro, se lo ruego, hágame amar a otro.

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