Inicio
Inicio
Atrás
Siguiente

Tajos

RAFAEL COURTOISIE

224 págs.

ISBN 84-89618-49-6

2300 pts. 13,82 Eur.

Tajos (00047)


      
Primera parte
      HUEVOS DE ÁNGEL


      
1

Me gustan las navajas.
      ¿Cuánto vale esta?
      Cien.
      La llevo.
      
2


      Salgo a la calle.
      Entro a un supermercado.
      Tajeo las bolsas de azúcar. Me alejo. Viene un supervisor. No se explica el desastre. Voy impertérrito. Parezco manso.
      El peso del contenido empuja los labios del tajo. Salta el azúcar sólido, la hemorragia blanca en el piso.
      Sigo inmaculado. Como un doctor. Sigo con la navaja.
      La clavo.
      Sigo.
      Clavo la navaja otra vez.
      Sigo sin prisa.
      Los tomates sangran.
      Malogré un racimo, castré una sandía. Apuñalé tubérculos, perforé huevos. Las llamas amarillas de las yemas me conmovieron un instante. Pero enseguida me alejé del escrúpulo.
      Tomé una lata de arvejas y una botella de vino.
      Las arvejas estaban puras. Perlas verdes.
      No contenían conservadores ni estabilizantes. El vino era de joven crianza, fresco y cordial, era un vino coherente, no muy fuerte. "Apenas perlado y seco", anunciaba la etiqueta. Un vino lleno de luces. Me dirigí a la caja lentamente.
      En el supermercado todo sangraba. Había pinchado las botellas de plástico de los refrescos. La coca cola manaba y manaba borbotones pardos. Había tajeado las panzas gruesas de las botellas de plástico, había provocado una cesárea en los envases incautos. Las bebidas morían de sed. No había ninguna belleza.
      Solo unos perros de porcelana se alejaban del desastre. Pero los alcancé. Eran unos perros azules, dibujados en la cáscara blanca de unas tazas de té. El azucarero hacía juego con el diseño de las tazas: un mastín dibujado, bestial y oscuro, saltaba en la porcelana.
      Tiré todo al piso. La materia de las tazas se partió y el perro del azucarero cayó sin ladrar. Todo de un golpe.
      El supermercado era extenso, prácticamente inabarcable. Mi rabia no pudo con todo.
      No pude con el vino, pero alcancé a arrancar la pierna de una ternera y lanzar un jamón más allá de mi vista. Deposité la pierna de la ternera muerta entre las postas de atún, sobre el hielo picado de una vidriera.
      Derramé el orégano, rompí los envases de celofán del chocolate molido. Escupí sobre el cadáver de unas aves sólidas, congeladas.
      Los patos sin cabeza me parecieron puros, pero no supe qué hacer con las gallinas. Rocié insecticida en los cereales.
      Sólo el pan quedó quieto. El pan honesto. No hice nada con el pan. No pude.
      Tal vez la navaja estaba cansada. Tal vez mi mente se enfrentó al silencio del pan y quedó muda. El pan tiene significado.
      En la blancura del pan debe haber una verdad.
      Clavé la navaja en el cuerpo de una manzana y me fui.
      
3


      Salí a la calle. Estaba desarmado. Hacía frío y me alejé. El supermercado era un caos. Se escuchaban sirenas histéricas a lo lejos. Las sirenas se acercaban con la velocidad de un pensamiento.
      Llegaba la policía. Llegaba el Grupo Especial de Operaciones. Atardecía sobre el supermercado.
      Venían los héroes.
      Pensé en las latas de duraznos en almíbar. Pensé en las peras en conserva. Venían los héroes.
      Pensé en los tubos de pegamento. Pensé en los frascos de arenque.
      Pensé en el papel higiénico.
      Venían los héroes.
      Pensé en el hilo dental enroscado y aséptico. Recordé la pasta de dientes. La barba dura de los peines.
      Venían los héroes.
      Imaginé el vello pubiano de los cepillos.
      Pensé en las latas de cerveza, en los refrescos sin alcohol. En la promoción de paquetes de papas fritas, tres por uno, en los maníes salados, en los palitos de queso, en las aceitunas rellenas. En los hechos.
      Venían los héroes.
      Pensé en los baldes. En el detergente biodegradable.
      Los palos de escoba colgaban de un estante en una hilera inconmensurable. Parecían pelos de un ogro invertido. La cabellera natural de las escobas de madera y la cabellera artificial de las de plástico dormían en el mismo rincón, junto al jabón en polvo, cerca de la cera para pisos.
      Venían los héroes.
      Volví la cabeza y vi el tumulto que crecía.
      Venían los héroes. La policía es ágil. Sabe qué hacer en estos casos: primero disolver la multitud, despejar el lugar.
      Los curiosos parecen moscas.
      Había que espantar las moscas.
      La policía levantó una barrera de contención. Apartó a los niños que querían entrar.
      Unos muchachos robaban botellas de whisky de una vidriera rota. Los golpearon. Golpearon las botellas. Las botellas cayeron. Los policías golpearon a los muchachos y los muchachos dejaron caer las botellas robadas sobre el pavimento. El vidrio de los recipientes se quebró.
      El whisky derramado en el suelo.
      La policía golpeó a los muchachos y los muchachos se alejaron del lugar sin whisky, sin nada, doloridos.
      La policía es eficiente.
      Una mujer histérica quiso penetrar en el supermercado.
      La policía la detuvo.
      La mujer histérica insistió.
      ¡Mi hijo! bramaba.
      Lo vamos a rescatar, no se preocupe.
      ¡¡¡¡Mi hijoooo!!!!
      ¡Quieta!
      La mujer quería entrar a toda costa. Creía que el hijo estaba en manos de los subversivos. Empujaba.
      ¡Suélteme!
      Un policía la agarró de atrás. La mujer pataleaba. Se le vieron las piernas. Tenía piernas hermosas. Mostró la ropa interior. Gruesos muslos. Un agente, en el forcejeo, le desgarró la blusa.
      Saltó una teta.
      ¡Mi hijo está allí! vociferaba.
      Dentro del supermercado.
      Se acercó un sargento. Le dio un golpe.
      Tranquila. No se puede entrar.
      ¡Hijo de puta! gritó la mujer. Mi hijo está allí.
      El sargento le pegó otra vez. Más fuerte. La mujer cayó hacia atrás, se desplomó en la vereda. Le sangraba la boca.
      Tranquila, señora recomendó el sargento.
      De pronto apareció el niño. Salió de la multitud.
      Mamá sonreía.
      Mascaba un chicle.
      ¿No ve? expresó el sargento. El niño está a salvo.
      La mujer se alejó con el hijo. Le sangraba la boca.
      
4


      Yo había lanzado las botellas de salsa ketchup sobre los automóviles y los carteles del estacionamiento, había estrellado botellas de salsa de tomate en las casas cercanas, había derramado salsa ketchup en la garganta de los inodoros, dentro de los toilettes, había salpicado espejos y alfombras.
      También había desparramado un cargamento de calabazas. Parecían cabezas sueltas, sin dueño, cabezas solas de una masacre. La realidad estaba ensangrentada. La salsa de tomate parece humana.
      Parece sangre.
      Luce como sangre humana.
      Yo no tengo la culpa.
      
5


      La ropa se mancha. Los líquidos son semejantes.
      La policía se confundió.
      Una bomba pensaron, estalló una bomba en el supermercado.
      Supusieron un atentado. No pensaron en la salsa. En la broma.
      ¿Dónde están los cuerpos?
      Por todas partes había cabezas de hortalizas. Las zanahorias parecían dedos dispersos lejos del atado. El cuerpo de un cerdo se rescató con extremo cuidado de abajo de una montaña de despojos porque a un bombero le había parecido un bebé humano.
      ¡Puede haber más explosivos! gritó un policía.
      Vino la Brigada Antibombas.
      Buscaron entre las espigas de maíz. Buscaron entre las papas sangrientas. Los tubérculos de las papas parecían muñones potentes, llenos de almidón y energía telúrica.
      Los integrantes del grupo especial antiterrorista husmearon entre los langostinos mancillados, derramaron los ramos de spaghetti de sus cajas de cartón, perdieron la leche descremada.
      Nada.
      Tantearon los alfajores. La forma es peligrosa.
      Nada.
      En las frambuesas. Una caja de frambuesas puede ocultar medio quilo de explosivo plástico.
      Nada.
      ¿Qué puede decir una cabeza de ajo?
      Los ajos estaban mudos. Las dentaduras brillaban bajo el tubo de luz blanca de la vitrina. Los ajos no van a ninguna parte. Nadie se fijó en los ajos.
      Pero una mujer había dejado un paquete de zapatos entre las cebollas.
      ¡Aquí! gritó un agente.
      La brigada antibombas introdujo los zapatos en una caja de acero reforzada. La cerraron, cerraron herméticamente la caja. Los zapatos sospechosos quedaron dentro y se los llevaron muy lejos. Personal adiestrado haría explotar el par en descampado, muy lejos de allí, en un lugar que no ofreciera peligro para la humanidad temerosa.
      La mujer calzaba 32.

PrepublicacionesLista de CorreoPremios Búsqueda
NovedadesColección RescatadosColección Nueva BibliotecaColección Otras Lenguas