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Árbol
de luna | JUAN CARLOS MÉNDEZ GUÉDEZ |
256 págs. | ISBN
84-89618-48-8 | 2485 pts. 14,93 Eur. |
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De
cómo por una confusión de identidades Estela y Tulio son arrestados
en medio del invierno español |
Para
ella los hombres vestidos de verde son los más lindos del mundo. Así
que en este momento no puede dejar de sonreír mientras le colocan las esposas
y la conducen con sigilo hasta la patrulla de la Guardia, cómo no señor
Teniente, faltaría más, sería un honor para ella poder acompañarlos.
A su lado la sigue muy de cerca un oficial: anchas espaldas, la camisa ceñida
entre los músculos de hierro, el rostro filoso, impregnado de esa marcialidad
que nace desde el color de la ropa. Y
es que para ella los hombres vestidos de verde son los más lindos del mundo.
Quizás por eso se fijó en el Coronel años atrás, cuando
era un saco de huesos, timidísimo. Una desteñida figura entre esos
militares que saludaban la bandera con el brazo derecho en alto, izando un vaso
de whisky. Una claridad de leche agria
se derrama sobre Madrid. Amanece. Algunos vecinos se asoman y piensan que las
nubes pervierten la luz que recorre la calle pues sólo el juego de sombras
y claroscuros podría explicar la rareza de la imagen: Estela rodeada de
policías mientras desfila como en una pasarela de modas. Pero
ella no puede evitarlo. Le gustan los hombres vestidos de verde y además
en las mañanas despierta de muy buen humor. Las dos cosas la impulsan a
tomarse con serenidad todo el alboroto que hay en su casa desde que golpearon
la puerta y la arrestaron. El aire huele
con esa transparencia del invierno. Un frescor que surge desde la sierra mientras
los gorriones comienzan a saltar en los árboles. Estela disfruta de los
colores temblorosos del paisaje, pero entiende que la situación es irregular.
Ignora por qué y por quién la llevan detenida. ¿Por el Coronel?
¿ Por Gerardo? ¿Por el Coronel y por Gerardo? ¿Quizás incluso por ella
misma o por Tulio? Quiere preguntar lo
que ocurre, pero le parece de mal gusto pedir explicaciones en medio de la calle.
Mantiene su sonrisa y camina con lentitud, marcando pasitos muy cortos y siguiendo
una línea imaginaria, lo que otorga a sus caderas ese contoneo gracioso
que siempre ha sido la delicia de los hombres. Luego cuando entra en la patrulla
saluda al chofer y le dice que no maneje muy rápido pues se pone nerviosa.
Se hace un silencio. Todo el mundo queda mirando a un lado, como fingiendo ignorar
la torpeza que significa haber desplegado un equipo de agentes especiales para
detener a una mujer de cuerpo apetitoso, labios gruesos, nariz un poco ancha,
ojos rasgados; y encontrarla con un pijama bebiendo feliz una infusión
de hierbas. El oficial se suena los dedos
y busca en su camisa un cigarrillo. Pensó que en el chalet lo aguardaba
un grupo de sudacas armados, que encontraría allí un cargamento
de marihuana, una sala de torturas, pero todavía le tiembla el pulso al
recordar cómo la mujer los invitó con amabilidad, pasaran adelante,
señor agente, pasaran adelante si querían una tacita de café,
aunque no alcanzaría para todos, señor agente. Ahora
todos sufren una oculta turbación. La casa está limpia de sospechas.
Muebles lujosos, una biblioteca medio vacía, una mesa de billar, cuartos
ordenados, un armario lleno de ropa de marca, una caja fuerte con algunas joyas.
Nada excesivamente llamativo o demasiado simple como para no pensar en una distraída
millonaria, en una mujer enriquecida por negocios petroleros. Nada tan complicado
como para no imaginar en ella a la amante de un político en fuga. En
verdad, algo similar a eso era la posición que ocupaba Estela en el país
hasta hace unos instantes. De allí la discreta vigilancia de los primeros
meses, las amabilidades en la aduana, las rápidas gestiones en extranjería.
Todo un mundo de invisibles atenciones que se disipó este amanecer, cuando
pese a sus amables advertencias, que ya les tiraría las llaves, señor
agente, que no pisaran la grama, señor agente, que no hicieran ruido, los
vecinos, por favor, los vecinos, señor agente, varios policías rompieron
las puertas de la casa y entraron apuntando sicarios invisibles que aparecían
desde cada rincón. Supongo
que ustedes pagarán los daños dice
ella y el oficial baja los ojos. Estela
comienza a preocuparse. Gerardo no le advirtió que podía ocurrir
algo así. Tampoco el Coronel. De allí su sospecha de que algo grave
pueda estar sucediendo en Venezuela, o de que alguno de sus compañeros
le haya tendido una trampa. Luego, mientras el carro recorre la autopista, intuye
que es imposible. Ninguno de los dos está en condiciones de elaborar una
treta tan sofisticada. Ambos son bastante simples. Tienen esa forma de molestarse
tan común en ciertos hombres: dar gritos, contraer el rostro. No, ellos
no sabrían cómo, no tienen esa malicia. A
menos que el propio Presidente... Y
la primavera se está adelantando dice
Estela para disipar un mal pálpito. El
silencio del carro parece ascender como el zumbido de un insecto volador. Ella
se queda mirando sus manos y descubre que una de sus uñas comienza a despintarse.
Luego se palpa las orejas: olvidó sus pendientes de oro junto a la cama.
Ese detalle la torna frágil, la desnuda; ni siquiera las objeciones de
Tulio han logrado quitarle la necesidad de llevarlos encima la mayor parte del
tiempo. "Son demasiado grandes. Parecen de película porno. No puedo verlos
sin ponerme caliente", bromea su amigo. Piensa
en Tulio. Lo recuerda y decide que en cuanto le faciliten un teléfono lo
llamará de inmediato. Pero ahora
mismo, él también permanece esposado en una patrulla que avanza
desde Salamanca hasta Madrid, y se pregunta qué ha hecho para que al regresar
a casa después de una marcha intensa: Rioja, Coronita, ron, y polvo art
nouveau en las escaleras de la Casa Lys, cuatro policías se le abalancen
y lo metan en un carro. Al principio trató
de resistirse, que lo soltaran mamagüevos, que no quería hacerles
daño, pendejos, que no quería lastimarlos, que lo soltaran, que
esta vaina es culpa de Sara, decía. Lanzó algún manotazo,
dio un par de empujones, pero después de unos instantes la fragilidad de
su cuerpo y la borrachera lo dejaron tieso junto al portal, mirando con distante
sorpresa cómo lo acostaban sobre el suelo y le colocaban las manos en la
nuca. Perdone,
¿les importaría decirme por qué estoy detenida? interroga
Estela. El oficial alza la mirada y comienza
a balbucear explicaciones. En principio, creyeron que ella había secuestrado
a Estela Dublín, una venezolana que vivía en ese Chalet desde hace
unos meses. Ahora ya no sabían muy bien qué pensar aunque estaba
claro que era ilegal suplantar a una persona y utilizar sus tarjetas de crédito.
No
entiendo lo que dice. Yo soy Estela Dublín. Creemos
que no. De hecho, sabemos que usted se llama Marycruz García. Ya lo confirmaremos.
También hemos capturado a su socio en Salamanca. Estela
abre los ojos y siente cómo el aire entra en ellos, irritándolos
con una sensación de engrudo, de papel áspero. En
unos instantes olvida a Tulio por completo y deja de preocuparse por él.
Un temblor helado sube por su garganta y vibra en su barbilla. Soy
Estela. Soy Estela. Yo soy Estela comienza
a gritar, y sorprende a todos lanzándose
sobre el oficial para clavarle las uñas en el rostro mientras el hombre
que la vigila desde un lado atenaza sus brazos y logra calmarla. El carro baja
la velocidad. Se coloca en el hombrillo de la autopista. Cuando los guardias finalmente
logran someter a la mujer, arrancan de nuevo y tropiezan con el espeso tráfico
de la M-30. Soy
Estela se escucha
un apagado murmullo .
Soy Estela. De
cómo estela se fastidia en la cárcel y
escribe a una amiga de infancia |
Madrid,
3-1-97 ¡Por fin te escribo, querida
Cristina! Dirás que soy una ingrata, una olvidadiza que deja pasar años
y años para responder una postal. Y fíjate que no sé si en
verdad estamos hablando de años. ¿Tal vez meses? Pero entenderás
mi situación. Si lees los periódicos sabes todo lo que ha ocurrido
y el porqué debí agarrar a toda marcha un avión y saltar
hasta París. Muy linda París,
por cierto, pero la gente huele muy extraño, como a ropa guardada a la
que le colocas mucho perfume. Y claro, si a eso le sumas lo aburrida que me sentía
sin entender una palabra. Es cierto que
Gerardo me aconsejó que estudiase francés, pero la ciudad estaba
helada, y todo era tan solemne, tan majestuoso, que me fui deprimiendo de verme
tan sola caminando por calles y calles; comprando en las tiendas sin saber qué
me decían las vendedoras, y escogiendo ropa que señalaba con el
dedo. A las semanas sabía que no
iba durar demasiado tiempo en ese lugar. Un hombre me tropezó en la calle
un día y no sólo se negó a pedirme disculpas sino que comenzó
a insultarme. Alcé el bolso y le di un golpe en la espalda. Luego me fui
caminando con toda tranquilidad, pero me pareció que la gente se escandalizaba
por mi reacción. Entonces me vine a Madrid y apenas al llegar al aeropuerto
dos muchachos me empujaron para subirse primero a una escalera, y aunque tampoco
me pidieron disculpas al menos no llegaron a gritarme. Eso me convenció.
Estoy bien aquí. Vivo en las afueras,
en un pequeño chalecito que Gerardo paga a través de una fundación
cultural que el Partido utiliza para esas cosas. Conozco poca gente y quitando
algunos paseos a Salamanca, salgo muy poco. Quizás pienso que permaneciendo
acá las cosas mejorarán más rápido y ya me dejen volver.
Pero el asunto está difícil. El mismo Gerardo comienza a escribir
menos; el Coronel no dice esta boca es mía. Creo que están convencidos
de que si no me llaman, no me escriben, y no me nombran, terminaré desapareciendo
y los periodistas dejarán de fastidiar. Pues
nada, , yo me limitaré a permanecer muy calladita, esperando que baje el
escándalo y que el Partido recupere el primer lugar en las encuestas. No
haré más nada. Sé
que mi oportunidad es justamente no actuar. No sé si me entiendes. Es como
en aquel asunto de la carta de la Asistente Presidencial que nunca te conté...
Bueno, que no te he contado, pero para que me comprendas, es como tener una llave
que sólo sirve mientras no se utiliza. Tampoco
es para tanto. Yo también me pongo en el lugar de Gerardo y entiendo que
esté ofuscado. Su viceministerio iba tan bien y de repente los militares
golpistas salen libres, forman un movimiento y los rumores de que pueden ganar
las elecciones se disparan. Es como si empezara un terremoto y sólo a él
le hubiese caído el techo encima. Nadie olvida que fue Gerardo quien apareció
en televisión pidiendo que fusilaran a los rebeldes. Quién lo manda.
Tanto que le repetí las palabras de mamá: uno es dueño de
lo que calla y esclavo de lo que dice. El pobre. Del
Coronel no sé qué decirte. Hace tiempo que se encuentra tan grisecito.
Sólo estuvo diez días encerrado hasta que se confirmó que
no tenía relación con el golpe, pero él es débil para
esas contrariedades. Años atrás le había pasado el incidente
en la frontera, por lo que ahora deberá olvidarse para siempre del ascenso.
Me da lástima, no es mala persona y mal que bien es mi esposo, aunque a
Gerardo le indigne que yo lo diga. Pero
no te escribo para hablarte de estas cosas que ya sabrás. Conté
los días y durante dos semanas enteras estuve en portadas. Allí
me habrás visto, acusada hasta de la muerte de Simón Bolívar.
Hasta la caída de los precios del petróleo era mi culpa, y la hambruna
en África, y los discos de Estefanía de Mónaco, y cuanto
negocio ilegal, cuanta comisión, cuanto desvío de fondos descubrieron,
todo, todo era mi culpa. Ya sé que ese era mi papel. No creas que no me
daba cuenta desde el principio. Nada mejor que la fotografía de una mujer
con una boca sensual para que un país duerma en paz y piense que de no
ser por esa bicha todo hubiese sido distinto. ¿Sabes? Como en las canciones de
rockola. La mala mujer que cruzó el camino. La pérfida. La ingrata.
Ya te contaré, ya te enviaré
un día la cantidad de tarjetas y regalos que me mandaban esos mismos que
ahora me sacan la mugre. Si hasta tengo una foto del Cardenal dándome el
anillo para que se lo bese, lo que ocurre es que no sé si será pecado
sacar esa fotografía. Ya le preguntaré a Tulio que tiene respuestas
para todo. Tampoco te he hablado de Tulio,
pero creo que sabes quién es. Estuvo conmigo cuando fuiste a visitarme,
más o menos en los días de la carta de la Asistente presidencial.
Lo recuerdo porque de no ser por él hubiese resuelto antes aquel asunto.
En fin. Tulio es muy bueno, manita, es cierto que tiene sus detalles y es un poco
presumidito, pero lo quiero un montón y lo primero que hice al llegar a
España fue buscarlo. Tiempo atrás estaba muy raro. En Caracas nunca
volví a saber de él, así que en cuanto tuve su dirección
en Salamanca agarré un autobús y me planté frente a su casa.
Tenía miedo de que me tratara con frialdad, de que me sacara el cuerpo
para no comprometerse. Pues no, manita, hubieses visto cómo se me tiró
encima para abrazarme, para darme besos. Luego se quedó confundido, como
recordando que yo no era la misma, sí, un poco como tratando de reconocerme,
y luego movió la mano y acarició uno de mis zarcillos. Tan lindo.
Pero el pobre está preso. Creo
que no ha hecho nada malo y hasta pienso que soy la responsable, pero es que y
o misma debo confesarte que también estoy detenida. No
me preguntes detalles porque no sé nada. Al menos no entiendo lo que me
dicen, pero lo curioso es que no tiene nada que ver con los negocios de Gerardo,
ni tampoco con el Coronel. Según parece, llegaron desde Caracas unas huellas
digitales, unos antiguos documentos de cuando yo estudiaba en la escuela allá
en Yaritagua y eso creó un lío con mi permiso de residencia porque
según dice la policía yo no soy yo. ¿Te imaginas? Qué
pena, Cristina. No imaginé que volvería a pasar por algo así.
Según parece un periodista escribió que, por la crueldad utilizada
en crímenes recientes, resultaba obvio la llegada a Madrid de una banda
de sudamericanos. Entonces algún genio relacionó lo de esos papeles
míos que llegaron desde Venezuela con la supuesta banda y plum, Marycruz
al bote. En fin, que después de
mi arresto el periodista no escribió nada más (pensaba darse banquete
contando cómo capturaban al grupo), porque casualmente descubrieron que
un drogadicto de Murcia era el criminal sanguinario y ya no había manera
de sacarle más jugo sudamericano al asunto. Igual
sigo detenida. Pero te cuento que los
que me arrestaron son unos hombres muy buen mozos. Tendrías que venir a
España y ver qué distinto está todo a como nos contaba doña
Mary Carmen, o el mismo Señor Pepe. Los españoles de ahora son altos,
y ya no caminan encorvados, ni usan boinas, ni fuman esos cigarrillos apestosos.
De hecho, te cuesta reconocerlos pues ya no tienen esas cejas tan pobladas, ni
se visten cómo los veíamos allá en los setenta, con ropas
amarillentas, humildes, y aquellos anteojos de pasta que seguramente compraban
en las rebajas de las ópticas. Me
gustan mucho. Incluso las muchachas se ven muy bien por la calle. Lástima
que jamás se pinten la boca o se maquillen, y lástima que caminen
con esas zancadas tan largas, como si las estuvieran esperando para darles un
millón de dólares. Pero la gente aquí está más
bonita. Los hombres ni te cuento. Supongo que me agradan porque tienen algo así
como una mezcla entre cierta elegancia reciente y una cosa rústica que
les viene de atrás. Lo triste es que no tengo con quién comentar
esas cosas. Estoy aislada y una señora trae mi comida a la celda. Eso sí,
hace un rato me dio papel y lápiz. También me dijo que podría
llamar por teléfono, pero ya olvidé tu número y el resto
de las personas que tengo anotadas en mi agenda no querrán contestar. No
lo digo tan sólo por la inmensa lista de ministros, diputados, empresarios,
deportistas, escritores y actrices, que antes les gustaba salir conmigo en las
fotos y que ahora no me devolverían el saludo. Lo digo sobre todo por mi
hermana. Ya sé que no es lo mismo,
y que después de tantos años debería irme acostumbrando al
tema. Pero te juro que desde ayer pienso en ella. Quizás es por estar detenida.
No debe haber otra razón pues tuve muchas oportunidades de buscarla cuando
Gerardo comenzó en el viceministerio. El propio Coronel tenía instrucciones
de mandarme en un Hércules a donde yo quisiese y cuando quisiese. Pero
me molestaba que ella no me extrañase, que nunca me hubiese llamado. ¿Tú
crees que el asunto con Néstor merecía tanto escándalo? Quizás
sí, pero no conmigo. Yo se lo expliqué a ella. Néstor tenía
tiempo rondándome y yo no le aceptaba sus insinuaciones. Además
no me gustan los hombres a quienes les quedan manchas del café pegadas
en la barba. Lo que pasa es que un día
quedamos solos y él me invitó un trago. ¿Tú no le aceptas
un whisky a tu cuñado? ¿Quién no? Y sin darme cuenta él le
puso algo a la bebida y después de tomarme tres deditos comencé
a marearme y a marearme. No sé ni qué decía, ni cómo
podía sentarme en el sofá porque todo empezó a girar. Después
desperté en aquel motel que está casi llegando a Barquisimeto. El
de las luces verdes y las cabañitas. Allí abrí los ojos.
Abrazada con Néstor y viendo una película en la televisión.
Eso fue lo que pasó. Te lo juro.
Ya sé que suena muy extraño, sobre todo porque terminé viviendo
en el apartamentico que alquiló el propio Néstor en Valencia, pero
¿qué iba a hacer yo? A lo mejor aquella droga que me puso en el JB me dejó
aturdida varios meses. Yo leí una vez que a Marilyn Monroe le ocurrió
algo parecido. Dicen que son unas pastillas que te atontan en pocos segundos.
El caso es que Nereyda nunca entendió mis explicaciones y se encargó
de calumniarme con mis padres y con toda la gente de Yaritagua. Allá estuvieron
molestos conmigo años y años, hasta que hace poco Gerardo les inauguró
la nueva pasarela para que los camiones no siguieran triturando a los vecinos
cuando cruzaban la autopista. Hubieses visto cómo cambiaron las cosas.
Todo el mundo se me acercaba, todos recordaban que de niña me habían
cargado en brazos. Tanto, que pienso que pasé la infancia sin tocar el
suelo y sin caminar, porque aquella tarde desde el fondo de la tierra aparecieron
viejitas y viejitos que me habían mecido y cantado nanas. Pero
disculpa que insista. ¿Cómo puede pensar Nereyda que le quité a
Néstor? No se da cuenta que una mujer como yo no puede enamorarse de un
hombre que dice "habíamos quince personas", y que usa esa barba tan trasnochada,
tan burda. El incidente de las pastillas pasó muy rápido, apenas
unos meses antes de irme a Caracas. Y hasta donde sé, Néstor sigue
con mi hermana tranquilamente, así que no hice otra cosa que fortalecer
una relación que estaba cayendo en el tedio. Yo ayudé a unirlos.
¿No se dan cuenta? Creo que será
esta cárcel la que me pone a recordar esos asuntos. Te juro que durante
años no pensaba en nada. Tú sabes que volé alto. No tenía
tiempo para lamentar los desencuentros con mi hermana por culpa de un mesonero
de bar. En fin, Cristina, que acá
estoy de nuevo. Sé que debí escribirte mucho antes, pero no tienes
idea de lo que significa la vida que llevaba. Horas y horas dándole la
mano a personas que no tienen rostro. Recibiendo manos fuertes, manos huesudas,
manos blandas, manos callosas. Hablando con la mano blanda sobre una ayuda para
operar a un hermano de la próstata; conversando con la mano fuerte sobre
unos postes de luz para un caserío; discutiendo con la mano callosa sobre
un subsidio para publicar un libro con poemas dedicados al estado Barinas. Pero
la única mano que sigo viendo ahora es la de la señora que trae
la comida y me facilita el papel para escribirte. Y es una mano distante que nunca
toco. Para eso quedé. Para mirar de lejos a las personas, para intentar
contarles que hace un par de meses, si a Estela le provocaba comer pescado frito
a la orilla del Lago de Maracaibo, yo llamaba al ministro de Defensa y en minutos
un Hércules despegaba conmigo para atravesar el país de punta a
punta. Así son las cosas, Cristina.
Por eso quiero que me contestes pronto. Disculpa los meses (¿años?) sin
noticias mías. Me gustaría saber de ti. Saber cómo están
todos, imaginar que de nuevo estamos juntas en la orilla de la autopista, viendo
cómo pasan los carros, contándolos uno a uno. Un
abrazo. Marycruz García
De
cómo Tulio es interrogado en mitad
de una resaca para dilucidar quién
es la Marycruz que en realidad es Estela
o la Estela que definitivamente es
Marycruz |
Diga
su nombre completo. Tulio
Yepes Jiménez. ¿Profesión?
Bueno,
por ahora soy trabajador social, pero tengo en mente unos negocios... Nacionalidad.
Oiga,
todo eso está en los documentos que le entregué. Ustedes no saben
con quién se están metiendo. No tienen ni idea. Esto puede ser un
incidente internacional gravísimo... Vale,
vale, pero el asunto es muy delicado. Podemos estar hablando de homicidio, de
suplantación, de estafa... No,
no me entienden ustedes. Ya les dije que estoy haciendo un curso de tres meses
en la Universidad de Salamanca. Tengo una beca. Trabajaba en Venezuela con menores
abandonados... ¿Tienes
una red de tráfico de niños? Ah
vaina, no. Ya esos niños están bastante jodidos como para que yo
los venda. Además, ese es un trabajo temporal mientras termino de hacer
unas inversiones en divisas fuertes... Explícate.
Es
una historia larga. Nada ilegal. Viendo
tus cuentas de ahorro te lo creo..., y ¿quiénes son las personas que te
acompañan en esta fotografía? Casi
todos gente de la Universidad. Noemí; Álvaro; Pedro Pierna; Carlitos;
Maripili y Antonio..., ah, y esta es Isabel, vive acá en Madrid pero anoche
estaba visitándome en Salamanca. Una
banda internacional... Estudiantes,
ya se los dije. Todos estudiantes menos Antonio, que es herrero y es un tipo de
pinga que hace poco me ayudó a defenderme de un skin. Ah bueno, y menos
Isabel, que está preparando oposiciones y es una amiga..., ya sabe, una
amiga. No es por nada, pero el tema de las hembritas se me da muy bien... Cuando
te capturamos nombrabas todo el tiempo a una tal Sara... Siempre
me acuerdo de ella si estoy borracho. Sería bueno que la arrestaran, pero
lo veo difícil. Vive en Caracas. Llegó un día y se instaló
en mi apartamento. Estoy convencido de que nombrarla más de dos veces seguido
trae mala suerte, así que si no les importa mejor volvemos a lo de la conspiración
internacional para vender niños del tercer mundo... ¿Te
estás quedando con nosotros? No,
señores, nada que ver, pero me gustaría saber por qué estoy
aquí. ¿Has
participado en grupos extremistas? Jamás.
Jamás participo en nada. La política es esa sección del periódico
que nunca leo. Como los toros... A menos que quiera usted acusarme por alguna
marcha de la infancia, ya sabe, cuando chamo me gustaba gritar aquello de policía
farsante asesino de estudiantes, pero eso obedece a la genética. Mis padres
estuvieron varios años en una célula que se había dividido
de otra célula, que a su vez se había dividido de otra célula.
Yo creo que ni ellos mismos al final se enteraban de si eran maoístas o
castristas. Luego entraron a dar clases en la universidad y me parece que fue
entonces cuando comenzaron a hacer yoga y a encochinar el aire de la casa con
palitos de incienso... Pero perdonen ustedes que insista con la pregunta, ¿qué
carajo hago yo aquí? Es
una simple averiguación. Queremos saber qué relación tienes
con Marycruz García. No
puedo tener ninguna pues no la conozco. Tenemos
fotos donde estáis juntos. Mira ésta. Esa
es Estela. Es una vieja amiga, la quiero mucho pero no tengo nada que ver con
sus negocios. Se
llama Marycruz García. Nos enviaron sus huellas desde Venezuela. Queremos
saber qué ha pasado con Estela Dublín y pensamos que tú sabes
algo. Oiga,
me duele la frente, ayer bebí mucho. Esta es Estela Dublín. No apruebo
lo que hizo en estos años, pero desde que llegó a España
está muy sola. Yo debo ser algo así como el único afecto
que tiene en ocho mil kilómetros, y por eso puedo jurarle que ella es ella
y no es otra... Coño, si seguimos hablando así me va a estallar
la cabeza... No
vamos a por ti, tío, ya sabemos que no formas parte de un grupo de sicarios,
pero nos han dado instrucciones de proteger a Estela Dublín. La señora
tiene muchos enemigos, y resulta que aparece una Marycruz que está utilizando
sus tarjetas de crédito, sus documentos.
Necesito
una cerveza caliente, un poco de picante y un limón. ¿Te
quitas con eso la resaca? Me
gustan los métodos naturales... Mire, ustedes no podrán tenerme
mucho más tiempo acá, porque me doy cuenta de que no tienen nada
contra mí. Y si quieran cuidar a Estela, pues allí la tienen, es
esa mujer de la fotografía. ¿Y
quién es Marycruz García? Coño,
no lo sé. Pensaba que era jodedera, pero tienen ustedes unas confusiones
con la identidad. ¿Qué
dices? En
estos días escuché en la radio a un hombre que iba a nacionalizarse
y le pidieron que un forense dictaminara que él era él. No
entiendo la relación. Coño,
ustedes me piden que diga que Estela es Estela, o que Marycruz no es Marycruz.
Pero Marycruz no sé quién es y Estela es Estela. ¿Y
el pasaje de avión? Lo regresaste a la agencia y te dieron cuatrocientos
dólares. Sabes que no puedes quedarte después de la fecha que indica
la visa. Yo
nunca he tenido problemas económicos. Necesitaba comprar alguna cosilla
y devolví el pasaje. No se angustie. Ya mi abuela o mis padres me enviarán
plata para devolverme. Pues
nada, macho. Mañana te dejarán que regreses a casa. Tienes apenas
quince días de permiso para estar aquí. Luego quedarás ilegal,
así que no podrás seguir armando follones. Oiga,
¿y la cerveza caliente? ¿Y el limón? ¿Y el picante? De
cómo Estela se prepara para salir
de la cárcel mientras recuerda
las misiones más heróicas
de su amigo el Coronel |
Madrid, 4-1-97 Querida
Cristina: Te sorprenderá que después
de no haberte escrito en tanto tiempo te lleguen dos cartas juntas, pero después
de escribirte la otra no tuve ánimos para enviártela. No sé
por qué. Me dio un poco de temor, quizás. O es que con sólo
escribírtela me sentí aliviada. Pero hoy quiero seguir contándote
cómo va todo y es que parece que este asunto se va a acabar. A Tulio nadie
lo pudo sacar de su declaración y eso me favorece. Tendrán que soltarme
muy pronto. Ayer incluso me dejaron reunirme con él. Conversamos un rato,
nos tomamos un cafecito, me comentó que estuvieron a punto de dejarlo preso
porque había golpeado a los policías que lo arrestaron. El pobre.
Le hace tanta ilusión que yo le crea esas historias. También insiste
en que se vino a España por culpa de la Sara (¿tú no llegaste a
conocerla, verdad?), no deja de hablar pestes de ella. El pobre. Y con esa madre
que tiene... Te reirías si supieras
que está pasando. Imagino que no tienes idea porque a fin de la Guardia
está manejando todo con mucha discreción, y ningún periódico
venezolano ha podido enterarse de que estoy detenida. Pero a esta gente se le
metió en la cabeza que Estela desapareció, y me preguntan por ella.
Es un poco cómico, si te pones a ver, pero no me canso de repetirles que
pierden su tiempo buscando a una mujer que está frente a ellos. La
solución es fácil. Gerardo tendría que venir a identificarme.
Ellos mismos me lo dicen. La cantidad de socios que conserva él en Europa
resulta impresionante. Pero Gerardo no contesta las llamadas, se disculpa, envía
mensajes muy breves, dice que yo soy quien digo ser, pero que ahora mismo él
no puede viajar a España. Así que esta gente sospecha que metieron
la pata, pero no terminan de convencerse de que no los estoy engañando.
Ayer les mostré la carta que Gerardo
me envió. Allí me dice que tenga un poco de paciencia, pues duda
si este arresto no será una trampa de sus enemigos. Me pide serenidad,
pero la policía insiste en que necesitarían una prueba de que soy
quien digo ser. Dios, eso es tan complicado. Eso es cómo demostrar que
no eres quien los demás dicen que eres. ¿Recuerdas a Camilo, el cubano
que te presenté en Caracas? Le pasó algo así. El pobre llegó
en los setenta y un Profesor de la Central dijo que Camilito trabajaba como agente
de la CIA. Entonces claro, la ciudad entera le sacó el cuerpo. Nadie le
daba trabajo y cómo él no terminaba de morir de hambre, y tampoco
regresaba a La Habana..., pues eso parecía la confirmación absoluta
de su culpabilidad. El pobre. Durante años trató de demostrar que
él no era quién la ciudad entera decía que era, y la ciudad
entera respondía que tanto empeño en demostrar que no era quien...,
oye, el caso es que me ocurre algo de eso. Soy Estela, les digo, y ellos me piden
pruebas sólidas, porque afirman que mi pasaporte, mis tarjetas, mi número
de identificación de extranjero, pueden ser falsos. Pero no lo son, respondo,
soy Estela, insisto y ellos piden que demuestre que no soy quien ellos dicen que
soy. Todo se arreglaría si Gerardo
viniese, pero entiendo que si sale del país ahora y acude a verme cuando
regrese a Caracas tendrá veinte órdenes de arresto. Mientras esté
allá y finja una cierta indiferencia por mi escape, puede quedar ante la
gente como una víctima, pero si se acerca a Madrid se transforma en cómplice.
Del Coronel creo que por ahora no debo
esperar nada. Todavía lo vigilan para saber por qué se comportó
de manera tan extraña el día del golpe. ¿Te parece lógico
que desconfíen de un hombre tan pacífico? Me
duele que tenga tanto tiempo metido en esa oficina, castigado, ocupándose
de tonterías y asuntos insignificantes. ¿Sabes lo último que estaba
haciendo cuando me vine? Lo pusieron en un departamento de control informativo.
Se trata de detectar cualquier información que ponga en entredicho a las
fuerzas armadas. No parece difícil pues ellos son bastante delicados y
casi cualquier cosa los ofende, pero en vista de que está prohibida la
censura, tienen que trabajar sin que se sepa su existencia. El
pobre sufre un montón. Recuerdo que lo más decoroso que le tocó
hacer en un principio era mirar que en las telenovelas no apareciesen militares
mal vestidos, hablando incorrectamente,
metidos en asuntos extraños. Imagínate tú al pobre, sentadito,
viendo y viendo culebrones, tomando notas, grabando en VHS las telenovelas de
la mañana, las de la tarde. Era muy aburrido pues nunca pasaba nada. Cada
vez debía resumir el argumento: "Milagros le afirma a Andrés Felipe
que el hijo que espera no es de él sino de Ricardo Alfonso. Despechado
Andrés Felipe se acuesta con Margarita. Margarita le dice que está
en estado pero en realidad su hijo es de Ricardo Alfonso. La madre de Milagros
quiere decirle la verdad a Andrés Felipe, pero Ricardo Alfonso y Margarita
la encierran en el sótano de una casa abandonada. DIAGNÓSTICO: NO
HAY ELEMENTOS IRREGULARES SOBRE LOS QUE DEBAMOS INTERVENIR, PERO EN LA CASA DE
MILAGROS APARECE UN CUADRO DEL LIBERTADOR LADEADO HACIA LA IZQUIERDA. PODRÍAMOS
SUGERIR AL CANAL DE TELEVISIÓN QUE LO COLOQUE DERECHO PARA NO OFENDER LA
MEMORIA IMPOLUTA DEL PADRE DE LA PATRIA Y POR ENDE DE LAS FUERZAS ARMADAS QUE
SALVAGUARDAN SU HONOR Y SU GLORIA". Espero
que no te rías del pobre Coronel por estas cosas que te cuento. Sé
que nunca te cayó muy bien, y que jamás aprobaste mi matrimonio,
pero a Gerardo cuando se le mete una idea no hay quien lo convenza. Tienes que
casarte, tienes que casarte, me decía, y yo le hice caso. Además
el Coronel no es mala persona. Cierto que nunca llegará a ser un genio
en nada, pero tiene muy buenos sentimientos. En
fin, resulta que un día sí lanzaron una telenovela
con un General que era coprotagonista. Y el General era borrachísimo. Más
bien alcohólico. Y el Coronel se sintió muy mal porque ahora debía
dedicarse con esmero a un trabajo que lo aburría. Las
escenas con las barbaridades del General alcohólico comenzaron a acumularse.
y aunque el Coronel hizo un par de llamadas amistosas el personaje continuó
apareciendo. Entonces mi Coro infiltró agentes en el canal y cada tarde
recibía una copia del capítulo. Así, cuando se les iba la
mano, unas personas editaban las escenas de tal forma que el General no deslucía
en exceso. Era gracioso. Nadie se daba
por aludido. Los de la televisión sabían lo que pasaba, pero no
se atrevían a denunciarlo pues no había cartas oficiales, ni una
petición, ni un reclamo, simplemente se perdían varias tomas cada
noche. Entonces el culebrón comenzó a quedar rarísimo pues
de repente veías al General avanzando borracho por una autopista, y luego
aparecía limpiando su carro, como intentando borrar unas manchas. La gente
sólo veía que el hombre limpiaba el carro y luego lloraba y lloraba.
Muy triste porque el carro estaba sucio. ¿No ves? Era todo muy extraño.
Pero resulta que el General había atropellado a unos niños y se
daba a la fuga, pero eso sólo lo sabíamos mi Coronel, sus empleados
y yo. Lo peor es que también la esposa del General comenzaba a serle infiel,
pero uno sólo veía que la mujer salía de casa, llegaba a
un restaurante, y luego el General le reclamaba su conducta y la empujaba. ¿Cuál
era el problema de que una señora fuese a cenar? ¿Por qué una paella
la convertía en mala madre, en mala esposa, en mala mujer? ¿Por qué
un hombre ebrio era capaz de empujar a una mujer por comer una paella? ¿Por qué
una mujer duraba una noche entera comiendo una paella y llegaba a casa al amanecer?
Al final, el Libretista regeneró
al personaje en alcohólicos anónimos y el Coronel descansó
un poco. Cómo sufría el pobre. Cada tarde esperando que le trajesen
la versión limpia de la telenovela. Cada noche imaginando qué tendría
que cortar al día siguiente. Ya
luego comenzó a ocuparse también de otras cosas. La más destacada
era dirigir redadas en toda la ciudad arrestando muchachos que utilizaran prendas
militares. Ya sabes, pantalones de camuflaje, botas, camisas. Esa moda que tuvieron
hace poco los niños que iban a gringolandia y volvían trajeados
como Rambo. Una vez que los capturaban
debían confiscarles las prendas y darles una charla diciéndoles
que con esa conducta ofendían al ejército, pues ese tipo de ropas
eran sagradas. Nada especialmente duro. Igual
se armó un escándalo porque los padres de los niños era gente
influyente que no le gustaba ver que su chamo regresaba de la calle sin pantalones,
o caminando descalzo. Se dijeron cosas terribles. A mucha gente le parecía
extraño que la milicia capturara quinceañeros para desnudarlos.
Así que mi Coro debió modificar el plan, y creó una brigada
de actuaciones especiales que una vez detectados los muchachos, les arrojaba un
líquido decolorante con pequeñas mangueras y sprays hasta que conseguir
que las ropas adquirieran un tono pálido. ¿Tú no te acuerdas? Era
tan divertido ir caminando por el Bulevar de Las
Mercedes y ver a los suboficiales y a la tropa persiguiendo adolescentes para
blanquearles las camisas. El pobre Coro.
Bueno, creo que por hoy he escrito demasiado,
. Y casi no te hablo de mí. Te cuento un montón de asuntos ajenos.
Mejor me tomo un descanso. Conversaré ahora con la mujer para que envíe
estas dos cartas. Acá todos son bastante amables, ya te lo dije. Me han
interrogado un par de veces, y los noto muy gentiles, incluso un poco distraídos
mirándome las piernas. ¿No te parecen un encanto esos detalles? No
dejes de escribirme, Cristina. Un beso grande para ti. Marycruz
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