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Prisión
perpetua | RICARDO PIGLIA |
160 págs. | ISBN
84-89618-50-X | 1950 pts. 11,71 Eur. |
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La loca y el relato del crimen
I Gordo,
difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en
el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar
de borrar su abatimiento. Las calles se
aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían
avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento
del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer
turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo
el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer
dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido,
lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry:
el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas
abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla
de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la
luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él
fuera una planta o un bicho. "Poder humillarla una vez", pensó. "Quebrarla
en dos para hacerla gemir y entregarse". En
la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más
pervertida aún bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente,
retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó
la cara como buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía
fuerte ahora, capaz de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo
y cachetearla hasta que obedeciera. "Años que quiero levantar vuelo", pensó
de pronto. "Ponerme por mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador". En un costado,
tendida en un zaguán, vio el bulto sucio de una mujer que dormía
envuelta en trapos. Almada la empujó con un pie. -Che,
vos -dijo. La mujer se sentó tanteando
el aire y levantó la cara como enceguecida. -¿Cómo
te llamás? -dijo él. -¿Quién?
-Vos. ¿O no me oís? -Echevarne
Angélica Inés -dijo ella, rígida-. Echevarne Angélica
Inés, que me dicen Anahí. -¿Y
qué hacés acá? -Nada
-dijo ella-. ¿Me das plata? -Ahá,
¿querés plata? -La mujer se apretaba
contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la envolvía como
una túnica. -Bueno -dijo él-.
Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos. -¿Eh?
-¿Ves? Mirá -dijo Almada agitando
el billete entre sus deditos mochos-. Te arrodillás y te lo doy. -Yo
soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana. -¿Escuchaste?
-dijo Almada-. ¿O estás borracha? -La
macarena, ay macarena, llena de tules -cantó la mujer y empezó a
arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara
entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso,
un brillo húmedo en sus ojitos de gato. -Ahí
tenés. Yo soy Almada -dijo, y le alcanzó el billete-. Comprate perfume.
-La pecadora. Reina y madre -dijo ella-.
No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista
Bairoletto, el jinete. Por el tragaluz
del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada cerró
las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados
color sangre de la entrada. -La macarena,
ay macarena -cantaba la loca-. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena
de tules -cantó la loca. Antúnez
entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista,
sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de
la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía
con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal
sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los
dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente. Antúnez se
despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor
agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana,
sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto
y como si hablara sola le pidió que no se fuera. Antúnez se largó
a reír: "¿Para qué?", dijo. "¿Quedarme?", dijo él, un hombre
pesado, envejecido. "¿Para qué?", le había dicho, pero ya estaba
decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia,
de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino.
Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse
al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda,
envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía
ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado
copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz.
Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión
de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma
el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le
daban de morirse o de volverse loca. "Nos
queda poco de juego, a ella y a mí", pensó llegando al recodo del
pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer
se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar
fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los
signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los
frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo: la despedida o el adiós
escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido
dejarle la mujer antes de irse. Vino él
vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es como un
bicho una basura oh dios mío ándate por favor te lo pido salvate
vos Juan vino a buscarme esta tarde es una rata olvídame te lo pido olvídame
como si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras
no me busques porque él te va a matar. Antúnez
leyó las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara reflejada
en la luna del espejo. II
A Emilio Renzi le interesaba la lingüística
pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo: haber
pasado cinco años en la facultad especializándose en la fonología
de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre
el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía,
de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes
de Roberto Arlt. El tipo que hacía
policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del asesinato de Larry llegó
al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a cubrir la información
porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de putas baratas
y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer cosida a
puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen
era una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne.
Cuando la encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca
y repetía una historia incomprensible. La policía detuvo esa misma
mañana a Juan Antúnez, el tipo que vivía con la copera, y
el asunto parecía resuelto. -Trata
de ver si podés inventar algo que sirva -le dijo el viejo Luna-. Andate
hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo. En
el Departamento de Policía Renzi encontró a un solo periodista,
un tal Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La Prensa. El tipo
era alto y tenía la piel esponjosa, como si recién hubiera salido
del agua. Los hicieron pasar a una salita pintada de celeste que parecía
un cine: cuatro lámparas alumbraban con una luz violenta una especie de
escenario de madera. Por allí sacaron a un hombre altivo que se tapaba
la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar se llenó de fotógrafos
que le tomaron instantáneas desde todos los ángulos. El tipo parecía
flotar en una niebla y cuando bajó las manos miró a Renzi con ojos
suaves. -Yo no he sido -dijo-. Ha sido
el gordo Almada, pero a ese lo protegen de arriba. Incómodo,
Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía
ayuda. -Seguro fue este -dijo Rinaldi
cuando se lo llevaron-. Soy capaz de olfatear un criminal a cien metros: todos
tienen la misma cara de gato meado, todos dicen que no fueron y hablan como si
estuvieran soñando. -Me pareció
que decía la verdad. -Siempre parecen
decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando
la luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara
atada. En cuanto empezó a oírla, Renzi encendió su grabador.
-Yo he visto todo he visto como si me
viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón
que pertenece que perteneció y va a pertenecer a Juan Bautista Bairoletto
el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de aquí enemigo
mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer visos
encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay
macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal
tomo ácido te juro si te acercas tomo ácido pecadora loca de envidia
porque estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés
que me dicen Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que
matar a todos los entrerrianos soy bruja y soy gitana y soy la reina que teje
un tul hay que tapar el brillo de esa mano un pedernal, el brillo que la hizo
morir por qué te sacás el antifaz mascarita que me vio o no me vio
y le habló de ese dinero Madre María Madre María en el zaguán
Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y dónde
está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la
virgen con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle
la cara que la he tenido blanca por la inocencia. -Parece
una parodia de Macbeth -susurró, erudito, Rinaldi-. Se acuerda, ¿no? El
cuento contado por un loco que nada significa. -Por
un idiota, no por un loco -rectificó Renzi-. Por un idiota. ¿Y quién
le dijo que no significa nada? La mujer
seguía hablando de cara a la luz. -Por
qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí
me amaba el hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto
jinete de poncho inflado en el aire es un globo un globo gordo que nota bajo la
luz amarilla no te acerqués si te acercás te digo no me toqués
con la espada porque en la luz es donde yo he visto todo he visto como si me viera
el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que
perteneció que pertenece y que va a pertenecer. -Vuelve
a empezar -dijo Rinaldi. -Tal vez está
tratando de hacerse entender. -¿Quién?
¿Esa? Pero no ve lo rayada que está -dijo mientras se levantaba de la butaca-.
¿Viene? -No. Me quedo. -Oiga,
viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la encontraron?
-Por eso -dijo Renzi controlando la cinta
del grabador-. Por eso quiero escuchar: porque repite siempre lo mismo. Tres
horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio
del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca,
subrayado con lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.
-Tengo la prueba de que Antúnez
no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él nombró, un tal
Almada, el gordo Almada. -¿Qué
me contás? -dijo Luna, sarcástico-. Así que Antúnez
dice que fue Almada y vos le creés. -No.
Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin
decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay
una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para
analizar el lenguaje psicótico. -Decime,
pibe -dijo Luna lentamente-. ¿Me estás cargando? -Espere,
déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está
obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde,
¿se da cuenta?, un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura
hay treinta y seis categorías verbales que se llaman operadores lógicos.
Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio
está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese
orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo:
es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo
analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va
a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases,
de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo
hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? -dijo Renzi
levantando la cara para mirar al viejo Luna-. ¿Sabe qué queda? Esta frase:
El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló
de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta? -remató
Renzi, triunfal-. El asesino es el gordo Almada. El
viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel. -¿Ve?
-insistió Renzi-. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las
subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se pueden hacer en
medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la
virgen y todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que
las únicas palabras que cambian de lugar son esas con las que ella trata
de contar lo que vio. -Che, pero qué
bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la facultad? -No
me joda. -No te jodo, en serio te digo.
¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos papeles? ¿La tesis? -¿Cómo
qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario. El
viejo Luna sonrió como si le doliera algo. -Tranquilizate,
pibe. ¿O te pensás que este diario se dedica a la lingüística?
-Hay que publicarlo, ¿no se da cuenta?
Así lo pueden usar los abogados de Antúnez. ¿No ve que ese tipo
es inocente? -Oíme, el tipo ese
está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató porque
a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno
el jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta
líneas contando que a la mina la mataron a puñaladas. -Escuche,
señor Luna -lo cortó Renzi-. Ese tipo se va a pasar lo que le queda
de vida metido en cana. -Ya sé.
Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé
una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen
que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató
la Virgen María. -Está bien
-dijo Renzi juntando los papeles-. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.
-Decime, ¿vos te querés arruinar
la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés
mezclar? -en la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había
visto-. Mira, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo
que quieras, pero no armés lío. Si te enredás con la policía
te echo del diario. Renzi se sentó
frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su renuncia;
iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la ciudad parecían
grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto, pensando
en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto. Después
bajo la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le
dictara: Gordo, difuso, melancólico,
el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo -empezó a
escribir Renzi-, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para
tratar de borrar su abatimiento.
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