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Veneno |
HUGO FONTANA | 192
págs. | ISBN 84-89618-51-8 | 2200
pts. 13,22 Eur. | |  |
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Por fin, hace tres días,
el presidente de la República envió una extensa carta al gobernador
de Texas, George Bush hijo, pidiendo clemencia para Tapita. Durante meses, mucha
gente del pueblo y algunas organizaciones de derechos humanos de Montevideo y
la Iglesia y un puñado de políticos solicitaron al gobierno que
interviniera directamente en el caso, pero con el paso del tiempo todos supimos
y el presidente
en primer lugar
que la petición no sería enviada nunca o, de serlo, jamás
llegaría a tiempo. La carta, escrita
en el estilo barroco y grandilocuente al que nuestro mandatario nos tiene acostumbrados
cuando logra vencer su patético registro de la erre no
menos de una docena de veces fueron citados en sus interminables y eruditos párrafos
los filósofos Plutarco, Platón e Hipócrates; otras tantas
algunos episodios de la historia americana y algunas cláusulas de la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre ,
fue publicada en todos los diarios del país y leída en las radios
y en la televisión pero ayer al mediodía, cuando los informativistas
anunciaban que a causa de la lluvia se había suspendido la oratoria del
canciller en la Piedra Alta de Florida y que sólo el ministro de Educación
y Cultura Yamandú Fau y el Intendente Juan Justo Amaro habían concurrido
al lugar empapándose hasta los huesos, llegaron los primeros despachos
de prensa dando a conocer algunos detalles de la ejecución, en el amanecer
de Huntsville, de Jorge Eduardo González Broemberg con inyección
letal en un presidio de alta seguridad. «A
mí no me importa morir ni me importa la forma en que me vayan a matar,
pero quiero que estos hijos de puta se apuren», había declarado Jorge
Eduardo a una cronista de Canal 12 que viajó a hacerle una nota a mediados
de julio, cuando aquí nos moríamos de frío y allá
había una temperatura de cuarenta y dos grados a la sombra y la gente desfallecía
deshidratada en las carreteras del estado. La entrevista se emitió hace
un par de domingos en un programa especial que se llamó «Jorge Eduardo
González, un uruguayo ante el patíbulo», título tan
pretencioso como la carta del presidente. En
la pantalla, los amigos de Tapita pudimos ver a un hombre envejecido, de hombros
caídos y lentísimos gestos, un astillero yermo, desolado, detrás
de una intrincada reja de alambres y acero. De su vieja figura, de su antiguo
rostro, sólo se podían reconocer los ojos todavía inquietos
pero entristecidos y aquella sonrisa que sólo le afectaba la comisura izquierda,
como si siempre hubiera sido incapaz de dejarse comprometer la totalidad de los
labios, o como si algo vocacionalmente trunco e imperfecto le obligara a andar
por la vida riéndose por la mitad. Cuando
la periodista le preguntó, con evidente insidia o peor estupidez, qué
cosa le gustaría hacer en ese momento, Jorge Eduardo se llevó una
mano al mentón y demoró en contestar. Yo sabía en qué
estaba pensando; acaso me hubiera gustado contestar por él, pero al final
dijo: «Quisiera darle un beso a mi madre», aunque también sus
palabras sonaron falsas, acaso incompletas. La
cámara enfocó después un largo corredor de paredes de concreto
iluminado con asombrosa intensidad, ocupado por una docena de hombres con prolijos
uniformes a quienes no parecía importarles ser filmados, y al fondo una
gruesa puerta de acero con una extraña cerradura circular atravesada por
una barra, parecida a las de las cajas fuertes. Antes de terminar el bloque también
mostraron una delgada camilla con sábanas azules y correas de cuero con
gruesas hebillas de metal que la cruzaban trasversalmente. «Tenía
un abogado dijo
Tapita sin mediar pregunta alguna y se interrumpió de inmediato para lanzar
una carcajada y para mover divertido la cabeza de arriba a abajo .
Mi abogado quería apelar una vez por semana y aparecer en la televisión
cada vez que lo iba a hacer. Es un hombre joven que se viste con trajes de las
mejores marcas y usa un perfume de zorrillo. Lo entrevistaban todos los canales,
hasta que le dije que se dejara de trucos y que no insistiera más. De algún
modo llegué a entenderlo: él quería seguir trabajando porque
se estaba haciendo famoso. Los dos somos famosos ahora: él porque me representó
y yo porque soy el primer uruguayo al que van a matar en una cárcel de
Huntsville. Si no fuera por eso nadie hubiera viajado desde Uruguay para hacerme
una nota». Todo el mundo, hasta
el papa Juan Pablo II, le envió unas líneas al gobernador Bush,
el hijo del ex presidente, y creo que eso fue lo que terminó empujando
a nuestro mandatario. Enrique y yo escribimos una carta, la hicimos traducir y
salimos a buscar firmas casa por casa. Casi todos los vecinos firmaron, incluso
aquellos que por jóvenes o por nuevos en el pueblo no llegaron a conocer
a Jorge Eduardo González antes de que él emprendiera su alocado
peregrinaje allá por 1977 o 1978, primero rumbo a Venezuela y después
a Nueva York y a Nueva Jersey, ciudad en donde vivía con su mujer hasta
hace dos años, cuando sin ninguna explicación aparente decidió
viajar a San Antonio, Texas, y desencadenar una de las peores noches de horror
de la historia de los Estados Unidos. «Toledo,
Canelones, Uruguay. 14 de febrero de 1999. Señor Gobernador George Bush
Jr. De nuestra mayor consideración comenzaba
diciendo nuestra carta .
Los abajo firmantes, todos amigos y/o conocidos de Jorge Eduardo González
Broemberg, nos dirigimos a Ud. a fin de solicitar vuestra clemencia». Después,
con las palabras más sencillas y emotivas que pudimos encontrar, pasamos
a relatarle algunos episodios de la vida de Jorge Eduardo, Tapita para sus amigos,
con la remota esperanza de conmoverlo y convocar su misericordia. No citamos a
ningún pensador griego o latino, pero esa carta llegó a manos de
Bush. Lo sabemos porque a los pocos días enviaron a la casa de sus primos
una nota con membrete fechado en Austin, dejando constancia del recibo pero sin
la menor pista acerca de las intenciones inmediatas del gobernador. En
el segundo bloque de «Jorge Eduardo González, un uruguayo ante el
patíbulo», la periodista mostró las ruinas todavía
intactas del Hotel Navarro de San Antonio. Parecía que de entre los escombros
aún surgían volutas de un humo descorazonado y negro, que de entre
las ruinas en cualquier momento aparecería una silueta humana envuelta
en llamas tratando de escapar de aquel infierno menor y voraz. Después
ella dijo que, tal como suelen hacer los estadounidenses, en este caso con el
apoyo de la Asociación de Mujeres Lesbianas de Texas, se planeaba reconstruir
con absoluta fidelidad el destruido hotel a fin de convertirlo en un museo con
los mayores adelantos técnicos luces
como lenguas de fuego, rincones con un calor insoportable, gritos desesperados
saliendo de parlantes ocultos en las paredes, olor a carne quemada
en donde, tras la compra de un boleto, los turistas podrían recorrer las
crujientes escaleras, las sombrías habitaciones, los interminables pasillos
donde una veintena de homosexuales habían quedado atrapados un par de años
atrás. La televisión mostró
luego un estacionamiento atestado, un primer plano de El Alamo aquel
viejo fuerte donde continúan cruzándose las versiones acerca de
la muerte de David Crockett a manos de tropas mexicanas, acerca de su coraje y
de su cobardía, acerca de la inmortalidad de algunos héroes tocados
por la fantasía de los tiempos modernos ,
la plaza central de San Antonio con una alambicada glorieta que por las noches
se ilumina con racimos de bombillas amarillentas, y frente a ella un predio conocido
como La Villita, donde suelen reunirse a escuchar música country todos
los constructores y carpinteros del lugar. Mostró también los románticos
puentes sobre el River Walk, un oscuro canal que atraviesa la ciudad y que es
recorrido por lanchones atestados de turistas entre los que, según las
crónicas policiales, Tapita se confundió durante las horas previas
al brutal incendio, aturdido por el resplandor de los grandes edificios y por
su propia y descomunal soledad. «Durante
toda la tarde del 1 de mayo de 1997, Jorge Eduardo González, tras registrarse
a media tarde en el Hotel Navarro, deambuló por estas calles sin rumbo
fijo y sin ningún pensamiento concreto. Cenó temprano en un restaurante
de comidas rápidas y realizó después un tour por el canal
que recorre el centro de la ciudad, también conocida como la Venecia de
Texas, entre lujosos hoteles de las cadenas Marriott's y Holiday Inn. Antes de
subir al lanchón, como a todos los turistas, le fue tomada una fotografía
que al finalizar el trayecto desestimó recoger y que luego resultó
fundamental en el esclarecimiento del caso», relató la locutora mientras
en la pantalla aparecía una imagen de Tapita de cuerpo entero tras un cartel
de fondo blanco y letras violetas donde podía leerse, bajo una caprichosa
rúbrica, «San Antonio River Walk». En esa foto todavía
estaba como había sido o como lo habíamos visto dos o tres días
antes frente a la plaza, en la cantina del club Juventud Unida, protagonizando
una acalorada discusión con el viejo Carabajal, borracho como una cuba
y marrón como la tristeza, sin saber que aquella sería la última
visita al pueblo donde nació. «Minutos
después de provocar el incendio continuó
la mujer , subía
a la camioneta Chevrolet negra que había alquilado por la mañana
en el aeropuerto de Houston y partía con rumbo desconocido. La policía
estatal, sin embargo, no demoró en dar con su paradero y fue detenido cuarenta
y ocho horas después del siniestro en un bar de College Station, una pequeña
ciudad universitaria a tres horas de San Antonio». La cámara dejó
ver a continuación un establecimiento oscuro, de paredes adornadas con
viejos anuncios de licor y cerveza, daguerrotipos de caciques piel roja y cabezas
de alces y renos, de gastados pisos de madera, una larguísima barra y un
salón con media docena de pooles, adonde la policía lo encontró
bebiendo junto a un puñado de inmigrantes. «Aquí
jugó su última partida de pool, mezclado con un grupo de estudiantes
mexicanos dijo
la cronista apoyándose sobre uno de los muebles tapizados de azul en tanto
la cámara hurgaba en un oscurecido retrato de Emiliano Zapata colgado entre
los tacos . Los
agentes policiales que lo detuvieron aseguran que, a pesar de todo el alcohol
que había ingerido, estaba tranquilo y no ofreció la menor resistencia
al arresto. Durante algunas horas negó su participación en los hechos,
pero luego, conciente de que tarde o temprano todas las evidencias iban a estar
en su contra, terminó confesando ser el único responsable del atroz
suceso. Desde aquí fue enviado a la prisión de Hunstville, donde
espera desde hace dos años en una de las celdas de máxima seguridad
que dan al corredor de la muerte, ser ejecutado en las próximas semanas».
«Supongo que todo el mundo en Uruguay
sabe lo que hice, supongo que han agregado a la historia todos los detalles que
se puedan imaginar, así que no tiene demasiado sentido que yo la vuelva
a contar», dijo Tapita al comienzo del tercer y último bloque, cuando
el editor decidió volver al presidio. «Eso es cierto le
confesó la periodista ,
pero lo que nadie conoce son los verdaderos motivos que lo llevaron a provocar
el incendio». Él quedó en silencio mientras la cámara
trataba de husmear detrás de la espesa malla, enfocando sus ojos una y
otra vez. «Tendría que contarle muchas cosas, seguramente me perdería
en el relato, necesitaríamos veinte programas como éste respondió
sonriendo de costado ,
y aún así seguramente los dos nos quedaríamos sin saber porqué».
«¿Ha llegado a sentir la solidaridad
de sus familiares y de todos aquellos que vienen pidiendo por su vida?»
«Aquí lo único que
se siente es miedo, señorita». La
mujer quedó en silencio, la toma se interrumpió para dejar paso
a un paneo general del exterior de la cárcel, los altísimos muros,
los inexpugnables cercos, la obsesiva guardia. Después apareció
nuevamente la imagen de la locutora: detrás suyo una enloquecida autopista
por donde transitaban a gran velocidad vehículos de todo tamaño,
un nudo de carreteras cruzándose a distinta altura y más lejos aún
las cimas de algunos edificios confundiéndose con el cielo tapado de nubes.
«El próximo 25 de agosto, fecha en la que en nuestro país
se celebra la Declaratoria de la Independencia, y de no mediar un verdadero milagro,
Jorge Eduardo González, de cuarenta y ocho años de edad, será
ejecutado por inyección letal en la localidad de Hunstville, a unos quinientos
kilómetros de Dallas, ciudad en la que veintiséis años atrás
fue truncada la vida del presidente John Fitzgerald Kennedy. Se cerrará
así uno de los más extraños capítulos de la historia
policial en la que se haya visto involucrado un ciudadano uruguayo». Todo
el pueblo vio aquel programa, y estoy seguro de que todos supieron que era cierto
que Tapita quería que el oscuro proceso en el que se hallaba envuelto llegara
de una vez a su final, pero también estoy seguro de que casi nadie podía
explicarse por qué él se había convertido en el responsable
de un acontecimiento tan pavoroso como el que había desatado en aquella
lejana e ignota ciudad del sur de los Estados Unidos. Supongo que tres o cuatro
de sus mejores amigos, alguno de sus últimos familiares un
par de primos, su única hermana que había marchado a Buenos Aires
muchos años atrás ,
podían aventurar los motivos, pero nadie con una certeza tal que pudiera
dar por cerrado el caso. Durante los dos
últimos años Jorge Eduardo se había convertido en el uruguayo
más famoso, provocando en la cabeza de la gente las más variadas
conjeturas y las más encontradas reacciones, desde el mayor y exagerado
desprecio hasta el más incierto de los orgullos comarcales. Su nombre completo
apareció una y otra vez en los diarios, su rostro una
estrafalaria fotografía proporcionada por el FBI tras la captura y divulgada
hasta el hartazgo por las cadenas de prensa internacionales
fue una y otra vez portada de los informativos de la televisión local.
No creo que ningún otro uruguayo fuera tan ferozmente inspeccionado en
su historia personal y en su vida privada, pero también sé que nunca
nadie causó tanta decepción a sus investigadores, como si ellos
pensaran encontrar en su pasado y en algunos erráticos incidentes de su
infancia y de su juventud las razones que terminaran explicando la ferocidad de
aquellas llamas, el abrazo tenaz del fuego sobre la vida de tantos inocentes.
Pero creo que yo sé cuándo
empezó todo, cuándo y dónde se originó tamaña
y equívoca crueldad, de qué modo sucedieron en realidad los hechos.
Estoy seguro de que nadie puede suponer,
sin faltar a la prudencia, que en la vida hay un punto de partida. Todo es lazos,
tiempo, tramas, caminos que se cruzan llevados de la mano por la voluntad o el
arbitrio, pero al primer día de existencia de cualquier ser humano su más
obcecado investigador ya perdió pistas y rastros, olvidó las secuencias,
desechó las infundadas determinaciones. Detesto a las personas que suponen
lo contrario y que se han atrevido a elaborar líneas de pensamiento destinadas
a un eventual acierto, siquiera a la menor aproximación, a la más
insignificante hipótesis de secuencias. Yo viví algunos años
de mi adolescencia pegado a Tapita, a Juan Carlos Olague y a Enrique Soria Casanueva,
y los cuatro llegamos a formar por algún tiempo una férrea cofradía
capaz de llevar adelante algunos atropellos menores, mantener bajo llave algunos
secretos impiadosos, cometer algunas irreverencias propias e
incluso impropias
de nuestra edad, pero toda certeza nunca dejará de ser mera especulación
y todo recuerdo jamás podrá despojarse de su irrenunciable contingencia.
Un sábado de noche, a mediados
de diciembre de 1973, fuimos los cuatro al barrio de los quilombos de Pando. Tapita
y Enrique tenían veintidós años, Juan Carlos y yo veintiuno.
Subimos a la camioneta Indio con la que entre semana el padre de Enrique hacía
su corretaje de comestibles y llegamos bastante antes de la medianoche. Deambulamos
por las calles empozadas y oscuras de los alrededores, cruzándonos cada
tanto con otros grupos de muchachos que iban y venían de un prostíbulo
a otro, los pasos silentes, los gestos minimizados por la sospecha o el impudor,
las voces envalentonadas por la cerveza o el whisky nacional. Nos detuvimos en
la cantina de una casa de alto paredón verde y lamparillas rojas. Tapita
pidió la primera ronda de tragos antes de salir a recorrer los pasillos
penumbrosos desde donde las mujeres se ofrecían con una sonrisa a flor
de labios, el cuerpo apenas cubierto por unos deshabillés raídos
y amarillentos, envueltas en perfumes poderosos y baratos. Caminamos esquivando
otros hombres que también iban y venían de una punta a otra de los
corredores, deteniéndonos cada tanto a cruzar alguna palabra con las mujeres,
a preguntar las tarifas, a investigar y sopesar las cualidades y destrezas de
cada una de ellas. Dimos vueltas de uno
a otro quilombo, bebiendo en todos los bares, hasta que paramos en uno que parecía
ofrecer la población más numerosa de mujeres. A espaldas del cantinero,
tras una reja, se abría un ancho corredor con más de doce habitaciones
al que se accedía por una puerta lateral. En el umbral de cada pieza una
mujer esperaba, recostada al marco, mirada provocadora, tristeza indescriptible.
Yo
invito dijo Tapita,
la voz irremediablemente dominada por la cerveza. Había
cobrado el primer aguinaldo de su nuevo trabajo como guarda de ómnibus,
empleo que le fastidiaba pero que había cumplido con disciplina religiosa
durante más de ocho meses. Yo
pago los polvos insistió
con tono imprecante, levantando la jarra de cerveza como si quisiera hacer un
brindis por una ocasión especial que desde allí en más debería
repetirse con alguna regularidad. Aprovechen,
que hoy debe ser el cumpleaños del amigo dijo
el cantinero detrás del mostrador, abriendo unos ojos aburridos, pasando
un trapo entre los vasos, secándose el sudor de la frente con el dorso
de la mano, haciendo un gesto con la cabeza indicando que a sus espaldas nos esperaba
un mundo maravilloso. Una de las mujeres,
una mulata corpulenta, de hombros rectos y musculosos, de pechos enormes que parecían
saltar tras su diminuto sostén, de labios pintados furiosamente, se acercó
a la reja y nos miró con una sonrisa espléndida. Papito
inquirió
a Tapita tras los barrotes .
Te estoy esperando, papá. ¿Cómo
te llamás? Estela
respondió
ella aumentando su sonrisa. Te
presento a mis mejores amigos, Estela le
dijo él con un gesto que nos abarcaba. Son
muy lindos, pero vos sos el que más me gusta. ¿No
tenés ninguna amiga para ellos? La
mujer se dio vuelta y levantó una mano con tres dedos en alto y de inmediato
se acercaron otras tantas mujeres a la reja. Del otro lado, envueltas por la penumbra
húmeda y aromada, parecían hermosas. Cuando
regresamos de las habitaciones la cerveza se había entibiado sobre el mostrador
y pedimos otra botella. Los ojos de Tapita mostraban una rara mixtura de euforia
y tristeza. Hay
que reponer energías dijo
riéndose de costado .
Deberíamos comer algo, pero después de este festín quizá
sea un pecado. Estela se acercó
nuevamente a la reja y pasó una mano entre los barrotes para que Tapita
la invitara con un trago de cerveza. Bebió un par de sorbos mirándolo
con un dulzor insospechado. ¿Cuándo
vas a volver? Mañana
mismo. O dentro de un rato, si ellos me dejan. La
mujer le devolvió la jarra, le regaló un mohín provocador
y furtivo y se marchó hacia el umbral de su habitación. Un minuto
después un hombre mayor se acercó a la puerta y cruzó algunas
palabras con ella, dio un paso atrás para contemplarla de cuerpo entero
y levantó una mano con la que le acarició el rostro y el cuello.
Tapita, ensimismado, inmóvil, titubeante,
observó la escena como si estuviera mirando algo fundamental y como si
no pudiera entender que en definitiva el hombre iba a entrar a la pieza y que
la puerta se cerraría a cal y canto por unos cinco o diez minutos. Entonces,
apuró el resto de cerveza de su jarra y nos dijo que se quería ir.
Enrique decidió volver por el camino
de Las Piedritas para evitar encontrarse con la Policía Caminera. Ya
tomé demasiada cerveza, pero no se preocupen: llegaremos a buen puerto
dijo como si
fuera un marinero algo ebrio, simulando encasquetarse una imaginaria gorra sobre
la mitad de la frente. El camino de Las
Piedritas es una oscura y zigzagueante carretera de grava que desemboca a los
costados de Suárez, antes de pasar frente a la entrada de la Colonia Berro
y al cementerio de Pando. Enrique bordeó la estación del ferrocarril,
cruzó las vías, aminoró la marcha frente a los altos cipreses
del cementerio como si estuviera decidido a detenerse ante los ferrujientos portones.
¿Sabés
el cuento de las muertas? ¿El de Vietnam? le
preguntó a Tapita, quien viajaba sentado a su lado. Tapita
lo miró sin decirle una palabra pero con el gesto más preciso del
mundo. Enrique volvió a acelerar y enfiló por el sendero amarillento
levantando una nube de polvo. Dejó atrás las luces del frigorífico
y se sumió en la absoluta oscuridad de la carretera. Desgarbados eucaliptos
a un lado y otro, algunos dormilones cruzando el aire, el cielo macizo y estrellado
cayendo a pique. Juan Carlos, sentado detrás de Tapita, sacó una
mano por la ventanilla y golpeó desde afuera el cristal de adelante. Tapita
pegó un salto en su asiento y demoró en darse cuenta de la broma
un par de segundos, suficientes para que Juan Carlos, Enrique y yo estalláramos
en una ruidosa carcajada. Un
fantasma viene siguiéndonos desde el cementerio dije
yo, ya contenida la risa .
Deberías haber pasado más rápido. La
puta madre murmuró
Tapita, avergonzado. Es
probable que los muertos quieran salir alguna noche, sobre todo teniendo en cuenta
que el cementerio está a unas diez cuadras de los quilombos comentó
Enrique . ¿Saben
el cuento de la enfermera? Los
fantasmas no existen dijo
Tapita, la lengua trabada por la resaca .
Son seres humanos equivocados de lugar y de hora. Le
señalé delante del parabrisas una desgarbada nube cercana al horizonte.
¿Qué
forma tienen? Son
seres humanos. Tienen forma de seres humanos. A veces corren, escapan, tratan
de llamar la atención. Perdieron la raíz y no saben qué mierda
hacer. Le volví a señalar
la nube derivante. Me contestó con un gesto de fastidio. Mirá
si ahora nos golpean el techo dijo
Juan Carlos hundiendo la cabeza entre los hombros. ¿Se
acuerdan de las historias del arroyo Magariños? preguntó
Enrique. Tapita giró la cabeza
con brusquedad, miró para afuera, abrió la ventanilla. Una bocanada
de aire espeso y caluroso cruzó el interior del vehículo. No
dejen que las niñas vayan solas al bosque decían
las vecinas. La camioneta continuó
su sostenida marcha atravesando la noche. Vimos algunas luces distantes, las instalaciones
bochornosas de la Colonia adonde iban a parar los menores más o menos peligrosos
del Consejo del Niño, las alambradas de púas, un sendero de árboles
frondosos. Nadie dijo más nada durante el resto del camino. Enrique recorrió
lentamente las cuatro cuadras de la calle principal de Suárez: estaban
casi desiertas y eran sepias, abandonadas. Pasó frente a la angosta plaza,
frente a la oscura estación de trenes. Continuó por el Camino del
Andaluz rumbo al pueblo y se detuvo frente al cine. Desde la camioneta, tras los
puñados de gente que iban y venían, pudimos ver a una media docena
de parejas bailando al compás de una cumbia de El Cuarteto Imperial mientras
en el escenario Fabrizio Giusti y el negro Adán, acomodando un par de micrófonos,
esperaban a sus demás compañeros para empezar a tocar. «Hoy
Grupo Electrónico Keguay Hoy Organiza Club Ciclista Toledo», decía,
a fuerza de tizas de colores, un destartalado pizarrón de lata a un costado
de la puerta. Cuando entramos habían
apagado las luces y un foco apuntaba a los músicos, vestidos con trajes
de un terciopelo gris y brillante, que se habían ido acomodando en el escenario
armado con tanques y tablones y ya estaban listos para empezar a tocar. Llegamos
a la cantina y pedimos una cerveza. Antes de terminar de servir los vasos sonaron
los acordes del primer tema y la pista se fue llenando de bailarines. En la otra
punta del mostrador dos soldados de la Escuela Militar, pelo al rape, zapatos
de plataforma, vaqueros Sanforizado, camisas floreadas, bebían en silencio,
atentos a los movimientos de un par de muchachas que habían quedado solas
en una mesa. Esto
se termina pronto dijo
Enrique haciendo un gesto con la cabeza, señalando a los soldados .
Ferreira Aldunate mandó a decir la semana pasada desde Buenos Aires que
a la dictadura le quedan cinco o seis meses de vida y que nos fuéramos
aprontando para trabajar en las elecciones. El
comentario no nos llamó demasiado la atención, pues no era el primer
pronóstico similar que habíamos escuchado en los últimos
días y porque casi todos en el país estaban hablando de lo mismo.
Wilson
mandó a decir: «Avísenle a los muchachos que a principios
del otoño, marzo, abril a más tardar, estamos por allá y
que no nos para nadie» continuó
diciendo con gesto entendido y como si ya estuviera conspirando .
Hay gente que viene hablando con Gregorio Alvarez y éste les aseguró
que los militares están dispuestos a entregar el poder. Tapita
se acercó a Enrique y lo miró fijamente. Yo no supe si era incredulidad
o simplemente la melancolía del alcohol lo que tenía en los ojos,
pero su comentario nos asombró a todos. Todos
los uruguayos van y se sientan en un banco de Plaza Italia mirando al este, por
encima del río. Se rascan las pelotas toda la tarde, especulan, sacan conclusiones
brillantes y dicen idioteces. ¿Qué mierda se puede esperar de un político
que cuando tiene que gritar «Viva Uruguay», grita. «Viva el
Partido Nacional»? Se acodó,
apoyó el cuerpo sobre su pierna izquierda, amagó a llevarse el vaso
a los labios pero finalmente lo dejó suspendido en el aire, como si ambos,
él y su vaso, estuvieran esperando algo importante, un acontecimiento al
que debiera prestársele una finísima atención. Los soldados
dejaron sus copas y se acercaron a la mesa de las mujeres, las que se levantaron
de inmediato y los acompañaron a la pista. Los vimos mezclarse en la sudorosa
multitud y perderse de inmediato entre los demás bailarines. Los músicos
de Keguay interpretaban una cumbia sincopada, estridente, que hablaba de un romance
a la orilla de un río o de un camino, de una promesa, de un desengaño.
Decidimos acercarnos y mirar desde un costado. Todos los bailarines parecían
moverse a mayor velocidad que la música: estaban serios, concentrados en
sus ligeros movimientos, y pocos prestaban atención a los demás,
ni siquiera a sus propios acompañantes. Cada tanto alguien abandonaba el
baile y salía disparado, zigzagueando entre las mesas vacías, rumbo
a los baños del fondo. Deberíamos
bailar dijo Juan
Carlos . Por lo
menos para que nos baje la cerveza. Buscó
un segundo entre las mujeres sentadas alrededor de la pista, pero sólo
quedaban madres aburridas o somnolientas, que cada tanto vigilaban el comportamiento
de sus hijas con un rigor propio de un campo de concentración. La
orquesta empezó a tocar un tema mucho más lento que los anteriores
y la muchedumbre pareció detenerse o sencillamente continuar sus movimientos
pero ahora en cámara lenta. Casi delante de nosotros se detuvo una pareja:
eran un hombre de rostro elemental y cobrizo y una mujer pequeña, pasada
de kilos, de hermosos ojos castaños. El hombre apenas levantaba los pies
y parecía convencido de no tener que moverse más allá de
las dos o tres baldosas que ambos ocupaban, displicente o fatigado. Cuando la
mujer quedó de frente a nosotros levantó la cara sobre el hombro
de su acompañante y miró a Tapita. La escena volvió a repetirse
una y otra vez, siempre que ellos terminaban el lento giro. Antes de que acabara
la música, Tapita levantó el vaso y le ofreció su media sonrisa
a la mujercita, que le devolvió el gesto entrecerrando los ojos, sacando
la punta de la lengua y haciéndola recorrer los labios de una comisura
a la otra. Tapita dio dos pasos hacia adelante y cuando estuvo al lado de los
bailarines le pegó un feroz puñetazo a la mujer en la frente, que
se desplomó desmayada sin que el hombre pudiera hacer nada por evitar la
caída. El escándalo, los tumultos, la gresca, fueron mayúsculos.
Durante unos quince minutos la pista de
baile se convirtió en un indiscriminado ring donde todos luchaban contra
todos sin tener la menor idea de quién o quiénes habían desencadenado
la pelea ni cuál era el motivo ni a qué bando había que apoyar.
Los músicos siguieron tocando durante un par de minutos, como si con ello
ayudaran a restablecer la calma, hasta que por fin se fueron bajando del escenario
y terminaron involucrándose en la golpiza. Las mujeres huyeron despavoridas
puertas afuera y debieron esperar a la intemperie que la ira fuera disminuyendo
lentamente salón adentro. Tras rescatar a Tapita y subirlo a los empujones
a la camioneta, Enrique manejó hasta la ruta y sólo se detuvo al
llegar a la entrada de San Andrés, lo suficientemente lejos y a oscuras
como para no ser detectados por algún eventual y furioso perseguidor. Tapita
sangraba de un labio y tenía un moretón en la mejilla izquierda.
Esperó a que Enrique apagara el motor para empezar a reír. Recostado
en el asiento delantero, reía y se quejaba del corte en la boca. Reía
y maldecía. Reía y maldecía. Reía y maldecía,
hasta que empezó a llorar desconsoladamente. Los
padres de Tapita fueron iguales a los de todos: desaprensivos, abandónicos,
de algún modo violentos. No hay mayor intriga en ninguna saga familiar.
No hay, aquí tampoco, un punto de partida. Una tarde, cuando él
tenía ocho o nueve años, se sintió mal en la escuela. Estaba
afiebrado y un furioso prurito le azotaba la entrepierna y las axilas. Cuando
la maestra lo llevó al escritorio de la directora, ésta le diagnosticó
varicela y se ofreció a llevarlo a su casa. Tapita atravesó las
calles del pueblo de la mano de aquella mujer adusta, circunspecta, que evidentemente
parecía no temer a ninguna forma de contagio. ¿Mamita
está en tu casa? le
preguntó ella cuando estaban pasando frente a la plaza. Sí
contestó
Tapita . Mamá
está siempre en casa. Envalentonado
por el breve diálogo, aun a expensas de la temperatura que le hacía
transpirar el cuello y las manos, Tapita se sintió obligado a continuar
la conversación. Papá
trabaja en Montevideo. Antes trabajaba aquí, en las oficinas de UTE, pero
hace unos meses lo trasladaron para Montevideo. ¿Vuelve
tarde? preguntó
la mujer sólo para que el niño venciera la aprensión de saberse
enfermo. En
invierno vuelve pasadas las ocho de la noche, pero en verano trabaja de mañana.
Un día, en las vacaciones, me llevó con él. Estuve con papá
en el séptimo piso del Palacio de la Luz. Se veía el Cerro y el
agua y los barcos. En verano vuelve a media tarde, pero en invierno ya es de noche.
La mujer continuó caminando en
silencio. Pasaron frente a la comisaría, doblaron a la izquierda en la
siguiente esquina, se internaron por una calle en profundo declive bordeada de
hondas cunetas. Papá
dice que cuando yo sea más grande voy a poder ir a trabajar al mismo lugar
donde él trabaja. Y que voy a tener plata para hacer lo que yo quiera.
La directora le devolvió una sonrisa
y apuró su andar. Papá
me llevó una vez al Estadio Centenario. Sanfilippo hizo un gol de taco
dijo Tapita aumentando
la velocidad de sus pasos, mirando para abajo, ensimismado en su memoria, sin
importarle ya la opinión de aquella mujer .
Nacional le ganó tres a cero a Danubio. Cuando
llegaron frente a la casa vieron el portón de entrada cerrado y las celosías
bajas. En el marco de la ventana había una maceta vacía, de bordes
descascarados y desvaído color terracota. Todo estaba envuelto en un extraño
silencio. A
esta hora mamá está siempre sola dijo
Tapita.
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