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Azúcar

PEPE MONTESERÍN

192 págs.

ISBN 84-89618-52-6

2350 pts. 14,12 Eur.

Azúcar (00051)


      

Dieron con un caballo y se montaron: Carlos delante y Peclius detrás. A los pocos metros de iniciar el galope paró el caballo bruscamente, sólo el caballo;
      y mis amigos siguieron por el aire.
      Fue la última vez que los vi.
      A ellos dedico mi investigación.


      Y también la dedico a los burros que estaban en el callejón, detrás del ayuntamiento, donde íbamos los jueves. La gente que llegaba de las aldeas vecinas los amarraba allí, al lado de las rejas del cuartón, después de dejar en la plaza su mercancía: patatas, hortalizas de Sandamías, guindones (que no son guindas grandes sino trampas que hacían los presos y que, a veces, vendían con ratón y todo), madreñas de aliso, cestos de Forcinas, habas blancas de la vega del Rey, piruyas de Villavaler (peras pequeñas de sabor grande), sidra de Corias, uvas de Quinzanas y vino de Villarigán, cuyas uvas medraban en llousas bien soleadas. Nos acercábamos sigilosos a los animales, los desatábamos y trotábamos callejón abajo, hacia la carretera general, al viaducto, a la Azucarera y a la estación del tren; y, antes de las dos, hora en que se desmantelaba el mercado, arreábamos de vuelta hasta aquel callejón que iluminaba a comunistas y asesinos. Desde las cabalgaduras nos asomábamos a la ventana. Yo imaginaba que sus trajes de rayas horizontales, negras y blancas, al cruzarse con las sombras verticales de las rejas, daban a los reos aspecto de crucigramas, gente sin resolver. Primero se asomaban Carlos y su burro, y Peclius con el suyo, después íbamos el mío y yo, pero ya muy justos de tiempo, con los auténticos dueños de las bestias a punto de regresar del mercado, y con los presos, barba sobre el hombro, hartos de ver allanada su escasa libertad. Que el burro y yo (el burro delante) nos asomásemos a la impiedad y a los principios fundamentales del materialismo histórico poco importaba, y Carlos y Peclius amarraban diligentes sus acémilas en las anillas de hierro y se disponían a saltar el muro de la marquesa para esconderse entre los cerezos y las pescales.
      Era el ayuntamiento un edificio de arquitectura indiana y patrocinador indiano, con el gran reloj incrustado en una peineta neoclásica que sobresalía, y se agitaba a veces, por encima del alero. A la plaza abrían sus ventanas las dependencias más nobles: la sala de banderas, el despacho de mi tío y la biblioteca, vigilada por el hombre del saco, el famoso hombre del saco, que había sido contratado por el ayuntamiento tanto para asustar a los niños valleses que no comían todo lo que tenían en el plato como para guardar los libros y prohibir su lectura a niños y adultos, comieran o no comieran bien. Estaban vetados especialmente los de ficción, novelas de aventuras, hazañas mayores como las del capitán Acab y menores como las del capitán Trueno, y aquellos cuentos de un pastor de ovejas que se llamaba Pedrucho y que el hombre del saco requisaba en mercerías, en cuyos mostradores los entregaban los representantes junto con determinadas madejas de lana. Al callejón trasero, al de los burros, daban el cuartón y la sala de ensayos; aquel ocupado en gran parte por una banda de filósofos y esta por una banda de músicos; los primeros ya no tenían más pitos que tocar, habían hecho lo que tenían que hacer y les había salido mal, a los segundos todavía les quedaban más procesiones. También había Juzgado, pero no recuerdo dónde estaba; a lo mejor se juzgaba in situ, donde pillase, y no hacía falta el inmueble, bastaba con la maza.
      Cada jueves montábamos en burros distintos, bien porque venían nuevos mercaderes, bien porque estos rotaban su cuadra, o porque nosotros mismos nos alternábamos, amén de que cada burro era una semana más viejo y, si no con más experiencia y conocimiento, su mayor kilometraje lo hacía diferente. Lo indigno era subirse dos veces en la misma aventura.
      Lo dicho: a los burros también.
      Y a los caballos. La experiencia con estos era de rango superior a la de los burros, iba cuando me lo permitían las clases. Formación del Espíritu Nacional, Historia Sagrada, Dibujo o Educación Física eran las asignaturas más adecuadas para escaparse. En una porque mi tío era el alcalde, y usando el profesor de FEN el mismo azul de camisa que mi tío, no se atrevería a disgustarle con que su sobrino despreciaba el Fuero de los Españoles o los Principios Fundamentales del Reino; a Historia Sagrada también podía faltar, siendo yo creyente no necesitaba entender, me bastaba la fe para salvarme; a Dibujo entraba por la puerta pero salía por la ventana, en cuyo antepecho habíamos trazado el croquis de una escalera que nos conducía al viaducto. La de Dibujo era la única aula que comunicaba directamente con la vida, de la misma manera que el viaducto, utilizado en primavera por extremistas que querían cambiar de status, comunicaba directamente con la muerte. Lo sensato en Educación Física era escapar por pies, y cuanto más rápido mejor alumno; yo, tan emparentado con el Movimiento, siempre fui sobresaliente: imposible cogerme en clase; sólo quedé el primer día, para calentar media hora con las manos en las caderas y los pulgares hacia atrás (no al frente, que eso es de mariquitas, me dijo el profesor), y, en cuanto pude, salí de la fila y me fui, brazos en jarras o en donde me diese por la gana, como decía Carlos.
      Las excusas de Carlos y Peclius para faltar a esas y a otras clases nunca las conocí. Supongo que no iban porque no les interesaba. Desde luego, aun teniéndolos yo como hermanos, no eran sobrinos del alcalde. El padre de Carlos, como el mío, se había ido al cielo siendo nosotros niños, y el de Peclius también viajaba mucho; era guardia civil con Vespa, bigote de sargento y tricornio de charol. Se llamaba Valentín, pero la gente le decía Valiente, más respetuoso. No lo conocí sin Vespa, y si alguna vez la aparcó no los identifiqué al uno sin la otra.
      Aunque Carlos y Peclius faltaban a clase los llamaban repetidores. Yo volvía alguna vez pero ellos ni una. Y, a estas alturas, desconozco cómo me unía a sus ausencias, cómo los alcanzaba más allá del prólogo, con su aventura empezada, in medias res; razón por la que habré tardado tanto en comprenderlos y en comprenderme. Algo similar ocurría en Literatura; no sólo con la Ilíada, los poemas grecolatinos, el Libro de Apolonio, o Los trabajos de Persiles y Segismunda, que, de suyo, nacen en plena acción, sino que partíamos a mitad de cualquier novela, o recitábamos las últimas sílabas de los versos, monosílabos y no endecasílabos; arrancábamos la flor y se marchitaba el soneto, sin el vigor del tallo y la raíz. También en la clase de Geografía bastaba conocer la altura final de las montañas y saltábamos los metros de abajo, o la profundidad de una presa y olvidábamos el agua de encima; y en las clases de Historia, con don Trabuco, no salíamos de una refriega para meternos en otra. Cuántas veces tuve la impresión de haber llegado al colegio con el bachiller empezado. La diferencia con Carlos y Peclius radicaba en que, si nuestros profesores contaban lo que pasó, nos resumían el mundo para ponernos al corriente, mis amigos trataban de salirse de la corriente para vivir lo que pasaría de no seguir su curso.
      El sol de aquella época ablandaba el asfalto de aquella época, y las ruedas de nuestras bicicletas se pegaban a las cuestas como las sábanas se pegan a los sueños sin dejarnos volar. Entonces, lejos de las clases, inspeccionábamos laderas, vegas y claros del bosque donde pudiéramos hallar algún caballo, o descubrir el rastro de víboras, sacaberas y raposos.
      ¡¿La ves, Peclius?, ¿ves su lengua?! avisaba Carlos, que tartamudeaba las primeras sílabas, disfemia clónica que evitaré representar para no convertir en burla lo que es admiración.
      Peclius tardaba en despegar los labios:
      ¡Bífida! confirmaba que sí la había visto; como recluta que al escuchar su primer apellido se identifica añadiendo el segundo.
      Bífidus-bífida-bífidum declinaba Carlos imitando al Borrego, nuestro profesor de Latín, de la segunda, que significa partida en dos. Borregos, que sois unos borregos seguía Carlos. Os voy a partir la cara a bofetadas.
      Nunca vi la lengua de las culebras, entera ni partida. Es lo malo de la actualidad: pasa muy rápido o se esconde enseguida.
      ¡¿Viste el raposo, Peclius?! se desgañitaba Carlos en voz baja.
      ¡La punta blanca de la cola!
      ¡¿Y sus orejas?!
      ¡Sí, y las pupilas verticales de los ojos! tropezaba Peclius en las primeras letras, tartamudez tónica que no sabría yo representar, ni quiero, y era como si le conmocionasen las palabras.
      Yo me limitaba a escribir en los márgenes del libro que siempre llevaba conmigo, como alumno que se hubiera caído por alguno de aquellos agujeros de los pupitres, donde encajaban los tinteros de porcelana.
      Pizarrín me dijo una vez Carlos, no ves un burro a cuatro pasos.
      A la rubia también. Y un beso. Alta, resplandeciente; no necesitaba yo vista de lince para columbrarla; me gustó cuando ignoraba que no la veía y me gustó cuando la vi borrosa, su cabello rubio, hasta la raíz, hasta el cerebro, iluminando sus ojos azules aquellas ojeras taciturnas. Vivía ella en un quinto, pero el enorme edificio nacía mucho más abajo de la carretera general, que serpenteaba entre hayas hasta el faro, y la ventana de su dormitorio quedaba a la altura de los camiones que estacionaban enfrente. En realidad dormía, y se miraba al espejo de su cómoda, en un quinto, pero lo que se dice vivir vivía en la estación, andén dos, la mayor parte del tiempo.
      Fue Carlos quien me dijo que no veía yo un burro a cuatro pasos y, desde entonces, empecé a ver mal: Carlos me abrió los ojos. Lo confirmé una de las pocas veces que fui a Matemáticas para operar con quebrados: los denominadores no entraban en mis cuentas, por debajo de cierto tamaño no significaban nada para los numeradores ni para mí, aunque siguiesen considerándose por la ciencia en general y por don Quebrado en particular, nuestro maltrecho profesor, mutilado de la guerra y del viaducto, del que solía tirarse más veces de lo recomendable. Ratifiqué la miopía una vez que salimos en bicicleta hacia el Playón de Bayas, al chocar con las antiguas murallas de regodones (así llamamos a los cantos rodados) y mortero, trampa medieval disimulada entre el arcén y los aligustres.
      Carlos y Peclius también me abrieron los ojos al mostrarme la fauna y la flora expuestas en las escaleras de la Colegiata; secciones de corales y arrecifes coralinos, esponjas, briozoos, gusanos, córvidos del trópico de Capricornio, moluscos, artrópodos, equinodermos, braquiópodos y colas de raposos blancos, atrapados en el paleozoico, arrastrados hasta las canteras de la marquesa y convertidos, después de millones de años, en escalones, huellas de huellas y de contrahuellas, vestigios de nuestra plataforma, ahora continental pero insular e incluso submarina en otro tiempo: gajo de la Antártida que partiría hacia el norte, por el Atlántico, doblaría el cabo de Ortegal y se dirigiría, a profundidad de periscopio, hasta el Playón de Bayas y subiría hasta El Valle, su actual asentamiento, todavía emergente y con la mar en retroceso.
      Y a la señorita Pabla, profesora de Geografía. Ella aireaba los lunes, miércoles y viernes que, antiguamente, los territorios del mundo eran simétricos: en el este, decía, los indios, en el sur los etíopes, en el oeste los celtas, y en el norte los escitas. Paseaba con aspavientos de brazos, repartiendo aquel perfume que tanto nos excitaba a todos, indios, celtas, etíopes, y no digamos a los escitas. Tenía yo la vista corta pero la nariz larga, y el aroma de la señorita Pabla valía por mil imágenes.
      Los cuatro grandes ríos manaban del paraíso seguía perfumándonos: el Indo o Ganges hacia la India, el Nilo a través de Etiopía, hacia Egipto, y el Tigris y el Éufrates regaban la Mesopotamia.
      Luego nos hablaba del Generalísimo y del empeño de éste por iluminar España, y nos instruía sobre los diques, pensados para atrapar el gran fruto del agua, que no eran los salmones sino la luz.
      Pareciera que todos buscaban lo mismo, el día interminable, aunque fuese diferente el método para alcanzarlo. Unos por el agua, Carlos y Peclius por el aire, mi querido tío (reencarnación de Diógenes) paseaba con un farol, y otros, como don Trabuco, nuestro profesor de Historia, preferían los resplandores de la guerra. La señorita Pabla, con sus zapatos de tacón de aguja, como si a cada paso tratase de pinchar una capa freática, trataba de estimularnos y en cierto modo descentrarnos, desarraigarnos y llevarnos con ella al oriente medio, a su inundado Paraíso, más allá de Alejandría.
      Y a la Azucarera, ¿por qué no? Era el inmueble más grande de El Valle, más que la Colegiata-palacio de la marquesa y más que la mole de viviendas donde vivía la rubia, aunque inútil, como un elefante rojo, con la trompa de ladrillo apuntando al cielo. Inaugurada con el siglo, allá cuando habíamos vendido a Alemania las Islas Marianas y las carolinas; fue todavía menos rentable que aquellas islas. En Zaragoza, a orillas del Ebro, con maquinaria y obreros de mayor rendimiento, se lograban remolachas más dulces. Se iluminaba el interior con dos niveles de ventanas, las de arriba en arcos de medio punto y las de abajo con arco rebajado, vencido acaso por el peso de los muros; ensombrecía el lugar una cubierta a dos aguas soportada por cerchas de madera atirantadas con barras de hierro. Todavía reposaban allí el horno de cal, donde se trataban los zumos, los malaxadores, el elevador de pulpa, los cortarraíces, las ruedas hidráulicas y los transportadores helicoidales; la vía del tren recorría la nave a lo largo, y en la parte trasera, independiente y exenta, se erguía la altísima chimenea, montada sobre una peana cuadrangular que superamos gracias a un castaño de indias crecido hasta los primeros estribos grapados en el exterior de la chimenea. Ganó altura Carlos, luego Peclius, siempre con una polca en los labios, y yo seguí a éste, agarrándome los hierros que dejaban libres sus suelas de rombos. Hasta los peldaños temblaban de miedo en tan ingente vertical. Tras una escalada interminable alcanzamos la peor parte: los cinco metros finales, que se abrían en embudo. Cada hilada de ladrillos sobresalía unos centímetros por encima de la anterior hasta llegar a la cornisa, aún más saliente, cuyo voladizo obligaba a hacer un escorzo y echarle un pulso al vacío para encaramarse encima. La boca de la chimenea olía a amoniaco, y sus labios, ladrillo a sardinel en que apenas cabía un pie, estaban pegajosos. Carlos, inclinando el cuerpo al interior de la chimenea, gritó poniendo voz de Dios, doblada al castellano:
      ¡Los Invasores! Seres extraños de un planeta que se extingue. ¿Destino?
      La Tierra contestó Peclius.
      ¿Propósito?
      ¡Adueñarse de ella!
      Y volvían a gritar:
      ¡Eh! ¡Ingeniero! ¡Ingeniero!
      ¡Manifiéstate!
      Esperamos en silencio y arrimamos la oreja a la singular caracola de ladrillo, más parecida a una trompetilla.
      ¿Escuchas, Pizarrín? me miró Carlos. No es el mar, es la Guzzi del ingeniero francés, que to-to-to-todavía está en marcha tartamudeaba oportunamente.
      En p-unto m-uerto puntualizaría la inolvidable disfemia de Peclius, aunque apenas haga yo alusión, no sea que se nos pegue.
      El cielo no estaba «encapotado o casi encapotado», como decían ellos imitando a los meteorólogos. Pudimos ver Dosalón, aislada por dos brazos de un Río Grande que discurría entre enebros y alisos; Bocamar, el promontorio del Espíritu Santo, el andén dos, donde vivía la rubia, y el reloj del ayuntamiento, donde moría el tiempo, como recordaba su inestable campanario cada quince minutos.
      Bajé el primero. Pocas veces precedí a Carlos y Peclius, y, durante mucho tiempo, aguanté las ganas de contárselo a la rubia, hija del ingeniero francés: «Querida rubia: Iba detrás de ellos, sin embargo iba delante; iba delante porque caminábamos marcha atrás; iba delante porque yo quería regresar». En pocas aventuras habíamos vuelto sobre nuestros pasos, por eso permitieron que les precediera; sin nada que descubrir no tenían prisa para aburrirse. Después caminamos por los negros montículos que rodeaban la fábrica, ganga del azúcar, o remolachas que fueron cubiertas de tierra para evitar que se marchitaran antes de conducirlas a los lavadores, o azúcar abandonada, ennegrecida, como el río y el lecho de balasto y las traviesas de la vía, por el paso diario del tren carbonero.
      Ese día anoté que olía a cal, a amoniaco y a aquellas hortalizas de estirpe tan azucarada cuya esencia todavía rezumaba entre las llagas del aparejo de ladrillo y la fecha, 1900, revoco grisáceo que ocupaba un semicírculo en la parte más alta de la chimenea, en el lado opuesto por donde habíamos subido.
      Y a los de Adoración Nocturna, con los que solía escaparme a rastras por el escaqueado de baldosas blancas y negras, entre las sombras de la colegiata. Íbamos a la casa de la rubia, cuyas ventanas más altas quedaban poco más altas que la carretera, y nos escondíamos en la caja de algún camión que aguardaba al tren de madrugada, para cargar o descargar madera o carbón. Luego, esperábamos a que las hijas de las vecinas se fueran a sus dormitorios a mirarse en los espejos de sus cómodas: terminaban su carrera el mallorquín de la bici y el de la moto que le cortaba el aire, entraba El Santo en la tele del salón, con un aro encima de la cabeza y dos rombos encima del hombro (que no era tan santo), y se encendían las ventanas de las hijas menores de dieciocho, y las grietas de las jambas y dinteles.
      Ni en la Adoración ni en la caja del camión estaban Carlos y Peclius. En la caja estábamos los mismos que los domingos a las cuatro veíamos en el Adosinda, por tres pesetas, Un rayo de luz o La última noche del Titanic (costaba lo mismo la claridad que la oscuridad, la alegría que la tristeza); cine cuya pantalla sufría estiramientos y desgarros a causa del movimiento de la plataforma, por donde se colaban también rayos de luz y estrellas de mar.
      Carlos y Peclius no fueron alumnos, espectadores ni adoradores de nada, les importaba un bledo lo que difundían la señorita Pabla o don Jacinto el coadjutor, les traían sin cuidado las fórmulas que aseguraban resultados, salvarse o naufragar según el guión, les aburrían las reglas, el circuito de las procesiones, las claustrofóbicas sesiones circenses o cinematográficas; preferían montarse en una realidad inesperada, acelerar el curso de los tiempos sin tener que esperar millones de años, ni mucho menos volver atrás.
      Como los raposos o los malvises que veía Carlos, los de Adoración Nocturna describían de tal manera las costumbres de aquellas hijas, con tanto detalle y puntilla que, sin ver nada, recuerdo haberlo visto todo: enaguas, canesúes y ligas duplicadas en los espejos, aprovechándose de las generosas leyes de la reflexión. Y me limitaba a tomar nota con gran inquietud, temiendo que, en cualquier momento, apareciera la rubia en su ventana y me la describieran gozándose a ella misma y consumiéndoseme.
      Yo seguía a Carlos y a Peclius, que me daban órdenes sin dármelas; eran mis jefes naturales aunque no quisieran mandarme, e imitaba su indisciplina y su manera de atosigar a la vida y de pasar página. La señorita Pabla también tenía prisas por llegar a la cumbre del Everest o del Ararat o por exprimir la luz de los ríos; el de Literatura, por llegar al meollo de las novelas; don Trabuco, profesor del Pasado Memorable (el tiempo rampante de la guerra), por saltarse la paz, que es ramplona, y abrir fuego; y don Quebrado, cada día más decimal, por escaparse de un profundo denominador, apurados empeños los de todos estos que, a diferencia de mis dos amigos, pretendían poner en marcha molinos de hoy con agua de ayer.
      Con Carlos y Peclius pareciera que habían quedado encendidas las cámaras del Adosinda, escapado la ficción por debajo de las puertas e inundado El Valle de épica, y yo, tras ellos, escribía Historia de lo Irrepetible. Si el profesor de Literatura recitaba las últimas sílabas del Himno a las estrellas para avanzar sin regodeos:
      

idas
      ente
      idas
      ente
      idos
      idos


      en lugar de:
      

señas esclarecidas
      que, con llama parlera y elocuente,
      por el mudo silencio y repartidas,
      a la sombra servís de voz ardiente;
      pompa que da la noche a sus vestidos,
      letras de luz, misterios encendidos.


      Carlos y Peclius, ignorando a Quevedo, inventaban sus propias terminaciones. Para ellos no había ciclos ni retornos; a un amanecer no seguía necesariamente el crepúsculo; a veces el sol se escondía antes de tiempo, o la luna, y eran ellos los únicos que se enteraban, y yo, si les acompañaba y no estaba en el colegio perdiendo eclipses.
      Los llamaban repetidores porque sus fichas no avanzaban curso, pero sus bicicletas alcanzaban lugares nuevos, por mucho que don Trabuco quisiera convertir el tiempo histórico y el cósmico y la experiencia humana en un bucle nostálgico y enredoso, a ver si así volvían los rizos a su calva y rejuvenecía. Carlos y Peclius odiaban la Historia y no iban a clase; tenían fobia a esa Historia que hacía precaria la existencia. Pero yo recuerdo con cariño al profesor de Historia y por eso quiero ofrecerle mi obra, mi investigación, mi novela, mi actual situación.
      Al andén dos, que era el lugar donde se sentaba la rubia, donde lucía sus faldas tan cortas para unas piernas tan largas; al andén dos, donde ella acudía sola, que no era poco con tan plural belleza. Yo solía jugar con las perronas en la vía uno, andén uno; las ponía sobre el raíl a ver si algún tren las alargaba hasta el fin de semana. Entre el andén uno y el dos circulaban tantos convoyes que me impedían verla sin interrupciones, moviendo la cabeza, cruzando las piernas o ajustando su luminosa melena detrás de las orejas, dispuesta a escuchar cualquier declaración de los pasajeros que peregrinaban a Finisterre. Los vagones que pasaban por delante descomponían sus movimientos, su acción, la convertían en fotos fijas, y yo veía la película del tren discurrir, mientras ella permanecía fuera, como fotogramas desprendidos del celuloide, o como una diosa apartada del ciclo vital.
      Y a los presos políticos. Aunque tenían cerca la banda sonora municipal, los presos políticos también estaban fuera de la película, censurados por la sombra; pero, cuando corríamos con los burros por detrás del ayuntamiento, los oíamos cantar: decían que tenían la camisa manchada de sangre de un compañero. Si para Carlos y Peclius no se repetían los días ni los hechos, y para la calva de don Trabuco había esperanzas de retorno, sueños de bucles, para los presos políticos se había detenido la historia y seguían con las mismas camisas con las que habían terminado la guerra.
      ¿Vamos bien por aquí a donde nos da «por la gana»? -preguntaban a quienes encontrasen en su camino.
      Carlos y Peclius eran los protagonistas y yo el notario, incapaz de influir en que la aventura tomase derroteros distintos de los que tomaría sin mi escritura. Yo era «azúcar»: así decían en El Valle cuando permitían a alguien estar de bulto, participar sin voto.
      ¿Puedo entrar? pedíamos cancha a los mayores para jugar con ellos al pío campo, o al cuchillo-tijera-ojo de buey.
      Sí, pero eres azúcar.
      Vaya también mi dedicatoria a aquellos niños mayores que yo, que nos permitían jugar con ellos aunque no nos podían apresar ni permitían que rescatásemos a nadie; y, cuando se agachaban y saltábamos sobre su espalda, resultaba indiferente el signo que escondíamos en nuestra mano, si habíamos puesto cuchillo, si tijera, si ojo de buey. Éramos oyentes de la vida, y a eso le decían «azúcar» a saber si debido a la frustración de principios de siglo con el fracaso de la Azucarera, y nos llamaban azúcar por no llamarnos remolacha, que se diluía peor, o por no llamarnos ingenieros, descreídos de nuestro ingenio.
      Y a los ingenieros franceses, que habían llegado a El Valle a finales de siglo para poner en marcha el proyecto de una fábrica de azúcar (años después trataría de reactivarla el piloto Garnier con acrobacias aéreas, hasta que se estrelló en la vega del Rey). Construyeron la fábrica, barracones para los operarios, y levantaron las casas de la calle Don Silo, para los técnicos. Durante algún tiempo, más bien poco, funcionó la Azucarera y se convirtió la vega del Río Grande en un fructífero campo de remolachas de grandes hojas verdes, un verde menos oscuro y sin las pintas rojas que tenía antes, cuando se cultivaba achicoria, pero las frecuentes inundaciones, por ajustes de nuestra plataforma que desquiciaban el río, y las estirpes más azucaradas que se cultivaban en la cuenca media del Ebro, terminaron por cerrar el invento. Muchos años después, en la posguerra, llegó en moto otro ingeniero francés y entró raudo en El Valle con la idea de hacer un estudio de viabilidad de la remolacha, pero la mala fortuna, en una de sus exhibiciones en lo alto de la Azucarera, tratando de llamar la atención sobre su proyecto, lo precipitó al interior de la chimenea con su Guzzi y con las alforjas repletas de cabriolas imposibles. Lo único que sacó adelante aquel ingeniero fue a la madre de la rubia, a quien dejó embarazada antes de irse por el boquete, aunque parezca una contradicción.
      Peclius seguía a Carlos y yo seguía a Peclius, pero ninguno contaba conmigo. Su plan funcionaba igual así me dejasen atrás y me perdiera. Nada cambiaría salvo la fortaleza que me reportaba el ser testigo y partícipe en aquellas actividades tan marginales, aunque fuera en calidad de azúcar. Y acaso nada fuera de nosotros hubiera cambiado, renunciasen ellos o no a su manera de vivir. Lo suyo tampoco trascendía; había un pacto tácito de callar y disfrutar, si es que no lo había por parte de los valleses de hacerles caso omiso, y fuese yo entonces azúcar entre el azúcar.
      Yo escribía pero no lo mostraba, y leía (en sueños) a la rubia mi escalada por la Azucarera. «Querida rubia: Subí hasta la boca de la chimenea, toqué con mis manos sus rojos labios de ladrillo y escuché la Guzzi de tu padre, allá en el fondo, como una cucharilla que revuelve eternamente la ficción». Me estaba haciendo un hombre para ella, un hombre de los que vivían, derretido de admiración, requemado de emoción, cristalizado de escalofrío.
      Sin tenerme por invulnerable, por lo de azúcar, y habiendo sentido temor muchas veces, nada me pasó con Carlos y Peclius de lo que haya querido arrepentirme, excepción hecha del último episodio al no haberme montado en aquel caballo de manchas blancas y rojizas cuyo ramal se tensó como la cuerda de un arco.
      Cierto día, después de haber entrado de polizones en la sentina de un buque, en el muelle de Bocamar, me nombraron sargento, algo inédito dentro de la originalidad en la que nos movíamos. Carlos lo propuso a Peclius y este accedió muy contento de que Carlos me tomase en consideración, reconociese que estaba allí, con ellos, a punto de ser descubierto por el patrón del barco. «Pizarrín me nombró sin mirarme, eres sargento». Pocas veces antes me había dirigido la palabra. Ni por cauces reglamentarios ni fuera de cauce escuchaba yo órdenes; si avanzaba era por mi admiración, mi disposición para seguirlos, a veces perseguirlos, mi ánimo para no quedarme abandonado a media página, discurriendo mis responsabilidades. Pero el ascenso en absoluto modificó mi despiste, seguí a lo mío, disuelto en los misterios de ellos, sin opinar, sin apresar a nadie, salvo las sensaciones que vertí en los espacios en blanco de algún libro de texto, al lado de poemas de Manrique o del Marqués de Santillana, que dejan más sitio que Cervantes.
      Ya me hubiera gustado que lo de Pizarrín viniese de Pizarro, pero venía de los pizarrines que habíamos usado en la escuela, que se rompían y nos castigaban a escribir en la pizarra con el trozo más pequeño; a mí solía ocurrirme, que no por tener más dedos de la cuenta (ya hablaré de eso) era más habilidoso. Con la pizarra pasaba al revés: si rompía nos quedábamos con el trozo más grande. Sobre esquinas de pizarra aprendí a resumir y arrinconar mis emociones: «Querida rubia: Querida melena rubia: Queridas piernas de la rubia:». Que la rubia ya era rubia desde primaria, y por ella (por escribirle a ella) tengo yo un callo en el dedo corazón.
      «Pizarrín, eres sargento», me dijo Carlos mirando a Peclius. Y Peclius bien podía haberse opuesto, pues yo, entonces con doce años como doce dedos, igualaba a su padre. «Sargento», escribí al margen. Hubiera preferido poner: «Querida rubia: Ya tengo Vespa y bigote».
      Nunca les dije que tomaba buena nota, pero debieron de intuirlo; decían que era una rémora y que les detenía la acción, y por eso me habré quedado al pie de aquel acebo, enganchado a sus pinchos y enredado el bolígrafo en libros sin sentido o en el alambre de un bloc demasiado cuadriculado.
      Nadie quería que yo escribiese; todo estaba escrito, y no digamos la novela de burros y caballerías que yo pergeñaba. Si don Trabuco nos explicaba las guerras no era para que cogiéramos las armas; si el de Literatura nos leía el Quijote no era para que contásemos nuestras aventuras, o saliéramos a la calle a desfacer entuertos; y nos enseñaban Física y Química pero nos prohibían hacer experimentos; y la biblioteca existía como existía el cuartón, para encerrar a los soñadores; acaso entre ellos el propio hombre del saco, siempre de mal humor, como si le hubieran encargado un trabajo en contra de sus principios. Yo, a fin de cuentas, escribía mis andanzas, aunque fuesen las andanzas que a Carlos y a Peclius les daba por la gana.
      A la banda de delincuentes que mi tío liberaba el día del Corpus; pero que me olviden. La procesión del Corpus no entraba en el cortejo de Carlos y Peclius; la ignoraban porque todos los años discurría por las mismas calles, al compás de las mismas canciones, y los músicos claramente tocaban los mismos clarinetes; yo iba por ver al preso (un asesino, no un comunista) y admirarlo a la luz del día, sin rejas por el medio. Valiente, pero a medio gas, con uniforme de gala y Vespa engalanada, abría paso al triunvirato formado por don Mamés el párroco (antes cura ecónomo), el preso y mi querido tío portando el farol de plata, regalo de uno de tantos emigrantes que habían hecho fortuna en la plataforma de Cuba. También me interesaba el Corpus porque retenía en mi memoria la descripción que, desde la Adoración Nocturna, se había hecho de algunas mujeres que vivían en el edificio de la rubia y que formaban en la fila derecha, de dos en fondo; veteranas que adoraban a Roger Moore, y mozas adictas al azogue y a la reflexión, tan irreflexivas y excitadas que no veían el camión en el espejo de su cómoda y tampoco nuestras planas cabezas rojas asomándose como demonios entre sus enaguas. Y asistía, así mismo, por ver a la rubia, con negra mantilla calada, asombrándose sus ojeras tras la blonda.
      Con mi actitud gregaria, asistiendo a las procesiones, podría traicionar el espíritu innovador de Carlos y Peclius si no fuera que el incienso que don Jacinto esparcía al pasar junto a la Azucarera me hacía pensar que iba a poner en marcha las cintas sin fin, que pasaría la remolacha a los lavadores, a las máquinas de cortar y a los difusores, el zumo a hervir, que la pulpa se prensaría para las vacas y que saldría humo de verdad por la chimenea, mezcla de incienso y amoniaco, y humo de la moto del ingeniero; lo nunca visto. Y yo lo copiaría en mi libreta de campo, aunque la banda municipal tocase la misma canción:
      

Ven, Corazón Sagrado de nuestro Redentor;
      comience ya el reinado de tu divino amor.
      Ven, tuya es la Plataforma, tuyo su invicto blasón.
      Ven, y vence, reina, impera. ¡Oh! Sagrado Corazón.


      Or, or, on, on, que cantaría nuestro profesor de Literatura. Y de nuevo al estribillo; de nuevo, no de viejo. Periódica Purísima. La repetición y sus misterios. La banda nos acompañaba, y por eso quisiera dedicarle mi recital, mi prosa, mi libro de caballerías.
      Los carrillos de los músicos que tocaban los bajos, correspondientes a los instrumentos más altos, se inflaban y desinflaban desfigurados entre el rojo y el blanco (como los colores de aquel caballo, mezcla de impulso y de frialdad), mientras los clarinetes, carrillos menos exigidos, apenas necesitaban aire y sus intérpretes conservaban el rostro tal cual. Todo el pueblo bien ancho desfilando avenida arriba, más inflados en la plaza y algo estrangulados por detrás del ayuntamiento, entre burros (el Corpus siempre cayó en día de mercado) sólo interesados en la flauta travesera que Angelín no tocaba por casualidad; el Tuco con el requinto, Lalo al fiscornio, el Tolo con la trompa primera en mi bemol, Cañedo a la trompeta, Cagacal con la caja, el Borrego estrellando los platillos, el Manga con el bombardino, y Quesada con el bombo, uno de los pocos instrumentos que bien podían llevar mayúscula, por darle más resonancia. Y tan pronto acompañaban compungidos el «Oh, Sagrado Corazón», como se iban de romería, o tocaban en el Adosinda alguna trova cubana:
      

¿No te recuerdas gentil bayamesa
      que tú fuistes mi sol refulgente,
      y risueño en tu lánguida frente
      blando beso imprimí con ardor?
      ¿Esa, ente, ente, or?


      Varios guardias civiles con correajes de charol blanco custodiaban la Custodia de don Mamés; y entre ellos Kímbel agitaba una campanilla para que nos pusiéramos de rodillas de vez en cuando. Todos detrás de la Vespa de Valiente, del pendón, con seis cuervos de sable pasantes hacia la diestra, tres y tres, en campo de plata, y la corona real encima, símbolo de la Reconquista durante la cual fuimos corte de la monarquía.
      Allá películas, Carlos y Peclius se alejaban de las procesiones; más que ritos asumían retos, ni siquiera les interesaban los fósiles, el subsuelo, o el yacimiento de hachas y lascas de cuarcita descubiertas en las canteras de la marquesa, enterradas desde las guerras del paleolítico. Su costumbre consistía en no recaer, de la misma manera que había contrabandistas capaces de atravesar todas las fronteras de todos los países sin repetir una, o peregrinos que iban todos los años a La Meca sin pasar dos veces por el mismo camino, y otros que, por no poner todos los huevos en el mismo cielo, iban un año a La Meca, otro a Punjab, o a la floración del cerezo, o a la tumba del profeta Ezequiel, en Birs Nimrud, o a Nuestra Señora del Valle. Una costumbre, una tradición, pero cada intento una novedad.

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