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Papeles
de penumbra | FERNANDO PALAZUELOS |
224 págs. | ISBN
84-89618-56-9 | 2450 pts. 14,72 Eur. |
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«NO VALEN DIJO
Patricio . Todos
esos pliegos son basura. La caja entera. Debería tirarlo todo. Sólo
son papeles de penumbra. No son nada». Yo le dije que sí. Le dije
que sí mintiendo. Y mentí exponencialmente, dado que jamás
me hubiera desprendido yo de aquel legado, porque habría sido como tirar
sus ojos, sus manos, su infancia, todas sus visitas a este gabinete, a este reducto
de las dolencias invisibles. Su vieja
caja de zapatos es algo curioso. En realidad, todo él es singular. Eso
es lo que debería dejar claro desde el principio. ¿Será cierto lo
que dice? Teme que el mundo se haya diseñado para ponernos a prueba a unos
pocos, que lo demás sea puro artificio, un simple decorado. No tengo respuesta
a esto. Aunque presumo que en esta caja algo habrá que me conduzca por
sus visiones. Soy un buscador. Soy un
analista sorprendido por el inusitado recorrido de un joven de mi misma edad.
Muchas de sus vivencias él mismo me las ha ido insinuando a lo largo de
los meses de terapia. Ahora, con su caja, los nuevos hallazgos continuarán
barrenando aquella antigua coraza mía, oxidada, refractaria ante las luces
del asombro. Escucho como escuchó
Max Brod, con afecto, con amistad sin límites. Y no me sorprendería
toparme ahora, en este recipiente, con indicios secretos, fórmulas alquimistas
que podrían hacerme entender lo incomprensible, o capacitarme para descifrar
los gritos de los árboles; ayudarme a descubrir los juegos siniestros de
las sombras, o desvelarme el misterio de los sueños reiterados. Quizás
esté trastornado por la ilusión, por cierta alegría tras
un naufragio frustrado y, por qué no confesarlo, por mi reconstrucción.
Patricio me ha deslumbrado con sortilegios
extraídos de antiguos tratados quirománticos robados de una vitrina
sagrada. Ha rasgado la prohibición. Ha penetrado en mi vida. Y ha entrado
por la puerta que yo dejé entreabierta, porque adiviné que me enseñaría
los códigos ocultos de un juego secreto. En
un principio no, pero luego... He de admitirlo. La balanza ha oscilado entre el
peso de la racionalidad y el dictado de mi corazón. Y he optado por esta
premisa, por dejarme engañar, conducir, enseñar. Él a mí.
La terapia boomerang. Cada día estoy más convencido. Es en
las contradicciones, las dudas y los conflictos que tenemos que superar y resolver
donde reside el auténtico abono de nuestro crecimiento. Y Patricio ha sido
para mí algo así como el nitrato de Chile para la tierra, un fertilizante,
sí, para mi tiempo de barbecho. Me ha inoculado con aguja hipodérmica
una inyección de sed, una dosis de arena que corre por mis venas y me insta
a preguntarme lo que a nadie le está permitido preguntarse. Soy un biólogo
afectado por la enfermedad de su conejo blanco. Soy un maestro helado ante la
magistral física de un alumno que escribe en la pizarra. Soy un astrónomo
descubierto por una luna lejana, que le mira a él, aterrado, atravesando
la corteza de la atmósfera, un sinnúmero de lentes y la membrana
de lo imposible. Cruzar mis propias fronteras
se me antoja el único modo de entenderle, y aunque intuyo el riesgo, la
ganancia es grata. Dicho de otro modo, ya no me importa rozar los límites,
perder los códigos de mi profesión, sentirme afectado por un paciente
sólo para comprenderle mejor, y para mejor comprenderme yo. Y a costa de
ese influjo desaconsejado en los textos académicos y en los manuales colegiales,
aún hay cabida para el pago de un premio. Patricio ha sido el único
en este gabinete que ha logrado hacerme entender la vida como una broma, el único
que me ha hecho comprender la lenta delineación de la sonrisa, el único
que me ha ayudado a paladear la certeza de que el hombre es un segundo en la existencia
del universo. Patricio me fulmina. Y eso
no es lo malo. Lo malo es ese deseo de que llueva sobre mí, de que me asaetee.
He de confesarlo, siento ansiedad por mojarme con sus ganas de vivir. Genenübertragung,
o la teoría del fracaso por influjo. A Freud le preocuparon sobremanera
los posibles desvíos e ineficacias profesionales a causa de la influencia
de un paciente sobre los sentimientos inconscientes del médico especialista.
Este, según él, debía reconocer, comprender y superar dichas
interferencias. Subrayó por tanto las limitaciones impuestas al psicoanálisis
a causa de los obstáculos psicológicos del analista, por lo que
recomendó el autoanálisis y las evaluaciones periódicas ejercidas
entre compañeros. Sin embargo, en la primavera de 1910 el propio Freud
envió una carta a su colega Ferenczi, a quien había analizado recientemente.
En ella se disculpaba por su fracaso, por no haber logrado superar sentimientos
contratransferenciales que, ahora lo creía, habían interferido en
el proceso. ¿No es fascinante? ¿No somos, al fin y al cabo, claros ejemplos de
vulnerabilidad? La vida es algo curioso,
si se piensa con detenimiento. ¿Y el ser humano? Según Patricio no es más
que un ácaro en la epidermis de Dios. La ironía de sus palabras
subtitula sus movimientos en escena. Y falta decir que su actuación, su
existencia, bien compactada, comprimida, ocupa lo mismo que un par de zapatos
de invierno, hasta hace no mucho cohabitantes de un mismo armario. Resulta
difícil creer que una vida pueda quedar recogida en unos pocos objetos,
alguna que otra fotografía y unos cuantos papeles plegados. Y no poco increíble
también que esta sea inédita y tan original como pueda serlo un
pensamiento enganchado a un folio con un clip, si ello fuera susceptible de efectuarse.
La pregunta es: ¿Será de utilidad toda esta palabrería? Porque eso
es, y no otra cosa, esta tarea que me he impuesto. Una crónica, un pasar
a limpio los legados y la memoria de un lenguaraz inquieto, sin otro mérito
que el de sentirse obligado a pensar y a olvidarse de ciertas penurias que le
han abrasado el alma. ¿Por qué me molesto? ¿Qué extraño influjo
has dejado caer sobre mí, Patricio? ¿Quién eres en realidad? ¿No
serás un ángel, y esto la reválida definitiva, la única,
la necesaria? ¡Ah, el ángel examinador! Debido
a la exigencia de superar los propios conflictos, y en especial su manifestación
de la contratransferencia, durante décadas se desarrolló entre los
profesionales de la psicología una actitud temerosa hacia los propios sentimientos.
Estos podían tomarse por síntomas de fracaso, pérdida de
la frialdad precisa, del control, de la meticulosa limpieza de la lente. En definitiva,
eran entendidos como un serio obstáculo para la eficacia del análisis
terapéutico. Fenichel se interesó por esa suciedad del cristal a
través del cual el analista trabaja. Y descubrió que esa aparente
suciedad no era tal cosa. Fue el primer doctor que sorprendió a sus pacientes
debido a su libertad y naturalidad. Antes de ser tratados por él ellos
habían creído que el analista era alguien especial al que no se
le permitía ser humano. Repaso algunos párrafos de mi biblioteca.
Fenichel, por supuesto, Sharpe, Kyrle, Kohut. Ahora más que nunca creo
que afirmar que un especialista tiene complejos, estocomas y limitaciones es decir
tan sólo que sigue siendo un ser humano. Cuando deje de ser un hombre común
y corriente, dejará de ser un buen profesional. Algunos comenzaron a intuirlo.
La doctora Heimann, años después, se esforzó por demostrarlo.
He hablado varias veces con Rosa. Sé
que me entiende. No en vano es una excelente analista. Me anima a que lo haga.
Cree que esta idea mía ha de ser enriquecedora, posiblemente una valoración
de influjos, una evaluación, acaso un nuevo método de autoanálisis,
sobre todo en lo que respecta a uno de mis pacientes. Alicia, mi compañera,
también me apoya. Por su parte, Patricio se merece este esfuerzo. Se merece
que alguien se pregunte quién es. Deseo confeccionar, agrupando varios
legajos penosamente ordenados, un opúsculo sobre su condena, una serie
de reflexiones concatenadas, acaso parlamento de naderías y gratuito cúmulo
de sandeces. Contendrá ideas absurdas, relatos de dos minutos y alguna
que otra confesión de amor, y cabe decir que será la mejor descripción
que de él pudiera hacerse. Que su vida resulte o no libresca, que pueda
ser merecedora de la dulce curvatura de las frases, es ya cosa de otros. Yo soy
un papel. Soy una pluma. Una mancha de tinta, circular y creciente. Una tintura
que oculta, bajo ella, todas la palabras, varias frases locas y alguna que otra
idea que sueña con rozar la originalidad. Y a una voz se ordenarán
por estatura todos aquellos vocablos que puedan ayudar en la tarea de explicar
quién es ese bufón, esa broma que Darwin olvidó transcribir
al redactar su teoría de la evolución de las especies. Tratar
a Patricio es como visitar un museo a solas con el beneplácito de su director.
En sus pasos he podido vislumbrar cierta voluntad contra la introversión,
así como la válvula de algunos anhelos apasionados. No en vano Patricio
parece haber nacido para idear y escribir secretos. Sus ideas más íntimas
emergen de sus dedos con esa letra irregular suya que nadie lee. Por eso, porque
nadie las lee, han nacido para ser secretas. Es
osado. Practica la infrecuente gimnasia del pensamiento. Y se mantiene en forma,
porque expone sus ideas a medida que las descubre. Están ahí dentro,
bajo su armadura, bajo esa cota de malla que le cubre el busto: ideas locas, ideas
sensatas, ideas mentira, ideas vértigo, ocultas algunas bajo un letargo
invernal, que aguardan el momento de florecer, tal y como un paquete espera ser
abierto después de viajar en los vagones de cola de los trenes nocturnos.
Patricio se atreve a romper el mutismo con una actividad desbocada y autodidacta,
sonriendo por descubrirse escribiendo incluso en el canto de las uñas.
Ha sido grande su necesidad de exteriorizar
su catálogo absurdo, su muestrario de botica decimonónica, con esas
ideas enfrascadas en tarros de porcelana rotulados en oro. Recuerdo que un día
afirmó que, si arañara el rostro de quien de él se riera,
con esas uñas suyas le podría dejar impreso en la piel el tatuaje
de sus delirios. No sé si soy un
estúpido. Siempre le he creído. Incluso por las noches, en esa tierra
de nadie entre el sueño y la vigilia, he llegado a sentir en más
de una ocasión una percepción hipnagógica, una visión
en la que, por haberle tocado, descubro mis manos cubiertas de serigrafías
sintácticas adornadas con estampaciones de aspecto brujeril. Semejante
iconografía, cuando llega, me impide descansar, porque dentro de mi sueño
paso horas intentando descifrar los códigos secretos grabados en mi piel
de pergamino vivo, yo mismo convertido en un enigma, en una misiva cifrada. Un
día, durante uno de nuestros primeros encuentros, me contó una experiencia
de cuando tenía cinco años. Tal recuerdo es importante para él,
pues fue la primera concepción que tuvo de la autoridad y, por añadidura,
de la justicia. En la escuela, tras la
salida en estampida del recreo, Patricio se quedó contemplando al resto
de los niños. Sin haber decidido aún adónde ir y con quién
jugar, se apoyó en la puerta de entrada, un pesado elemento de acero y
vidrio, destrozado por balonazos, pedradas y portazos. Los vidrios, en fragmentos
recuperados, estaban cubiertos de cinta de embalar, que de mala manera brindaba
cohesión al elemento. Al apoyarse, uno de tales rompecabezas se desmoronó.
Patricio se levantó atemorizado.
No se hizo ningún corte. Sin embargo, una seria herida le tardó
en cicatrizar. El bedel, tras el estruendo, acudió corriendo. Le condujo
ante el director del centro. Tras duras palabras, este le espetó por último:
«La próxima vez tu padre abonará los desperfectos. ¿Has comprendido?».
Patricio salió del despacho con un concepto nuevo aprendido. Sabía
lo que era la justicia; la justicia del hombre para el hombre. Poco después
el bedel hizo sonar la campana. El tiempo de asueto había finalizado. Durante
su mocedad, al acordarse de aquel suceso, pensó que estudiaría abogacía,
o mejor, que llegaría a ser juez, para poder ser un baluarte de la equidad.
Cuando cumplió los dieciséis ya había desterrado semejante
deseo. Jamás habría sido capaz de soportar la carga de un castigo,
la decisión de un perdón o la firma de una sentencia políticamente
correcta. No en vano él se sintió, en aquella edad más que
nunca, un condenado del fiscal del oprobio, un reo, un prófugo de las filas
del suicidio, alguien a quien no se le podía exigir más cordura
porque vivir le estaba costando la vida. A
los ojos de la humanidad no existe peor pecado, más triste condición
y mayor desgracia que la de ser diferente. La individualidad dentro del colectivo
pronto es condenada. Así fue martirizado Cristo, enjuiciado Sócrates
y decapitado Tomás Moro. En lo que a esto respecta, la brutal naturaleza
del hombre aflora como su cualidad más atávica. Y sin embargo, cuán
importante es para el mundo la peculiaridad humana. Nuestro destino habría
de ser erigir los pilares de la bondad y el raciocinio, los capiteles del amor
y del juicio justo. Pero ese destino generalmente se difumina, se pierde, se evapora,
o bien lo desarman, lo queman, lo revientan. Si
alguien osara decir esto en público, la multitud lo lincharía. Nadie
desea la verdad. No se admite la verdad. El mundo precisa piezas dentadas que
se acoplen a los engranajes. Una pieza deteriorada es una anomalía, un
desequilibrio. En una palabra: estorba. El resto, en lugar de preguntarse qué
mueve toda aquella compleja maquinaria, imagina su particular versión de
la realidad. Subsistir en un mundo hostil es tarea difícil, más
aún si se es consciente de la consciencia. Pensar que se puede pensar.
¡Santo Dios! ¿Por qué estoy pensando todo esto? Acaso porque en verdad
creo que, antes de que se les arrebate el don de la movilidad, los peones perdidos
y tullidos como Patricio han de revelarse y optar por escapar. Patricio
es consciente de todo esto. Sabe que algunos están condenados de por vida.
Pero también es cierto que ha madurado la idea de la evasión. Si
por él fuera saltaría del tablero de juego para perderse más
allá de los límites impuestos. «Para ser sincero le
oí decir cierto día ,
yo en ocasiones me pierdo en un mundo paralelo». Así es Patricio.
Sí, un mundo paralelo. A semejante universo furtivo lo denomina, por definirlo
mejor, el aliviadero. Y me aseguró que había, que hay, aliviaderos
de muchas clases. Aliviaderos son los
agujeros en los muros de contención, así como los huecos superiores
de los lavabos. Aliviaderos son los gabinetes psicológicos como éste.
Aliviaderos son los retretes, los prostíbulos de carretera, y hasta los
cines de barrio, que parchean las miserias de las gentes a base de películas
del oeste y pepitas de girasol. Sin embargo, su aliviadero, su válvula
de escape ha sido siempre, y sigue siendo, imaginar. Cuando lo hace busca un trozo
de papel y anota una idea, una sugerencia, una invitación a penetrar en
una historia. Son fetos de un escribidor bruto, engendrados para morir estampados
en hojas que luego casi nunca ordena y pocas veces relee. Sí.
He abierto su caja. Y puede que me decida a elaborar un singular inventario a
medida que encuentre y descubra retazos de quien se definió un día
como el hombre que no debió haber existido. ¿Puede alguien idear
un título más terrible para el guión de su propia vida? Ref.
OS-377 Ficha personal |
Ollagüe Saladrias, Patricio. Fecha
de nacimiento: 15 de diciembre de 1966. Raza blanca. 1,71 metros de estatura.
Setenta y seis kilos de peso. Pelo negro, con canicie prematura del 20 %. Ojos
mixtos, verdegrisáceos. Diestro. Descripción de piel: blanquecina,
con tendencia a la manifestación de pequeños angiomas y facilidad
para el rubor. Objetos personales: un
llavero, una cartera con documentación completa, debidamente microfilmada
en fichero óptico correspondiente; también una suma irrelevante
de dinero, un peón de ajedrez, con la base deteriorada, una pluma estilográfica
y una libreta con anotaciones. En espera
de revisión fisiológica RF-12. Gabinete
investigador asignado: Beta / 3. Proposición
de urgencia: Prioridad 2. Ref.
OS-377 Grupo Investigador Beta/3 Declaraciones
Sesión primera |
Primera actitud, desconcierto, en un
período no inferior a tres horas y media. El sujeto objeto de estudio muestra
una inquietud mayor al no permitírsele estar vestido mas que con el buzo
gris preceptivo. Se procede a comprobar su capacidad cognitiva. El
sensor imprime el resultado a sesenta caracteres por minuto. La respuesta es positiva.
Se da comienzo a la sesión interrogadora con el formulario FI-13, ante
el cual manifiesta reiteradas quejas. Se le aplica un correctivo coercitivo intravenoso,
Carbamacepina en dosis adecuada a su masa corporal. Quince minutos después
se reanuda la sesión. Su nivel de serotonina se ha elevado y se aprecia
merma considerable de su anterior conducta impulsiva. El
sujeto objeto de estudio comienza a contestar el formulario, que queda grabado
en el disco óptico. Tras las 120 cuestiones el examen prosigue, y, ante
su intranquilidad, este equipo cree necesario remarcar que parece ocultar algo.
Desconocemos si se trata de información relevante para el análisis
de su caso. Ante una tanda de nuevas preguntas declara que no sabe de qué
le estamos hablando. Le sugerimos que
colabore. No se inmuta. Se le invita una vez más a cooperar. Finalmente
parece claudicar. Bebe un trago del vaso con disolución isotónica.
Después rompe a hablar. Sus palabras nos desconciertan. Adjuntamos transcripción:
Nadie escucha al joven poeta que recorre
los caminos, hombre solitario que deambula entre sombras de desprecio. Nada confirma
su función en este mundo, aun bastándole una módica sonrisa
para alumbrarse. Cierta noche de otoño, en un antiguo pueblo costero, camina
por el puerto y recita, al mar, al viento, unos versos que prenden en el aire,
se fragmentan y luego se pierden. Un anciano
demente, a su espalda, desastrado y salvaje, se le aproxima y añade unas
estrofas sin duda improvisadas. El joven
poeta se le queda mirando y llora. Después pregunta: «¿Quién
eres tú?». El pobre viejo gira en torno a él. Su mirada parece
perdida de tanto buscar retazos de su mente desmembrada. Le estudia absorto y
permanece callado. «Siempre no estuviste así. Un brillo en tus ojos
me insinúa que algo hay en ti. Dime, anciano, ¿quién eres tú?»
Este levanta, despacio, su mano huesuda
y abotargada. Comprende el joven su deseo de acariciar, su sed de contacto humano
para no verse náufrago de la inmensidad. En ese instante le contesta: «Un
joven poeta a quien ni un loco escuchó». Por
el momento ignoramos si sus palabras pueden ser de interés. Debemos aguardar
a recabar más información. Esperábamos cierta cooperación
por parte del sujeto, pero su actitud es más bien reacia. Concluimos la
sesión con un tiempo total de dos horas, trece minutos y cuarenta y tres
segundos. Resultado de las pesquisas:
negativo. Previsión: se precisarán nuevas sesiones. Sugerencias:
dadas algunas anomalías captadas por el sensor óptico SO-01, existe
la posibilidad de que el correctivo de Carbamacepina no haya sido totalmente efectivo.
Se comprobará en breve su nivel de serotonina. Se estima necesaria que
la revisión fisiológica sea completa e incluya escáner encefálico.
También puede recurrirse al Test de Goldberg y a los estudios de personalidad
MMPI y 16PF.
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