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Buenas
noches a todos | SERGIO GÓMEZ |
192 págs. | ISBN
84-89618-60-7 | 2350 pts. 14,12 Eur. |
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Elenita
decidió visitar a Chepa. El lunes al mediodía llegó a la
última estación del metro. En la vereda hizo detener un taxi negro
y amarillo y le dio las señas para llegar a Santa Familia. Hasta la muerte
de su marido, Elenita vivió en Santa Familia. Cuando se quedó sola
decidió irse a la casa de su hija en un barrio más cómodo,
con comunicador eléctrico y alarmas de bocina en puertas y ventanas. Chepa
la esperaba en el patio de la casa. En una mesita tenía servido un plato
con torta Selva Negra y un vaso de jugo de papaya con la carne de la fruta apozada
en el fondo. Chepa abrazó a Elenita y la invitó a sentarse en una
de las tumbonas que rodeaban la mesita del patio. Te
ves muy bien dijo
Chepa de entrada .
Tu dieta debe de ser. Yo nada con dietas, no las resisto y no me sirven. Siempre
que lo intento con una dieta termino más gorda y nerviosa. Chepa
revolvió con un puntero de vidrio el jugo de papaya e instaló servicios
para la torta. Ahora
te olvidas de dietas dijo ,
esta torta está exquisita, muy refinada; las hacen las monjas. Yo las compro
para ayudar, pero al final termino golosa igual. Compadécete de mí,
Elenita, y ayúdame con este trocito. Si
es por ti te ayudo respiró
profundamente Elenita y se desabotonó el chaleco. Calor,
ah. Abochorna
un poco este clima. No
lo digas. Cuando está fresco como ahora, instalo aquí fuera esta
mesita de escayola, en la misma que Julito jugaba brisca. Porque tú sabes,
unos de los vicios de Julito era el juego. Pasaba horas en esta mesa jugando al
solitario con cartas inglesas. Yo no lo acompañaba en su vicio, eso sí
que no, porque los juegos traen la perdición. No
me lo digas indicó
Elenita con un cuadrado de torta en la boca .
Esteban era tan diferente, ese hombre sí que era tranquilo. Siempre pensé
que cuando muriera nadie se enteraría. Siempre ahí en su sillón
glaseado, muy quieto y pensador. Ambas
se quedaron con sus pensamientos congelados. La tarde aflojaba el calor con lentitud
exasperante. No
te ofrezco todavía una mentita con hielo frapeado, pero cuando la quieras
seguimos con eso dijo
Chepa. Preferiría
el murtillado con canela para limpiarme el estómago, es más fresco,
más vespertino. Tienes
toda la razón. Voy y vuelvo entonces. Chepa
entró en la casa por la puerta corredera. Elenita observó que en
el centro del vidrio estaba pegada una imagen de santa Mariela, la animita benéfica
de calle Irasu. Se estiró en la
tumbona repasando mentalmente lo que había hecho antes de salir de la casa
de su hija esa tarde. Revisó las cerraduras de las puertas, siguiendo un
plano mental al que estaba acostumbrada. Su hija se encontraba fuera de la ciudad,
de vacaciones con su marido. Elenita quería hacerlo todo bien en esa casa,
no causarles problemas ahora que vivía con ellos. Tenía la casa
entera a su disposición, eso le gustaba, pero también la llenaba
de obligaciones y responsabilidades nuevas. Pensó en Esteban, su marido
muerto, lo hacía constantemente cuando sentía alguna preocupación.
Chepa volvió con las copas servidas
en una bandeja minúscula que reproducía La visión después
del sermón o La lucha de Jacob con el ángel de Gauguin.
En el borde de las copas biseladas aparecían dibujados racimos de uvas
que seguían el círculo. Las murtillas se revolcaban muy pasadas
y oscuras en el aguardiente. Cada una se untó los labios. Tus
gladiolos parecen de fotografía indicó
Elenita el fondo colorido del patio. ¿De
verdad lo crees? El moscardón me los quemó. La plaga me destruyó
también las lilas. Y esa es una flor muy dulzona, muy tentadora. Los moscardones
se vuelven locos con el aroma de las lilas. Julito me aconsejó Racumín,
el mismo que para matar ratones; por supuesto fue peor porque al final se murieron
los moscardones y las lilas. Elenita quiso
reírse pero le salió un gesto diferente y delicado. ¿Por
qué dices «Julito me aconsejó»? Es
que los muertos saben mucho. Elenita dejó
la copa en la mesa y prefirió sentarse al borde de la tumbona. El licor
le bajó por el estómago. Sintió cómo llegaba al fondo
y se detenía. Recogió una de sus manos, la dejó en el antebrazo
de Chepa y la reconvino con un movimiento de cabeza: ¿Y
desde cuándo hablas con los muertos, Chepita? Qué
tonta de mi parte. Debí empezar por eso, pero el licor me aniquila las
células de la memoria, estoy segura. Julito era de un vaso diario de whisky,
no cualquier whisky sino importado. En ese tiempo sólo existía whisky
importado. Si es por eso que Julito adoraba a los militares, porque trajeron el
whisky al país. Elenita respiró
profundamente para hacerle saber que dilataba la explicación. Volvamos
al punto de los muertos, Chepa, no distraigas la conversación. Voy.
Julito me aconsejó, como te dije, por intermedio de la señora Fontaine.
¿Y
quién es la señora esa? Por Dios, qué misterio, Chepa. La
señora es médium. Hace un año vive aquí en Santa Familia,
en la villa Motorcito Miranda. Una
médium. Una
y muy buena. Espiritista. Tú sabes que yo no creo en nada de eso, pero
un día acompañé a mi amiga Yolanda Saavedra, la mujer del
dentista. La pobre Yolandita lo ha sufrido todo. Tiene un hijo perdido en Argentina
desde hace algunos años, el hijo y el nieto. Ese
negocio es para robar dinero a los incautos, ¿cómo pudiste, Chepa? Yo
pienso igual que tú. Sólo acompañé a mi vecina. Llegamos
a la casa de la médium, en la villa Motorcito. Nos hizo pasar la señora
Fontaine, enseguida dijo que traíamos vibraciones muy buenas. Mentiras,
Chepa, mentiras. Comenzó
la sesión. Después de un rato a la médium le empezó
a cambiar de color la cara. Estaba blanca como la cal, así se quedó,
y la voz le salía rara, deformada. Fingiendo
estaría. Teatro
podría haber sido. Pero la voz que le salió de la boca era la misma
que recordaba Yolanda de su hijo. Por supuesto mi vecina se quebró cuando
la escuchó. Comenzó a llamarlo por su nombre. Muy emocionante todo,
Elenita, para romper el corazón a cualquiera. Sabría
de antes sostuvo
Elenita algo incómoda y sin argumentos. Le
dio muchas pistas de su hijo que sólo Yolanda conocía: la canción
de cuna que le cantaba todas las noches o dónde escondieron el primer diente
de leche. Hasta que al final le preguntamos qué era de él. A esas
alturas sabíamos que estaba muerto, porque una médium no se comunica
con los vivos. ¿Dónde
estaba? En
un cementerio en Misiones, que es una provincia apartada de Argentina. Yo quedé
perpleja, mientras Yolanda lloraba y lloraba. Después de eso el trance
acabó. La señora Fontaine nos dijo entonces que después de
una cita con los espíritus se quedaba agotada, así que tuvimos que
irnos. No
puedo creerlo, Chepa, me niego Elenita
la miró fijamente .
¿De esa forma entonces te comunicaste con Julio, tu marido? De
esa forma, y todas las siguientes semanas, como si lo llamara por teléfono
al otro mundo. Me
niego a creerlo. Déjame
contactarte con la señora Fontaine y te convences por tus propios ojos.
Tal vez logres comunicarte con Esteban. Cómo
se te ocurre, Chepa, de sólo pensarlo tiemblo. La
tarde definitivamente se gastó tranquila en Santa Familia. Elenita se conformó
con la visita a su antiguo barrio y amistades. A las seis de la tarde pidió
su abrigo a Chepa. Se arropó en la salida y besó en la mejilla a
su amiga. Salió de la casa, pero
no tomó por la calle que conducía a la parada de los colectivos.
Prefirió seguir caminando por Domeyko, una calle breve y cerrada. Lo primero
que divisó en la salida fue la plaza Alférez Mayor, y su casa en
la entrada de la esquina. Su antigua casa, pagada por Esteban en cuotas de ahorro
durante cuarenta años. Su casa de cemento, brillante, cuadrada y firme.
Un cuadrado sin atributos ni belleza, apretado entre las casas de sus vecinos.
En el barrio quedaba poca gente conocida.
La excepción era Chepa. Antes todos se conocían y saludaban amablemente,
y las horas pasaban en conversaciones. Ahora el barrio estaba bullicioso y poblado;
desconocido para Elenita. Cruzó
desde la plaza y se sentó en una mesa del Penúltima Verdad. Los
mozos que atendían eran nuevos y no la reconocieron. Pidió un té
amargo con unas gotas de limón. Bebió el té mirando la calle,
su cuadra y su casa, con los ojos muy tristes. Quince minutos después pidió
al que atendía que detuviera un taxi en la calle. Como se hacía
tarde prefirió pagar toda la carrera hasta la casa de su hija. El precio
fue alto pero la decisión fue la mejor. Se sentía agotada, con el
cuerpo atravesado, no sabía por qué. Al llegar se lavó cuidadosamente
con una esponja que tenía la forma de un corazón de dos colores.
Se encerró en su dormitorio. Antes de las once de la noche se quedó
dormida. No supo explicar exactamente
qué le hizo marcar el número que Chepa le apuntó en su libreta
de teléfonos. Del otro lado escuchó el ruido de papeles frotados
y la voz seca de la señora Fontaine. La citó a las siete de la tarde.
Antes de colgar, Elenita escuchó cómo del otro lado apuntaban su
nombre en un libro de registro. Tenía
todo el día para pensarlo y arrepentirse. A la hora del almuerzo echó
a remojar listas de pescado seco. Aparte hirvió en un caldo algunas tiras
de pancutras. Juntó todo con manchones de mantequilla. Encendió
el televisor de la sala y se entretuvo media hora. Después se lavó
cuidadosamente. Se recogió el pelo y se untó la frente y el cuello
con crema humectante. Cuando estuvo lista se sentó en la mesa a comer el
caldo caliente. Mientras apartaba el cuero plomo del pescado, sintió la
casa vacía. No era su casa, si vivía allí era porque no tenía
otro lugar donde quedarse. Reposó
en el diván de chintz. Fumó un cigarrillo y leyó algunas
páginas de Instrucciones de vida y penitencia, una guía cristiana
muy útil, recomendada por el cura de su parroquia. La lectura sólo
alcanzó las tres páginas y media. Durmió profundamente quince
minutos en el diván. Despertó angustiada, pero en media hora recuperó
la serenidad habitual. Dedicó el resto de la tarde a limpiar y a ordenar
la casa, aunque era innecesario. Calculó una hora para trasladarse hasta
Santa Familia. No gastaría dinero en un taxi directo, así que trató
de planificar mentalmente las combinaciones más económicas y rápidas.
Unos minutos antes de la siete de la tarde
estaba frente a la puerta de la señora Fontaine, en villa Motorcito Miranda.
El nombre de la villa era un homenaje a Motorcito Miranda, un héroe del
barrio que participó en la expedición de Robert F. Scott intentando
conquistar el polo sur en 1912. La casa
de la señora Fontaine era de madera, con olor a cera y sin adornos. El
rincón de entrada en el antejardín estaba decorado con piedras de
distintos colores. Elenita entró en la casa. La distribución de
las piezas repetía lo mismo de todas las casas que conocía. Antes
de que Esteban enfermara, ella se ocupaba colocando inyecciones. No era enfermera,
pero tenía un curso y un diploma que aseguraba estar autorizada para hacerlo.
La señora Fontaine era una mujer
redonda. Tal vez de la misma edad que Elenita, aunque en ella era evidente el
esfuerzo por no envejecer. Su cara estaba brillante y maquillada. Se
presentaron mutuamente. Se sentaron en un saloncito recargado de fotografías
familiares. Sobre el bufé de madera, en un cacharro de cerámica,
sobresalían dos grandes hortensias. Cuando el interrogatorio inicial terminó,
la señora Fontaine pareció conforme y la condujo hasta una habitación
al fondo de la casa. Allí las paredes estaban vacías. Los únicos
muebles que existían eran una mesa circular y tres sillas. En
este lugar recibimos las visitas de los sutiles dijo
la señora. ¿Sí?
preguntó
desorientada Elenita. La señora
Fontaine la hizo sentar en una de las sillas, la más alejada de la mesa,
cerca de la pared. Son
aquellos seres que nos escuchan desde un mundo mejor y bueno. Los espíritus,
señora Elenita aclaró
pacientemente la señora Fontaine. Ella
también se sentó. La ampolleta que iluminaba era baja. Lo que parecía
una ventana en el centro de una de las paredes estaba clausurado y cubierto con
una cortina negra. Señora
Elenita, usted dirá propuso
la señora Fontaine, comenzando a cerrar los ojos y a respirar pausadamente.
Mi
marido dijo Elenita
desde el fondo
se murió en el 82, después de una sufrida enfermedad. Necesito
algunos detalles. Sí,
señora Fontaine, enseguida. Espere
un momento dijo
la médium. Salió de la habitación. Elenita
estaba arrepentida. Sintió frío y se abrazó. La señora
Fontaine regresó con un vaso de agua, algunas manzanas en un plato y dos
plátanos. Este
trabajo es largo y cansado dijo
la médium ,
gasto mucha energía en las invocaciones. Este vaso de agua tiene azúcar
para no perder calorías. Entiendo,
señora Fontaine dijo
Elenita convencida. Continúe
entonces con la biografía del difunto. Esteban
reconoció
después de un momento de duda
fue un buen marido. Estuvimos casados cuarenta y tres años, y muy pocas
veces nos peleamos. Es que tenía un carácter muy llevadero; un hombre
tranquilo y trabajador. Atendía una farmacia en calle Pelantaro. Después
de que enfermase tuvimos que cerrar el local. Ahora el mismo lugar está
arrendado a una lavandería por kilo. ¿Y
cómo murió don Esteban, señora Elenita? Un
cáncer en la garganta. Cuando lo revisaron lo encontraron ramificado por
todo el cuerpo, nada que hacer, así que lo enviaron de regreso a la casa.
Cuatro meses alcanzó a durar. Ese tiempo fue de despedida. Nos llevábamos
muy bien, conversábamos y leíamos, porque a los dos nos gustaba
leer mucho. ¿Creyentes?
Muy
religiosos los dos. Un sacerdote venía los lunes por la noche y hacíamos
reflexiones los tres juntos, eso nos ayudó mucho Elenita
se detuvo y pareció alcanzar una idea relegada. Dijo :
¿Importa eso? Es decir, ¿es anticatólico hablar con los espíritus?
De
ninguna manera lo es. Personalmente soy muy católica, de misa todos los
domingos a la ocho de la mañana. Entonces
no es una falta. No
lo es. Este mundo lo habitan los reencarnados que somos todos nosotros, los vivos.
El otro mundo es el de los sutiles, que tratan de descansar y acomodarse antes
del juicio final. Imagínese, señora Elenita, y perdone el ejemplo
algo vulgar, es como un estadio de fútbol que se llena de a poco. Mientras
el alma se acomoda, nosotros podemos comunicarnos con ellos, pero nada más,
sólo intercambiar ideas. Elenita
quedó conforme y se relajó en su silla. Tengo
que confesarle algo dijo ,
creo que es importante con respecto a Esteban movió
la cabeza como si no quisiera recordarlo .
La verdad es que él no murió directamente por la enfermedad que
le acabo de nombrar. Déjeme
decirle que ahora no la entiendo, señora Elenita. Las
últimas semanas fueron muy dolorosas para él. Esteban no podía
hablar. Los médicos lo dejaron conectado a una máquina que lo hacía
respirar con un fuelle que subía y bajaba. Todo muy penoso de ver. El último
día, Esteban me miró a los ojos, fue antes de la hora de la comida.
Se despidió de ese modo de mí. Bajé a cocinar y cuando volví
a su lado estaba muerto. Con el resto de fuerza que le quedaba desconectó
el equipo de respiración y se despegó los tubos y cañerías
que llevaba en el cuerpo. Elenita pareció
cansada con el recuerdo. La señora Fontaine se apuntó el mentón
y dijo: Eso
cambia todo. Don Esteban entonces se suicidó. Fue una última y valerosa
acción de su parte al ver que usted sufría. Pero para los registros
celestiales es suicidio, de todas maneras. ¿Importa
eso? dijo angustiada
Elenita sintiendo frío. Malo
es. No podemos comunicarnos con aquellos espíritus porque se encuentran
acomodados en otro lugar de espera, es decir, son juzgados de forma diferente.
¿Entonces
no puede hablar con Esteban? la
voz de Elenita era de decepción. No
puedo. Tal
vez si lo intentara. Esteban era muy diligente, hacía caso en todo. Si
usted lo llama, él seguro viene. La
médium volvió a teclearse el mentón con los dedos. Hay
una forma indirecta, a través de otro espíritu que lleve el recado.
En el supramundo hay espíritus que hacen méritos, uno de esos trabajos
es ayudar en los aislados. Bien
por mí de esa forma. Sólo quiero enterarme de lo mínimo con
respecto a Esteban: cómo está, cómo lo tratan y si me espera.
La señora Fontaine hizo entrar
a la habitación a su asistente. Se concentró, bebió el agua
con azúcar y cerró los ojos. Elenita permaneció apartada.
La función del asistente era hablarle al espíritu que entraba en
el cuerpo de la señora Fontaine. Veinte minutos más tarde, un espíritu
acudió al llamado. Elenita repitió detalles, el nombre completo
de Esteban y su ocupación en vida. Esperaron varios minutos sin respuesta.
La señora Fontaine despertó del trance y antes de decir nada comió
las manzanas y los plátanos con desesperación. Tratar
con espíritus me abre el apetito dijo ,
es como si anduviera muchos días fuera, por eso engordo. Cuando joven yo
era delgada, un palo. El trabajo me engordó. Estuvieron
de acuerdo en volver a reunirse al día siguiente, a la misma hora. El
regreso a la casa de su hija fue lento. No pudo evitar llegar quince minutos antes
de la medianoche. Se sentía excitada por lo ocurrido y no se acostó
enseguida. Se decidió por una ducha caliente. Permaneció cerca del
televisor encendido, hasta que la programación acabó y la pantalla
quedó congelada en un rectángulo azul sin sentido. Leyó algunos
testimonios de Instrucciones de vida y penitencia, pero no encontró
nada parecido a sesiones espiritualistas. Regresó
a la casa de la señora Fontaine. La recibió Coronado, el asistente
del día anterior. Esperó en el living de la casa porque la señora
estaba ocupada con otra cliente. Media hora después, vio salir a una mujer
bien vestida, que fumaba y sonreía nerviosa. Pasó cerca de Elenita.
Echó el humo afuera y dijo: «Increíble lo que acabo de ver
y escuchar allá dentro». Volvió
a repetirse el procedimiento. Esta vez no era fruta lo que permanecía a
la espera sobre la mesa, sino un delicado pastel con trozos de chirimoya glaseada.
El espíritu acudió enseguida y habló por intermedio de la
señora Fontaine. La voz era profunda y las palabras bien pronunciadas.
Su nombre era Severo. Tenía localizada al alma penitente que se había
solicitado. Elenita, atrás en la silla, sintió que su corazón
se agitaba. Desde su rincón quiso preguntar, pero Coronado la detuvo susurrándole
que no se podía hablar sin entrenamiento directamente con un sutil. Coronado
fue el de las preguntas. La señora Fontaine contestaba. A
don Esteban lo tratan bien, no hay de qué preocuparse dijo
la señora Fontaine en trance profundo .
Todavía las cosas no se arreglan de este lado. Manda decir a Elenita que
tenga confianza, todo está en trámite. Don Esteban me ha dado toda
su confianza para que lo represente en esta invocación, incluso algo de
amistad hemos conseguido desde que nos conocimos dijo
Severo por intermedio de la médium. Coronado
preguntó: ¿Tienes
algo más que agregar, Severo? Me
gustaría hablar directamente con la señora del aludido. A
pesar de que no era lo acostumbrado, Coronado se levantó de su silla. Invitó
a sentarse a Elenita frente a la señora Fontaine, que seguía con
los ojos cerrados. Esteban
me contó siguió
el espíritu
lo bueno del matrimonio de ustedes; él la recuerda muy agradado. Así
fue dijo titubeante
Elenita . Cuarenta
y tres años juntos. No pudimos tener hijos por una falla mía, pero
el resto fue de mucha felicidad. Me gustaría que él supiera lo feliz
que fui, aunque creo que lo sabe porque en sus últimos momentos se lo repetí
muchas veces. Una
vez más que se lo recuerde no le hará mal dijo
Severo en la voz de la señora Fontaine .
Esteban además me aseguró que usted era una cocinera admirable.
Elenita se sonrojó levemente. Hacía
muchos años que no le hablaban de ese modo. Y
él muy fachoso dijo
Elenita . Tenía
que cuidarlo de las mujeres, sobre todo de Georgina, una ex novia que lo rondó
durante años. Quién
lo diría de Esteban. En cambio, yo tuve un matrimonio muy infeliz dijo
Severo . Déjeme
decirle, Elenita, mi mujer no sabía cocinar ni siquiera un par de huevos
o un arroz. Mi
madre me enseñó todo lo que sé de cocina. Ella también
debe de andar por ahí entre ustedes, porque murió para el terremoto
del 60 en Valdivia. Pobre,
una tragedia, muchos murieron en ese terremoto. No,
pero mi mamá murió de un resfriado mal curado. Con el terremoto
no pasó nada, porque su casa fue construida por un arquitecto alemán,
una casa muy firme. Pero
usted me hablaba de la cocina, Elenita. Sí,
perdone. Ella era una excelente cocinera, su especialidad era el charquicán,
pero con charqui, no con carne como lo hacen aquí en Parque. Decía
que lo mejor era la comida tradicional, nada de importados como la comida china.
No, la comida china era un insulto para ella. Muy
de acuerdo. Dígame algo, Elenita, ¿es verdad que usted fue reina de belleza?
Elenita no resistió y explotó
en una carcajada que estuvo a punto de romper el trance de la señora Fontaine.
Pero
qué hablador ese Esteban, no cambia... Reina de belleza no se puede decir.
Nos conocimos en una fiesta a beneficio del Obras Santas, el equipo de fútbol
del barrio. A alguien se le ocurrió llamar a cinco señoritas al
estrado, entre las cuales me encontraba yo. Decidieron elegir una reina entre
las cinco y rematar el baile de la reina. No
me diga más interrumpió
Severo , usted
ganó y el baile lo remató Esteban. Ustedes
los espíritus, no se les puede engañar. Así mismo ocurrió.
Así conocí a mi futuro marido. Muy
romántico Esteban. No
lo crea. Ese debió de ser el primero y el penúltimo baile al que
asistimos juntos en cuarenta y tres años. El último fue el vals
de los novios en mi matrimonio, pero ese casi no cuenta porque es una obligación
de la ceremonia. Y
con la fama de Esteban. No
sé allá al otro lado aclaró
alterada Elenita ,
pero acá Esteban era un hombre tranquilo. A mí toda la vida me han
gustado los bailes. Él era remolón y nada de salir de la casa. Sola
yo no iba a salir, así que me quedaba cerca de mi marido; adonde lo vieran
mis ojos, allí estaba. Tan
diferente a mi matrimonio, Elenita. Mi caso es distinto. Mi mujer, que todavía
está entre ustedes en el infra, es muy suelta y salidora; por eso nuestro
matrimonio fue una desdicha. Una
pena. También
hubo cosas buenas, pero en general me fui de allá insatisfecho. Envidio
a don Esteban, sinceramente. La conversación
siguió otra media hora, hasta que la señora Fontaine abrió
los ojos. Su cuerpo se echó para adelante hasta alcanzar el pastel de chirimoya.
Interferencias
explicó
después de tragar. Decidieron regularizar
las sesiones todos los días lunes. Elenita pidió adelantar la hora
a las cuatro de la tarde. Su hija regresaría a Parque de sus vacaciones
y prefería no decirle nada del contacto con el otro mundo. Coronado lo
arregló todo en la agenda de la señora Fontaine. Estuvieron de acuerdo
en una cantidad de dinero que Elenita consideró razonable. Agregó,
por iniciativa propia, los pasteles de panqueques, las tortas de merengue y los
queques de miel, que ella misma hacía y que la médium necesitaba
a su regreso del trance profundo. Elenita de esa forma volvió a cocinar,
no lo hacía desde la enfermedad de Esteban. Se
acostumbró a las sesiones en la casa de la señora Fontaine. Dejaron
de necesitar la asistencia de Coronado. Con Severo la comunicación se hizo
directa y fluida. Elenita esperaba ansiosa los días lunes. A su hija le
mintió diciéndole que se reunía todos los lunes, en casa
de Chepa, en una cadena de oración de su antigua comunidad parroquial.
No le pareció una mentira terrible, sino piadosa. Las
conversaciones con Severo, a través de la señora Fontaine, dejaron
de tener como tema exclusivo a Esteban, sólo a veces volvían los
recados. Elenita se acostumbró a Severo, era un hombre con cultura, le
gustaba el cine tanto como a ella. Le contaba películas que no había
visto. Severo la escuchaba, la aconsejaba y halagaba. Hoy
estás muy elegante, Elenita, el vestido granate ese te combina tan bien
con esa cartera con aplicaciones... le
decía. Me
lo puse para venir hasta acá. Luego
entraban en el tema que obsesionaba a Severo. Estoy
curioso por saber qué cocinaste hoy decía.
Lo
que te gusta, Severo: una chanfainita con puré de garbanzos. Elenita
destapaba un pote de plástico con papel de aluminio y lo dejaba sobre la
mesa frente a la señora Fontaine. Qué
lejano percibo el aroma del cocimiento decía
Severo , pero
cómo estará de bueno que igual llega hasta aquí. Elenita
se acostumbró a cocinar y a presentarle los platos a Severo cada lunes,
conformándose con que terminaran en el estómago de la señora
Fontaine. Después de seis meses
de contactos espirituales, llegó el día en que Severo se lo dijo.
Elenita lo presentía y esperaba. Desde ese día comenzó el
noviazgo. Para Elenita fue renacer. Pero antes de aceptar cualquier proposición
de Severo le pidió, como favor personal, hablar directamente con Esteban
al respecto. Esa semana se hizo eterna para Elenita. Cuando volvieron a hablar,
Severo traía un recado de Esteban, su ex marido. Estaba de acuerdo con
la relación, incluso hizo ver que no afectaría a la amistad con
Severo. Elenita respiró tranquila. Volvió a sus lecturas de Instrucciones
de vida y penitencia, que había dejado sintiéndose culpable.
Al comienzo del año siguiente,
Chepa empezó a despertarse temprano y a perder el apetito. Cuando una mañana
no se pudo levantar de la cama, llamó por teléfono a Elenita. Como
era lunes de sesión, no la encontró en la casa. Chepa, por muy vieja
y enferma que se encontrara, sospechó enseguida cuando la hija de su amiga
mencionó la cadena de oración de los lunes. Al
día siguiente, Elenita llegó a Santa Familia. Le abrió la
puerta una enfermera. Comprendió enseguida la gravedad de Chepa. Elenita
le traía en un bol picarones pasados por chancaca. Pero Chepa no tenía
apetito y terminaron en el estómago de la enfermera. Sentada
junto a la cama de su amiga, le confesó todo. Chepa se resistió
a creerlo. Tosió diez minutos y terminó por aceptarlo. Prefirió
ser directa y concreta con Elenita: Me
parece bien el amor que se tienen, pero yo quiero saber cómo se resuelve
el asunto cama. A
esta edad, Chepita, necesitamos otro tipo de cosas dijo
azorada Elenita .
Por ejemplo, que te abracen o envuelvan con palabras, que te escuchen y se preocupen
por ti dijo Elenita.
Terminó con una sentencia de Instrucciones de vida y penitencia,
algo borrosa en su memoria :
«El verdadero amor es el que se sacrifica». No
me enerves que me matas enseguida dijo
tosiendo Chepa .
Déjame contarte que hace un año, cuando estaba sana, no como ahora,
yo estuve ilusionada igual que tú Se
sentó en la cama y pareció mejorar .
Pedrito, el instructor de aeróbica. Apuesto a que no te imaginabas que
iba a clases de aeróbica. La
verdad que no dijo
sinceramente Elenita. Pedrito,
el profesor de gimnasia, era bajo, chaparrito, pero modelado con las manos, con
un cuerpo perfecto. No hubiera aguantado nada de aeróbica sin él
delante. Tú sabes cómo soy yo, muy insinuante; él, en cambio,
se hacía el desentendido. En la cara tenía esos rasgos duros pero
varoniles que a mí tanto me gustan de los hombres. Era profesor de educación
física y para ganarse la vida tenía esas clases en el gimnasio,
aquí en calle Irasu. Pensé en un plan para conquistarlo. Invité
a toda la clase de aeróbica, incluido Pedrito por supuesto, a pasar un
fin de semana en el fundo de mi familia en San Fernando. A mí el grupo
del gimnasio no me importaba, todos muy preocupados por las calorías y
carbohidratos y leche descremada y dietas. Para mí el objetivo era otro:
Pedrito. Por la tarde del segundo día, invité a todos a montar a
caballo, pero lo arreglé para que faltaran dos caballos, ¿me entiendes?
Pedrito
y tú dijo
Elenita tratando de comprobar si Chepa estaba realmente enferma o no. Nos
quedamos solos los dos. Subimos al segundo piso de la casa de campo. Entonces
no me pude seguir controlando, era mucho tiempo con el asunto en la cabeza. Le
dije que durante un año entero lo había visto en esos pantaloncitos
de lycra ajustada, y divino se veía; por lo tanto, ahora le exigía
que mostrara lo que estaba dentro de los pantalones, ¿me comprendes? No
puedo creer que le dijeras eso tan precipitadamente reclamó
Elenita. Era
mi única oportunidad. El paseo a caballo de los demás no duraría.
Pedrito me sonrió con su cara vulgar, morena y cuadrada. No fue necesario
insistir. Se quitó la ropa sobre esa alfombra salvadoreña, con unos
paisajes coloridos, con casas y gente dibujada en los balcones. Desnudo se veía
pequeñito, pero con un cuerpo proporcionado, casi perfecto. Un poco avergonzada,
yo también me desvestí ante él. Estábamos los dos
frente a frente, tan cerca como tú y yo ahora, Elenita. Y estábamos
ardientes, muy ardientes. Aunque si lo pienso ahora, con algo de distancia, la
única ardiente era yo. Pedrito me tomó de las manos, y yo ilusionada
porque pensé que era un caballero y saldría con alguna romantiquería;
tan distinto a Julio, mi difunto. Por muy cochino el cuadro que formábamos
los dos en ese momento, me imaginé que Pedrito diría una frase perduradora.
Pero no, Elenita, nada de eso. Al contrario, confesó que desde niño
le gustaban los varoncitos. Había intentado todas las curas para no ser
maricón, pero falló con todas. Hasta ahí, comprenderás,
me llegó lo ardiente y templado. Fue como una descarga de bolsas de hielo
sobre mi cabeza. Imagínate a nosotros dos, de pie, desnudos sobre esa alfombra
salvadoreña, mientras a Pedrito le entraba el llanto con sobresaltos, hipos
y lamentos. No había cómo pararlo. Repetía entre sollozos:
«No quiero ser maricón, Chepita, pero no lo puedo evitar».
Chepa dejó de hablar y su rostro
cambió. Elenita quiso decir algo pero no se atrevió. Fue
mi última oportunidad dijo
Chepa después de un rato .
Una no quiere amores que no se toquen, sino concretos... Es que yo tuve muy mala
suerte con Julio y, tú lo sabes, después de Julio nadie más.
Ahora me estoy muriendo con esa decepción dentro. Las
siguientes semanas Elenita estuvo cerca de Chepa. Se trasladó a la casa
y despidió a la enfermera que la atendía. Las sesiones con la señora
Fontaine se interrumpieron. Severo entendería, se trataba de un asunto
importante. Elenita cocinó para Chepa leche asada y un budín de
queso, sus dos especialidades, pero la enferma comió poco. Una
noche, Elenita despertó con los quejidos de Chepa. Hizo traer a un médico
que sólo echó la respiración hacia fuera y dijo: es la edad
de la señora. Elenita esa noche no durmió, permaneció junto
a la enferma hasta que amaneció. Al día siguiente, Chepa no hablaba
y tenía la vista perdida con los calmantes. Antes
de que anocheciera, Elenita se sentó en una silla frente a la cama. Sabía
que la enferma la escuchaba. Citó de memoria Instrucciones de vida y
penitencia: «Es mejor dar que recibir, porque al que cede se le entregará
el doble de lo cedido». Le repitió al oído, paso a paso, la
receta de la chanfaina con puré, los alfajores de manjar, el sorbete de
membrillo, la carbonada de ajo y el puchero seco, que a Severo volvía loco.
A la mañana siguiente, Chepa no
despertó. Por la tarde la velaron en su casa, y al día siguiente
la enterraron en el cementerio, en una tumba que Chepa compró aparte y
alejada del mausoleo de la familia de su marido. Con
todos los trámites del funeral, Elenita dejó pasar tres lunes sin
los encuentros espiritualistas con Severo. El lunes siguiente decidió enfrentar
la situación, tenía que ser sincera con él. «El verdadero
amor es sacrificio», meditó mientras recorría en el colectivo
la entrada de Santa Familia. Cuando golpeó
la puerta de la casa de la señora Fontaine en la villa Motorcito Miranda,
la recibió un desconocido. Le informó que la anterior arrendataria
había huido sin pagar el arriendo y otras deudas. Elenita
regresó en el mismo colectivo que hacía el recorrido de vuelta.
Llegó a la estación. Se sentó en el asiento del metro. Se
inclinó y descansó. El tren se sacudió al partir.
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