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Argumentario clásico

FRANCISCO NIEVA

224 págs.

ISBN 84-89618-61-5

2450 pts. 14,72 Eur.

Argumentario clásico (00056)


      
Vida de mármol


      Mi cuñada Madeleine, hermana de mi mujer, se casó con el nieto de un famoso marmolista de El Havre. Este abuelo había sido en el fondo un gran creador. Hubiera sido un maravilloso escultor, pero su trabajo, además de comprar y vender mármoles, y asistido por cualificados operarios, era levantar panteones y tumbas, más o menos historiados, para los cementerios de París y para el de su ciudad natal. En el de Père Lachaise y el de Montparnasse, hay numerosas muestras de su renombrado taller. Pero lo que más le singularizó a la larga no fue trabajo conocido, sino curiosidad selecta y secreta, pues en efecto su obra mayor estaba en su antigua casa de El Havre. Una gran casa, con todo un parque a sus espaldas, aunque este parque se había ido mermando mucho a causa de la sucesiva venta de parcelas que iba efectuando la familia.
      Y la cosa admirable era esta: En tres espaciosas estancias de la casa, es decir un dormitorio con su antesala, un gabinete íntimo y un salón de recibo, amueblados con el mobiliario que se usaba alrededor de 1880 un estilo entre fúnebre y recargado provistos de todos los detalles, paramentos y cortinajes, incluso de bibelots y otros objetos de uso doméstico, además de plantas decorativas de muchas clases, todo, absolutamente todo era de mármol. Ocioso es decir que tales estancias no se usaban y eran sólo la gratuita creación de un hombre singular, que empleó treinta y dos años en rematarla. ¿Un gran excéntrico, un original? En todo caso, un verdadero artista.
      No me es fácil describir la impresión que me produjo aquello, pero tuve primero la idea de que me hallaba en un lugar donde la vida se había petrificado y era como el interior de un legendario panteón faraónico. Todo vivo y muerto a la vez. Había sillones donde la huella de sus ocupantes sobre el acolchado de la tapicería se marcaba con un naturalismo escalofriante. Había sobre todo un sillón Voltaire, donde se veían desgarrones accidentales, que dejaban ver el material de su embastamiento. Cortinajes drapeados o recogidos, alguno impulsado por el viento. Una chimenea de mármol con un ligero velo de humo, leños, cenizas, atizadores, recipiente para las astillas y un gato durmiendo al lado del fuego, todo de mármol. Alcoba con cama encortinada, colcha de brocado, sábanas con doblez, almohadas con ricos encajes, levemente deshecha, como si alguien se acabara de levantar, todo de mármol. Gabinete con estanterías cargadas de libros, jardineras con plantas, una jaula con pájaros y hasta una alfombra arrugada o levantada por algún pico; costurero con cantidad de ovillos en desorden, gran bastidor para bordar, cómodas butacas llenas de borlas y penduleques, servicio de té para tres personas, con pastelillos y otras golosinas, todo de mármol de colores diversos, extremadamente bien entonados. De mármol las paredes, los suelos, los techos y las lámparas. De mármol las ventanas, que no podían abrirse ni cerrarse, con supuestos cristales que eran de alabastro traslúcido, una de ellas entornada, la que dejaba pasar aquella corriente de concepto que inflamaba y levantaba un tanto el cortinaje. La luz del día, apagada por los alabastros traslúcidos, sólo procuraba una penumbra de ensueño melancólico. Todo, absolutamente todo de mármol. Oliendo a frío mármol, puedo afirmarlo incluso con estremecimiento.
      Llegamos en verano y no hacía frío, aunque casi siempre estuvo nublado el tiempo que nos alojamos en aquella casa y en habitaciones del todo normales. La primera noche yo estaba obsesionado con lo que había visto. Ni siquiera podía dormir. Estaba totalmente fascinado. De repente, sentí la tentación de visitar más privadamente y a mis anchas los salones marmóreos. En aquella primera ocasión, aunque me demoré bastante, no había tenido tiempo de degustarlos en detalle.
      La instalación eléctrica de aquel sector museal de la casa estaba cortada desde hacía una semana, en vista del mejoramiento y modernización de la misma. Yo lo sabía y, por ello, tomé un candelabro con velas muy mermadas que había en mi cuarto. Iba sólo cubierto con la chaqueta del pijama y a pie descalzo.
      Al entrar en la antecámara del dormitorio, me estremecí, sentí como una excitación rara. Fui adelante y descubrí la cama cálidamente desordenada, con parte de la colcha arrastrando. Lamenté que una mujer de mármol, una bella estatua de mujer no ocupara ese lecho y me estuviera esperando allí. Dejé el candelabro en una mesa, me despojé del pijama y me tendí en la cama dura, sobre el conjunto de formas y relieves complejos, que figuraban los de un lecho cómodo y antiguo, sobre la huella de aquel cuerpo: No me molestaban demasiado. Posé la cabeza en una almohada. Me sentía como algo vivo rodeado por algo muerto que sólo figuraba lo vivo, como si fuera el fantasma petrificado de la realidad. Sentía un excitante frío en aquella especie de lecho tumbal. La ventana de aquella estancia era la que estaba eternamente entornada, inflando la cortina, por donde entraba el solo aire que ventilaba todo el conjunto. Se concentraba una tormenta y vi alumbrar algunos relámpagos sin trueno tras los opacos alabastros.
      Pero cuando más ensimismado estaba en estas impresiones, un extraño crujido me alertó. ¿Era un crujido? Se repitió. No era propiamente un crujido, sino como un raspado, algo que arañaba, algo que denotaba que un ser vivo, fuera insecto o ratón, lo producía. Esto me inquietó lo suficiente para levantarme, desnudo como estaba, y tomar de nuevo el candelabro para inspeccionar. Iba despacio sobre el suelo terriblemente frío y, tras varias detenciones cautelosas, deduje que el ruido venía del hueco que dejaba un espeso cortinón de mármol, a medias corrido, y la alta ventana que cubría, contando entre medias el grueso del muro. Al llegar cerca de aquel, vi aparecer a un gato color gris atigrado, el gato de la casa, que yo había visto y acariciado por la mañana. El gato era gordo y manso y su espontánea carrera de huida fue corta. Puesto a salvo, se detuvo mirándome. Lucían sus ojos con el reflejo de las velas.
      No hubiera sabido decir en ese momento por qué oscuras razones hube de sentir miedo, un miedo terrible e irracional, un miedo de niño asustado. El espléndido panteón estaba como embebido de un misterio amenazante, de algo que me instaba a retirarme inmediatamente de allí.
      Termina tu desvergonzada visita, que está violando mi intimidad. Aquí ocurren continuamente cosas que no te conciernen, que no tienes ningún derecho a compartir. No inspecciones más, no avances más. ¡Atrás!
      No retrocedí, sino que fui derechamente a mirar detrás de la cortina... y... a punto estuve de lanzar un grito, aunque me aparté rápidamente, impresionado hasta el infarto y a punto de caer.
      Estaba paseando desnudo por un lugar en el que, escondida tras la cortina y apoyada de brazos y la frente contra la pared, se mostraba una niña en clara actitud de estar llorando, castigada, amedrentada, abandonada allí...
      Sólo le faltaba eso, llorar, porque era de mármol y de un realismo que no me privaré de llamar espectral. Cabellera larga de color castaño a mechones algo desflecados, vestidito arrugado y pingón, delantal con un lazo medio deshecho detrás, y una humilde toquilla de lana.
      Gran truco de artista y de director escénico genial, por parte del rico marmolista, que me produjo el más trascendental impacto que he recibido jamás, porque además de un susto mayúsculo me procuró más tarde una duda fundamental sobre el arte mismo, entre lo formal y lo imaginado, lo objetivo y lo subjetivo, lo sublime y lo ridículo, lo realista y lo visionario, lo tolerado y lo intolerable...
      
Társilo Díaz


      Társilo Díaz, otro pintor español en París, tenía un gran complejo de feo y, en efecto lo era. Trataba de vestirse bien, pero con ello no resolvía nada. Tomás Donoso era un estudiante de letras en la Sorbona, también español y muy apuesto. Eran amigos.
      Társilo había acordado por teléfono la cita con una galerista, que tenía fama de interesarse demasiado por los artistas guapos. Acordaron que Donoso se presentase a la galerista como si fuera Társilo y tratara de venderle alguna cosa. Por ello le daría una comisión. La intriga tuvo éxito. Los dibujos y pinturas de Társilo Díaz eran de veras interesantes y la galerista, después de haber vendido provechosamente unas cuantas piezas, quiso hacerle un contrato que sostuviese su exclusiva. Esto ya era más serio. Debía deshacerse el entuerto. Díaz necesitaba dinero. Quiso que, antes de llegar a una decisión que podría resultar desastrosa pues tenía miedo, Donoso se entrevistase con otra galerista. No sabemos si este, animado por las comisiones, cedió también a la tentación. La suerte les sonrió de nuevo. La galerista era todavía más importante y ya conocía la obra de Társilo, porque los salones de exposición y venta de cuadros se espían unos a otros. Preguntó al falso Társilo Díaz si había firmado contrato con la anterior marchante. Dijo que no, pero que prefería no hacer contrato alguno por lo pronto, sino confiar sus cuadros a porcentaje. La nueva galerista le vendió otras cuantas piezas. Pero la primera se enteró. Estaba celosa, porque se había acostado tres o cuatro veces con Donoso y, estimulada por su misterioso comportamiento, se había enamorado perdidamente. Lo espió, se presentó en la otra galería y, en medio de un vernissage, donde Társilo exponía entre otros pintores jóvenes, armó el escándalo y Donoso no tuvo otro remedio que acompañarla y consolarla de la forma más expresiva. No estaba enamorado, pero se dejó caer por esa banda. Eran joven y tenía una disponibilidad sexual tremenda.
      Así que le dijo a Társilo que no podían seguir con el engaño, que su amante descubriría enseguida que no era pintor y que, después de lo acontecido en la otra galería, la nueva marchante se había negado muy lógicamente a correr con sus cuadros.
      Társilo, desesperado, fue a ver a aquella segunda marchante y lo inexplicable es que, con tantas pruebas como le presentaba documentación en mano de que sólo era él quien había pintado los cuadros, ella no creyó una sola palabra del caso. También estaba algo seducida por misterioso y guapo Társilo Díaz o sea, Donoso, a quien creía un adorable diablo, capaz de todo para sacarle dinero a su obra. «Los españoles son unos liantes», pensaría.
      Ya me imaginaba que era un nombre falso dijo la marchante. Así que utiliza el de usted.
      Pardon, madame. Él se hace pasar por mí, pero soy yo el que pinto.
      Se quiso poner a dibujar en su presencia, pero la señora creyó que entre los jóvenes artistas hay torpes imitadores de todo.
      Diriman entre ustedes ese conflicto, repártanse los beneficios. ¡Que demonio de artistas!
      Se marchó Társilo abrumado, aunque sin perder la esperanza de convencer a la testaruda cualquier día que estuviera menos excitada.
      Y pasaron unas semanas. Társilo tenía vergüenza de salir a la calle, de dar la cara, de ofrecer su pintura a otros marchantes. Tuvo la desgracia de dirigirse a uno de la Avenue de Messine, llamado Creuze. Le presentó sus cuadros y Creuze lo miró de través. Conocía a la galerista y conocía de vista a su nuevo gigoló que, por bendita casualidad, tenía talento, según él. Como marchante, sabía la cotización de muchas cosas que se ponían de moda y la galerista primera, con lo dichosos cuadros de Díaz, había levantado como un revuelo de gallinas, ante una fuente de salvado.
      Estos cuadros están en la línea de Díaz.
      ¿Usted lo conoce? Pues Díaz soy yo. Se lo aseguro.
      ¿Usted? Necesitaría comprobarlo. No me deje los cuadros y vuelva usted dentro de tres días.
      «Lo comprobará, no cabe duda. No sabe lo que me voy a reír», pensaba Társilo.
      Pero se engañaba en eso de reír. Cuando el marchante que sabía del escándalo referido llamó a la marchanta, se enteró de que se había reconciliado «comercialmente» con Társilo y que este pintaba, siguiendo una evolución de sus mejores cuadros. El marchante ni siquiera recibió a Társilo, el cual, desesperado, se encaminó a la galería de la primera, con objeto de descubrirlo todo. Si podía.
      Y no pudo. La primera sorpresa que tuvo, fue que vio en la vitrina de la galería un cuadro que no había sido hecho por él, pero que lo imitaba. Lo imitaba con mucha rudeza y empleando colores algo más chillones. En lo bajo del cuadro una T y una D mayúsculas.
      ¡Cabrón! exclamó. Se aprovecha de que tenemos las mismas iniciales.
      Entró como una fiera en el local, se entrevistó con la galerista y estaban enzarzados en una viva discusión cuando entró Donoso.
      No creía que el cambiar de nombres me trajera tantos disgustos dijo Donoso. Denise ya está enterada del asunto y si yo tomé prestado ese seudónimo, fue por biensonante, porque es muy español, pero tu juego no es leal y tú, al principio, consentiste. Dijiste que tú usarías el mío, porque creías que te traería suerte. Pero no ha sido así.
      Eres un traidor mentiroso, cuando tú no has pintado nunca.
      Ese cuadro de la vitrina lo ha estado pintando en mi presencia dijo vivamente la galerista.
      Cherie, no te preocupes. Eran cosas nuestras, y a veces nos hemos comportado como locos. Tus cuadros no se han vendido tan fácilmente como creías y ahora quieres que todo esto se ponga en claro. Pues ¡ya está! Ya he vendido algunos cuadros de mi nueva manera y firmado con mis iniciales. Todo cuanto hace meses llevé a tu estudio, te lo regalo. Lo considero obra menor.
      Pero ¡si allí no hay nada!
      Como si no hubiera escuchado aquella protesta, el otro siguió hablando:
      Tú verás luego lo que haces con ellos. Pero no digas que tú eres Társilo Díaz, porque Társilo Díaz soy yo...
      Esto ya era el colmo. La galerista, sentada con mucha displicencia, el pelo rubio artísticamente repartido, sonreía de forma indescifrable.
      Pero tú te llamas Donoso y yo soy el autor de los cuadros de Társilo Díaz.
      Haz lo que quieras. Busca a un experto y a un abogado. Y págalos de tu bolsillo...
      Tú, que nunca has pintado nada, ahora me copias con el mayor descaro.
      En todo caso intervino la galerista la nueva manera de Társilo, digo, de Tomás, me parece más vigorosa, más violenta, más desgarrada que la antigua y he visto que aún se vende mejor. Aunque fueran de usted sus cuadros, no los cambiaría por los que Tomás hace ahora. El valor de la pintura moderna es muy subjetivo.
      Eres un imitador despreciable. Te has aprovechado de las circunstancias y me has destruido.
      El otro le contestó sonriendo con mucha superioridad y se enzarzaron en una discusión árida y larga. Denise, la galerista, la cortó con una frase lapidaria, antes de retirarse a su despacho, para atender a sus teléfonos que la reclamaban a timbrazo limpio.
      Estas cosas sólo las arregla el Cielo. Demerdez vous.
      Escapó Társilo, desesperado.
      Társilo Díaz, por mucho que trabajó, no se dio a conocer, pero sí Tomás Donoso, imitando a Társilo Díaz. Pudiéramos decir que a su modo. Abandonó drásticamente sus estudios. Con el tiempo, el contacto con otros pintores y los consejos de la galerista enamorada, su pintura de aficionado cobró vigor y una cierta osadía. Fue feliz en su matrimonio con la galerista, la cual puso aún más empeño en acreditarlo, porque era el tipo de artista guapo que ella necesitaba para sacrificar su vida por el arte. Lo demás le importaba un bledo. Al fin y al cabo, en estos tiempos, cualquier chico guapo se puede meter a cantante con poca voz o a pintor con escasa técnica y, si se promociona bien, no deja de hacerse un lugarcito cómodo en el radio de aquello que se ha puesto de moda.
      Társilo Díaz se deprimió, sufrió muy graves crisis de autoestima, se repitió mucho y dejó una obra vacilante, que ya ni siquiera podía competir con la casi fluvial de Tomás Donoso. De hecho, tanto la pintura del fracasado como la del triunfante han sido ya olvidadas.
      En el entierro del pobre Társilo en el cementerio de Montparnasse, se escuchó comentar a unos pintorcillos españoles:
      Este pobre, que ha pasado toda su vida imitando a Tomás Donoso...

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