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La familia Fortuna

TULIO STELLA

830 (96 + 80 + 88 + 176 + 96 + 120) págs.

ISBN 84-89618-64-X

3995 pts. 24,01 Eur.

La familia Fortuna (00058)


      
El mono de Borneo


      
A


      Tuve noticias de la existencia del orangután de Borneo en el número de octubre de 1975 de la revista National Geographic. Guardé el ejemplar con el nebuloso propósito de, algún día, escribir «algo» de lo cual solo tenía el título: El mono de Borneo. Pero nunca lo escribí. Hoy, diecisiete años después, me encuentro en una pensión de Berlín, compartiendo la habitación con un orangután de dos años al cual no he querido ponerle nombre para no encariñarme.
      
B


      Diversos testimonios recogidos a lo largo de mis cuarenta y siete años de vida concuerdan en unas pocas palabras que me definen: estoy de acuerdo con casi todas, excepto que entre ellas no figuran ni hospitalario ni preciso. Sin embargo, quisiera alegar que he intentado y continúo intentando serlo: y no me refiero, por supuesto, al mono, con el cual comparto mis días no precisamente por hospitalidad...
      Con respecto a mí solo podría agregar que no hace mucho tiempo, preso de soberbia como algún héroe griego, quise tatuarme en el pecho el lema de Paracelso: Alterius non sit qui suus esse potest; «No seas otro, si puedes ser tú mismo»: un consuelo, un capricho, una justificación. Por suerte, el tatuador de Taipei dijo que tendría que afeitarme el pecho, que la frase era muy larga y me costaría ciento cincuenta dólares y que, además, él no sabía latín; ofreció, en cambio, tatuarme algún motivo digno de un hombre de mar, pero como no soy un hombre de mar alterius non sit... me fui del sucucho maloliente con el pecho virgen de tatuajes.
      Es que antes, antes, antes me había subido a un barco carguero como quien se enrola en la Legión Extranjera, dispuesto a dejar todo; sin embargo, había dejado en custodia de mi amigo Ramón traicionando así el único gesto digno que he hecho en mi vida algunos conatos de novelas, unos pocos cuentos enclenques, páginas varias y no escogidas por nadie: «toda mi obra», confiando en que él fuera un Max Brod obediente y algún día quemara todo. No me animé a hacerlo yo. ¿Es necesario que declare que soy cobarde?
      Ramón, quien no se sorprende ya de ninguna de mis decisiones si bien yo me sigo sorprendiendo por su conformismo tenaz, vino a despedirme. No lo dijo, pero estaba seguro de que yo regresaría. «¿Volver adónde?», le pregunté, adivinando su confianza y aprovechando una vez más la oportunidad que me brindaba para el lamento: «¿Volver aquí? ¿Para qué?». No contestó y me despidió desde el muelle, agitando confiadamente su pañuelo.
      Entonces, un día, un barco. Finalmente me encontraba con el olor a cera de los pasillos impecables, la rugosa superficie de las paredes de hierro, el sabor salino que anunciaba el mar, la vibración sorda de los motores en marcha, la proa que partía lenta un horizonte tan turbio como el río de la Plata. El sucedáneo de isla se alejaba de la ciudad; el país quedaba atrás; apenas siluetas que se desvanecían en la bruma de la tarde. Finalmente, creí, estaba en donde siempre había querido estar. Pero no.
      
C


      Podría decir que nací en un hotel, o que mi infancia la pasé en un hotel. O que elijo, como lugar de mi infancia, mi única patria, un hotel en Mar del Plata. Uno elige su nacimiento: y no me refiero al dudoso Más Allá en donde el alma, enfrentada a la próxima encarnación, selecciona dónde, cuándo, cómo y quién será; sino a la voluntaria selección que efectúa la memoria. Nuestro inconsciente en caso de que exista, aunque más no sea por prurito clasificatorio... también es quien queremos ser. O lo que vamos eligiendo ser, día a día. Por eso comencé en un hotel y termino aquí, en la pensión Imperator, de la Meinikenstrasse de Berlín. Y lo que queda en el medio solamente merece las dieciséis palabras que constituyen esta oración. Aquí, solicitamos permiso para pasar, sin decir ni una sola palabra, sobre un espacio de tres años... Stendhal utiliza diecisiete palabras (diecinueve en el original francés) para saltar un espacio de tres años. Yo, con mis dieciséis palabras para dar cuenta de un lapso de treinta y ocho, me revelo más sintético que el Maestro. O más superficial. O más fanático.
      Estoy esperando a que el millonario sueco venga a buscar al mono. El barco, el mar y los puertos fueron tragados por la estela fosforescente que en la noche queda a popa. Ahora el mono me mira, recogido en su pelambre rojiza, desde el techo de la ducha. Una mirada pedigüeña: está bien, iremos a pasear, es domingo. Nos vendrá muy bien a los dos.
      El mono baja de la ducha, con la esperanza de que, quizá, esta vez se concrete ese paseo mil veces prometido, y se acerca a la cama en donde estoy recostado; se trepa, como al descuido, y se acurruca a mi lado. Lo abrazo... Hoy saldremos de nuestra precavida reclusión y te llevaré a pasear, sos inmune a la melancolía, supongo, y para vos el Tiergarten es solo una selva más rala que tu selva de Tanjung en donde un cazador furtivo te arrebató de los brazos de tu madre, luego de matarla, y te arrojó a mis brazos. Mis brazos: los brazos de un devenido contrabandista en fauna exótica que cree que serás la solución de su vida. Mi vida, mono: un desastre. Ya lo dijimos.
      
CH


      Mi corazón está inquieto.
      Puedo parecer un excéntrico que se pasea con un mono; pero estoy fuera de la ley; soy un fugitivo de poderosas organizaciones internacionales dedicadas a la preservación de la fauna, que cuentan con el apoyo reticente de casi todas las naciones del mundo. Me están prohibidos los aeropuertos, las aduanas, las fronteras. Arriesgo la cárcel: y si fui preso de soberbia... en cualquier momento puedo convertirme en un simple preso sin sustantivos que lo califiquen. Si me atrapan, no me evitará la cárcel el certificado de exportación made in Indonesia tan falso como los Rolex que venden a granel por las calles de Yakarta.
      Esta habitación debería ser mi único refugio, mi guarida. Nuestra guarida, mono... Debo salir, y solo, para entretener la espera; pero tampoco puedo gastar mucho: tengo que ahorrar para mi futuro incierto. Mi precisión tiene método, mi confusión es precisa, estoy planeando un futuro. Por eso, debo salir de esta habitación: aquí hay fantasmas. Y los fantasmas niegan el futuro. Apenas me distraigo, allí están, hablándome. Berlín está llena de fantasmas, tiene siglos de fantasmas, pero los fantasmas berlineses no me molestan; los miro con ternura, pobrecitos, como si fueran un documental de la BBC. En cambio, no quiero a los que me acechan en esta habitación, no los necesito, no los entiendo. Me causan gracia, me llenan de furia, me amenazan con su sinsentido, intentan torcer el trazo preciso de mi futuro incierto. Te tendría que dejar solo con ellos, mono: miralos de frente, sorprendelos con tu mirada inquisitiva, hacelos sentir culpables, desnudalos, dalos vuelta, que vean cuán ridículos, patéticos y viejos son: haceles lo mismo, mono, que me hacés a mí.
      
D


      ...Sí, porque jamas él había hecho nada parecido... Irse de esa manera, irse sin despedirse, irse-sin-despedirse... Como si de golpe se hubiera dado cuenta de que no valía la pena saludar, ni ser cortés ni educado, basta, dijo: «Después de todo soy un bastardo y esa es una marca indeleble de libertad y fantasía». Pero ¿cómo no tuvo en cuenta el dolor que le causaba a la amazona?, ¿acaso no sabía que la dejaba como viuda hindú esperando el fuego para reunirse con él?, ¿por qué no hizo nada para detener el infarto masivo de miocardio que se lo llevaba en ambulancia? Al menos, padre, te hubieras escudado en la imagen de la virgen melancólica devenida amazona, montándote..., silenciosos para no despertar a los hijos, amándose en el secreto de la legalidad matrimonial; no sé ni sabré nunca si esa imagen fue alucinación de la vigilia o memoria de un sueño o fruto del deseo...: los veía desde mi cuna: porque la escena trae incluidos los barrotes de la baranda de algo que debe de ser mi cuna: borrosos, fuera de foco, y detrás de esas esfumadas líneas verticales... ella montada sobre él, triunfante y al mismo tiempo clavada como una mariposa sumisa, inmovilizada por el falo, empalada en él, porque él, la cabalgadura, claro, estaba boca arriba, recibiéndola, sujetándola por la cintura, hundiéndola en él: ¿fueron capaces...?, ¿se atrevieron a gozar...? Si esa imagen fue, alguna vez, real: ¿cómo podían compartir ante el mundo una especie de irremediable vergüenza, de pudor extremo que parecía negar la misma existencia del sexo?, ¿cómo él podía escucharla sonriente cuando ella desgranaba su rosario de lugares comunes pequeñoburgueses contra las mujeres sus grandes enemigas... descocadas, impúdicas, descaradas?, ¿o explayarse, desdeñosa, desde una cima de frigidez casi andina, sobre lo antiestético y desagradable que era un hombre desnudo? Siempre supuse que la sonrisa cómplice de mi padre era de siciliana satisfacción ante la intachable esposa que manifestaba su desprecio hacia toda pasión, toda desmesura... Pero tal vez era solo picardía... Tal vez era un pacto: «La intimidad nos hará libres», se juraron.
      Ella se estaba comportando como la más celestial puta, clavada a él, amazona dominada por su cabalgadura, sus tetas bamboleando al ritmo que él imponía... Qué absurdo soy, te das cuenta, mono, ni siquiera absurdo, apenas patético... En un hotel berlinés me empalo en la imagen que me trajo un sueño que no sé si fue recuerdo o susurro de fantasmas... Una imagen, en fin, proveniente de los abismos cerebrales, pequeño cofre sumergido que encerraba una mínima joya, esperando salir a la luz, esperando el momento en que las neuronas censoras estuvieran distraídas, aletargadas por tantas experiencias desusadas que culminan en la noche berlinesa. Y entonces, ¡paf!, se abre el cofre y asciende, como una burbuja nacarada, la perla: sorteando circunvoluciones y cisuras hasta salirme a flote en un cuartito en penumbras... Todo es metáfora, o apenas signo: ya que esa imagen se originó en el cuarto de un hotel que no existe más..., hotel lejano en ciudad lejana junto a un mar lejano...
      Por eso, desoyendo las advertencias del Intermediario, desafiando los riesgos que corremos quienes estamos fuera de la ley, te saqué a pasear, mono, por el Tiergarten, entre turcos sonrientes y solícitos, ya tan berlineses, ya tan primer mundo, que hacían sus asaditos en perfectos y enlozados asadores portátiles... Ante la mirada, ¿resignada?, ¿melancólica?, de sus mayores vestidos con trajes oscuros, camisas con el cuello cerrado sin corbata, con gorras, de pie junto a sus esposas sentadas en sillitas plegables, vestidas con batones floreados y pañuelos en la cabeza anudados debajo del mentón. Mientras los jóvenes turcos de jeans y camisetas multicolores, entre el humo de los asadores, bebían cerveza, fumaban y hablaban seguramente de rock, de fútbol y de trabajo: horas extras en la Mercedes, un puesto posible en la Siemens, un aumento para los cajeros de la KaDeWe... Como si estuvieran aún en las praderas natales de Capadocia, como si su picnic dominguero tuviera lugar en las afueras de Goreme o de Safranbolu, que ahora se extendían hasta el Tiergarten..., por donde yo te paseo, mono, colgado de mi cuello, intentando precisar la imagen que me trajo el sueño o el duermevela, como si quisiera encontrar la piedra fundamental, fundamento, fundalamento, lamento como una funda que me cubre la cabeza y no me deja ver. VER: ¡Mira con todos tus ojos, mira...! Miro la imagen con todos mis ojos, sí..., porque ese misterio representado en la habitación del hotel en el dormitorio que compartía con ellos, mi cuna junto a la cama matrimonial: la misma cama en que ella murió hace tres años..., desde una cuna en la que no recuerdo haber dormido, que nunca vi, que desapareció de mi vista, que cedió su lugar a mi camita de niño antes de que yo pudiera registrarla..., sin lograr justificar esa imagen con ninguna carga de envidia y competencia, o de edípicos deseos de venganza: solo perplejidad, desconcierto: ella gozosa cabalgándolo; ellos, que parecían tan reacios al placer, tan refractarios al deseo..., ¿no lo eran en la intimidad? Tendría que haberme dado cuenta antes, cuando los veía bailar el tango... Qué bien. Me alegro por ellos. Fueron capaces de poner en acto su amor... Y yo, en cambio, si bien cabalgué y fui cabalgado miles de veces, siento... como si todavía no hubiera empezado a coger: me quedé sin cuarto en la penumbra, sin límites juramentados, en el refugio precario que brinda la intimidad fugaz de los desconocidos...
      Ni siquiera sé para qué me sirve esa imagen rayada que me acometió en la noche berlinesa en donde el único testigo eras vos, mono, que estás aquí para salvarme... Menuda tarea para un pobre orangután de Borneo, ¿acaso serás el héroe de mi propia historia...? En la forma caótica de mi pensamiento se revela mi caos. Así como en mi vacilante vida sexual, no hablemos ya de la inexistencia de mi vida amorosa, se revelan mi vacilación y mi inexistencia. Dejándome arrastrar por un destino alternativo sin oponer resistencia, clavado, empalado..., un pelele, que no hizo nada de lo que tendría que haber hecho. Ni siquiera maté a mi padre: solo causé su muerte dándole la excusa para que se fuera sin despedirse. Ni siquiera puse yo la bomba, solo brindé la oportunidad para que la bomba explotara quebrando el corazón del valiente siciliano.
      ...En cambio, mono, lo único que tendrías que haber hecho y no hiciste fue escaparte más hábilmente del cazador furtivo que te atrapó en Borneo. Pero no fue tu culpa, la culpa fue de tu madre que no te cuidó como es debido, que no se subió a la rama más alta del árbol más alto, que se dejó sorprender en su buena fe por los cazadores astutos: otra víctima del mercado. No hay problemas con tu padre: los padres de los orangutanes no existen como figura paterna. Combaten por la mona, la preñan y luego continúan su vida de solitarias «personas del bosque», que es lo que en malayo quiere decir orangután. Sos una «persona del bosque»; aquí, mono, en esta ciudad, en cualquier ciudad, no sos nadie. Como yo.
      ...Yo te hice nadie: yo fui quien te trajo por mar, quien te depositó en esta pensión tercermundista, quien te paseó con la excusa de que tomaras un poco de aire por el Tiergarten entre turcos de picnic, buscando irresponsable que la luz del día precisara o disolviera la imagen que me dejó perplejo y el sonsonete que, luego, a la mañana, me acometió en la ducha: irse-sin-despedirse. Pero el Tiergarten no es bueno para precisiones, el Tiergarten no aclara nada: el único que consiguió algo fuiste vos, mono; los turquitos se acercaban a mirarte, a tocarte, preguntaban tu nombre, creo que hasta alguno me preguntó si estabas en venta...: claro, no saben que tu precio en el mercado es de miles de dólares..., aunque ahora que dependemos del comprador sueco tal vez no sean tan gloriosos los miles... El millonario de Dubai pagaba más, treinta y cinco mil seguros me dijeron en Yakarta... Lo lamento, pero no habrá otro paseo, porque el Intermediario me había advertido que podía aparecer un inspector, pero no me previno que una señora, alarmada por la exhibición de un pobre mono que pertenece ¡como todos, señora! a una especie en extinción, pusiera el grito en el cielo... Y ella, la prolija Frau, no me permitió siquiera alegar que es preferible pasear un mono ilegal a construir Auschwitz: la señora tendría unos sesenta y cinco años, una edad que la hacía totalmente responsable de Auschwitz; tan responsable como su cabello blanco peinado con spray y su abrigo Loden a pesar del tibio sol de abril, a pesar de los jóvenes turcos en camiseta y de las alemanas que entre los árboles tomaban sol a pecho descubierto: la Frau sabe desde siempre que en abril aún debería hacer frío y le importa un pito el recalentamiento de la tierra y estos airecitos veraniegos: seguramente fue una adolescente que agitaba banderitas nazis al paso del Führer y denunciaba a sus vecinitos judíos..., pero por eso mismo, imbuida de una nueva fe cívica y humanista, muy postmuro, y olvidada con justa razón de cosas que pasaron hace ¡tanto tiempo! ella no es un mendigo de pasado que se pregunta con un mono al cuello de dónde salió la imagen de la amazona gozosa y por qué el siciliano se fue sin despedirse..., y ya que ella no puede impedir que circulen todos esos turcos y extracomunitarios que le han invadido su Berlín, se conforma con evitar que un mono Das ist ein kleine orangután von Borneo!!!, porque resultó una conocedora, quizá sea también suscriptora del National Geographic como lo era yo en octubre de 1975 y puede distinguir perfectamente un orangután bebé de Borneo de un gorila bebé de Kenia..., y no estaba dispuesta a permitir que un monito tan frágil y tan escaso se ande paseando colgado de un hombre que si bien es de piel blanca y de ojos verdes, como ella, resulta suficientemente extranjero como para no poder explicar en correcto alemán la presencia del mono ¡el certificado falso lo dejé en la pensión!, y ella, en un inglés demoledor, amenaza denunciarnos con la justificación irrebatible de que lo hace para protegerte, que este Berlín rejuntado no es tu hábitat natural ni lo debe ser... Pero yo no puedo permitir que nos separen, mono, hasta que llegue el comprador sueco, por lo menos. Y por eso nos escapamos del Tiergarten, aprovechando la ronda de niños turcos que se interpuso entre nosotros y la Frau, atrapada en su buena conciencia por turquitos a los que no se animaba a sacar de en medio a carterazos por miedo a que le gritaran «¡racista!». No iremos más al Tiergarten, aunque en la pensión me aguarde la cuna florecida, mi madre amazona y mi padre corcoveante...
      ...El Intermediario, que se llama Oscár y es un compatriota que intenta forjarse un destino de primer mundo y por eso se presenta como «óscar», me advirtió que tu presencia aquí debe ser unpretentious..., así dijo, en inglés, para demostrar que él sí, que él fue capaz de dejar atrás su lugar natal, su tierra, sus padres, sus hermanos, su lengua, su patria: tal vez el barrio de Floresta..., tal vez sea más fácil escaparse del barrio de Floresta que de un hotel en Mar del Plata... Él fue capaz porque seguramente no recuerda ninguna imagen vista desde la cuna..., la madera de los barrotes de su cuna no ha súbitamente reverdecido despertada por la primavera berlinesa y florecido en... Un prodigio digno de la cuna de un héroe: la pareja cabalgándose cabalgada, a su vez, por la imagen de un moribundo que corre en ambulancia por las calles de una ciudad lejana, el lejano atardecer de un 24 de junio..., sin importarle, al bastardo, abandonar a la amazona en la pira funeraria sin siquiera tener la gentileza de acercarle el fuego.

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