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Ropa
de fuego | MARCOS HERRERA |
160 págs. | ISBN
84-89618-65-8 | 2250 pts. 13,52 Eur. |
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TODOS LOS TESOROS son, en alguna medida,
producto de la corrupción, había dicho, hacía años,
Luis Noé Guiñazú, en la mesa de ese bar atestado. Las palabras
salieron de su boca golpeándose como un tropel de animales que se precipita
por un túnel e hicieron que los rostros de los que estaban en la mesa se
endurecieran durante una milésima de segundo. Como un naipe imbatible,
la sentencia hizo que los tres hombres que la escucharon perdieran por un instante
la mueca cínica del borracho cazador del chiste abismal que duerme en las
botellas. Y no fue el sentido sino el modo en que fue dicha la frase lo que causó
esta reacción. El ruido del bar, las idas y venidas de la gente (a la puerta
a tomar aire, al baño a vaciar las vejigas ahítas de cerveza), todo
pareció detenerse para los hombres que escucharon las palabras dichas por
ese hombre de pelo prematuramente blanco que hasta ese momento había permanecido
casi en silencio. A siete años
de esa noche, Rubén Picard, un vaso de vidrio grueso lleno de vodka en
la mano, se acordaba de las palabras dichas por Guiñazú, al que
observaba meter sus pertenencias en una valija raída. La frase, recordó
Picard apoyando con firmeza la espalda contra la pared de azulejos, había
sido el broche de una conversación inconexa, de exageraciones y vaguedades.
Todos los tesoros son producto de la corrupción: una sentencia como cualquier
otra. Sin embargo, pensó Picard aspirando el aire cargado de la noche que
entraba en la cocina, cuando escuché ese vibrato inquietante, supe que
lo único rescatable de esa noche era haber conocido a este tipo. Luis
Noé Guiñazú había empezado ayudando a su padre en
la cocina de un restorán del centro de Rosario. Era jodido mi viejo, lo
había escuchado decir Picard; y con los años se fue poniendo peor.
Yo tenía veinte años cuando me mandé mudar. Me acuerdo porque
fue el año que zafé de la colimba. Su padre, un megalómano
mentiroso y paranoico, armó una escena de sainete, insultos y reproches
al estilo yo te enseñé‚ todo y vos mirá cómo me
pagás, todo coronado con un revoleo de cuchara y cacerola. El padre
de Guiñazú era uno de esos tipos a los que les gusta fanfarronear
y hacerse los simpáticos con los empleados, pero que son despóticos.
Le gustaba contar una anécdota de cuando había trabajado en la embajada
de un país europeo y, en una fiesta, gracias a su «sofisticado talento»
que había conseguido mezclar en proporciones justas condimentos suavizantes,
almendras y crema («infaltable la nuez moscada»), los invitados habían
confundido pescado con pollo. Repetía esta historia riéndose como
para ordenar a quien la escuchaba que se riera. La embajada era en una ocasión
de Francia, en otra de Alemania, en otra de Bélgica, y así paseándose
por toda Europa occidental, lo cual hacía sospechar a los que la habían
escuchado más de una vez. Cuando
Guiñazú dejó la cocina de su padre, consiguió que
lo emplearan en una fonda de Rosario Norte en donde no había lugar para
la creatividad: aceite usado y apuro, minutas para laburantes. Sin embargo, convenció
al dueño del tugurio para que lo dejara experimentar en las horas muertas,
cuando no había clientes: una sonrisa tolerante esperaba el resultado del
trajín del apasionado cocinero: a ver, puedo probar. No pasó mucho
tiempo para que lograra tener una clientela. Como mínimo una cena privada
por mes contó con sus destrezas. Al año, gracias a una fiesta de
una familia de nuevos ricos, pudo dejar la oscura cocinita. El obeso propietario
de un barco para turistas que iba de Buenos Aires a Montevideo, seducido por los
platos y eufórico por la bebida (no había sido poca la que había
pasado por su garganta en tan burbujeante velada), quiso conocer al joven chef.
Lo invitó a su mesa, brindó con él y lo contrató.
Las sonrisas babeantes de los anfitriones bendijeron la escena. Estuve una semana
más en la cantina y después empecé en el pretencioso barco
del gordo. Fue una noche de esa semana que el destino y una tormenta tiraron sobre
mi mesa de trabajo un búho. Lo salvé raspando de la cuchilla del
dueño; yo había ido al baño y cuando volví, el viejo
estaba con la cuchilla en alto y el pájaro lo miraba tieso y empapado.
Imaginate, un bicharraco de cuarenta centímetros, desconocido en estas
pampas, el viejo se pegó un julepe... Había entrado por un tragaluz
que estaba siempre abierto. A mí me cayó simpático así
que lo adopté, me lo llevé a mi nuevo trabajo. Maestro Chef del
buque crucero Ciudad de Paraná. Las dos cosas eran exageradas: llamar Maestro
Chef a ese apenas hombre y llamar buque crucero a esa cáscara remendada.
Luis Noé Guiñazú entró a la cocina del barco con la
jaula tapada con una sábana sucia. Cuando descubrieron al pajarraco dijeron:
además de pendejo, se hace el raro. Un comisario de abordo empezó
a decirme, burlonamente, El Hombre del Búho; viste cómo son los
apodos, enseguida se olvidaron de mi nombre. El pájaro paseaba con ridículo
andar por la cocina y cuando entraba alguien que no fuera su amo se instalaba
sobre la jaula. Cosa
rara dijo un
pasajero experto en aves al que llevaron a la cocina para que viera el ejemplar ,
es animal rapaz y no mascota. Además, acá no hay, es oriundo de
Europa, ¿de dónde habrá salido? dijo
mientras se inclinaba para mirar el estado de las plumas sin intentar tocarlo.
Telegráficamente, Guiñazú contó cómo había
ido a parar a sus manos. Lo
felicito; es un hermoso especimen. Gracias
dijo el cocinero
sin abandonar sus tareas, excusa perfecta para no demorar su atención en
el charlatán y su comitiva. Hacía
años que el búho había muerto y la juventud había
pasado. Volvía, únicamente, en forma de medalla tragicómica,
cuando el ánimo permitía que la memoria se abriera paso con su artillería
virtual. La noche de verano entraba a la cocina y envolvía con su aire
cargado a los dos hombres que tomaban vodka con las mangas de las camisas arremangadas;
Picard, sentado en un banquito, apoyando la espalda contra los azulejos; Guiñazú,
metiendo cosas en una valija. Su cabeza blanca yendo y viniendo parecía
un satélite, de órbita caprichosa, de la heladera. Casi
se oyen los ronquidos de la señora dijo
Guiñazú .
La cornuda, cuando ronca, hace que se hinchen las cuentas bancarias de su marido.
Precisamente
esas cuentas hacen que a ella no le importe que él, ahora por ejemplo,
esté trotando con una profesional. Además, no seas imaginativo;
en semejante caserón es imposible que escuches desde acá los ronquidos
que puede llegar a haber en un dormitorio del piso de arriba. Servime otro poco.
Un ruido de auto. Guiñazú
cerró la valija, se acercó a la puerta que daba al callejón,
entrada de automóviles de la inmensa casa rica, y se asomó. Cuando
se dio vuelta, Picard pudo ver los dientes de una sonrisa en su cara. Ahí
volvió el patrón dijo,
irónico. Agarró la botella y la inclinó en el vaso de su
amigo. Bajarían a la estación,
harían alguna broma sobre la torre del reloj, regalo de los ingleses, y
alguna otra sobre el puerto: esa presencia ocultada por murallones, alambrados
y gendarmes. Las dos bromas tendrían un denominador común: el contrabando:
actividad que permitió fundar este país y bla, bla, bla, diría
Guiñazú, un cerebro formado por el cansancio del trabajo y turbias
lecturas filosóficas. Había un tren a las cuatro. Lo tomarían
convencidos de que esa vaga posibilidad de trabajo en un lugar tranquilo valía
la pena. Los dos, cada uno por razones distintas, querían irse de la ciudad.
Tomémoslo
como una aventura dijo
Picard , si sale,
sale y si no, nos volvemos. Ayudados por
el vodka y la poderosa noche de verano, disfrutaban abandonados a las sugerencias
de un viaje en tren a un lugar impreciso a orillas del río Uruguay. La
calle que bajaba a la avenida parecía un patio. Las ventanas negras de
los departamentos eran ojos vigilando la quietud. Como perros que se perdieron
y ya les da lo mismo ir a un lado o a otro: no se puede decir que Picard haya
pensado esto porque en realidad no lo pensó; la idea se instaló
en su cabeza. Era como si se hubiera visto desde arriba, así, con su bolso,
medio borracho, caminando por esa calle rumbo a la terminal de trenes, y toda
su experiencia y sus estúpidos triunfos y fracasos hubieran llegado a esa
conclusión: perros perdidos a los que les da igual ir a un lado o a otro.
Llegaron a la avenida arrasada por la luz de los faroles de yodo. Los automóviles
pasaban envueltos en el zumbido de sus motores. Lujosa velocidad. Picard balanceaba
su bolso esperando que el semáforo los dejara cruzar. Deberías
haberte despedido de Ara dice
Guiñazú sorprendiendo a Picard .
Nunca vas a tener una mujer como ésa. Yo
nunca la tuve. Cruzan apurados la anchísima
avenida que contrasta con la vereda oscura en donde se alzan los edificios de
los distintos ramales. Dos mundos distintos: la moderna avenida de tránsito
rápido y los antiguos y deteriorados edificios del ferrocarril. Dos mundos:
los conductores de los lujosos automóviles y los hombres que parecen haber
nacido a la sombra de los ambientes ferroviarios: puesteros, vagabundos que guardan
sus ojos en el fondo de una botella, chicos que ya no pueden respirar aire (pulmones
adaptados a los vapores del poxi), taxistas que esperan a los provincianos incautos
para desplumarlos (mientras les advierten que la ciudad es brava los números
que marcarán la tarifa corren vertiginosamente). Yo
nunca la tuve retoma
Picard . Ella
me tuvo a mí. Y parece que yo no le alcanzaba. ¿Por
eso no te despedís? dice
Guiñazú. Claro,
por eso. Me voy herido, hecho mierda. Harto de ser su cornudo número uno.
Ara, la mujer con la que Picard había
vivido hasta ese momento, era: ojos diluidos como aceitunas de un martini dry
y cabellera color herrumbre, llamas, sombras y los justos kilos de las curvas
de la noche dejando su tendal. O sea: ritmo, flexibilidad y distribución
justa del peso, velocidad cambiante y misterio. Como un mar filmado. No sólo
los hombres se daban vuelta al verla pasar. Cuando
era chico dice
Picard , leí
en una de esas enciclopedias que se llaman Los Misterios del Mar o algo
así, que los pulpos se comen a los cangrejos; había unas láminas
ilustrando la cosa. El pulpo juega un poco con el pobre cascarudo y después
lo despacha, se lo morfa. Pero hay veces, poquísimas, que el cangrejo gana;
obviamente que no puede matar al pulpo; gana porque se escapa. Bueno, yo, en este
caso, soy el cangrejo que, aunque apaleado, pudo escaparse del abrazo del octopus.
¿Me entendés, Luisito? Por
eso no te despedís. Lógico,
si te escapás no te despedís. El
edificio de la estación del ramal que les correspondía se los había
tragado. Guiñazú alzó la vista: los altos techos mugrientos
en donde las palomas hacen sus nidos. El bicho de la paz vive en los galpones
del mundo, pensó Guiñazú, peleándole el lugar a los
murciélagos. Caminaron por el enorme hall en donde algunos dormían
tirados en el piso. El bar. La puerta de vidrio blindex. La cruzaron. La luz blanca
caía como fina lluvia sobre las mesas de fórmica. Se sentaron. Qué
luz de mierda dice
Guiñazú ;
odio los tubos fluorescentes. Picard pone
la botella de vodka sobre la mesa. El mozo se acerca mirándola con reproche.
¿Tónica?
pregunta Picard.
Guiñazú dice que sí con la cabeza. Dos
tónicas con hielo dice
Picard mirando al mozo con desprecio. El lugar huele a desodorante de ambiente,
a sándwiches rancios esperando debajo de campanas de acrílico junto
a cadáveres de mosca, a colillas mojadas, a café quemado, a tiempo
muerto en los espirales del vacío, a mirada perdida en el humo de cigarrillo
que se dispersa en la vibrante luz espectral, a orín, a peleas de curdas,
a acaroína acumulándose en los amaneceres de los baños públicos.
El mozo vuelve y pone las tónicas y los vasos sobre la mesa. Falta
el hielo, señor dice,
amabilísimo, Guiñazú. Están
frías dice
el mozo, cortante. Picard cuenta hasta tres y dice en voz baja, mirando el centro
de la mesa: Mirá,
yo pedí hielo y si no querés que te arme un quilombo tan grande
que no te vas a olvidar, mejor traé hielo. Picard
se para y acerca su cara a la del mozo que enseguida da un paso atrás.
Picard le tira un beso y, también en voz baja, dice: A
mi no me importa nada, sabés, ni vos ni la policía, ni nada, así
que evitemos complicaciones: traés ese conchudísimo hielo y listo,
me dejo de joder. El mozo se aleja, llega
al mostrador y habla con el tipo que está atrás que, mientras el
mozo habla, mira, serio, a Picard y a Guiñazú, luego desaparece
por una puerta y vuelve con un tachito con hielo. El
hielo dice el
mozo, apoyando sobre la mesa el tachito que le dio el tipo que está atrás
del mostrador. Gracias
dice Picard,
como si nunca hubiera pasado nada. Dígame,
señor, a usted no le molesta esta luz de mierda que dan los tubos fluorescentes
dice, parodiando
su amabilidad anterior, Guiñazú. El mozo da media vuelta y se va
sin responder. A las cuatro menos cuarto,
pagaron las tónicas. A las cuatro menos diez, luego de haber bamboleado
sus osamentas por el andén vacío, subieron al tren. A las cuatro
menos cinco, estuvieron ubicados en sus asientos. A las cuatro y diez, salieron
del hangar y Picard tiró la botella sin nada por la ventanilla. La
cosa era así: Guiñazú tenía una prima en Cristal,
pueblo al que viajaban, con la que mantenía correspondencia fluida: comentaban
sus lecturas. En la última carta de su prima, una escueta postdata relataba
que habían construido un enorme hotel («con ascensor y casino»)
en las afueras del pueblo, en la orilla del río. Necesitaban gente. ¿Un
cocinero?, tal vez. ¿Por qué no te venís? La prima no entendía
por qué habían elegido ese lugar para construir semejante hotel.
Mucho lujo para un pueblo de mala muerte. El
tren se fue llenando de a poco, en cada parada, a medida que se internaba en el
país. Picard y Guiñazú se durmieron ni bien arrancaron, así
que no vieron el cambio lento. Para ellos fue un shock: abrieron los ojos y donde
antes no había nadie, ahora había una mujer gorda masticando golosinas
y mirándolos interesada; donde antes no había nadie, ahora había
un hombre que se miraba las manos, acostumbradas a andar con herramientas y no
con dinero; donde antes no había nadie, ahora había un nene de cara
sucia dormido en mala posición; donde antes no había nadie, ahora
había un japonés leyendo una revista; donde antes no había
nadie, ahora había gente pobre con paquetes de comida; donde antes había
rítmico sopor, ahora había discusiones familiares, risas, llantos,
toses y ronquidos. La noche en que se
conocieron, Picard tenía un programa de radio en una emisora de baja potencia
para los hijos desvelados de la noche. Pasaban música que había
sido traída de contrabando en los años asesinos en que los militares
mandaban. (Hacía poco que se habían ido y los que quedaban vivos
intentaban algo. Por ejemplo: abrían radios de baja potencia, organizaban
festivales de rock, mesas redondas, juicios tenues, libros tenues que se enojaban
mucho, o sea cosas inútiles como maquillar un muerto para que reviva).
Pasábamos discos misteriosos que venían en sobres de superficies
brillantes, diseños lisérgicos que te absorbían la cabeza,
o sea, dice Picard, así tenías que decir que soñabas si querías
ser del club. Éramos dos. Mi socio, un fanático de la superficie
que se hacía llamar Keops, era el dueño de los discos (que un año
más tarde se conseguirían hasta en las panaderías). Y yo,
hablándole al micrófono, dice Picard, atento a los matices que mi
papel de seductor invisible imponía. Picard
salió de la cabina y saludó a Gabenski, que lo estaba esperando.
Para
raro, Stockhausen dice
Gabenski ; lo
que ustedes pasan son los Beatles reciclados
Saludaron al socio mutante de Picard (que
esa noche había estrenado lentes de contacto turquesa). Caminaron por el
pasillo de luz submarina que iba de la cabina de operación técnica
a la calle. ¿Vamos
al bar? dice
Picard. Nos
esperan. Está Miraflores y un amigo. Un cocinero. Sergio
Gabenski era pintor. Había vivido durante la dictadura escondiéndose
en pensiones de mala muerte. Se sentaba de cara a la pared y tomaba ginebra. Esos
años fueron infinitas botellas acumulándose a los pies del hombre
que se iba volviendo loco, que lloraba inmóvil como los muertos a los que
buscaba en pesadillas. Yo, dijo Gabenski, llamaba por teléfono a las casas
de ex compañeros de la facultad y me contestaban que ahí no vivía
nadie con el nombre que yo daba. Cambiaba de pensiones una o dos veces por mes.
Debo haber estado en casi todas las pensiones de Once, Balvanera, San Cristóbal,
Constitución, Flores, Floresta. Habré estado así tres años,
no sé. Paranoico y borracho. Hasta que un día me cansé, o
algo adentro mío se cansó: largué el escabio y empecé
otra vez a pintar. Llevaba pordioseras a la pieza en la que vivía y ellas
se desnudaban para que las pinte a cambio de unos pesos. Fue mi época expresionista,
je je, mi período, digamos, crepuscular. Todo lo que me había tomado
estaba saliendo por los pinceles: la locura, los litros para la pena, la bronca.
Y fue por una de esas minas que yo conocí a Miraflores. Vos, me dijo con
una sonrisa de chiflada, tendrías que conocerlo al rey, él te podría
ayudar, a él le gustan los cuadros, tiene muchos. La mujer, todavía
desnuda, miraba la tela que acababa de terminar Gabenski: en una de esas te compra
éste, señaló con el huesudo índice y a Gabenski se
le puso en la cabeza que esa mujer era la muerte. Está loca, pero qué
puedo perder, pensó. Además, yo muy cuerdo no estoy. La mujer cubrió
su cuerpo flaco con la ropa sucia que había dejado hecha un bollo en un
rincón. ¿Y
dónde vive ese rey? dijo
Gabenski. Vamos
ahora dijo ella
pegando un salto de felicidad incomprensible. La alegría desentona con
su estampa abyecta, pensó Gabenski. Miraflores
vivía en los túneles que hay abajo de Plaza Constitución.
Antiguos depósitos y talleres del ferrocarril que se dejaron de usar y
pasaron a ser refugio de linyeras. Cuando
llegaron a la catacumba en donde vivía Miraflores, Gabenski no pudo creer
lo que veía. Uno de esos asquerosos túneles había sido transformado
por un decorador de mansiones de Palermo Chico. Miraflores, el extraño
rey de las cloacas, sabía de pintura; era un coleccionista exquisito. Cuando
Gabenski vio las obras que tenía colgadas en esa cueva de lujo, su ya abierta
mandíbula terminó de desencajarse. No
se asombre dijo
Miraflores , no
hay por qué asombrarse tanto. La explicación es simplísima:
me molesta la luz del sol, padezco de fotofobia selectiva. O sea, no me hace mal
cualquier luz. No tengo ningún problema con las dicroicas, la luz blanca,
los faros de yodo inclusive... no, la cosa es con el impiadoso Febo. Mis ojos
se mueren con el sol. Mis dos retinas son dos dráculas: se achicharran
con la luz del día aunque esté nublado. Cuando
Miraflores vio la pintura que Gabenski había hecho usando como modelo a
esa mujer, dijo que tenía un talento muy especial y le dio la plata que
el pintor necesitaba para montar un atellier a cambio de cinco cuadros. Así
fue que Gabenski dejó las pensiones y, con el tiempo, el expresionismo
crepuscular para dedicarse a pintar ángeles y vírgenes con imperceptibles
defectos físicos. Y
lo que pintás ahora cómo podría definirse preguntó
Picard. Neoclásico
dijo Gabenski.
Cuando Picard y Gabenski entraron al bar,
Miraflores levantó un brazo para que lo vieran. Dificultosamente, pero
llegaron hasta la mesa ubicada al fondo, cerca de los baños. Miraflores
presentó a Guiñazú y luego llamó al mozo. Lo
que sigue ya lo saben. Una conversación. Fanfarronerías del excéntrico
mafioso alérgico a la luz. Esa costumbre de beber en manada. Exhibicionismo
alcohólico: quién será el último en decir basta. Ruido
del bar. Mujeres calibradas como mercancías en la guerra de las apariencias.
Hasta que, sorpresivamente, el que había dicho algún monosílabo
de vez en cuando dice: todos los tesoros son, en alguna medida, producto de la
corrupción. Y lo dice con una voz de intensidad extraña. Una voz
de alma volcada. Aire de tambor eterno que paraliza a los que escuchan. Una voz
que raras veces sale. El tren se fue llenando
de a poco, en cada parada, a medida que se internaba en el país. Picard
y Guiñazú se durmieron enseguida, así que no vieron el cambio
gradual, cómo se fueron ocupando los asientos vacíos del vagón.
Picard abrió los ojos molesto por el sol de mediodía y se sorprendió
al ver a tanta gente. Al rato fue Guiñazú el sorprendido: ¿pero
cómo, no era un vagón exclusivo?, bromeó. Llegaron al atardecer.
La prima del cocinero los estaba esperando. Lo primero que pensó Picard
cuando la vio en el andén fue: pecosas tetas de gringa criada al sol. Marta,
vestido floreado de generoso escote, mostraba la dentadura en una sonrisa franca.
La gente parecía especialmente ataviada para recibir al tren. Había
clima de fiesta. Guiñazú y Picard sonrieron; algo de la alegría
expectante se les había contagiado. Ahora
entiendo dijo
Picard cuando salieron de la estación
por qué en la carta puso, como una de las características sobresalientes,
que el hotel tenía ascensor. Cristal
era un caserío sin edificios que exigieran esa medida tecnológica
para vencer la gravedad.
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