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El
guerrero del crepúsculo | HUGO BUREL |
144 págs. | ISBN
84-89618-77-1 | 1950 pts. 11,71 Eur. |
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Finalmente,
la operación fue un éxito. Si mal no recuerdo, cuando desperté
en la sala de recuperación la luz me cegó y el murmullo alejado
de las enfermeras se abrió paso en medio del sopor que me provocó
la anestesia. Intenté hablar y no pude, pero el hecho de no sentir dolor
era un buen signo, aunque todavía estaba bajo los efectos de los calmantes.
Desde una puerta distante, el doctor Andrassy
me miró, aún ataviado para la faena: el gorro echado hacia atrás
y el tapabocas caído rodeándole el cuello. Daba instrucciones precisas
a su ayudante, la doctora Ríos. Alguien se acercó por detrás
de mí y comenzó a empujar la camilla hacia otra zona de la sala.
Los meses anteriores habían sido
una larga rutina de exámenes con diversos grados de dificultad y molestia.
Sangre, orina, rayos X, ingesta de líquidos repugnantes para contrastar
y decenas de cables enchufados a mi cabeza. Mi pobre esposa cooperó en
los trámites burocráticos, aliviándome de infames esperas.
Otras veces, mis vínculos comerciales la
venta de enciclopedias puerta a puerta
fueron mis salvoconductos. Cuando todo
estuvo listo, Andrassy, flemático y austero al explicar, fijó una
fecha, un sanatorio populoso y céntrico, una dieta y un pronóstico:
Estamos a tiempo. El plural me tranquilizó: se había involucrado.
La víspera de la operación
me visitó: yo ya había ocupado mi habitación y estaba en
la cama, sin haber cenado y completamente asustado. Habló brevemente con
Adela y recomendó a una enfermera inducir mi descanso. Mi mujer es controlada
pero, apenas Andrassy se retiró, se metió en el baño. La
oí sollozar. Los largos preparativos,
la espera de esa noche y lo que le aguardaba la mañana siguiente, la habían
desguarnecido. En cambio, una vez que el doctor se retiró, yo me desentendí
del asunto y antes de que me inyectasen ya divagaba en proyectos posoperatorios.
"Estamos a tiempo", repetí, como si se tratase de un conjuro. La
convalecencia fue más breve de lo que esperaba. O al menos eso me parece
ahora que por fin dejo el sanatorio. Puedo cargar mi valija y caminar sin ayuda.
Todavía estoy bajo la impresión de una larga jornada en una habitación
silenciosa aunque
deben de haber sido varios los días ,
un cuarto en nada parecido al de la noche anterior a la operación. Sé
que Adela estuvo allí. También Andrassy, vestido de particular y
tan glacial como siempre. Entre la maraña de tubos y cables y los sonidos
de las máquinas de monitoreo, no pude escuchar sus comentarios. Es
raro que Adela no me acompañe tras el alta. Se explica por lo imprevisto
de la decisión: el sistema necesita camas y las demandas de ingreso desbordan
toda previsión. Intenté llamarla por teléfono para que viniera
a buscarme, pero en el departamento nadie responde. De todos modos es mejor así:
voy a darle la sorpresa de llegar por mis propios medios. Me gustaría comprar
antes unas flores, pero no es prudente que abuse de mis fuerzas. Como dijo el
enfermero que me despidió: Bienvenido. Cuídese del frío.
Estamos casi en verano: fue un chiste,
una forma de decir. Voy llegando al departamento
y la luz del mediodía es blanca y no da tregua. El barrio está calmo
y felizmente no hay niños jugando a la pelota. En general son descontrolados
y podrían llevarme por delante persiguiendo esa alocada goma roja. Antes
de la operación, Andrassy me recomendó quietud y unos días
en el campo o la costa. En la puerta del
edificio me da un leve vahído. Tengo que apoyarme contra la madera lustrosa
y tantear el picaporte. Está frío o yo tengo un poco de fiebre.
Hubiera necesitado unos días más en el sanatorio, salir sin este
molesto vendaje sobre la cabeza que me oprime y no me deja pensar. Subo
los dos pisos por la escalera y ya estoy en casa. No he tenido conciencia de ese
tránsito y abro maquinalmente la puerta. Las rutinas son así: se
cumplen aun en una condición como la mía. El
vestíbulo está sombrío y fresco, ordenado y pulcro como a
Adela le gusta. Abandono la valija y resoplo: Andrassy es un burócrata
insensible que quizá firmó mi alta sin atender a la piedad. Pero
estoy en casa y la venda ya no me molesta tanto. Subir
la escalera me dejó agotado, tanto que ni siquiera soy capaz de anunciarle
a Adela que ya llegué. Enseguida me doy cuenta de que no está; quizá
ahora esté llegando al sanatorio. Siempre le disgustaron los desencuentros
y las impuntualidades. Algún pariente debió estar esperándome,
pero mi familia es escasa y poco servicial. Descubro
que no tengo olfato: el olor a madera de cedro de mi biblioteca, el rastro del
perfume de Adela, el aroma de las tallas de la India sobre la pequeña mesa
del vestíbulo, han desaparecido. Andrassy lo previó: Puede que por
unos días sus sentidos más inmediatos, salvo la vista, queden adormecidos:
el gusto, el olfato, tal vez el oído y el tacto, pronosticó en una
de las últimas consultas. El olor de una casa también es parte de
su hospitalidad. Como dijo Proust con otras palabras, somos un olor. Me
siento en el sofá de cuero junto a la ventana que da al patio interior.
No intento levantar un poco la persiana para que entre la luz: temo que el vendaje
se me afloje y me vuelva el vahído. Será mejor quedarme quieto y
en silencio esperando que Adela regrese. ¿Qué
debo comer? En el sanatorio no me han dado indicaciones. Sin duda a Adela se lo
explicarán. El convaleciente es por un tiempo un irresponsable, alguien
que debe confiar en los demás y obedecer. Puedo recordar mi última
comida antes del sanatorio en una pequeña fonda frente a un mercado. ¿Fue
hace tres días o veinte años? Había estado ofreciendo la
Temática Salvat sin lograr vender una sola, pero igual estaba esperanzado
y lleno de proyectos. Evoco un lugar penumbroso con olor a guiso y a naranjas,
un plato de perdices en escabeche, media botella de un vino oscuro y áspero
y la voz de un cantor de boleros que surge de una radio antigua y oculta. Un muchachón
entra al comedor y me ofrece un número de lotería con terminación
37 y no se lo compro. Podría llamar
por teléfono al sanatorio para que le avisen a Adela que ya estoy aquí.
Me incorporo y busco el aparato, que debería estar sobre el secrétaire
junto al sofá. No lo veo. Ahora lo recuerdo: habíamos pensado en
trasladarlo al dormitorio, para que a mi regreso lo tuviera junto a la cama y
eso es lo que Adela debe de haber hecho. No hubiera sido necesario, en realidad
me siento bien y puedo caminar y estar levantado. Si llegara en este momento,
podría demostrarle mi asombrosa mejoría: le haría un paso
de baile dedicado a su maravilla de verme tan repuesto. Aquella
vez, después de comer en la fonda, volví a la caminata y entonces
sentí el síntoma. Igual que otras veces, una especie de relámpago
en mi cabeza, una luz interior acompañada de un zumbido insoportable, breve
y agobiante. El muchacho de los números, que todavía estaba vendiéndolos,
tuvo que ayudarme. Esa tarde abandoné la venta y volví temprano
a casa para decirle a Adela que no aguantaba más y que Andrassy decidiese.
Estoy tentado de quitarme el vendaje.
Creo que ya no lo necesito. Recuesto mi cabeza en el respaldo del sofá,
cierro los ojos y espero. El silencio es perfecto y ni siquiera las discusiones
habituales entre los vecinos interrumpen la calma. El edificio entero parece dormido,
entregado a una siesta colectiva. ¿Demorará mucho Adela? Sobre
la mesa del comedor están los tomos de muestra de la Pinacoteca de los
Genios. Tengo dos colecciones casi colocadas y una tercera en trámite,
además de la Bompiani que vendí hace dos semanas y que aún
no entregué. Pese a su obsesión por el orden, Adela no se animó
a quitarlas de allí, lo cual indica que volveré pronto a la calle.
En realidad todo depende de la venda: no puedo salir como un Apollinaire herido
en la cabeza a ofrecer mis materiales. En la venta hay que cuidar la imagen, ser
amable y paciente y llevar los zapatos lustrados como espejos. Nunca se debe imponer
nada y el cliente siempre tiene que pensar que uno está allí por
milagro. Algo sé de esto y creo que cuando regrese sabré más.
No ha sido en balde esta circunstancia extraordinaria. Por
lo visto, Adela demora. Debe estar haciéndoles un escándalo a los
del sanatorio, que me dejaron ir sin más. Eso explica por qué aún
no ha regresado. Quizá pidió para hablar con el director o el médico
jefe. No me extrañaría que estuviese en alguna sala de espera, furibunda
pero firme. ¡Y yo aquí, a punto de quitarme el vendaje y preparando mi
agenda de visitas! Me parece que hace
días que dejé el sanatorio, tal la asombrosa mejoría que
siento. He perdido la noción de la hora, ya que mi reloj pulsera se lo
di a Adela, la noche anterior a la operación. Debe de ser media tarde,
a juzgar por la luz que atraviesa las persianas. Hace un rato pensé en
comer, pero a decir verdad no tengo apetito. Tampoco estoy cansado: la fatiga
que me agobió al subir la escalera ha desaparecido. Tal como pronosticó
Andrassy, estábamos a tiempo. Su pericia ha sido total y me atrevo a decir
que providencial. Voy a quitarme esta
venda, ya que, si mal no recuerdo, la última enfermera que me vio le comentó
a una compañera que el apósito ya no era necesario. Creo que en
el apuro por darme el alta se olvidaron de quitármelo. Mirándome
en el espejo del baño me noto cambiado. La cabeza rapada me hace creo
más joven. Parezco uno de esos deportistas de ahora, que afeitan su cráneo
con la misma frivolidad con que años antes se dejaban elaboradas melenas.
Tal cual imaginaba, la cicatriz apenas se me nota, otro síntoma de mejoría.
Creo que si me afeitase el bigote mi aspecto sería aún más
juvenil. Eso sí: luzco bastante más delgado, consecuencia, claro,
de la dieta obligatoria. No puedo seguir
con calditos y pollo hervido. Creo que me vendría bien visitar aquella
fonda. Cuando me harté de esperar
a Adela, descubrí sobre la puerta del refrigerador la nota prensada bajo
el tomate imantado: "Consulta con Andrassy, jueves 15, 17 h.". ¡Eso
lo explica todo! Hoy es 15 y Andrassy me espera en su consultorio para confirmarme
que todo salió bien. Tal vez Adela piense que desde el sanatorio fui directamente
hasta allí. Habló con la nurse y ella le explicó sobre mi
estupenda condición, mi alta inmediata y las órdenes de Andrassy
de que caminase y me valiera por mis propios medios. A lo mío se le llama
cirugía ambulatoria y, por lo visto, cumplo con el modelo: sin vendas ni
reposo y cargando la valija. Ignoro la
hora en que vivo, pero el sol ha bajado, así que resuelvo ir hasta el consultorio,
a unas veinte cuadras de aquí. Podría aprovechar y de pasada entregar
un par de muestras de la enciclopedia. Hay dos clientes que viven cerca y al verme
seguramente se alegrarán por mi recuperación, lo cual es bueno para
concretar la venta. Pero no, que esperen, puedo darme una tregua antes de regresar
al negocio. Lo que sí haré
es cambiarme de ropa. Quiero que Andrassy me vea impecable y se asombre no sólo
de mi estado de salud. Le va a costar encontrar la cicatriz y me gastará
alguna broma espero
sobre su capacidad de no dejar rastros. Pensar
que hace unas semanas el saco casi no me cerraba, no podía abotonarlo sin
riesgo de hacer una arruga en el talle. Mírenme ahora, parezco un figurín.
También extraño los zapatos, es como si fueran de otro. Pensé
que los había domado, ya que son los de la venta. Y la camisa, que antes
me parecía inadecuada, hoy me sienta muy bien. Quisiera que Adela estuviera
aquí para que sus temores desapareciesen por completo. Creo
que voy a la consulta por simple rutina y acaso para agradecerle a Andrassy su
sapiencia. Es evidente que no me indicará otra cosa que vida normal y alimento
sano. Como esta manzana que muerdo sin sentirle el sabor esa
secuela demorará un poco en desaparecer ,
pero que mastico y trago en un gesto de triunfo. "Una manzana al día aleja
al doctor", dicen los gringos, y tienen razón. Me
toco el bolsillo interior del saco y descubro la bolsita con las pastillas de
eucalipto, un hábito que por suerte puedo recuperar. Otro truco para empezar
bien una venta: ofrecer con delicadeza una pastilla, un detalle simple que predispone
al cliente. Ya camino rumbo al consultorio.
De tan cambiado que luzco, muchos vecinos no me reconocen. Los saludo igual y
les sonrío. Además, los lentes sin montura me dan un aire intelectual
y próspero, inédito en este barrio. Resolví
hacer esas visitas de pasada para recuperar el control sobre mis ventas. Necesito
sentir otra vez la rara emoción de convencer y concretar. Instalar en la
gente esa duda sobre el conocimiento que una buena enciclopedia impone. ¿Sabe
usted quiénes inventaron la pólvora? ¿Conoce el nombre de la primera
colonia portuguesa en ultramar? ¿Sabe quién fue H. G. Wells? ¿En cuál
capítulo de La Ilíada se describe el escudo de Héctor?
El noventa por ciento no lo sabe y allí comienza la faena. Hay que esperar
con paciencia el exacto momento en que el otro descubre su propia ignorancia,
en que se siente desnudo ante nosotros. Entonces viene lo mejor: la pastilla,
el despliegue del catálogo, el tomo obsequio, el sorteo del mueble biblioteca
y el tebeo para los niños. La mejoría
sigue en curso. Mi paso elástico y despreocupado me lleva por la avenida
como si no pesase. Siento que el aire me contiene y que el paisaje se ha renovado:
parece que estoy viéndolo por primera vez. La sombra de los árboles
se me antoja más generosa y las vidrieras de los comercios me reflejan
con una luz nueva. Con cada metro que avanzo, acumulo ideas, intuiciones, planes
que debería comenzar a desarrollar de inmediato. ¿Adónde
habrá ido Adela? Antes de la internación me habló de visitar
a su prima que acaba de regresar de un viaje. Recuerdo que le dije: Apenas me
despierte, te vas. Yo voy a estar bien, ya es bastante lo que has hecho: te merecés
un descanso, distraerte. Debería haber buscado en casa su esquela de despedida.
Otra prueba de que Andrassy actuó con eficacia: mi mujer disfrutando de
unas cortas vacaciones y yo regresando a mis clientes. Ya
estoy cerca del consultorio, apenas faltan unas cuadras. Si no pude sorprender
a Adela, con Andrassy voy a darme el gusto. Como se trata de un control de rutina,
aprovecharé el tiempo de la visita para ofrecerle la Enciclopedia Británica
o la Temática Salvat. Creo que algo le insinué la última
vez que nos vimos. Él lo tomó como una broma o una expresión
de esperanza. Ya pensé la primera pregunta: ¿Qué pueblos conocían
la trepanación? Me siento tan bien
que creo que hace meses que salí del sanatorio. ¿Acaso no fue una breve
visita para chequeos sin importancia? Aquellas molestias, claro: llegaban sin
aviso y provocaban un pequeño cataclismo en mi cabeza, la sensación
de soportar un agobio intolerable y estar a merced de una fuerza desconocida que
me habitase. Fue un señor Saccone,
conocido de mi padre, el que me dio el nombre de Andrassy apellido
húngaro según aclaró ,
la eminencia indicada para mis síntomas. Anotó su dirección
y teléfono en un trozo de diario con información hípica y
me recomendó paciencia, ya que Andrassy suele tomarse su tiempo para atender
a sus pacientes. No me preocupó ese detalle, entrenado como estoy en la
espera de ejecutivos, empresarios y todo tipo de profesionales para ofrecerles
el remedio para la ignorancia. Podría,
ahora mismo, posponer la visita y aprovechar la tarde en algo más placentero.
Entrar ahora mismo a ese cine: el antiguo Oriental, tan cargado de reminiscencias
para mí. No tanto por las películas que vi, que fueron muchas, sino
por los enormes frescos pintados en sus paredes con las alegorías de la
aurora y el crepúsculo. Naciente y poniente enfrentados para entretener
el intervalo entre dos filmes, por lo general norteamericanos. Quién iba
a decir que el doctor tendría su consultorio tan cerca de este templo.
El hall del cine es fresco y su
piso de mármol reluciente. Hace mucho tiempo que no entraba y ahora me
parece más pequeño todo: las puertas vidriadas de tipo vaivén
y las columnas que sostienen la balconada de la planta alta, la preferida por
las parejas que no consiguen última fila. El habitáculo de la boletería
está donde siempre, a la izquierda de la entrada, junto a la puerta del
baño de damas. Contra su costumbre, Adela demora y tendremos que entrar
con la segunda función empezada. El boletero me mira pero no me reconoce.
Me acerco a la ventanilla para que me vea mejor. ¿Cómo se llamaba? Donato,
sí, Donato Masilotti. ¿Ya empezó?,
pregunto, y le sonrío. Masilotti me observa y anota algo en una planilla.
Nunca escucha lo que el público le pregunta porque adentro del habitáculo
tiene encendida la radio, sintonizada, inamovible, en la emisora oficial. Le hago
un gesto con los dedos para que me venda dos entradas. Ahora él es el que
sonríe y me devuelve el gesto. Dos, digo, y aguardo, mientras Masilotti
se desentiende y acomoda un fajo de programas. En ese momento suena el teléfono
y el empleado abandona el pequeño mostrador para atenderlo. Enseguida se
enfrasca en una conversación muy animada en la que proliferan monosílabos
de asombro y frases siempre interrumpidas por algo que dice el otro. Por
educación me alejo de la ventanilla y busco al portero, al que recuerdo
bajo y de tez morena. Otras personas han llegado al cine pero no pasan por la
boletería, sino que ingresan directamente a la sala. Casi todas llevan
un pequeño libro en la mano y se saludan amablemente antes de entrar; la
mayoría sonríe y se complace en verse. No puedo creer que el Oriental
ya no cobre entrada, de manera que pese
a que no llevo libro
me cuelo a la sala. Adentro las luces
están encendidas y algunas filas de butacas ocupadas por la concurrencia.
En donde debería estar la pantalla hay un enorme cartel con la leyenda
"Jesús es el camino" y un retrato de Cristo con un aspecto excesivamente
moderno, como si fuera un cantante o un guerrillero. Hay también una especie
de estrado y alguien que recorre una tarima delante del cartel esparciendo flores
blancas y rojas. Nadie parece interesarse en mi presencia mientras avanzo unos
metros por el pasillo central de la sala. Enseguida busco con la mirada las figuras
alegóricas de las paredes. Pese
a lo descascarado de la superficie, el mural de la aurora es todavía reconocible:
su cuerpo de pesadas formas está reclinado sobre un risco alfombrado de
flores y complejos tallos que parecen aferrarla. El perfil es griego y la mirada
destella bajo un ceño poco femenino. Está vuelta hacia un imaginario
sol que parece amanecer desde comarcas lejanas. De la túnica rojiza de
pliegues caprichosos, asoma uno de los senos, turgente y coronado por un pezón
rosado y puntiagudo. ¿No era más grande ese pecho, más mórbido
y sensual? Enseguida busco la figura enfrentada desde la pared opuesta: la del
crepúsculo. En donde se supone
debería estar la otra imagen sólo veo enormes manchas de humedad,
volutas deformes y el contorno difuso de una silueta desvanecida: nada queda de
aquella otra enormidad un
guerrero reposando y despojado de armas y escudo, según recuerdo
que miraba a la aurora desde el atardecer. Una
película de matiné podría favorecer la mejoría, inducirla
con el placer de la penumbra entre las butacas y la historia de la pantalla. Veo
que eso no ha de ser posible y que una extraña confusión reina en
el Oriental. ¿Desde cuándo está consagrado a un culto, a una actividad
propia de templos e iglesias? Las personas
sonrientes con libro en la mano continúan ingresando y saludándose,
pero no se interesan en mi presencia, porque me ven extraviado y ajeno al lugar.
Yo doy una última mirada a la aurora y salgo de la sala. En
el vestíbulo el viejo Donato ya no está y el habitáculo tiene
las luces apagadas. No se ha perdido gran cosa Adela con no venir: es evidente
que esta gente debe de haber alquilado la sala por la tarde para realizar su mitin
y por eso no hubo función. ¿Cuál película habrán postergado?
Busco algún afiche, las clásicas fotografías de los exhibidores
junto a los baños. Todo ha sido quitado. En ese momento siento la descarga
en la cabeza, el zumbido breve y agobiante. Cuando
salgo del cine, el estremecimiento ha cesado y en la calle hace calor. Recuerdo
que tengo que verlo a Saccone, amigo de mi padre y conductor de programas radiofónicos.
Sin duda la venta puede esperar: con esta temperatura todo el mundo estará
en la playa, pero Saccone es negocio hecho. El
argumento de la película casi se me ha borrado de la mente. Creo que por
momentos me dormí e inclusive soñé algo vinculado a una extraña
cena. Allí está Saccone
en su mesa habitual de la confitería El Timón. De saco y corbata,
el bigote bien recortado y la cara afeitada en la peluquería. Mientras
voy cruzando la calle me ve, pero no me reconoce. Está tomando un Cinzano,
pese a la hora y gracias al calor. Cuando
me acerco y me presento, recién me ubica: El
pelo corto, el traje. Estás cambiado. Sentate, ¿tomás algo? ¿Un
vermut, como yo? Me niego, dudo, finalmente
pido un café. Se
te ve mejor. Me dijiste que trabajás en una editorial, interesante, ¿verdad?
Pero no perdamos tiempo: en una hora tengo que estar en el estudio para preparar
el programa. Por teléfono comentaste que podía interesarme algo
de lo que vendés. Desde ya te digo que acepté la cita por tu viejo,
que en paz descanse. ¿Venderme a mí? Te aclaro que hace muchos años
yo también vendía. Un producto fácil de colocar y difícil
de conseguir: sueños. Pero esa es una historia que no te interesa. A ver,
¿qué vendés? Tomo un sorbo
de café y no le siento el gusto. Saccone me mira y sonríe, esperando
mi respuesta. De uno de sus dientes chapados en oro surge un destello irreal,
como un retoque sobre una foto. Finalmente le explico que vendo el remedio para
la ignorancia. Por más que lo había pensado muchas veces, nunca
había empleado ese término para iniciar una venta. Mirá
qué interesante dice
Saccone, y se come la última aceituna del platito, emitiendo luego un desagradable
sonido que sale de entre sus dientes dorados como el silbido de alguna especie
de bestia. ¿Y
por qué pensás que yo necesito tu medicina? agrega,
con cara de no estar interesado. Hago
una pausa, sabiendo que el pez ya mordió. Él agita su vaso de Cinzano
y los hielos entrechocan. Sus dientes vuelven a brillar, a agitarse como astros
en su boca cavernosa. Le digo que un programa
de preguntas y respuestas como el que conduce necesita conocimientos, saber, datos
fidedignos y terminantes para derrotar al participante. Necesita todas las preguntas
y por supuesto todas las respuestas sobre Historia, Geografía, Ciencias
Naturales, Biografías, Invenciones, Arte, Literatura, Hechos Insólitos,
Tablas Cronológicas y Temas Variados. Todo, enfatizo, absolutamente todo.
Saccone borra la sonrisa como si una cortina
bajase en su cara, toma un mondadientes y escarba en su dentadura, ocultando el
gesto con su mano libre. Emite más sonidos bestiales y luego llama al mozo.
En ese momento, otra vez la descarga me sacude como si de pronto mi cerebro se
congelase. Saccone ve mi gesto y amenaza hacer un comentario. Finalmente dice:
No
me sirve. Yo los liquido de otra manera. Cualquiera sabe el año de nacimiento
de Napoleón o el nombre del descubridor de la penicilina. Y eso está
en todos los diccionarios de sexto grado. Lo mío es lo obvio que nadie
recuerda. Caen como torcazas. Cuando eligen cultura general o esa cátedra
que yo inventé, amas de casa, vienen a mi especialidad: las tres primeras
preguntas, fáciles, la cuarta, más fácil aún, para
cebarlos. En la quinta, cae la guadaña. Guardo carpetas enteras con información
inútil, que precisamente es la que menos se recuerda. Ofreceles eso a los
que compran libros para decorar bibliotecas. ¿Qué te pasa, te sentís
mal? Pensé que Saccone era una
venta fija, pero me equivoqué. Al final terminamos hablando de la molestia,
del temblor en mi párpado derecho y de la inflamación de una vena
de mi frente. Suficiente y expeditivo me dio un nombre: Andrassy. Un amigo y una
eminencia absoluta, medalla de oro de la facultad y no sé cuántos
grados de prestigio. Después arrancó un pedazo de la hoja de información
hípica del diario y anotó la dirección y el teléfono.
Es aquí cerca, aclaró, andá a verlo de mi parte. Pagó
el Cinzano y el café y nos despedimos. En
la avenida populosa la tarde hierve en el cansino deambular de los peatones y
en el tránsito dificultoso de ómnibus y autos. Veo los destellos
de los cromados y el reflejo del cielo en los parabrisas y algo blando se estremece
en mi cabeza: es una cosa viva y separada de mi cerebro que me oprime desde adentro
y pugna por salir. Me detengo ante la
pequeña vidriera de una casa de discos, miro los hits que se ofrecen
y puedo oír la música que machaca desde el interior de la tienda.
Unos mariachis le cantan a una mujer ingrata que cometió perjurio. El dependiente
se mueve al ritmo de los guitarrones, absorto en la historia como si le doliese.
Desde un cartón Frank Sinatra sonríe y desde otro Edith Piaf parece
triste. El dueño sale a la puerta, las manos en los bolsillos y una expresión
de inmenso hastío y a la vez complacencia. Ni siquiera me mira. Está
transpirado y tiene la camisa manchada de sudor en las axilas. En ese momento
entra un niño de diez, once años y le pregunta: ¿Tienen
una canción llamada Caja de fósforos? El
dueño duda, piensa, se encoge de hombros y musita un no tímido,
desinteresado. Contrariado, el niño insiste: ¿De
veras no la conoce? ¿Quién
la canta? pregunta
el dueño. El niño piensa
y se rasca la nuca. No
sé cómo se llaman. Los oí en la radio. ¿Caja
de fósforos? Qué nombre raro. ¿Nunca
los escuchó? ¿A
quiénes, muchacho? A
los que cantan Caja de fósforos. Primera
vez que oigo. No, no tenemos esa canción en la tienda. Averiguá
mejor y después vení. El
niño vuelve a rascarse la cabeza y se va corriendo. Caja
de fósforos repite
el dueño, y entra de nuevo a la tienda. Siento
que hubo algo familiar en toda la conversación, la huella de un detalle
olvidado. Desde el interior del saloncito, los mariachis han cedido su lugar a
Mantovani y su música ligera e irreal mientras el dueño revuelve
una batea de discos y el dependiente otra. Sigo
caminando en la tarde bochornosa, con las melodías de Mantovani derritiéndose
en mi cabeza. Creo que estoy cerca de la dirección que me dio Saccone.
"Dr. Ivo Andrassy", leo en el trozo de diario. Una consulta de rutina para que
me recete aspirinas y un poco de descanso. Por hoy ya veo que no tendré
más entrevistas y de buena gana me tomaría un helado sentado en
alguna plaza con sombra. Pese a que la venta no va muy bien, los proyectos no
cesan de ocupar mi mente. Todo está mejorando, en especial desde que conocí
a Adela. Que todo mejora es indudable.
Pese a la gente, lenta y ensimismada en sus asuntos, deambulando en el calor.
Los hombres con sus chaquetas dobladas sobre un brazo y el sombrero en la mano,
inclinadas las nucas para mirar el piso. Las mujeres, más dubitativas,
deteniéndose un instante en cada vidriera para observar lo que no pueden
comprar. Los negocios, semivacíos, tienen algo de brillante abandono, con
sus mercaderías ordenadas y los rótulos de las ofertas cambiando
cada media hora. Me cruzo con el muchacho de los números de lotería
y vuelve a ofrecerme la terminación 37. ¿Le compraré uno? Podría
ayudar a que todo siga mejorando, pero no tengo dinero suficiente. El vendedor
se aleja con el 37 agitándose en su mano: una pequeña bandera del
azar. Estoy muy cerca del consultorio
de Andrassy. En la esquina hay un bar y una parada de taxis. Junto al bar, una
heladería con bancos en la vereda. Un cartel anuncia los sabores con dibujos
de los distintos tamaños de cucurucho. El niño de la casa de discos
sale del local con un enorme helado de tres sabores y se sienta en el banco a
devorárselo. Cuando me acerco me mira como si yo estuviera a punto de quitarle
el cucurucho. ¿Averiguaste?
le pregunto.
¿Qué?
me responde sin
dejar de engullir la crema helada. Quiénes
grabaron el disco le
aclaro, y me siento junto a él. El niño me observa con cierto estupor,
como si yo estuviera desvariando. ¿Caja
de fósforos? digo,
y sonrío a la vez, como si ese nombre fuera decisivo para ganarme la confianza
del chico. Yo
a usted no lo conozco, señor me
dice con voz firme, visiblemente molesto. Te
vi en la casa de discos hablando con el dueño, me parece que te atendió
muy mal le explico.
No
escucho discos, sería otro el que vio. Estoy
seguro que eras vos. ¿Está bueno el helado? Me
dijeron que no hable con desconocidos, señor. Buen
consejo. Pero yo creo que te conozco, sos del barrio. El
niño se encoge de hombros sin atreverse a mirarme. Me
levanto y dudo entre comprar un helado o seguir. No quiero que el chico piense
mal, que crea que soy un merodeador de colegios. Estoy seguro que es el mismo
de la casa de discos, por más que él lo niegue. Me gustaría
ayudarlo a averiguar quiénes grabaron Caja de fósforos. No
soy del barrio y estoy de visita en lo de mi tía dice
con voz clara y firme. Caja
de fósforos, ¿verdad? digo,
pero él ya no me escucha. Se aleja con su cucurucho y sus pantalones a
media pierna flameando por su paso rápido. Hay algo inefable en esa figura
que pronto se pierde en el resplandor de la avenida, sorteando otros peatones
como si fueran los obstáculos de un juego que sólo él conoce.
Cuando me acerco al mostrador de la heladería
se me han pasado las ganas de comer helado, pero igual pido un vasito de vainilla.
El dependiente parece no escucharme o finge no verme, abriendo y cerrando los
depósitos de los distintos sabores para probar la consistencia de las cremas.
Finalmente comenta como para sí que ya no queda vainilla y que el sambayón
y el pistacho se han puesto agrios. Le agradezco el dato y me resigno a seguir,
pero él sigue hurgando en sus tachos de helado y no se molesta en responderme.
Afuera la tarde se ha nublado y el cielo
amenaza lluvia. Camino media cuadra buscando el número de puerta de Andrassy,
pero las chapas de la numeración parecen salteadas y con el orden invertido.
Evidentemente hubo un error en la anotación de Saccone. Me extraña,
además, el grado de deterioro de los edificios de esa zona, algunos de
ellos tapiados y con signos evidentes de estar deshabitados. ¿Puede una eminencia
médica atender en un lugar así? Hasta dudo de que pueda comprarme
la Británica, por lo cual la caminata resultará inútil.
Pese a todo, la mejoría es clara ya que mis clientes promedio son empleados
de banco y dueños de mueblerías. Palpo
en mi bolsillo interior y toco la bolsa de pastillas: tengo suficientes para mí
y para invitar. Repaso la lista de preguntas: ¿tiene usted tiempo para leer?;
¿prefiere el entretenimiento o la cultura general?; ¿le interesa el Arte?; ¿le
gustaría disponer de una Guía cronológica de los acontecimientos
más señalados de la Historia Universal? En esas propuestas generales
está la clave para sembrar la duda, aunque la más importante es
la más tramposa: ¿Sabe usted quién es y hacia dónde va? Por
fin doy con el número: una puerta alta y de dos hojas de un edificio de
cuatro pisos. Hay un tablero con timbres en el que busco el nombre: "306 - Dr.
I. Andrassy". Oprimo el botón y, tras unos segundos de espera, una señal
eléctrica destraba el cerrojo y la puerta se abre. El
vestíbulo del edificio es amplio y sombrío y precede a un corredor
que parece perderse en la lejanía. Ni bien entro la puerta se cierra por
el accionar de un brazo neumático. Tengo la sensación de que conozco
el lugar, pero es una impresión pasajera, producto de la sencilla arquitectura
del espacio, idéntico al de tantos edificios de la misma época.
Voy a aprovechar la gestión comercial
para comentarle al doctor mi molestia. Nada serio, claro. Se lo diré en
forma casual, como formando parte del resto de la conversación. Ese tipo
de consultas son comunes en reuniones sociales, cuando entre un sándwich
y un saladito se le describe a un médico invitado el tenor de un malestar
o la vaguedad de un síntoma, para que el diagnóstico acompañe
las masitas dulces y el sorbo final de clericó. En
realidad estoy mejor: hoy, comiendo el helado, no sentí el latigazo sobre
el párpado ni el temblor alocado sobre la sien. Tampoco me molestó
durante la película ni en la entrevista con el dueño de la casa
de discos, un hombre necio y reacio a contestar preguntas fáciles y de
sentido común, como dice Saccone. Si hubiera comprado una de mis enciclopedias
sabría quiénes grabaron Caja de fósforos. Admito que
fue un exceso de mi parte humillarlo con ese detalle discográfico menor,
pero la táctica por ventas exige, a veces, un poco de audacia. En
la penumbra del corredor avanzo y trato de distinguir los números sobre
las puertas. Es un edificio enorme y silencioso, tanto que parece deshabitado.
Espero que el consultorio esté indicado por alguna chapa de bronce. Cada
pocos metros, una salivadera de metal parece amojonar el largo pasaje. También
hay extinguidores de incendio y algunos bancos de madera adosados a la pared.
A lo lejos distingo a alguien que se acerca
en sentido contrario al mío; cuando está a pocos metros, lo reconozco:
es el vendedor de números de lotería. Todavía lleva una tira
de vigésimos en la mano, tal vez con terminación 37, la misma que
me ofreció hoy en la fonda frente al mercado. Voy
a gastar mis últimos pesos en comprarle uno, porque siento el pálpito
de la suerte o al menos la ilusión de que exista. Me detengo a esperarlo
y cuando voy a pedirle un número el muchacho pasa a mi lado sin mirarme
ni detenerse. Por alguna razón no lo llamo ni intento que regrese. Parecía
cansado y sin otro interés que terminar su jornada de mensajero de la fortuna.
Más precisamente, lucía tan agotado como si regresara del desierto.
Me vuelvo y lo veo desaparecer en la negrura
que conduce a la puerta de salida. En la distancia, la tira de números
parece una ristra de ajos y también una venda que va deshilachándose
a cada paso. Por fin llego a la puerta
del doctor. El rectángulo dorado lo confirma: "306 - Dr. Ivo Andrassy -
Médico". Compruebo que las pastillas estén en su sitio y lustro
mis zapatos contra las pantorrillas. Hago cálculos: una venta normal me
insume unos cinco minutos de charla informal y de tanteo, otros tres de breve
anuncio de los beneficios del conocimiento y a lo sumo medio minuto para las preguntas
clave. Voy a cambiar la estrategia: primero inventar una causa médica que
justifique la visita, invocando, claro, la recomendación de Saccone. Se
me ocurre que lo vinculado al cerebro puede ser eficaz. Síntomas vagos:
un espasmo repentino, súbita ceguera, pérdida del olfato y el gusto,
temblor de un párpado, leve desconcierto y extraña sensación
de que algo late en mi cabeza. ¿Cómo
será Andrassy? No puedo imaginármelo a partir de los escasos datos
que me dio Saccone. Si me guío por el lugar en donde atiende, lo visualizo
anticuado, estricto, tal vez distante. No sé qué médico es
el adecuado para una enfermedad imaginaria, pero espero que si descubre el truco
no me despache como a un visitador médico. Ojalá que cuando le ofrezca
la pastilla no la desprecie. Será un buen comienzo y otra prueba de que
todo mejora. Estoy a punto de golpear
a su puerta.
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