 |
 |
|
Sangre a borbotones | | RAFAEL
REIG | | 192 págs. | |
ISBN 84-89618-84-4 | | 2350 pts.
14,12 Eur. | |  |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
Texto de la presentación
en la Universidad Autónoma de Madrid el
18 de diciembre de 2002 por Francisco Tirado ¿Qué
es ser un buen escritor? ¿Cómo demostrarlo? Rafael Reig con su última
novela demuestra lo que es ser un buen escritor. Los lectores nos damos cuenta
de que los autores de hoy en día tienen una voz narrativa muy particular,
sus obras crean a menudo su propio universo literario, un eterno retorno sin salida,
parecidos argumentos, problemas y situaciones que provienen de la estética
minimalista y del realismo sucio, influencia de Raymond Carver y Tom Wolf, entre
los más jóvenes, y entre los consagrados, la narrativa preciosista
y comprometida continuadores de la narrativa de Francisco Umbral entre otros.
Los grandes autores del Siglo de Oro intentaron recoger
y englobar en sus obras todo el universo literario y poético posible y,
crear así un gran orbe literario, una gran muestra de ello es el mismo
Quijote. Este pensamiento áureo lo tiene muy presente Rafael Reig, pues
en su última novela Sangre a borbotones, crea una novela original, compuesta
por todos aquellos géneros narrativos característicos del siglo
XX y anteriores, por ejemplo: la novela negra o detectivesca, la novela sentimental,
cómica, trágica, de ciencia ficción, western, folletín
decimonónico, picaresca, etc. Por tanto, nos hallamos ante una nueva forma
de novelar, una nueva forma de experimentación literaria que no deja al
margen al lector, el hibridismo narrativo, como el mismo Rafael Reig ha denominado.
Rafael demuestra que es un buen escritor porque no
se encasilla en ningún género narrativo, no es un Stephen King encasillado
en las novelas de terror, o una Agatha Cristie que se repite en las novelas de
detectives, o por no ir tan lejos, un Ray Loriga embebido por la corriente del
realismo sucio o la estética nirvana. Rafael demuestra que es bueno y capaz
en todos los géneros, eso sí, todos ellos expresados en un tono
paródico y humor negro que capta la atención del lector desde el
principio de la novela y que además intenta suscitarle a leer de una manera
diferente, que lo obliga incluso a subrayar párrafos. Una novela diferente
y original dentro del panorama de la narrativa actual. El
detective protagonista medio inglés, medio castizo y, a la vez, narrador
de la obra, Carlos Clot (especie de trasunto de Philip Marlowe) se debe enfrentar
a tres casos complicados, como dice nuestro detective: Tres mujeres,
tres casos: Siempre así: es una regla. Mujeres perdidas, perseguidas o
atolondradas. Words, words, words. Así
pues, el principal género narrativo que sustenta la trama es el de la novela
negra. Carlos Clot tiene que enfrentarse a tres casos diferentes: la desaparición
de un personaje de una novela del oeste titulada Sangre a borbotones, del autor
José María Peñuelas (juego metaficcional).La literatura se
convierte en vida, se traspasan las fronteras entre realidad y ficción,
entre literatura y vida. Por otro lado, Carlos tiene que resolver el caso de una
adolescente desaparecida a la cual está buscando su padre; y el tercer
caso es el de un empleado municipal que piensa que su mujer le está siendo
infiel. Todo esto transcurre en un Madrid inundado,
donde el Paseo de la Castellana es navegable y donde se habla en versión
spanglish, pues esta ciudad se ha convertido en una colonia más de Estados
Unidos debido a que España no pudo superar la transición postfranquista
y fue anexionada por el gran capitalismo de la primera potencia mundial.
A lo largo del libro el lector, a la vez que nuestro melancólico
detective, se va dando cuenta de que detrás de estos tres casos se encuentra
un gran malvado que dirige una asociación criminal, una asociación
que pondrá en un gran dilema moral a nuestro protagonista al final de la
novela ¿héroe o humano? Sangre a
borbotones busca de una manera insistente el reconocimiento popular y crítico
en sus páginas, de ahí que en numerosas ocasiones nos encontremos
con párrafos irónicos y humorísticos sobre aquellos «académicos
consagrados" que pretenden dar instrucciones a la hora de escribir. Veamos
un ejemplo del tono paródico que a menudo la novela adopta frente a los
críticos: Los gepuntos se sentaban agrupados por géneros
literarios y movimientos. Al fondo, los poéticos, con un sofá corrido
repleto de venecianos y un par de mesas frente al espejo con representantes de
las diferentes escuelas provinciales. Los más comprometidos bebían
orujo de pie, acodados en la barra. Las mesas de narrativa eran las más
numerosas y vociferantes. A la izquierda, junto a la ventana, se situaban los
partidarios de contar una historia; a la derecha, camino de los servicios, los
defensores de la literatura más exigente. La
novela que nos ocupa intenta alterar la percepción de la realidad y la
ficción, con unos toques de absurdo y mucha fantasía, mezclado todo
ello en el más melancólico y a la vez tragicómico absurdo
existencial. Acaso, ¿no sigue Rafael la fórmula cervantina como
bien vio Lord Byron en el Quijote? «este
libro es tan triste porque nos hace reír» .
Al mismo tiempo, lo que caracteriza a la novela es su alta dosis de humor, su
inteligencia crítica, la precisión narrativa, su estilo sencillo,
el gran dilema moral real y ficcional al mismo tiempo, y sobre todo, su alta dosis
de intertextualidad, mediante el diálogo con otras novelas consagradas.
En Sangre a borbotones podremos también
observar el proceso creador del mismo Rafael. El autor se basa en el principio
de inversión de las características esenciales de cada género,
es decir, en la parodia, especialmente perceptibles respecto a la novela detectivesca.
Así, Carlos Clot no se caracteriza por sus cualidades deductivas; no es
ni Sherlock Holmes ni su acompañante Watson, nuestro Carlos Clot muestra
sus defectos como el de imitar a las personas que tienen una tara física
cuando están a su lado, como la cojera, la tartamudez, etcétera..
En cuanto al lenguaje el lector hallará numerosos
recursos lingüísticos, una gran cantidad de tópicos humorísticos
en forma de chiste, como por ejemplo la infidelidad de la mujer del empleado municipal
con el hombre del butano; y con diferentes expresiones populares manipuladas,
como por ejemplo «la puso mirando a Soria, aunque en Soria no lo digan así»;
«le hizo una cubana aunque en Cuba no se diga así», etcétera.
Por todo lo expuesto, Sangre a borbotones es un
libro que merece la pena ternelo en nuestras manos, pues lo más probale
es que no podamos dejar de leerlo hasta el final.
PARA PONER FIN a sus muchos sufrimientos, no sabía si abrazarle o descerrajarle
un tiro, como al caballo que se rompe una pata. Era viudo, su hija había
desaparecido, tenía los cristales de las gafas empañados y su traje,
nuevo, valía menos que llevarlo a la tintorería. Por si no
fuera suficiente, al cruzar las piernas, Leonardo Leontieff dejaba al descubierto
una franja de pantorrilla lechosa, entre el calcetín y el pantalón.
Aquello era repulsivo, pero una poderosa atracción gravitatoria me impedía
apartar la mirada. -¿Es una adicta? -pregunté por fin.
-¡No, no, qué va! No es ninguna yonqui. Lo está dejando -mintió.
-Le creo, le creo -mentí a mi vez. Quise hacerle una pregunta: ¿Para
qué quiere encontrarla, señor Leontieff? Los dos sabíamos
que, fuera de un Precinto, las autoridades no tardarían en localizarla
y entonces la neutralizarían genéticamente en los laboratorios de
Chopeitia. Es la ley. Él habría querido hacerme también
una pregunta: ¿Tiene usted hijos, señor Clot? Sí, pero...,
en fin, era complicado: dieciocho años y nunca había oído
la voz de mi hija. Como ninguno teníamos a mano una buena respuesta,
nos miramos en silencio. Mis honorarios (cien al día más gastos
y quinientos por adelantado) no le impresionaron. Me entregó un fajo de
billetes unidos por una goma ancha y nos despedimos con un apretón de manos.
Le dije lo que se dice siempre en estos casos, que encontraríamos
a su hija, amigo Leontieff, que no se preocupara. Conté el dinero:
mil pavos. Saqué la botella de Loch Lomond del archivador. La guardaba
en el cajón rotulado H-P, en la letra I. De «Imprescindible».
Solía serlo. Me eché un buen trago y fue como sacar la cabeza
de debajo del agua. Era lunes, las once de la mañana y no estaba sobrio
ni bien vestido, pero no me importaba que nadie lo supiera. Llevábamos
una temporada volando bajito. En aquella época aún compartía
oficina y secretaria con Dixie Dickens-Lozano: tres habitaciones en la planta
13 de las Torres Colón y una morena casi sin tetas que siempre estaba enderezándose
las costuras de las medias. Respondían a los nombres, respectivamente,
de: Dickens & Clot Ltd. Investigaciones y Suzanne Koebnick. En general, Dix
hacía adulterios y yo me encargaba de las desapariciones. Suzie-Kay preparaba
café, pasaba informes a máquina y de vez en cuando una escoba, y
atendía el teléfono y a las visitas. A veces nos relevaba en seguimientos
complicados, realizaba vigilancias y obtenía información utilizando
identidades ficticias. Frente a mi ventana se alzaba la siniestra pirámide
de Chopeitia Genomics, el edificio más alto de Europa y el mejor protegido
del hemisferio. Acodado en el alféizar, veía los veleros amarrados
en el puerto y el transbordador de bicicletas que unía Génova con
Goya. El Canal Castellana atravesaba la ciudad de norte a sur y ya se había
convertido en la principal vía de comunicación entre el centro y
el resto de la península. También era un lugar apropiado para depositar
a los sabihondos, los entrometidos, los deudores y los bocazas, todos con sus
correspondientes zapatos de cemento. La policía lo dragaba cada pocos meses,
lo que resolvía aproximadamente la mitad de los casos de desapariciones
que teníamos pendientes. Aguas arriba se encontraban los puertos deportivos
de los chalets de los Recintos; Aravaca, Pozuelo, Puerta de Hierro: viviendas
blindadas y jardines con estanque, como la de Cristina y el vil valenciano, donde
estaba mi hija. Hacia el sur la ciudad latía como una herida infectada.
Casi podía sentir la inflamación, la fiebre y el olor a pus, dulce
y deletéreo, brutal y embriagador como el de las orquídeas o el
de la carne que se descompone. Los días claros columbraba el muelle
de carga de Puerto Atocha, las esqueléticas grúas y la sombra de
la alambrada del primer Precinto, donde los adictos esperaban la muerte y trataban
de entrar en calor quemando neumáticos. Daban verdaderas ganas de
beber: no digo más. AQUEL AÑO HABÍA empezado
con prodigios que vaticinaban acontecimientos decisivos. En enero el agua del
Canal se tiñó de rojo, en la bóveda de San Francisco el Grande
se asentó un enjambre de abejas, Chopeitia Genomics patentó las
nuevas técnicas de modificación genética, hubo desbordamientos
que anegaron Legazpi y Vallecas, además de una disminución en el
número total de magistrados. Se registraron también prodigios abundantes,
pero inútiles: en febrero una mujer dio a luz un niño con uñas
de gavilán, aparecieron interferencias a la misma hora en todos los canales
de la tele y cayeron rayos de tiniebla sobre los catorce distritos de la ciudad.
Después, como siempre, no pasó nada extraordinario, pero a
mí me cambió la vida. En marzo, al principio de la primavera,
las chicas llevaban pantalones vaqueros muy anchos y muy cortos, por encima de
los tobillos, calcetines de colores brillantes (rojos y azules), a veces con estampados
(dibujos de Snoopy sobre fondo rosa o corazones rojos sobre blanco) y mocasines
con los que intentaban adquirir una apariencia navegable. Los jerseys todavía
se anudaban a la cintura o sobre los hombros y se veían algunos cinturones
decorados con motivos geométricos. La principal actividad a la que se entregaban,
a las siete y media de la tarde, cuando empezaba a soplar algo de viento, era
la de permanecer agavilladas, en grupos bastante ruidosos, apoyadas contra el
respaldo de los bancos. Gasté el día en pesquisas inútiles
recorriendo los circuitos, distribuí su foto entre crupieres y confidentes,
dejé recado en mis puntos fijos y al caer la tarde aparecí por el
María Auxiliadora Junior High, en la calle López de Hoyos, cuando
sonaba el timbre para salir de clase. Me puse a hacer preguntas. Lovaina no
debía de ser una chica muy popular, porque no me costó gran esfuerzo
localizar a sus únicas dos-mejores-amigas, Tiffany y Stephie, dos niñas
espigadas que se dirigían solas hacia la tapia de un descampado. Iban dando
tumbos, cabizbajas, y se tapaban las manos con los puños del jersey de
lana, como si tuvieran frío. Debían de ser adictas. Las dos-mejores-amigas
me abordaron. -Dame cinco pavos y te la meneo a través del bolsillo
-propuso Tiffany con una sonrisa que tal vez pretendiera ser lasciva. A mí
me daba lástima. -Enséñame los brazos. -Qué
mal rollo, tío. Paso. -Por diez yo te la chupo de rodillas -sugirió
Stephie, sacándome una lengua sucia y estropajosa. -Os doy veinte
a cada una si me contáis cosas de Lovaina Leontieff. Aquí se
volvieron recelosas y hurañas. No sabían nada de Lovy, hacía
más de seis meses que no aparecía por allí. No tenía
ningún novio. Sí, se picaba. Ellas no, qué va, nunca jamás,
me lo podían jurar, ellas sólo tomaban pastillas, inhalaban pegamento
y masticaban hongos azules en las fiestas, igual que todo el mundo, ¿no?
Ellas no hacían nada malo, lo juraban, lo tenían todo bajo control.
No sabían quién era el crupier de Lovy, pero sí que muchas
veces ella tenía que irse de repente, sin dar explicaciones, cogía
el metro o un electrobús, no sabían hacia dónde, siempre
iba sola. Eso era todo. Venga la pasta. Extendieron las manos. -A ver
esos brazos -reclamé. -Pasando -respondieron al unísono-. O
sea: pasando. Qué iba a hacer, les di el dinero y pedaleé de
vuelta a la oficina. En el vestíbulo, Suzie-Kay bebía de bruces
en alguna de sus arcanas fuentes de management, administración de empresas
o fusiones y adquisiciones. -¿Le tomo al dictado, señor Clot?
-parecía impaciente. -No, hija, déjalo. Otro rato. El hormiguero
artificial era el centro de gravedad del despacho de Dix, que estaba absorto frente
al espejo, con una corbata a rayas verdes y rojas. -Granaderos Reales.
-Mola. Como de costumbre, intercalaba interminables carraspeos en su conversación.
-¿Que mola? ¿Mola? ¿Eso es todo lo que se te ocurre? Hhhhmmmm.
¿Tú no te das cuenta de las implicaciones éticas, verdad?
Ejem, ejem. ¿Hasta qué punto es lícito llevar la corbata
de un regimiento al que no se ha pertenecido nunca? -Sólo en caso de
extrema necesidad, me refería. -¡Ahí te voy, Charles,
ahí te voy! A pesar de su altura, Dix era de una elegancia tan refinada
que solía pasar inadvertido. Tenía la sonrisa triste, nariz aquilina
y un flequillo que le tapaba los ojos. Algunas veces soplaba hacia arriba para
apartarlo y entonces miraba perplejo la realidad, de la que parecía haber
abdicado, como si ya sólo le interesaran tres o cuatro cosas contadas:
los buenos modales, la vida de las hormigas y el Glenlivet. Cuando se dejó
caer sobre el sillón temí que fuera a descuajeringarse. Sentado,
las rodillas le llegaban a la altura del pecho. -Mmmmhhh..., ejem, ejem...
Carlos, uuuhm..., perdona, pero..., ¡ese cinturón! -¿Qué
cinturón? -dirigí la vista hacia mi abultada barriga-. Lo siento,
Dix. Comprobé las llamadas, me terminé el Loch Lomond y cogí
el Fedora del perchero. Llevaba el traje azul mil rayas de poliéster,
camisa verde de manga corta, corbata color yema de huevo y zapatos marrones de
rejilla, pero con suela de goma, lo mejor para recorrer largas distancias. En
la chaqueta tenía un par de lamparones y el acrílico de la corbata
brillaba como el barniz de esas láminas de calendario enmarcadas.
Era verdad: otra vez me había olvidado de ponerme el cinturón.
En realidad, a mí me daba lo mismo. Lo hacía por Dix. Era mi amigo.
Al menos mi Fedora todavía era un sombrero potable. En las aceras,
las escolares se tocaban unas a otras. Estas se cogían de las manos; aquellas
se quitaban la mochila igual que los tirantes del sujetador; la mayoría
llevaba carpetas apretadas contra el pecho y todas parecían nerviosas,
como los pájaros que echan a volar cuando se hace de noche. Mi hija
tenía su edad. Pensé que iba siendo hora de volver a casa.
|