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El vuelo del Hipogrifo

ELIA BARCELÓ

448 págs.

ISBN 84-89618-87-9

19,50 €

El vuelo del Hipogrifo(00067)
    

1. El grabado italiano

Era un grabado del XVII, el seicento, como decía Marianna, uno de aquellos minuciosos trabajos en que un arco de triunfo romano aparecía en blanco y negro, con todos los detalles amorosamente dibujados, medallones, cenefas, guirnaldas, perfiles, inscripciones. Los dos grupos de pastores que aparecían a izquierda y derecha del monumento meros comparsas junto al motivo central: el arco, destacándose nítido contra un cielo en el que algunas nubes enfatizaban la perfección que se imaginaba azul, de un azul romano, tras de las lanzas oscuras de los cipreses.

Pero lo que destacaba en la imagen, por lo demás anodina y similar a cientos de grabados que había visto en su vida en láminas de libros o en tiendas de anticuarios, era la impresión que producía, causada tal vez por el ángulo que había escogido el dibujante. Al mirar el grabado, tan firmes sus líneas arquitectónicas, tan sólido el monumento, tan circunstanciales y efímeros los personajes, lo que destacaba realmente era el vano, la luz del arco, el fragmento de aire, de vacío, de posibilidades que quedaba entre la solidez afiligranada de los dos fustes de apoyo. Lo que saltaba de inmediato a la vista era que aquel arco era un pasaje, un camino de este lado al otro lado, un umbral.

«Italiano. Seicento-settecento. Escuela de Roma. Hay miles así», había dicho Marianna por encima de su hombro, desentendiéndose de inmediato para dedicarse al resto de tesoros que presumiblemente aguardaban en esa y en el resto de las habitaciones de la casa y que aún tenía que revisar. Los documentos no eran su especialidad y por eso la había llamado a ella, que en rigor no era especialista en nada, pero amaba los viejos libros y los papeles antiguos, con la esperanza de que algo de lo contenido en aquella caja de cartón pudiera servirle para algún proyecto de investigación subvencionable, uno de aquellos proyectos que le habían dado de comer en los últimos quince años.

Con un poco de suerte podía haber un diario editable, una colección de cartas interesantes -al fin y al cabo el propietario de la casa había sido un eminente filólogo hispano-italiano que acababa de morir a los noventa y tres años-, algún manuscrito secreto. Pedir por pedir, algo fuera de lo común, poemas eróticos, cuentos infantiles, la confesión de un crimen, quizá.

Novelerías. Bobadas. ¿Cómo iba a quedar nada de interés en una caja que representaba el último resto de un legado que había enriquecido a dos bibliotecas y varios parientes a partes desiguales? Lo que quedaba allí era, obviamente, lo que nadie había querido, lo que no podía tener más valor que el sentimental, si alguien sentía algo por aquellos papeles dispares, amarillos de puro viejos, listas de nombres y lugares que en otro tiempo debieron de significar algo y que ahora, así, sueltos, aislados, fuera de contexto, no eran más que basura.

En la base, lo único que valía algo era aquel grabado. Y eso sólo por la impresión, profundamente personal y subjetiva, que producía en ella. Esa apertura, esa certidumbre de estar ante un pasaje, una respuesta, una solución. Pero respuesta ¿a qué pregunta?, solución ¿a qué acertijo?

Le dio la vuelta al grabado buscando quizá eso, la pregunta, el enigma previsto por el dibujante. Abajo, a la izquierda, escrito a lápiz duro en una caligrafía como de patas de araña, constaba el nombre de la obra: Questa è la Prima Porta, sin fecha, sin indicación de lugar.

-¡Marianna!

-¿Quéee? -la voz de Marianna le llegó desde el fondo de la casa.

Se levantó y, con el grabado en las manos, recorrió el largo pasillo en penumbra flanqueado por altísimas estanterías desnudas como esqueletos, ya que todos los libros habían sido enviados a sus destinos finales: la Biblioteca Nazionale, la Biblioteca Universitaria de La Sapienza o las bibliotecas privadas de dos sobrinos nietos del erudito.

Marianna estaba sentada a una mesa, con un reloj que representaba un coche de caballos conducido por un fauno; tomaba notas en su cuaderno y la luz que entraba por las dos altas ventanas nimbaba su melena rubia con un halo dorado, a lo Boticelli.

-¿Hay en Roma una Prima Porta?

Marianna levantó la cabeza.

-Hay un montón de puertas. A ver... Porta Pia... no, espera, ya sé. Prima Porta es un pueblecito de las afueras. O un cementerio. Hay un cementerio que se llama Prima Porta.

Le enseñó de nuevo el grabado:

-Mira, aquí pone que esto es Prima Porta.

-Pues no es verdad.

-Vaya.

-¿Qué? ¿No hay suerte?

-Hasta ahora no. Pero aún no lo he mirado todo. ¿Y tú?

-Yo no necesito suerte. Necesito paciencia.

Las dos se rieron y ella volvió a su caja de papeles sintiendo cómo la pequeña esperanza que le había hecho sentir la llamada de Marianna se iba disipando como la niebla bajo el sol. La había llamado casi a las doce de la noche y el timbrazo del teléfono la había hecho saltar de la cama como un muelle con esa opresión repentina de lo inesperado, de lo tal vez ominoso, porque a esas horas sólo se reciben malas noticias. Sin saber bien por qué, se empeñó en llegar al aparato antes de que se pusiera en marcha el contestador automático, y lo consiguió apenas, tropezando con el pico de la horrible cómoda que algún compañero de piso de quien no se acordaba más que nebulosamente se había dejado en la casa común cuando su camino profesional lo elevó un grado sobre los colegas que, ya mediada la treintena, tenían que seguir compartiendo aquella casa antigua y destartalada porque sus desiguales ingresos no les permitían lo que él iba a poder tener desde ahora: un pequeño apartamento moderno en un edificio de reciente construcción.

Sin garantías, había dicho Marianna. Si quieres venirte a echarles una mirada, los papeles que haya son tuyos, pero que conste que no tengo ni idea de si hay algo que merezca la pena.

Había murmurado algo de llamarla al día siguiente, se había vuelto a la cama y se habría olvidado de todo de no ser porque, justo antes de que la despertaran los timbrazos del teléfono, había soñado algo tan vívido y curioso que la había llevado a hacer la maleta nada más abrir los ojos por la mañana. En su sueño ella iba en un tren con su abuelo y, aunque sabía perfectamente que estaba muerto, de algún modo era muy natural irse juntos de vacaciones a Roma. El abuelo Manuel estaba de buen humor, como casi siempre, pero esta vez parecía especialmente contento, como si hubiera conseguido por fin algo mucho tiempo deseado. Entraba el sol por las ventanillas y las fachadas ocres y rosadas de las casas de campo brillaban como recién lavadas. Se sentía bien, descansada, alegre, feliz de poder estar de nuevo con el abuelo después de tantos años. Se veía el mar por todas partes, como si el tren corriera por un puente en dirección a una isla, como si estuvieran llegando a Venecia. Entonces él le hacía señas desde la puerta del vagón, ella se acercaba y, detrás de la puerta había una habitación: el salón de una casa señorial que ella, en el sueño, reconocía. Él se quedaba en el umbral y, con una sonrisa, la animaba a avanzar por la casa y a abrir las puertas que daban a otros cuartos igual de hermosos que el primero y que ella iba reconociendo con un escalofrío de alegría, como si hubiera conseguido recuperar algo perdido desde su infancia.

Sin garantías, decía la voz de Marianna. Si quieres venir, lo que haya es tuyo, pero sin garantías. Y el abuelo sonreía y la animaba en silencio con el gesto de la mano, como cuando de pequeña dudaba sobre si tirarse del tobogán más alto del parque. Si quieres venir...

Y ella había ido, claro. Era una locura gastarse lo que costaba el billete de tren para echar una mirada a aquellos papeles, pero había ido. El abuelo se lo había aconsejado en su sueño.

En el peor de los casos, eran unos cuantos días en Roma, viviendo en el piso de Pia y de Marianna, bañándose en la luz dorada de la ciudad eterna, llenándose los ojos con los ocres de sus fachadas decrépitas. Y podía haber algo. Le hacía una falta enorme que lo hubiera, porque se le estaba acabando la financiación del último proyecto y no había nada en perspectiva. Por no haber, ni siquiera había nadie a quien recurrir si todo fallaba. Sus padres habían muerto hacía años en un accidente de tráfico, su único hermano, medio hermano realmente, estaba casado con una niña bien de la mejor sociedad vienesa y desde hacía un tiempo parecía empeñado en hacer carrera en la política local, Alec había desaparecido de su vida igual que había llegado, de un día para otro, sin explicaciones, sin peleas. Una mañana se había levantado para ir a la biblioteca y de su repisa del baño había desaparecido la mitad derecha: sólo quedaba una superficie blanca y lisa, increíblemente larga, donde hasta ese momento habían estado sus cosas de afeitar, su colonia y su hilo dental. Pegado a la puerta de la nevera, un papel amarillo informaba sucintamente: «Lo siento. Esta no es la vida que yo quería. Ya te llamaré». De eso hacía catorce meses y en ese tiempo sólo había recibido una postal de Buenos Aires: «Estaba seguro de que la vida podía ser así». Veinte años dedicada a la literatura y nunca había leído nada más cruel.

Desde entonces, nada: proyectos que no acababan de cuajar, promesas inconcretas, hombres que se esfumaban antes de llegar a ser una posibilidad.

Cuando oyó el carraspeo de Marianna, se sorprendió a sí misma agarrada al visillo polvoriento de una de las ventanas, mirando sin ver las imponentes frondas de Villa Albani.

-¿Pensativa?

-Teniendo un ataque de autocompasión.

-¿Lo de siempre? ¿Casi cuarenta años y sin novio, ni perrito que te ladre?

Se debatió un instante entre la risa y la rabia y se decidió por la risa:

-Algo así.

Estuvo a punto de decirle que para ella las cosas eran muy fáciles: tenía un trabajo fijo que le gustaba en uno de los antiquariati más importantes de Roma, dinero seguro a fin de mes, un piso coqueto y soleado en la Via Giulia, alguien que la quería y la esperaba para cenar.

-Si te decidieras por las mujeres, se te acabarían las penas.

Sacudió la melena y volvió a la caja. No tenía sentido contestarle a Marianna, no quería empezar otra vez con el eterno tema que habían discutido hasta la saciedad, incluso desde antes de que conociera a Pia.

-¿No te das cuenta de que hay muchas más mujeres atractivas que hombres? Y no me refiero sólo al exterior. ¿No podrías tú nombrar, así, sin pensarlo, muchas más mujeres que valen la pena que hombres? Mujeres valientes, decididas, trabajadoras, cariñosas, guapas. Y tú, como una imbécil, esperando al príncipe azul. ¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta de que no hay más que batracios? Batracios auténticos, ranas de la más pura estirpe, que no van a transformarse en nada mejor cuando las besas. ¿No estás ya hasta las narices de acostarte con ranas?

-Déjalo, Marianna, por el amor de Dios.

El tono debió de expresar claramente su angustia porque Marianna se encogió de hombros:

-Vamos a dejarlo por hoy. Como han cortado la luz, ahora mismo no se verá ni torta, así que no hay nada que hacer. Mañana más. Ahora nos vamos aquí al lado, te invito a un campari, nos vamos a casa, dejamos tus trastos, nos acicalamos y te llevo a cenar a La pace. Hoy Pia tiene una reunión.

Ella levantó los ojos de los papeles con una chispa de diversión.

-Te juro que va sin segundas. Tú sabes lo que yo quiero a Pia, pero no soporto verte poner esa cara de mochuelo. ¡Anda, recoge!

Sabía que era estúpido, pero metió el grabado y los papeles que lo acompañaban en una carpeta amarilla y los guardó en su mochila para leerlos por la noche en la cama, aunque, bien mirado, no hubiera mucho que leer. La caja podía quedarse donde estaba hasta la mañana siguiente. No se la iban a robar.

Con ternura y agradecimiento miró a Marianna, que se estaba poniendo la chaqueta y acababa de sacar un cepillo para alisarse la melena rubia. Era una buena amiga. De hecho, era la única amiga que tenía. Ella la descubrió mirándola, le sonrió y le lanzó el cepillo de pelo:

-Píntate un poco los labios, mujer. Pareces el fantasma del castillo.

-No me he traído pinturas.

Marianna se acercó sobre sus altos tacones que hacían ecos misteriosos en la casa vacía y ya en penumbra, la tomó por los hombros y la besó en los labios cerrados, fuertemente:

-Me sobraba un poco, tesoro. Ahora estamos bien las dos -se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de entrada. Ella la siguió, cargando la mochila con la cabeza baja.

Marianna cerró con doble vuelta de llave la enorme puerta de madera noble y rejilla dorada y empezó a bajar las escaleras de mármol en silencio, balanceando el maletín de piel. Ella echó a andar detrás, obedientemente, sintiéndose, como de costumbre, un poco halagada y un poco fuera de lugar, torpe, inadecuada, con sus vaqueros y sus casi cuarenta años a cuestas, un peso más evidente que el de la mochila. No se habría cambiado por Marianna, pero a veces, demasiadas veces, le gustaría tener algo de lo que a ella le sobraba: esa seguridad, esa arrogancia, esa belleza altanera tan italiana que se expresaba en su perfume, en su forma de sujetar el bolso, de ajustarse una media, de quitarse los pendientes de clip para contestar el teléfono, esa femineidad desbordante que, sin embargo, se guardaba para otra mujer.

En la calle le sorprendió la luz, un sol de poniente que hacía mucho tiempo que había huido del piso del erudito y que ahora se derramaba como miel sobre la ciudad iluminando los tejados rojizos, las copas de los árboles, las cornisas decoradas de los palacetes de aquella zona de ricos del siglo XIX. Casi en la puerta del jardín una pareja muy joven se besaba apasionadamente sobre un motorino, apenas capaz de sostener los dos cuerpos adolescentes en un precario equilibrio que, sin embargo, no se rompía. Los dos llevaban el casco colgado del brazo y parecían encerrados en una burbuja de pasión en medio de la calma de los coches aparcados sobre la acera. Katia sintió una punzada de envidia que le preocupó, sobre todo, por la frecuencia con la que empezaba a presentarse. Ella también había tenido momentos como esos, muchos momentos de entrega, de magia, de amor absoluto en plena calle, ausente y olvidada de todo lo que no fueran los brazos del otro, su boca caliente, su respiración. Pero hacía mucho tiempo, demasiado tiempo que nadie la abrazaba con esa locura, con esa imperiosa necesidad de tenerla, de saborearla.

Marianna la esperaba con la portezuela abierta y una sonrisa cruel en los labios, o al menos eso le pareció a ella. En ese momento, un hombre joven, con americana y gabardina, cruzó de acera dirigiéndose hacia ellas:

-Perdonen, ¿podrían decirme si don José María Valcárcel, el difunto profesor Valcárcel, vivía por aquí? Llevo un rato buscando, pero es difícil en este barrio, la numeración no es sucesiva -hablaba buen italiano pero con algún tipo de acento latino, español o griego probablemente.

Marianna contestó enseguida:

-Aquí, en la puerta trece, el palacete desconchado que hace esquina, pero no hay nadie en casa.

-Sí, claro, lo suponía. ¿Y no sabrían ustedes si hay alguien que tenga la custodia de sus papeles?

Katia estuvo a punto de decir algo pero Marianna le puso la mano en el brazo y ella siguió en silencio:

-Todos sus papeles, correspondencia, notas, artículos inéditos y demás, son propiedad de sus herederos. Son ellos los que tienen que decidir si los confían a una biblioteca, a una universidad o a algún investigador en particular. Nosotros sólo nos ocupamos del legado con valor artístico: relojes, espejos, algún mueble, ya sabe.

-¿Cuadros también?

Katia sintió que en aquella inocente pregunta había algo que no era capaz de precisar. -El profesor Valcárcel tenía muy pocos cuadros y los pocos que tenía debían de poseer un simple valor sentimental. No son gran cosa, la verdad, pero si le interesan, puede pasarse por el Antiquariato, los tenemos allí.

Él sonrió, haciendo un gesto con la mano, como para quitarle importancia al asunto: -No, no. Yo soy filólogo. A mí lo que me interesaría son los papeles inéditos del profesor. Pensando en una edición crítica, ¿comprenden?

Las dos asintieron con la cabeza, Katia divertida en su interior de que el hombre hubiera resultado un colega, otro pobre desgraciado alimentándose de las migajas de la erudición ajena.

-¿Sabrían decirme cómo puedo ponerme en contacto con sus herederos? Trabajo en la Universidad de Palencia y, la verdad, no tengo mucho tiempo.

Marianna hizo un vago ademán hacia su bolso, luego metió la mano en el bolsillo de la americana y sacó una tarjeta de fino borde dorado:

-Llame mañana al Antiquariato, ellos le darán la dirección de los dos sobrinos del profesor.

Él, mientras tanto, había sacado otra tarjeta y, apoyado en el techo del coche, estaba garabateando algo:

-Esta es mi dirección en Roma. Si pudiera usted darme la información que fuera, le quedaría muy agradecido, señorita Grimaldi.

-Veré lo que puedo hacer.

Se estrecharon las manos y las dos mujeres se metieron en el coche. Al pasar por la perpendicular, para enfilar Via Nizza vieron al hombre parado frente al palacete con las manos hundidas en los bolsillos, la cabeza echada hacia atrás y la vista perdida en los pisos superiores. Frente a la puerta del jardín, la pareja adolescente seguía besándose. -Otro buitre -murmuró Marianna, al pasar.

Katia se encogió de hombros:

-¿Qué se le va a hacer? Cada uno sobrevive como puede.

-Pero no me negarás que somos todos unos carroñeros.

-Psé. ¿Cómo se llama el tipo?

Marianna sacó la tarjeta del bolsillo y se la tendió. Katia leyó en voz alta:

-Fernando Cabrera. Adjunto del departamento de crítica literaria.

-¿Y la dirección? -preguntó Marianna, atenta a cambiar de carril frente al Muro Torto.

-Hostal Le Fontane, Via Cavour.

-Un tacaño.

-¿Por qué?

-Porque está claro que es una fonda de mala muerte; hay muchas por esa zona. No me dirás que te gusta ese tío.

Katia suspiró:

-No. No me gusta especialmente. Creo que es un maldito reflejo. ¿Estará casado?

Las dos soltaron la carcajada mientras los coches de detrás empezaron a hacer sonar el cláxon furiosamente porque el semáforo acababa de ponerse verde.

La luz de poniente entraba en el salón filtrada por los cortinajes de color índigo, espesos y teatrales, creando un ambiente de cueva submarina decorada al estilo de las mil y una noches por un interiorista posmoderno. Pierluigi Bellochi, «Il divino», se acariciaba la perilla blanca cuidadosamente recortada que dulcificaba la expresión de sus labios demasiado finos y severos, mientras miraba sin ver las cartas extendidas sobre el velador concentrándose en el ligero perfume que flotaba en el ambiente, mezcla de sándalo y jazmín con un toque de incienso, que solía impresionar muy favorablemente a las visitas porque de modo subconsciente se asociaba con lo misterioso y lo secreto, los dos elementos que más convenían a su negocio y que él trataba de utilizar ahora como estímulo mental.

Llevaba un buen rato sumido en sus pensamientos porque en los días pasados había sentido con absoluta certidumbre que había sucedido algo en la ciudad que podía ser de importancia, pero ni la observación de los posos del té, ni la concentración en la bola de cristal, ni siquiera la lectura del Tarot habían conseguido proporcionarle la información que deseaba y eso era algo a lo que no estaba acostumbrado. Siempre había una respuesta y para alguien con su experiencia de lo arcano esa respuesta siempre estaba a su alcance. El problema, el verdadero problema, residía en que sólo era posible obtener una respuesta a una pregunta concreta, y cuanto más concreta fuera la pregunta, más reveladora sería la respuesta; por tanto, encontrándose, como ahora, en la situación en que no sabía qué preguntar, porque el consultante era él mismo con una simple intuición de partida, la respuesta aparecía difusa, borrosa, como un negativo varias veces sobreimpresionado. Podían distinguirse algunos perfiles pero ninguna imagen comprensible. Sabía que en alguna parte se había abierto un pasaje, pero no podía ni tan sólo conjeturar dónde, ni en qué dirección, ni quién lo custodiaba. Y eso era molesto, irritante, ofensivo.

Sonaron unos golpecitos discretos en la puerta que comunicaba con la recepción y el «divino» cerró los ojos unos segundos, volvió a abrirlos, esta vez perfectamente enfocados y al acecho, y contestó con voz sonora, bien modulada:

-Adelante, sé bienvenida -mientras con movimientos fluídos y elegantes recogía los arcanos después de echarles una última mirada, y los envolvía en el pañuelo de seda azul.

Un ligero carraspeo lo hizo volverse en dirección a la puerta. En lugar de la Onorevole Cinzia Legnano, Roxanna, su secretaria, esperaba con las manos cruzadas sobre la falda de hilo color marfil a que el «divino» le dedicara su atención:

-La Onorevole Legnano lamenta no poder acudir a la cita de hoy y le ruega que la reciba mañana a la misma hora, si le es posible.

-¿Estoy libre?

-Sí, Eccelenza.

«Il divino» se pasó una mano larga y fina por la frente:

-Entonces de acuerdo. Pero ruéguele que no vuelva a cambiar de planes; llevo una hora preparándome mentalmente para entrar en sincronía con su situación.

-Se lo recordaré.

-Bien, Roxanna, puede marcharse. No la necesitaré más por hoy.

La muchacha, con la suavidad de muchos años de práctica, abandonó silenciosamente el salón, tras una pequeña inclinación de cabeza. Él esperó en silencio, con las manos cruzadas sobre el regazo, hasta que oyó el ruido de la puerta exterior al cerrarse. Luego sonrió, una sonrisa fugaz que controló enseguida, se puso en pie, extendió los brazos por encima de la cabeza y empezó a desabotonarse la larga túnica blanca y dorada que le daba un aire de jeque árabe en el exilio o de monje de lujo, según la posición corporal que adoptara, pasó a la habitación contigua por una puerta disimulada por el entelado de la pared y, una vez dentro, se quitó la túnica, la dejó tirada sobre el respaldo de un sillón y se sirvió un whisky sin agua y sin hielo, el primero del día.

Debajo de las ropas de trabajo llevaba unas mallas negras de bailarín que hacían resaltar su cuerpo aún fuerte y en forma. Nunca le había gustado la imagen clásica del santón gordo, de panza prominente, que tan de moda estaba en los programas de televisión y, al correr de los años, sus gustos le habían dado la razón traducidos en el número y el nivel social de sus clientes. Él no necesitaba anunciarse en las revistas del corazón, ni acudir a entrevistas de Canale Cinque, ni pagar dos minutos de spot publicitario en una cadena local; a los cincuenta y tres años podía permitirse el lujo de elegir su clientela, de hacer esperar semanas a los políticos más relevantes y a las más cotizadas estrellas del mundo del espectáculo y sólo de vez en cuando concedía audiencias con menos de una semana de aviso.

Él era un adivino serio, un profesional del futuro, de los futuros individuales, un explorador del gigantesco mosaico formado por las vidas entrecruzadas de cientos, de miles de individuos que se interconectaban y se interinfluían constantemente creando ondas y más ondas en el estanque de la existencia. Una profesión difícil, que no se podía estudiar en ninguna institución, para la que había que tener unas condiciones especiales de partida y una voluntad de hierro para pulirlas y afinarlas como si de un instrumento proteico se tratara, para poder sacar los matices a todas las vibraciones que le llegaban procedentes de mil lugares: de la angustia de sus clientes, de su entorno, de sí mismo.

Dio un largo trago y salió a la terraza llena de adelfas floridas, de mimosas a punto de florecer y de rosales que despuntaban. El barrio de Parioli se extendía a sus pies envuelto en una niebla de luz rosada que desdibujaba los contornos y prestaba a los cipreses una elegancia ingrávida, como si en lugar de estar plantados en jardines de tierra flotaran a unos centímetros del suelo, en un paisaje soñado. Al fondo, a su izquierda, la cúpula de San Pedro era un espejismo sombrío que pronto ocultaría el disco del sol que se marchaba.

Inspiró profundamente el aroma de los jardines de su alrededor mezclado con el aliento pungente de la ciudad, los escapes de cientos de miles de coches que apenas si se oían desde su terraza, los hornos de la legión de pizzerie y tavole calde, la sutil miasma de sudores, digestiones pesadas y café negro de varios millones de conciudadanos de a pie y sonrió de nuevo, sintiéndose a salvo de la vulgaridad, a salvo en su torre en el corazón del mundo.

En sus sueños se veía como Gandalf el Gris, el gran mago de Tierra Media, a punto de dar el salto que lo convertiría en algo más que humano, Gandalf el Blanco, el supremo. Pero para ello tendría que penetrar el secreto que sentía al alcance de su alma, tendría que interpretar las señales que desde hacía unos días se habían disparado como luces de alarma a todo su alrededor sin ofrecerle más que una pequeña indicación de su procedencia. Sólo conocía realmente su alcance, su intensidad, y eso era algo que tensaba sus nervios hasta lo insoportable porque si fracasaba ahora, si se cerraba el pasaje, quizá no volviera a presentarse otra ocasión en su vida. Había tenido que actuar casi a ciegas, guiado simplemente por su instinto y eso no le gustaba. El instinto era el comienzo pero no lo era todo, era sólo un punto de partida.

Detrás de él, en su despacho privado, sonó el teléfono, el número que no conocían más que tres personas en todo el mundo y estuvo a punto de derramar el último sorbo en su prisa por acudir a contestar, de modo que se controló, inspiró hondo, dejó que sonara dos veces más y levantó la antena:

-Pronto.

-Tengo lo que me mandó a buscar, Eccelenza.

-Magnífico. Envuélvelo en papel de regalo, ponle un lazo llamativo y envíamelo cuanto antes por mensajero.

-¿Entrega en mano?

-Que se lo entregue al portero; él me lo subirá.

-Entendido. ¿Algo más?

-De momento, no. Llámame mañana a través de Roxanna con el nombre de siempre.

-Buenas noches, Eccelenza.

Colgó, cerró los ojos unos instantes y se permitió una sonrisa de triunfo de casi un minuto de duración, luego se puso el chándal, cogió la bolsa y se marchó al club a nadar sus cuarenta minutos diarios. Cuando volviera, habría algo interesante esperándolo.

Como queda perfectamente expresado en la lengua alemana, aunque la mayor parte de hablantes nativos no sean conscientes de ello, el mundo de las cosas, y la realidad no son idénticos: el término 'Realität' se deriva del latino 'res' y se refiere a las cosas mientras que 'Wirklichkeit' procede de 'wirken', 'actuar sobre, tener efecto'. «El sentido común nos dice que las cosas de la tierra tienen bien poca existencia y que la verdadera realidad sólo se encuentra en los sueños», Baudelaire, dedicatoria a Les paradis artificiels.

El artista que se decide por la Realität acepta la existencia de esa realidad y la usa como modelo tratando de reproducirla en su obra del modo más preciso que su técnica le permite; el que, por el contrario, se decide por la Wirklichkeit, utiliza el mundo como materia prima, como cantera de la que extraer materiales que le sirvan para crear una imagen real de una realidad que va más allá de la mera copia y que tiende a expresar tanto el mundo de fuera del artista como el de dentro.

¿Es más realista describir el fracaso vital de un minero o el dolor de un fantasma ante su imposibilidad de comunicarse con sus seres queridos?

¿Existe el amor o imaginamos su existencia a través de la acción que produce en nosotros?

¿Es ésta que nos rodea la única realidad o bien la única a la que tenemos acceso?

¿Es generada la realidad por un consenso de opinión entre los que la comparten?

¿Está dotado el ser humano de fantasía para permitirle el acceso a otros niveles de realidad? ¿Realidad o autoengaño? ¿Sein o Schein?

El profesor Duroselle pasaba las fichas distraídamente, leyendo una de aquí y una de allá, cartoncitos de los de antes, rayados, de distintos colores, mientras trataba de decidir cómo abordar el asunto y a quién llamar. Aunque en esos momentos tenía otros problemas en la cabeza, llevaba una vida dedicado a las cuestiones que aparecían en los cientos de fichas que llenaban la estantería de detrás de su escritorio y, si en su juventud, ya lejana, había creído entrever una salida, una posible explicación asombrosamente simple que solucionaría, de una vez por todas, las preguntas que lo acosaban, con el tiempo y la experiencia había acabado aceptando que la complejidad del asunto era demasiado grande para que ni él ni cualquier otro ser humano pudiera encontrar una respuesta universalmente válida. Cuando, ya cerca de los cincuenta, sus tesis fueron haciéndose más comedidas, más humildes, cuando su prosa fue perdiendo la agresividad sesentayochista que lo había llevado a gritar sobre el papel el triunfo de la fantasía y la imaginación por encima de cualquier otra realidad, cuando acabó por acomodarse al hecho de que la realidad era no más, pero sobre todo, no menos que lo que lo rodeaba día a día, cuando dejó de esperar que en el momento más inesperado y sin previo aviso se produjera el vislumbre intersticial, el pasaje entre esta y la otra realidad en cuya existencia siempre había creído, recibió una absurda llamada telefónica que cambió su vida.

Era primavera, todos los castaños de París se habían llenado de flores blancas y rosadas, piramidales, como velas en árboles de Navidad; las muchachas andaban de manga corta y acudían a sus clases sin medias dejando ver esa piel lechosa e invernal que en pocas semanas de paseos junto al Sena se pondría dorada; los colegas se reunían al atardecer en los bistrots que ya habían retirado los plásticos que en invierno representaban un parco abrigo frente a la persistente lluvia parisina, los pequeños anticuarios del Marais sacaban a la calle tesoros de dudoso origen para atraer a los turistas, y todo el aire olía a resurrección después del largo invierno. Llevaba ya un año separado de Sandrine, había empezado a aceptar que la vida tenía un sentido sin ella, aunque fuera pequeño y sin mayúsculas, estaba decidido a dedicarse más a sus clases y menos a la investigación científica, acababa de pasar por una agencia de viajes y había llegado a casa con un montón de folletos a todo color cantando las alabanzas de lugares a los que jamás se le había pasado por la cabeza viajar, ya que las vacaciones siempre habían estado dedicadas al trabajo de archivo; incluso, en un impulso repentino, había quedado citado para cenar con una joven colega, quince años más joven, de hecho, cosa que le daba una agradable sensación de haber recuperado su virilidad, aunque le asustaba bastante.

Había llegado a casa silbando una canción que había oído mientras estaba en la agencia, había dejado todos los folletos sobre la mesa de café y, en contra de sus costumbres, se había servido un coñac aunque aún no eran las siete de la tarde. En el momento en que se acomodaba en su sillón favorito, junto al mirador, sonó el teléfono, un aparato de los de antes: negro, brillante, con una estridente campanilla que siempre lo hacía saltar y le daba dentera. Por un instante pensó en no contestar, luego se le ocurrió que podía ser la colega para decirle que había surgido algo imprevisto y tendrían que posponer la cena y precisamente por eso se levantó del sillón y lo cogió. Habría sido un alivio.

La voz al otro lado del hilo sonaba lejana, como si lo estuvieran llamando de otro planeta, con un desagradable ruido de fritura:

-Profesor Duroselle -había dicho la voz-, ¿sigue usted pensando que hay otras realidades contiguas a la que nos rodea?

La pregunta era tan absurda que la respuesta fue automática:

-Por supuesto.

-Tengo el placer de informarle de que ha sido usted elegido para formar parte del Club de los Trece.

Estuvo a punto de tener un ataque de risa. Aquello sonaba como una novela juvenil: Los cinco se separan, La momia y los siete secretos, Tres tontos en apuros. No le dio tiempo a reírse. La voz le estaba dando una dirección en la Isla de San Luis, una hora, una contraseña.

-Venga usted solo. No lo comente con nadie. No se arrepentirá, profesor. Esto es lo que ha estado buscando toda su vida.

Sintió cómo se le ponía todo el vello de punta como si una mano gigantesca lo hubiera frotado de pies a cabeza.

-No faltaré. Había llamado inmediatamente a la muchacha, antes de darse tiempo a pensarlo. Podía tratarse de una broma de mal gusto pero no podía dejar pasar esa oportunidad. ¿Cuántas veces en la vida se siente uno tocado por el Misterio? No le molestó que lo llamase viejo egoísta. Faltaba menos de una hora para la cita y no sabía con quién iba a encontrarse ni para qué. Pero la voz había hablado de otras realidades y de un pasaje. Tenía que ir.

Y ahora era primavera de nuevo, tenía casi sesenta años, era presidente del Club de los Trece, que mientras tanto contaba sólo ocho miembros y habían empezado a surgir problemas porque uno de ellos había cometido una estupidez.

Cogió el teléfono, ahora pequeño, moderno y vibrátil -por lo menos se había librado de los timbrazos y de los pitidos que siguieron a los timbrazos- y, dándose golpecitos con el índice en los labios cerrados, esperó que contestara un cierto número de Milán. En Roma, desde hacía unos días, el puesto estaba vacío.

Hacía un tiempo repugnante: un aguanieve casi líquida que, impelida por un viento cortante, se colaba por el cuello de los anoraks y golpeaba con fuerza las perneras de los pantalones mientras iba pegando el pelo al cráneo como una gomina helada. Habían tenido un tiempo glorioso durante todo el mes de febrero pero ahora el invierno había vuelto sin previo aviso y parecía dispuesto a vengarse de la estupidez de humanos y vegetales que habían creído por unas semanas que se iban a salvar de lo peor.

Wolf Altmann y Gabi Mayr dieron un suspiro de alivio al atravesar la primera puerta de la Universidad Vieja y verse en el vestíbulo, rodeados de placas y bustos de hombres eminentes, porque aunque la temperatura no era mucho más alta que en el exterior, por lo menos el viento había cesado. Atravesaron rápidamente la siguiente barrera: unas puertas automáticas de cristal, y fueron saludados por una vaharada de olor a cocina procedente de la Mensa estudiantil, situada en los sótanos del edificio. La garita encristalada del portero estaba vacía, así que se limitaron a subir por la gran escalera de mármol hasta la planta noble, donde los pasillos eran más anchos que la sala de estar de cualquier familia media, y, una vez allí, buscar leyendo las placas de las puertas hasta encontrar el Decanato de la Facultad de Letras. Tocaron el timbre y esperaron a que se liberara el cerrojo de la puerta.

Los recibió una señora de mediana edad con una sonrisa que debía de estar acostumbrada a usar como efectiva barrera contra cualquier tipo de intromisiones.

-Altmann y Mayr, Kripo Innsbruck. Tenemos una cita a las diez con el señor decano.

La secretaria del decano abrió la boca, volvió a cerrarla, se dio la vuelta y apretó una tecla en el interfono.

-Tengan la bondad de esperar un momento. El señor decano está reunido.

Gabi y Wolf cambiaron una mirada y empezaron a quitarse los anoraks mojados buscando dónde colgarlos, hasta que una secretaria joven y con cara de boba, siguiendo la orden muda de su jefa, se los quitó de las manos y los colgó en el perchero del personal. Pasaron cinco minutos en silencio, viendo cómo las tres mujeres contestaban teléfonos, tecleaban en sus ordenadores y les lanzaban miradas curiosas, desviando los ojos inmediatamente cuando se veían sorprendidas. Por fin se abrió la puerta del despacho y cuatro hombres encorbatados, todos de mediana edad, salieron con cara de pocos amigos y se marcharon sin despedirse de nadie.

En el umbral, un hombre trajeado, con cara de cansancio, escuchaba las explicaciones susurradas de la secretaria jefe. Enseguida avanzó hacia ellos tendiéndoles la mano y ofreciéndoles una de esas sonrisas forzadas que indicaban a las claras que estaba haciendo de tripas corazón:

-Perdonen el retraso, señores. Acabamos de tener una de esas sesiones... mm... difíciles.

Pasaron al despacho del decano donde otro hombre, que había estado sentado en el sofá junto a la ventana, se ponía en pie apresuradamente.

-Me he tomado la libertad de pedirle al director del Departamento en cuestión que esté presente. Espero que no les moleste. Permítanme presentarles al profesor Mötz.

El profesor Mötz, un hombre de unos cincuenta años, grande pero un poco fofo, parecía un niño envejecido con sus mejillas rosadas y el pelo peinado con una especie de flequillo. Era evidente que estaba asustado.

-Bueno -dijo Altmann, instalándose en el sillón que acababa de ofrecerle el decano con un gesto-, pues ustedes dirán.

-¿Nosotros? -contestó apresuradamente Mötz-. Nosotros no tenemos nada que decirles.

Altmann desvió la vista hacia el decano:

-Bien, comisario, verá, nosotros, en eso no puedo por menos de darle la razón al colega, de hecho no tenemos nada que decir.

-Pero saben ustedes que el hijo del profesor Fink ha presentado una denuncia a raíz de la desaparición de su padre.

Los dos asintieron con la cabeza. Nadie dijo nada durante unos segundos.

-Quizá haya sido una decisión prematura por parte del joven Fink -dijo por fin el decano.

-¿Le parece? -la voz de Gabi Mayr era suave pero cortante, de alguna manera-. En su opinión, ¿cuánto tiempo debería pasar un hijo sin noticias de su padre hasta dar aviso en una comisaría? ¿Le parece precipitado comunicarlo al cabo de cuatro semanas?

El decano cambió una mirada nerviosa con Mötz, que desvió la vista hacia la ventana.

-Verá usted, señorita...

-Inspectora.

-Perdone. Verá usted... un catedrático universitario tiene ciertos privilegios, ciertos derechos... y uno de ellos es el de no tener que dar explicaciones a nadie sobre su paradero. No estamos hablando de un adolescente, al fin y al cabo.

-O sea, que un catedrático deja de asistir a sus clases en mitad del semestre, brilla por su ausencia en todas las reuniones y compromisos contraídos con anterioridad y nadie se pregunta qué narices le ha pasado, ni dónde se ha metido.

-Yo llamé personalmente al profesor Fink a su casa en varias ocasiones sin recibir respuesta -intervino Mötz, con el tono de un niño que quiere quitarse las culpas de encima-. Pregunté a los colegas pero nadie sabía nada, al final me figuré que se habría ido unos días de archivo, a Roma quizá.

-¿Por qué a Roma?

-Porque su campo de investigación es sobre todo la épica culta del XVI; es muy frecuente que se tome unos días de investigación en Roma.

-Y usted, como director del Departamento, ¿no debería estar informado?

Mötz hizo una sonrisa que pretendía ser sarcástica y se quedó en simple mueca:

-A mí nadie suele informarme de nada, y mucho menos Fink.

El rostro del decano se contrajo como si acabara de morder un limón verde.

-Se van a enterar de todos modos -continuó Mötz, dirigiéndose al decano-, así que da igual. Fink y yo no nos hablamos desde hace años. Cuando le toca a él ser director del Departamento, yo hago lo que me da la gana, cuando me toca a mí, lo hace él. Estamos iguales.

-De todas formas, señor Mötz -intervino el decano-, no creo que los inspectores se hayan tomado el trabajo de venir hasta aquí para que les saquemos nuestros trapos sucios. ¿En qué podemos colaborar?

Altmann sacó un pequeño cuaderno de anillas de tapas negras:

-Ayer por la mañana el doctor Johann Fink, hijo del profesor Helmut Fink, vino a vernos porque hacía cuatro semanas que no sabía nada de su padre. Como quizá sepan, Fink hijo trabaja en Hannover y se mantiene en contacto con su padre principalmente por teléfono y por correo electrónico. Según él, suelen hablarse de un modo u otro casi a diario desde la muerte de la esposa del profesor Fink. El muchacho lamenta estar tan lejos de su padre y trata de colaborar llamándolo con frecuencia. En los últimos tiempos lo había encontrado extraño, no ha sabido precisar si distraído o preocupado pero evidentemente tenía la cabeza en otro sitio, dice el hijo. En una conversación telefónica, al preguntarle qué le pasaba, el profesor contestó: «No lo sé ni yo mismo. Supongo que echo de menos a tu madre. Tal vez me tome un par de días libres por Pascua». Por eso no se preocupó demasiado hasta que vio que pasaba el tiempo y no conseguía localizarlo. Preguntó a todos los amigos de su padre y nadie sabía nada.

-Sí -concedió el decano-, a mí también me llamó la semana pasada.

-En vista de la situación, la policía le pareció la salida más adecuada.

-¿Para que lo busquen y se lo encuentren en cualquier hotel de montaña con una jovencita? -dijo Mötz, tratando de ser gracioso.

La inspectora dirigió una mirada interrogativa al decano:

-Eso es ridículo, señores. El profesor Fink es un caballero y sus cuarenta años de matrimonio han estado siempre a salvo de cualquier rumor.

-Entonces, aunque por supuesto no podemos descartar la posibilidad de una, digamos, aventura galante, tenemos que considerar otras posibilidades -dijo Altmann.

-¿Cómo por ejemplo? -el decano, con las manos fuertemente enlazadas, se inclinaba hacia ellos.

-Secuestro, por ejemplo -dijo Mayr-. O suicidio. O, por supuesto, asesinato.

El decano se puso en pie y empezó a pasear por el despacho:

-Pero eso es una barbaridad, señores, eso es imposible.

-¿Qué es imposible, señor decano?

-Todo, todo es imposible. Fink es un hombre de una pieza, quiero decir, no es de los que se suicidan. Además, ¿qué motivos podría tener? La muerte de su mujer, por supuesto, fue un golpe muy duro, pero hace ya más de un año. Y secuestro, por el amor de Dios, ¿quién iba a querer secuestrar a un catedrático de literatura? ¿Para qué? Y además se habrían puesto en contacto con su hijo, por el rescate, digo. Y..., vamos, no, es sencillamente imposible.

-¿Y qué me dicen del asesinato?

De repente, Mötz empezó a reírse descontroladamente, hasta las lágrimas. Todos se quedaron mirándolo.

-¡Mötz! ¡Por el amor del cielo! -el decano estaba visiblemente perturbado.

El catedrático fue calmándose poco a poco:

-Disculpen. Me he sentido por un momento como en una serie de televisión y me he figurado que la siguiente pregunta iba a ser si tenía enemigos, si alguien podía tener interés en matarlo.

-¿Y bien?

-¿Lo pregunta en serio?

-Sí.

El decano se había quedado rígido, esperando la respuesta de Mötz. Él, mostrando las manos con las palmas hacia arriba en un amplio gesto, volvió a sonreír:

-Por supuesto que no, señores. ¿Dónde creen que estamos? Esto es una universidad. No les voy a negar que existen rencillas y peleas, sería demasiado ingenuo además de increíble, pero aquí no nos matamos unos a otros. Tratamos ocasionalmente de fastidiarnos, eso sí, de conseguir una subvención para nuestras investigaciones o un puesto adicional de asistente, pero nada de venenos y cuchillos.

El decano se había relajado visiblemente al oír la respuesta del romanista.

-Esa es también mi opinión.

-¿Alguno de ustedes ha visto al profesor Fink en las últimas semanas?

Ambos movieron la cabeza negativamente.

-En mi caso es normal -contribuyó Mötz-. Tenemos horarios de trabajo muy diferentes, cada uno tiene su despacho, no solemos encontrarnos más que en las reuniones oficiales y en el mes de abril no coincidimos en ninguna.

El decano había sacado una agenda de color burdeos y estaba repasando fechas:

-Aquí está. Me sonaba pero no podía asegurarlo. El 26 de marzo teníamos una cita aquí mismo a las nueve quince. No se presentó. Y recuerdo que me extrañó mucho porque Fink es un hombre extremadamente puntual y cortés. Lo normal habría sido que se disculpara por teléfono, pero no lo hizo. Luego lo olvidé. Tengo tantas cosas encima...

-¿Para qué quería verlo?

Se le quedó la cara en blanco:

-Ni idea. Me dijo que serían sólo cinco minutos, no añadió más.

-¿Sabe usted si sus secretarias lo vieron ese día?

-Eso se puede averiguar enseguida -fue hasta la puerta, asomó la cabeza y unos segundos después las tres mujeres escuchaban la pregunta del inspector. Las dos más jóvenes no sabían nada, la mayor inclinó la cabeza hacia un lado, lo que de golpe le dio un impresionante parecido con un pájaro, y miró fijamente al decano.

-Si tiene usted alguna información que ofrecer, Frau Lechner....

-El día en que estaba citado con el señor decano, el profesor Fink llegó mucho más temprano, poco después de las ocho debían de ser porque yo estaba regando las plantas y es lo primero que hago, día sí día no. Le informé de que el señor decano aún no había venido y, ya a punto de marcharse, me pidió que le abriera la sala de reuniones del Senado.

-¿Para qué? -preguntaron a la vez los dos policías.

Frau Lechner puso cara de ofensa, como si fuera impensable que una empleada, aunque fuera jefe de la secretaría del decanato, tuviera el atrevimiento de preguntarle a un catedrático para qué quería entrar a una sala de la universidad:

-No se lo pregunté, por supuesto.

-Así que le abrió.

Asintió vigorosamente con la cabeza:

-Le abrí, me sonrió muy amablemente, me dijo que no necesitaba mucho tiempo y que ya pasaría después a ver al señor decano.

-¿Y se quedó allí?

-Sí, señor. Al mediodía, antes de salir a comer, pasé por la sala, me aseguré de que estuviera vacía, cerré con llave y me olvidé del asunto.

-¿Y no le extrañó que el profesor Fink no acudiera a su cita?

-Yo no soy quién para extrañarme de nada.

-¿Qué hay en esa sala? -preguntó Gabi.

-¿Quieren verla? Se la enseñaré con mucho gusto -dijo el decano-. Frau Lechner, ¿sería tan amable?

Salieron todos en procesión, la secretaria cogió la llave, rotulada a máquina, que colgaba de un ganchito debajo del mostrador, y los precedió por el ancho pasillo. A unos cincuenta metros, pasada el Aula Magna, se detuvo frente a una puerta grande y blanca, como todas, insertó la llave, la giró dos veces y se hizo a un lado para dejarlos pasar.

La sala era de mediano tamaño, toda la pared del frente ocupada por grandes ventanas de estilo antiguo divididas en pequeños cuadrados que ahora dejaban pasar una luz grisácea y mortecina. Estaba amueblada con pequeñas mesas funcionales dispuestas en un rectángulo rodeado de sillones tapizados de negro; las paredes estaban adornadas con retratos de antiguos rectores de la universidad, cuadros de diferentes estilos que representaban invariablemente hombres maduros con cara de estar convencidos de la propia importancia. Uno de ellos estaba vestido con una especie de disfraz oriental, otro en mangas de camisa miraba hacia su izquierda, hacia algo que quedaba fuera del ángulo de visión del contemplador, todos los otros llevaban toga y la cadena de rector.

-¿Esto es todo? -preguntó la inspectora, levemente decepcionada.

Nadie contestó.

Salieron de nuevo al pasillo, Frau Lechner cerró la puerta con llave y se quedaron mirándose unos a otros sin saber qué decir.

-Profesor Mötz, nos gustaría echar una mirada al despacho del profesor Fink.

-Por supuesto. Les acompañaré.

Se despidieron del decano y su secretaria en la puerta del Decanato, recogieron los anoraks y quedaron en seguir en contacto. Antes de que se fueran, el decano los llevó un momento aparte:

-¿Sería posible -dijo en un susurro- mantener este desagradable asunto en unos límites... discretos?

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