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El cementerio de sillas
| | ÁLVARO ENRIGUE |
| 320 págs. | | ISBN
84-89618-98-4 | | 17,00 € | |
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Nautla,
Puebla. Septiembre de 1971 Me llamo
Nicolás Garamántez, he visto el África y estoy en el lecho
de muerte. Mi padre, forjado en los años difíciles de la Revolución,
fue longevo, recio y emprendedor. En cambio yo, primogénito malcriado de
ganadero rico, crecí como un príncipe borracho. Supe desde muy joven
que el temple de los pobladores de mi tierra no se prestaba al desarrollo de un
carácter como el mío, por lo que me fui de Nautla el
pueblo que me vio nacer y me verá morir
tan pronto como me fue posible. Aquí las nieblas perpetuas han hecho a
la gente taciturna, ladina y cabrona. Los helechos gigantes que cubren nuestros
cerros les brindan la condición paciente de los brontosaurios. Cuando
tenía dieciséis años convencí a mi madre de que lo
mejor para el futuro de la ganadería era que yo terminara el bachillerato
en Puebla de los Ángeles. Fui a dar a un internado. A los pocos meses,
ya que me sentía libre de las brumas de Nautla, le inventé a mi
padre el asedio de un prefecto imaginario. Mandó matar al prefecto real
una personalidad
de todos modos bastante prescindible
y me envió a la Preparatoria Nacional, de la que me gradué con trabajos.
Pasé mis años de juventud
en la ciudad de México sin poner un pie jamás en la Escuela de Jurisprudencia,
y los de madurez dormitando en el despacho de un abogado poblano burgués
empeñoso y sin blasones
que se beneficiaba del prestigio de mi apellido: «Garamántez y Castro»,
se leía en la placa de bronce a la puerta de entrada. Tenía
yo cincuenta años, un divorcio, un hijo intratable y una barriga monumental
batallada palmo a palmo en las mejores mesas de la capital, cuando mi hermano
Aurelio, El Brumoso, me llamó para informarme que nuestro padre se encontraba
muy enfermo y pedía mi presencia junto a su lecho. Corrí a Nautla
pensando que con cuarenta y ocho horas de conducta servil podría asegurarme
de que las cosas se quedaran como estaban: Aurelio al frente de la ganadería
y yo dispendiando sus remanentes en restaurantes de lujo. Siempre
has sido un idiota, pero eres el primogénito, me dijo mi padre cuando estuvimos
a solas. Me dejó ver desde ese instante que me había convocado para
un asunto distinto que la distribución de su dinero; como siempre, yo había
ganado la guerra sin presentar una sola batalla. No respondí. Eres como
tu abuelo: nunca has hecho nada y vas a heredarlo todo. Yo seguía guardando
silencio con la mirada baja. Si tan sólo tuviéramos otro apellido
se haría justicia: tu hermano Aurelio se quedaría con lo que merece
y te dejaría en la calle; mira nada más, estás gordo como
un elefante; lo único que le pido a Dios en este momento es que tu hijo
sea capaz de gobernar la ganadería. Respondí
que sí, que había estudiado Administración de Empresas Hoteleras,
que algo sabría de negocios. Hizo un gesto de exasperación y dijo:
Dumbo, debimos haberte llamado Dumbo en lugar de Nicolás; no tienes para
nada aspecto de zar. Seguí callado pensando que así apresuraría
aquel incómodo encuentro. Te voy
a hacer una revelación que no mereces, siguió. Durante siglos los
Garamántez hemos conservado celosamente la verdad sobre nuestro apellido;
esta tradición nos ha permitido amasar un tesoro que nos mantiene a salvo
de los malditos romanos. No pude resistir más y levanté una ceja
con un poco de sarcasmo. ¿La verdad sobre nuestro apellido? Ya era hora
respondió
mi padre , sólo
saber que existe el secreto ha promovido el primer acto de curiosidad en tu vida.
Me reí y dije: Lo que me interesa es el tesoro y lo de los malditos romanos.
Sonrió y siguió adelante: Como ya sabrás, lo de Adán
y Eva es una mentira; los hombres descienden de los cíclopes y del Garamante.
Otra mirada escéptica de mi parte. Tu hermano, tú, tu hijo y tus
sobrinos, son los últimos herederos del Garamante, un gigante que vino
al mundo antes de los odiosos y contrahechos cíclopes, que están
a punto de exterminarnos; nuestro antepasado más antiguo nos dio la vida
al ofrecer un sacrificio de bellotas dulces a la diosa Q're en el primer día
del mundo. No entiendo nada, dije. Vivimos ocultos en este pueblo miserable siguió
sin atender mis reparos ,
como vivimos escondidos en el puerto de Alkmaar antes de venir a dar a las Indias;
en tiempos todavía más remotos el Concejo de Ciento nos dio resguardo
en el call mayor de Barcelona cuando los labradores incendiaron la aljama de Gerona
que compartíamos con los descendientes de Maimónides. ¿Maimónides?
A Gerona habíamos llegado desde Sevilla perseguidos por los papistas; ahí
estuvimos apenas un par de generaciones esclavizados por culpa del infame Guadarteme
de Gáldar, el rey canario que nos vendió para salvar a los suyos.
¿El Guadarteme de Gáldar? Habíamos llegado a las Islas Canarias
impulsados por los abusos de los romanos que nos sacaron a palos del Fezán,
la tierra que nos heredó el gigante. No es que entienda lo que me estás
diciendo, le dije, pero no hemos sido tan afortunados. Lo fuimos, respondió,
antes de que los romanos se ensañaran con nosotros. Pero si los romanos
ya ni existen. Eso crees; todavía andan por ahí, disfrazados de
jesuitas. Ya. Éramos un pueblo numeroso protegido por Ammón y respetado
por los ejércitos de Alejandro. ¡Alejandro! Fuimos también
amparados por Zeus dodoniano, y fueron garamantes las sacerdotisas que escucharon
el arrullo de las palomas y el susurro de las hojas del roble en el primer oráculo
de la Magna Grecia. Prometí guardar el secreto como una tumba. No seas
burro me dijo ,
si te mueres sin transmitirlo, nadie será responsable de conservar la fortuna
que nos ha mantenido a flote entre tanta persecución. Entonces lo difundiré,
respondí, ganándome otra mirada de exasperación. Lo que tienes
que hacer es revelárselo a tu primogénito cuando lo veas maduro;
no tienes idea de la furia con que los hijos de los cíclopes podrían
arremeter contra tus descendientes si se enteran de que seguimos por aquí.
Muy bien, añadí sin estar seguro de cuál sería la
intervención correcta. Después
de la extravagante entrevista pasé la noche hurgando entre los libreros
de la casona familiar a la búsqueda de los volúmenes que hubieran
podido incendiar la imaginación de mi padre. Lo único que encontré
emparentado con un título sobre la Antigüedad fueron las Encuestas
de Heródoto, en las que se menciona a los garamantes de pasada y como a
unos meros pastores libios. El hecho mismo de que tal pueblo hubiera existido
alguna vez me causó cierto desasosiego, pero no tanto como para quitarme
el sueño. A la mañana siguiente
organicé todos los papeles necesarios
algo se me ha
pegado de tanto ver trabajar a Castro
para que mi brumoso hermano, más lleno de odio hacia mí que nunca,
siguiera administrando la ganadería y yo gozando de sus frutos. Me despedí
esa misma tarde, no sin antes prometerle a mi padre que mandaría a Nautla
a mi primogénito el
administrador de empresas hoteleras
para que se fuera familiarizando con el negocio. Naturalmente no lo hice: no he
tenido ningún contacto con mi vástago desde que terminé de
pagarle la universidad. No reparé
más en el asunto y seguí adelante con mi vida hasta el día
en que la brumosa mujer de Aurelio me llamó para avisarme que mi padre
había muerto y que lo enterrarían al mediodía siguiente en
el panteón de Nautla. Por supuesto que no fui, se celebraba por entonces
en la ciudad de México un festival de comida creolé que no estaba
dispuesto a perderme. Quién sabe
si haber asistido al entierro hubiera retrasado mi salvación. Casi tengo
por seguro que, en aquel momento, las humedades de este pueblo en el que estoy
a punto de morir me hubieran aconsejado olvidarme definitivamente de los pocos
nexos que guardaba con la familia. El caso es que estando frente a un magnífico
pimiento verde endulzado y relleno de arroz con camarones, sentí la necesidad
apremiante de confirmar que lo dicho por mi padre sobre nuestro apellido tuviera
algún fundamento. No es que me haya creído de entrada descendiente
de algún gigante africano anterior a los cíclopes, fue simplemente
que el sabor un poco disparatado de aquel platillo me impulsó a buscar
una razón para creer que no había muerto loco de remate. Me
disculpé con Castro por no ir a dormitar a nuestro exitoso despacho e hice
una visita rápida a la biblioteca de la Universidad Iberoamericana, donde
mi hijo había estudiado su licenciatura. Unos pocos diccionarios me bastaron
para descubrir que los garamantes fueron, durante unos tres mil años, un
belicoso pueblo de ganaderos, hasta que Lucio Cornelio Balbo los sometió
a Roma. Nada decían los libros de la migración a Canarias, España,
Flandes y Puebla; a cambio, agregaban una nota inquietante: al menos una rama
de la familia se había mezclado con los aborígenes tedas del oasis
del Djado en el Tibetsi africano, para fundar una aldea que todavía existe.
Hube de buscar en cuando menos diez atlas de dimensiones cada vez más incómodas
para descubrir la localización del oasis. Mientras estudiaba la cartografía
del desierto noté que un hombre que no lograba ocultar su aspecto de cura
miraba con atención excesiva las páginas de los diccionarios que
había yo dejado abiertos en la letra g. Salí
de la biblioteca decidido a cambiar de vida: iniciaría al día siguiente
no me faltaban
recursos una
peregrinación al África. Había llegado la hora en que las
dos ramas de la familia Garamántez se encontraran, y sería precisamente
yo, el más banal de los descendientes del gigante, quien consumara el mutuo
hallazgo. Después volvería a Nautla a velar por la conservación
del tesoro familiar, como lo habían hecho el resto de los primogénitos
de mi especie durante miles de años. Al
día siguiente llamé a Castro para avisarle que no volvería
al despacho, y que, si así lo deseaba, podía conservar mi nombre
en la placa de la entrada. Cuando me preguntó las razones de mi renuncia,
recordé la mirada escrutadora del bibliotecario y lo que mi padre había
dicho sobre la saña de los romanos. Preferí guardar mi secreto.
La noche anterior, poseído por
las hambres de la madrugada, había pensado que podía iniciar mi
peregrinación por España: antes de pasar al África confusa
convenía visitar los paisajes en que mis ancestros gerundenses había
asentado sus reales antes de la huida a Flandes y América. Alguna amistad
ilustrada en el arte escandaloso de la glotonería me había contado
hacía poco que con la decadencia del dictador España estaba en plan
de gozarlo todo, así que me inscribí en un tour de degustación
que hiciera paradas en las ciudades que me interesaba caminar. Llegué
a Barcelona a mediados de noviembre. La brisa del Mediterráneo mantenía
el puerto relativamente protegido del otoño helado que se cernía
sobre el resto de la península. Llegué a las nueve de la mañana
y debía encontrarme con los demás viajeros del autobús gastronómico
a las cinco de la tarde, hora en la que partiríamos hacia nuestra primera
escala. Tomé un taxi hasta la plaza de San Jaime, el punto de encuentro
con el tour, y pedí una habitación en un hotel cercano para descansar
un poco. Desperté como a las tres completamente repuesto, por lo que salí
a vagar por ahí, en busca de algún bar donde comer y beber lo suficiente
como para que mi cuerpo se terminara de aclimatar al suelo. Caminaba
plácidamente por la calle Fernando cuando una sombra de inquietud se apoderó
de mi espíritu: el olor dulce y cálido de un puesto de castañas
me atraía de forma imperiosa hacia la puerta de la iglesia de San Jaime.
Mi natural voracidad, sumada al novedoso conocimiento de que habían sido
precisamente castañas lo que el Garamante le había ofrecido a su
Diosa al principio del mundo, me impulsó al ataque y comí varios
conos de pie junto al anafre. Mientras lo hacía, una bruma comenzó
a empujar en el interior de mi alma. Me quedé contemplando la iglesia en
un trance largo y ciego. En algún momento un policía municipal,
llamado tal vez por la vendedora de castañas, me jaloneó del brazo
y me preguntó si estaba bien. Vi el reloj y noté que faltaban apenas
unos minutos para las cinco de la tarde. Antes de correr hacia el hotel para recoger
mi equipaje compré otro par de cucuruchos para el camino. Durante
los primeros días del tour gastronómico pensé que tantas
castañas me habían hecho daño, porque apenas probé
bocado de los platos que nos presentaron. En Puigcerdà y Ripoll fui capaz
de honrar sólo ciertos embutidos y algunos quesos. En Vich y Granollers
no probé bocado. Un insolente cubano de Miami, que insistía en sentarse
a mi mesa, señaló que viéndome comer no se explicaba la magnitud
de mi barriga. De todos mis compañeros de viaje los únicos que me
parecían soportables eran tres coreanos que nunca decían nada y
el guía: un muchacho valenciano de maneras irresistibles y temple sibarítico.
No fui presa del feroz apetito que me atacó
en la iglesia de San Jaime hasta que, caminando por la judería de Gerona,
el olor de las castañas asadas y su espíritu brumoso volvieron a
asaltar mi alma. Comprendí después de ese segundo atracón
que el primero no me había hecho ningún daño; la excursión
hubo de detenerse durante un día completo para esperar a que yo me repusiera
de las fiebres que siguieron a mi empacho. Durante las once o doce horas que mi
estómago resistió a los medicamentos, padecí terribles visiones
en las que una corriente de sangre descendía por los callejones de la aljama
gerundense. Durante la fiebre fui iluminado.
Tan pronto me pude levantar de la cama, me refresqué en el lavabo, me vestí
y salí en busca del guía valenciano para confirmar mis sospechas.
Lo encontré con los coreanos, tomando café y anís en el bar
del hotel. Sin sentarme a su lado, como hubiera correspondido a nuestra incipiente
amistad alcohólica, le pregunté dónde quedaba la judería
de Barcelona. Me dijo que se encontraba en la antigua calle de Sanahuja, hoy de
Fernando. La iglesia de San Jaime en que fui víctima de mi primer arrebato
había sido durante siglos la sinagoga del call mayor del puerto. Mi demonio,
ya no me quedaban dudas, era el de mis antepasados. Subí
a mi cuarto y empaqué dos mudas de ropa en la bolsa de lona en que guardaba
mis documentos.Tomé el efectivo y lo cosí a la valenciana de mi
pantalón. Entré al baño y me afeité la cabeza con
resultados más o menos sangrientos. Finalmente dejé las maletas
en la conserjería y me lancé a la calle sin decir nada a nadie.
Había decidido peregrinar hasta la Libia del Garamante alimentándome
sólo de castañas y bebiendo únicamente el agua de los ríos.
En la primera etapa de mi caminata fui
capaz de conservar la disciplina y cierta relación del discurrir del tiempo.
Cada vez que me detenía para renovar mi dotación de castañas,
compraba el periódico y me enteraba de la fecha y los acontecimientos del
mundo. Cuando encontraba un estanque aprovechaba para volver a dejar mi cabeza
a rape. Fue mientras me afeitaba en las afueras de Tarragona que descubrí
mis pómulos en el reflejo que devolvía el agua. Nunca antes habían
sido visibles por el abrazo del cebo en mis cachetes. Conforme
se fueron acumulando las semanas de marcha, el escaso contenido vitamínico
de mi dieta y las grandes cantidades de venenos que había consumido por
esa necedad de tomar sólo agua de río fueron manifestándose
en un entorpecimiento de mi capacidad cerebral. Quedó en mi mente, ocupando
el primitivo lugar de las ideas, una niebla densa y de color indefinible que limitaba
las funciones de mi cuerpo a comer, dormir y caminar. En algún momento
cobré conciencia de que a ese paso no iba a llegar nunca al África
y comencé a tomar aventones. Veo entre la bruma de aquellos días
que en Valencia recordé a mi guía y me bebí en su honor un
mint julep francamente lamentable. Al pasar por Alicante un conductor me llevó
tierra adentro, hasta Orihuela. Me explicó piadosamente mi
apariencia debía de ser una tragedia
que por la autopista llegaría al estrecho de Gibraltar más rápido
que por la costa. En Murcia estuve una cantidad atroz de tiempo: casi no pasaban
camiones por las carreteras. Un despistado me llevó en coche, en un golpe
de suerte, hasta Baeza. En Fuente Vaqueros cedí a la tentación de
un regaderazo y pasé la noche en un hostal de la peor calaña. Al
contemplar la forma nítida de mis costillas en el espejo del baño,
me pregunté cuánto tiempo habría pasado desde mi salida de
Gerona. Compré un periódico, pero no fui capaz de leer la fecha,
o fui capaz de leerla y no me dijo nada. Cuando llegué a Málaga
aún se vendían castañas asadas en algunas esquinas: supe
entonces que al menos no había llegado la primavera. Al
parecer la simpleza que se había apoderado de mi cabeza durante el camino
alcanzó el grado de la idiotez en el momento en que me volví a encontrar
de frente con el Mediterráneo. Puse entonces mi mente en Algeciras, la
ciudad que imaginaba
me vería perderme para siempre en el África. Salí de los
caminos y avancé entre el monte, siguiendo la costa. No me volví
a detener ni para dormir ni para comprar castañas e ignoro cuánto
me tomó el trayecto. Llegué al horrendo puerto a las tres o cuatro
de la madrugada de un domingo. Recuerdo el día preciso porque el primer
ferry partía rumbo a Ceuta al mediodía. Seguramente di excesivas
muestras de frustración ante las ventanillas cerradas de la boletería
porque alguna voz, quién sabe si bienintencionada, me señaló
que a sólo unos kilómetros del embarcadero, el estrecho de Gibraltar
alcanzaba su punto de menor amplitud. Desde ahí era posible ver la costa
del África. No pude sustraerme
a la ilusión de contemplar el territorio del elefante a la luz del primer
rayo del sol, así que desperté a un taxista para que me llevara
a la punta de Europa. Estaba tan excitado que cometí la imprudencia de
descoser el rollo de billetes de mi valenciana y ponerlo en la bolsa de lona a
la vista del conductor que no dejaba de arrojarme miradas cargadas de nervio.
Llegamos a nuestro destino antes del amanecer, de modo que le pedí que
me esperara porque tenía planeado cruzar ese mismo día el estrecho.
El sol tardó en salir, tanto que me
quedé dormido. Cuando desperté estaba recostado en posición
fetal sobre la baranda de cemento del mirador; veía el norte. El taxi,
su conductor y mi bolsa habían desaparecido. No me importó. Estiré
el cuerpo lentamente y me volví hacia el sur. Frente a mí se extendía
una pequeña extensión de tierra cultivada y detrás de ella
el mar. Al fondo, una montaña enorme de blancura prístina se elevaba
sobre la bruma. África, dije con la voz cortada por el llanto, antes de
perder definitivamente el conocimiento. Como
ya he dicho, estoy en mi lecho de muerte. Me rodean mis sobrinos. Uno de ellos
ni siquiera sé
cómo se llama
fue quien me recogió de un sórdido hospital de Tarifa y me trajo
a morir a Nautla. El administrador de empresas hoteleras no está entre
los que han pasado a rendirme sus respetos. Me dicen que ha sido imposible localizarlo,
pero yo sé que Aurelio, en su infinita y mentecata codicia, ha ordenado
no encontrarlo. Sus hijos no me prestan el teléfono. Les digo que hablen
con mi secretaria en el despacho y me dicen que ya lo intentaron, que Castro está
desaparecido quién sabe si con ella. Si se pierde la verdad sobre nuestro
nombre, estoy seguro, el Brumoso dispersará el tesoro que nos cobija desde
hace tantos siglos al repartirlo entre sus hijos. No hay consuelo posible: si
no lo hace él, lo hará alguno de mis sobrinos. Entonces vendrán
los romanos. |