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La obra literaria de Mario
Valdini | | SERGIO GÓMEZ
| | 160 págs. | | ISBN
84-96080-00-5 | | 14,50 € | |
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Vine a Vertiente Baquedano porque
me dijeron que aquí podría escribir tranquilo. Llevaba dos años
sin conseguir terminar el libro que la universidad me exigía y cuya entrega
aplazaba con evasivas nada convincentes. La decisión de dejar mi casa en
la ciudad y viajar al sur fue desesperada. Simplemente intentaba disimular mi
incapacidad de trabajo durante esos años estériles y fantasmales.
Bajé del bus en calle Mitre y recorrí
la extensa cuadra de la plaza. Me indicaron el único hotel del pueblo,
en el cruce de la esquina de Agrario. El conserje era un hombre nervioso y extremadamente
pálido. Su apellido era Munster. Cutter era el nombre del hotel. Pagué
una semana completa. Subí al segundo piso y me dejé caer en la cama.
Durante la noche, casi inconsciente, me quité la ropa y transpiré
abundantemente por el apisonado calor del verano que parecía revolverse
sin salida en la fosa del valle, entre las altas montañas que enfrentaban
con sus paredones el pueblo y que a esa hora levantaban una calina mortuoria y
apacible. La importancia del novelista
Mario Valdini no era reconocida por todos los críticos literarios del país.
Muchos de ellos expresaron su profundo desprecio por el escritor durante sus años
de silencio. Tal vez esa misma imposibilidad de lograr un consenso crítico,
me llevó a elegirlo para escribir un libro sobre su obra. Los demás
profesores de la universidad donde trabajaba habían logrado prestigio y
reconocimiento con solemnes publicaciones e intrincadas especializaciones que
paseaban por congresos académicos de todo el mundo. Muchos de ellos terminaron
trasladándose a universidades norteamericanas donde obtuvieron un trabajo
seguro y cómodo dentro del sistema que les permitía raspar becas,
trabajar blandamente haciendo clases y llenándose de tiempo para ocuparlo
en lo que realmente les interesaba. Luego de mis primeras y modestas publicaciones
en aquellos años como profesor, mi vida académica se estabilizó
en un equilibrio mediocre y remolón que no me exigía demasiado.
Hacía cuatro años la Facultad de Letras logró para mí
una beca de investigación con la que vivía confortablemente. El
motivo de la beca criticado
por algunos de mis colegas
fue rescatar la obra del escritor Mario Valdini, a mi juicio injustamente olvidado.
Como me imaginé, muchos de los demás profesores se mostraron irritados
con mi elección. Otros exageraron su entusiasmo con la secreta esperanza
de que fracasara en mi intento. Después de más de tres años,
el fondo de la beca se agotaba aceleradamente. Al final, tenía muy poco
del libro que prometí trabajar, sólo anotaciones vagas, fichas sin
orden, algunas páginas redactadas pulcramente y una infinidad de diagramas
con las posibles estructuras de mi investigación, cuyo desciframiento me
resultaba un completo misterio. Aparte llevaba un cuaderno con anotaciones de
la vida de Mario Valdini que esperaba cotejar en Vertiente y, por supuesto, un
ejemplar casi deshojado y arrepollado de Provincia lejana, la única
novela del autor, la que le valió un cierto reconocimiento entre algunos
lectores y escritores a principios de los años sesenta.
El
primer día en Vertiente me levanté muy tarde, pero particularmente
exaltado y con un humor renovado después de dormir. El silencio respetuoso
del pueblo de provincia me llenó de energías. En la puerta, el hotelero
Munster me saludó y me aconsejó enseguida que el mejor lugar para
almorzar en Vertiente un domingo era el comedor del mismo hotel. No lo contradije.
Me senté, sin resistencia, cerca de algunos clientes que comían
enfurruñados. Almorcé varios platos y todos me parecieron apropiados,
pero tampoco extraordinarios. A la hora de café me trasladé a otra
mesa en una pequeña terraza del hotel. Leí un diario de la capital,
pero nada me interesó particularmente, y terminé hojeando titulares
y revisando obsesivamente los nombres del obituario. Encontré en las mesas
de la terraza a un hombre joven que también leía el diario. Lo saludé
sin levantarme y le pedí algunas referencias sobre el pueblo. Era un vendedor
viajero que recorría la zona, no conocía muy bien el lugar, pero
creyó ser lo suficientemente claro cuando dijo: Vertiente
Baquedano es un pueblo. Me levanté
de la mesa y me despedí. El sol
marcaba con fuerza las veredas y las sombras se recogían agotadas por el
calor. Caminé en círculos. Llegué a la plaza. Observé
el pequeño busto del fundador, Alexis Baquedano, héroe militar de
la guerra del siglo pasado en el norte del país. Me arriesgué unas
cuadras hacia el sur, hasta encontrar el río Reunión, con su ribera
empedrada y bien delineada. Caminé por donde, al contrario de otras ciudades,
no existían poblaciones pobres. Más tarde me enteraría de
que en Vertiente la pobreza estaba recluida en un barrio enorme y desgastado llamado
Lientur Villa. Regresé algo extraviado hasta las calles céntricas
que rodeaban la plaza. Cuando pregunté por la biblioteca del pueblo, me
indicaron un edificio de cemento en medio de una calle estrecha, al lado del liceo
municipal. Extrañamente la biblioteca estaba abierta un domingo. Entré
y saludé a la empleada que esperaba desalentada en el mesón.
¿Tiene
algo del escritor Mario Valdini? pregunté.
La mujer, una adolescente, me sonrió del otro lado del mostrador. Tenemos
Provincia lejana dijo
con orgullo .
Se nota enseguida que usted no es de aquí. Siempre llegan a preguntar por
Mario Valdini. Una vez lo hizo un periodista de Santiago. Estoy
aquí para trabajar sobre Valdini dije .
Soy profesor universitario y preparo un libro sobre su obra. Se
entusiasmó y se acodó en el mostrador. Es
una buena idea escribir sobre él. Para nosotros, los que hemos vivido siempre
aquí, no es extraño, todos conocimos al señor Valdini, lo
vimos alguna vez. La mujer no tenía
más de dieciséis años. ¿Cómo
era él? pregunté
para prolongar la conversación. ¿El
escritor? Nada de especial. Mucha gente ni sabía que lo era. Un hombre
viejo. Sus últimos años fueron difíciles. ¿Por
qué no me dice su nombre para saber con quién estoy hablando?
Mónica.
Reemplazo a la bibliotecaria que se murió hace dos años. No han
podido conseguir una que se venga a trabajar. Tampoco soy la única en la
biblioteca, trabajamos por turnos. ¿Sabe por qué tenemos abierto
los domingos? Explíquemelo.
Yo
lo hago domingo por medio. La idea fue, justamente, de Valdini, a él se
le ocurrió. El alcalde Somalo le daba gusto en todo. A mí no me
molesta porque pagan las horas extras. ¿Además
de la novela de Valdini, no tienen otra cosa sobre el escritor en la biblioteca?
¿Usted
dice libros sobre él? No. Esta es una biblioteca pobre, pequeñita.
Para serle sincera, la mayoría de los libros los dejó como regalo
el mismo señor Valdini antes de morirse. El alcalde tiene pensado cambiarle
el nombre a la biblioteca. Le pondrá Biblioteca Mario Valdini. Es una buena
idea, ¿no cree? Lo
es. Le
soy sincera, a pesar de trabajar aquí, rodeada de libros, he leído
muy poco. No se lo diga a nadie, imagínese la publicidad para una biblioteca
si sus empleados no leen. No
se preocupe, la entiendo. Pocos
entran a la biblioteca. Colegiales que buscan hacer sus tareas, pero nadie más.
Y el día domingo, como hoy, es peor, ni un alma se ve. Por eso es que me
alegró que usted entrara, aunque sea sólo a conversar. Yo
también me alegro. Mi
nombre es Mónica dijo
abiertamente coqueta, lo que me sorprendió. Me
había dicho su nombre. Qué
tonta, es verdad. Dígame,
Mónica, ¿con quién puedo hablar en el pueblo sobre Valdini?
Alguien que me indique detalles de su vida en Vertiente. La
casa de Valdini estaba al final de la calle Naval, cerca del río. En una
crecida, hace varios inviernos, el Reunión se llevó la población
entera. El barrio desapareció completamente. Luego construyeron nuevas
casas, pero desarmaron todo ese cuadrado. En su lugar levantaron una plaza y montaron
nuevos refuerzos para el río. De la casa de Valdini no quedó nada.
Qué
lástima. El
doctor Vladimir Belgrano es quien lo conocía mejor. Se encargó de
él en sus peores momentos. Se podría decir que era su mejor amigo.
¿Nadie
más? Es
que yo era una niña cuando murió, hace diez años, y tampoco
me acuerdo demasiado. La gente lo respetaba porque era el escritor del pueblo.
Valdini vivió sus últimos treinta
años en Vertiente Baquedano, un pueblo al pie de la cordillera de los Andes,
en el sur del país, recluido y olvidado. Provincia lejana fue publicada
en el otoño de 1958 por el sello Marparaíso en el puerto de Valparaíso.
La novela, de doscientas setenta páginas, fue recibida sin ningún
entusiasmo por los críticos locales, con la indiferencia habitual ante
una obra publicada por una editorial pequeña, casi desconocida, provinciana,
que sólo logró dos títulos más en los siguientes cuatro
años . Meses después la editorial Nascimiento, de Santiago, una
de las importantes del país, reeditó sorpresivamente la novela con
correcciones importantes del autor. La reseña del diario Las Últimas
Noticias del 20 de septiembre de 1959 señaló acerca de Valdini:
«Se trata de un novelista de provincia que llega con todos sus sueños a
la capital, celebramos por lo tanto esta publicación por el ímpetu
y valentía demostrados por el autor. En todo caso, nos reservamos un juicio
literario definitivo de la obra, aunque nos parece jovialmente ambiciosa para
un autor joven». El tono de esta primera reseña se repitió en las
que siguieron. Se trataba de un novelista desconocido, nacido en Valparaíso,
que no pertenecía a los cenáculos literarios de la capital, por
lo tanto el recibimiento fue cauteloso. Lo que resultó evidente, en las
críticas siguientes, fue la imposibilidad de abordar la novela tomando
en cuenta su complejidad y ciertos amagos experimentales que desconcertaron en
esa época. Tampoco se entregaban referencias sobre la vida del autor y
eran pocos los que lo conocían o compartían con él en su
ciudad natal. En una decisión
repentina, luego de publicar Provincia lejana, a inicio de los sesenta,
Mario Valdini se trasladó a Santiago. Allí ocurrió el episodio
más comentado de su vida, el que le dio una fama tormentosa, definitiva,
y tergiversó dramáticamente su futuro de escritor. A
los veintinueve años, Valdini se enamoró de una mujer casada. El
marido, Jules Dutillieux, era un belga avecindado en Chile desde hacia décadas.
Dutillieux era un hombre rico y fino, mecenas de pintores y artistas. Un verano
en Concón, en su quinta de vacaciones junto al mar, conoció a Valdini
y le ofreció ayuda. Es probable que en ese lugar Valdini terminara de escribir
Provincia lejana, entre el verano del 57 y comienzos del otoño siguiente.
Se rumoreó incluso que Dutillieux aportó dinero para la publicación
de la novela en la editorial del puerto. Durante el verano en que redactó
finalmente la novela, Valdini pasó mucho tiempo con Regina Dutillieux,
la mujer del belga, mientras Jules visitaba su hacienda en el sur de Chile. En
ese tiempo debió de comenzar la relación secreta entre Regina y
Mario Valdini. Regina era una mujer absorbida por la religión y aquel cambio
en su vida la llenó de culpas, compartidas en un principio por el propio
Valdini, que se consideraba, y con razón, un traidor desleal a su amigo
y protector. La pareja intentó muchas veces evitar los encuentros, pero
fue inútil, siguieron como amantes mientras vivieron en la misma casa,
aprovechando la ausencia del marido o escapando esporádicamente hacia Quillota,
donde Valdini tenía una propiedad. Definitivamente,
en marzo de 1960, los Dutillieux regresaron a vivir a una gran casa en el centro
de Santiago, a un costado del cerro Santa Lucía. Valdini los siguió
para estar cerca de Regina. Su llegada coincidió con el éxito inusitado
de Provincia lejana en la capital, al que pusieron reparos algunos intelectuales.
El propio Jules Dutillieux exigió que Valdini se presentara en su casa,
desconociendo el trato secreto que mantenía con su mujer. Para todos los
amigos del matrimonio aquella relación comenzó a ser escandalosa
y evidente. El belga, ingenuamente, obligó a Valdini a trasladarse a una
pensión en calle Tenderini y dejar la residencial pobre y decadente donde
vivía, cerca de la Estación Central. Los encuentros con Regina se
hicieron arriesgados. Ambos continuaron llenándose de culpas y remordimientos
cada vez que se encontraban en la pensión del escritor. El casero ayudó
a los amantes. Jules Dutillieux era un hombre casi viejo, propietario de empresas
y tierras por todo Chile que lo mantenían ocupado, sin sospechar lo que
realmente ocurría. El éxito literario del nuevo escritor hizo que
el secreto se propagara con fuerza por algunos círculos de la capital.
Por supuesto, e inevitablemente, el romance llegó a los oídos del
marido, quien se mantuvo incrédulo durante un tiempo. Las evidencias lo
hicieron contratar a detectives privados que vigilaron estrechamente a su mujer.
Finalmente, después de algunas semanas, le presentaron un informe detallado
de los encuentros de Regina con su protegido Valdini. Esos
meses en Santiago, Valdini recibió invitaciones y ofertas de diarios y
revistas, pero él prefirió mantenerse al margen del pequeño
revuelo provocado por su novela, definida como extraña y compleja. Su distanciamiento
con la prensa, las universidades y la bohemia de los demás artistas, aumentó
su fama de misterioso, pero también ayudó a sepultar el mito en
los años que siguieron. Nada se
sabía de los primeros treinta años de vida de Mario Valdini. Había
nacido en Valparaíso y estudiado en Quillota. Se decía que sus padres
eran una mezcla de italiano e inglés, combinación que abundaba en
el puerto y uno de los miles de rumores que ahogaban la verdad del escritor. Pero
no fue eso lo que le dio fama inesperada a Valdini al inicio de la década
del sesenta. La Noche Buena del año
60 pareció normal y, como ocurría a menudo en la capital, con un
calor que presagiaba un verano atosigante. El país lentamente lograba un
crecimiento aceptable y su esfuerzo de modernización por fin parecía
dar frutos. Sin embargo, en mitad del año, un fuerte terremoto, acompañado
de un maremoto monstruoso en el sur del país, hizo temblar la economía.
En ese año, Jules Dutillieux invitó
a un grupo de artistas y amigos a su casa frente al cerro Santa Lucía.
Durante meses se había pospuesto la inauguración de la nueva casa
y esa parecía una buena fecha para hacerlo. El matrimonio esperaba cenar
junto a los innumerables amigos y al día siguiente partir hacia la costa.
Valdini asistió preocupado por Regina, quien desde hacía días
insistía en que su marido actuaba en forma extraña. Se habían
dejado de ver durante dos semanas y ambos esperaban esa noche para reencontrarse.
La cena transcurrió normalmente, con buena conversación y risas.
Se hicieron algunos discursos a la hora del postre. Los invitados luego declararon
en los diarios que todo pareció muy normal, una típica fiesta en
casa de los Dutillieux, donde el viejo millonario acaparaba casi toda la atención
y dirigía la conversación. Tulio Medina Farias, industrial, amigo
de la casa, dijo al diario La Nación del 27 de diciembre de 1960: «La cena
fue deliciosa. Estábamos acostumbrados a esas reuniones, Jules era muy
buen anfitrión. Mandaba a buscar a sus chacras, alrededor de Santiago,
lo que se comía en esas fiestas, todo de primera calidad. Los platos especiales
los traían desde Estados Unidos por avión. Siempre nos sorprendía
con algo, por eso era un agrado acudir a esa casa». Durante
la reunión, en el momento en que se servía el café, los invitados
se trasladaron a una habitación central donde se levantaba un pino de pascua
adornado con luces y faroles. Jules Dutillieux salió un momento y regresó
minutos después. En sus manos llevaba un antiguo revólver, que muchos
de los invitados conocían, por lo que no hizo sospechar nada extraordinario.
Era un Smitoff, un revólver ruso que, según Jules, perteneció
hasta sus últimos días, antes de caer prisionero, al zar de Rusia.
Decía haberlo conseguido a través de un anticuario en París,
pero la autenticidad del arma era dudosa. A Jules le gustaba contar que al zar,
prisionero en Ekaterimburgo, le ofrecieron los bolcheviques inmolarse con aquel
revólver en el sótano de la casa antes de fusilarlo. El zar, acobardado,
se negó a hacerlo y finalmente la familia entera fue ametrallada y enterrada
en un bosque de Siberia. Minutos antes
de la medianoche, Jules, en presencia de todos sus invitados, besó a su
mujer y enseguida le descerrajó un tiro con el antiguo revólver,
a muy corta distancia. La bala le atravesó la sien derecha y derribó
a Regina sobre el árbol de pascua. Casi enseguida Jules se disparó
apuntándose en el corazón. Según los testigos de la fiesta,
las últimas palabras del belga fueron: «Perdonen mi brusquedad para encarar
todo esto». Palabras probablemente inventadas por los diarios en las siguientes
semanas, cuando relataron hasta la exageración todo el trágico suceso.
Los noticieros hicieron referencia durante meses al hecho, titulándolo
«La Navidad sangrienta del sesenta» . Por supuesto, los motivos que llevaron al
empresario a cometer el asesinato de su mujer y su suicidio, se conocieron muy
pronto. Voces amigas del belga justificaron el crimen debido al amorío
secreto que mantenía Regina con Mario Valdini. En un principio los diarios
no se atrevieron a publicar lo que se comentaba en la sociedad santiaguina, pero
bastó que uno de los investigadores privados contratados por Dutillieux,
buscando notoriedad, vendiera la historia con todos sus detalles a un diario sensacionalista,
para que los demás medios reaccionaran explosivamente y comenzara una escalofriante
búsqueda de detalles sobre Valdini y Regina. Por supuesto, para todos,
el escritor resultó el culpable indirecto de esas muertes. El repudio generalizado
fue tan impresionante que debió huir de Santiago. Los
primeros días de febrero de 1961, Mario Valdini abandonó la capital
acosado por la prensa. Para la opinión pública él era el
culpable vergonzoso de aquel crimen pasional, el vértice más detestable
del trágico triangulo amoroso. No se justificaba haber vivido al amparo
de un buen hombre, amante de las letras y el arte, pagando esa generosidad de
la forma más abyecta. Su huida
no fue planificada. Viajó toda la noche en un tren que lo trasladó
all sur del país. En la estación de la ciudad de Los Ángeles
se detuvo a desayunar. La impactante visión de las montañas en el
horizonte lo desconcertó. Pagó entonces un taxi que lo llevóhacia
el interior, más cerca de la cordillera de los Andes, sin siquiera imaginar
que existiera allí alguna ciudad o pueblo. Finalmente, en la tarde de aquel
verano, Valdini entró por las calles recién asfaltadas de Vertiente
Baquedano, donde residiría los siguientes treinta años buscando
ser olvidado. Logró el olvido literario
rápidamente y casi sin esfuerzo. En Santiago, su novela fue retirada de
las librerías y la editorial se abstuvo de hacer cualquier otra reedición.
Esto, por el contrario, también ayudó a crear una complicidad secreta
con algunos lectores selectos que buscaban claves ocultas en el relato para explicar
la tragedia de Noche Buena. Desde ese día la novela se perdió en
el mercado comercial, enfangada por la turbia historia de un crimen pasional.
Pero también se convirtió, para un círculo reducido de lectores
interesados, en un texto ineludible, sobre todo entre escritores, intelectuales
y profesores universitarios. Su fama de novela maldita y peligrosa hizo que se
reeditara en imprentas sin sellos editoriales conocidos. Leer Provincia lejana,
en la década del sesenta, era una actividad teñida de riesgo, aunque
nadie podía precisar exactamente qué tipo de riesgo implicaba. Ese
malentendido, junto con la complejidad del relato, hizo que la novela adquiriera
vida propia, circulando por una vía secreta que a muchos espantaba y a
otros subyugaba. En noviembre del año
anterior, un mes antes del crimen, en la revista Sinfonía Pastoral,
en el número tres, de cinco que tendría la publicación, el
escritor eslavo Vladimir Coupela, que se había instalado en el país
después de huir de la guerra, escribió el comentario más
certero de Provincia lejana. En parte del artículo señalaba:
"La novela relata un viaje físico, pero también un viaje interior,
que nos arrastra inesperadamente como lectores, no como lo hacía arriesgadamente
la novela de aventura, cuyo goce viajero nos suspendía en una realidad
lejana y de ignotos paisajes. En cambio, Provincia lejana es un viaje hacia
el reconocimiento del sin sentido de la existencia. Su lectura puede resultar
altamente peligrosa para aquellas almas sensibles, no preparadas para descubrir
que todo viaje interior culmina necesariamente donde comenzó: en el centro
mismo de la decepción". La crítica amarga y desencantada del
eslavo instaló la idea que ayudaría a cimentar el peor de los mitos
de Valdini: su peligrosidad. Luego de los hechos de la Noche Buena del sesenta,
la obra de Valdini y el mismo escritor fueron catalogados apresuradamente de misteriosos,
poseedores de un aura repulsiva que era aconsejable evitar.
Cuando
oscureció volví a ducharme al hotel. Estaba particularmente alegre
y sentí que la sangre me circulaba con ímpetu. Resistí bajo
la ducha el agua caliente. Me vestí todavía animoso. Ahora justificaba
ampliamente el viaje hasta el pueblo. Necesitaba salir de la capital, respirar
diferente después de años de agobio en la universidad exigido por
la rutina diaria. Bajé las escaleras y no encontré a nadie en el
recibidor del hotel. No sentía hambre, pero decidí de todas maneras
salir a buscar algo de comer. No quería dormir todavía y me angustiaba
la idea de encerrarme en el dormitorio a leer o a intentar poner en orden mis
notas sobre Valdini. Durante años no había hecho otra cosa, volviendo
siempre a lo mismo, confundido, enrevesado de ideas y vaguedades. Todo ese tiempo
mi vida se resumió en eso: encerrarme en habitaciones, completamente aislado,
incapaz de soportar el ruido, enfrascado en lecturas y apuntes, fichas y anotaciones.
Por primera vez tuve un fulminante presentimiento, asociado a la quietud de Vertiente,
que me instigaba a descubrir por qué Mario Valdini había dejado
la escritura. Me dirigí donde
parecía estar la actividad nocturna de Vertiente. En la plaza, grupos compactos
de personas paseaban tranquilamente, fumaban sentados en las bancas o escuchaban
música sin molestar a nadie. Parejas de carabineros caminaban de la misma
forma por el cuadrado. En una esquina, sobre un pequeño escenario, actuaba
un payaso. Entré decidido en los márgenes de la plaza, caminé
reposado y me sentí como uno más de los pueblerinos, disfrutando
de la luz de la luna y los destellos pálidos de las luminarias. Rodeé
el cuadrado lentamente, sin apuro, pensando en todos esos años como profesor,
en el vértigo silencioso pero no menos angustiante de mi profesión.
Sentí lo que más tarde alguien me explicaría: el aire fresco
y gélido de las montañas en verano que circulaba recorriendo las
calles del pueblo. Cuando terminé
de rodear la plaza, llegué al pequeño escenario. La función
había terminado y el payaso se limpiaba la cara con alcohol frente a un
espejo. Pero en el costado del escenario seguía el espectáculo.
Un grupo rodeaba a un anunciador que proclamaba, sin perturbarse, al hombre más
fuerte de la región. A su lado, un hombre con camiseta deportiva y el pelo
largo amarrado levantó sin esfuerzo unas pesas de metal. Cuando volvió
a dejarlas en el suelo, los niños aplaudieron y los demás comentaron
la hazaña. Luego el musculoso dobló una barra de metal con la misma
facilidad. Finalmente, aunque no tuviera que ver con sus músculos, masticó
vidrios y ampolletas, recibiendo el aplauso y la admiración de todos nosotros.
Cuando nos retirábamos satisfechos, el presentador nos detuvo y nos propuso
una última prueba para demostrar que realmente se trataba del hombre más
fuerte de la región. Para eso requería de un voluntario que compitiera
con su pupilo. Los hombres más jóvenes se intimidaron con el desafío.
Uno examinó cuidadosamente la barra de pesas pero se arrepintió
de intentarlo. Los conscriptos de un regimiento alentaron a uno de los suyos.
Al final, sin otra opción, el soldado aludido aceptó. Era un hombre
joven, moreno, con los pómulos muy agudos y sonriente. Se prepararon para
la competencia, mientras el público volvió a rodearlos. El forzudo
levantó la barra con dos discos. Le correspondió el turno al conscripto,
que también levantó sin problemas la misma barra. Agregaron dos
discos más. El forzudo levantó el peso y lo dejó en el suelo
con suavidad. El conscripto se dispuso sonriente frente a la barra, se encuclilló
y dobló aparatosamente el cuerpo. Sujetó la barra con las manos,
pero cuando trató de llevársela al pecho temblaron sus brazos y
su rostro se descompuso con el esfuerzo. Al final, vencido, dejó caer el
peso al suelo. Sus compañeros rieron, felicitándole de todas maneras
por el esfuerzo. El anunciador le dio el triunfo a su pupilo y preguntó
por un último aspirante que deseara probar su fuerza antes de acabar la
representación. Levanté con seguridad una mano sobre las cabezas
del círculo de gente. Escuché algunos aplausos a mi alrededor. El
presentador me ofreció cambiar la modalidad de la competencia. Probaríamos
doblando barras metálicas. Acepté con gusto. El fortachón
me miró y sentí en su mirada algo extraño, como si ambos
nos conociéramos o como si pretendiera decirme algo. Me subí las
mangas de la camisa y sonreí. Me acerqué al presentador y le pregunté:
¿Cómo
se llama su pupilo? El presentador soltó
el aire y dijo con orgullo: Serpiente.
Los conscriptos y unos municipales apostaron
dinero a mi favor. El forzudo no esperó, atrapó una pequeña
barra de metal y la dobló lentamente uniendo sus extremos. Los aplausos
parecieron aburridos. Elegí una barra similar e hice exactamente lo mismo.
El público ahora aplaudió entusiasmado. El más impresionado
con todo lo que ocurría era yo mismo. Al contrario de lo que se podía
pensar, Serpiente pareció entristecerse, se acercó al presentador
y le habló al oído. Entonces anunciaron que no demorarían
más y definirían la competencia enseguida con las barras más
contundentes. Las presentaron ante el público, que se impresionó
al verlas. Los conscriptos me alentaron y yo sonreí. Serpiente estiró
los dedos, respiró profundamente y comenzó a doblar los extremos
de la barra, que se curvaron muy lentamente hasta sobrepasarse. El público
aplaudió sin entusiasmo, con algo de disgusto. Definitivamente me había
convertido en el favorito. Seguí los mismos movimientos del nervudo. Estiré
los dedos, eché con fuerza el aire y comencé a presionar los extremos.
Sentí la sangre correr muy deprisa y el calor me rodeó el cuello
como si me mordiera. Apreté los dientes y el arco de mis brazos tembló
furioso. La barra comenzó finalmente a doblarse, lentamente, hasta que
llegó al mismo punto que el de mi oponente. El público, que nos
rodeaba en la plaza, aplaudió con ganas. El anunciador no pareció
contento y cerró la competencia por esa noche declarando un justo empate.
Nunca antes me había atrevido a hacer algo así frente a un público.
Cada vez que debía leer una ponencia en algún seminario, me sentía
cercano al desmayo, sudaba y mi rostro se llenaba de tinte morado. Pero esa noche,
en la plaza de Vertiente, todo fue diferente. Al
final, el grupo que nos rodeaba se deshizo en silencio. Algunos me felicitaron
tocándome los hombros con admiración. Serpiente entró apresuradamente
a un camarín improvisado debajo del escenario de tablas. Me acerqué
al presentador y le pregunté: ¿No
premian los empates? Tal
vez, profesor, podría volver a competir mañana con Serpiente dijo,
sonriendo, recogiendo el cable del micrófono, doblándolo desde el
codo hasta la palma de su mano. ¿Nos
conocemos? pregunté .
Recién llegué al pueblo ayer por la tarde. Este
es un pueblo chico, se sabe todo muy fácilmente. Déjeme decirle
que me gustó su actitud, eso es lo que se necesita para triunfar, actitud.
Por lo menos no hay otra forma de vencer a Serpiente. ¿Serpiente
es su nombre artístico? pregunté
dudando. Exactamente,
ese es su nombre artístico. A él le gusta que lo llamen de esa forma.
Quería
despedirme le
dije. No
se preocupe, yo le entrego sus saludos, no se preocupe. A él le gusta competir.
A veces lo hacemos profesionalmente en los campeonatos de lucha libre. Viajábamos
juntos hasta Argentina, ganábamos y perdíamos, como en cualquier
actividad. Pero ahora Serpiente está viejo, se cansa rápidamente.
Cuando
lo vi hace un rato me pareció cara conocida. Alguna
vez salimos en la televisión, cuando trasmitían la lucha libre.
Allí debió de verlo. Todo era distinto por la televisión,
con trajes de luces y personajes inventados. Serpiente llevaba una máscara
de luchador. Fueron muy buenos tiempos. Aunque ahora tampoco podemos quejarnos.
Dígale
entonces que lo felicito. Tal vez otra noche podríamos intentar el desempate
dije lleno de
confianza. Sí,
otra noche respondió
amargamente el anunciador .
Mi nombre es Imad Al-Hady, a su servicio, profesor dijo
a la distancia, y nos separamos. Seguí
hasta el centro de la plaza, donde los castaños formaban un círculo
enigmático. Tenía ganas de fumar. Le pedí un cigarrillo a
tres jóvenes que me reconocieron como el competidor del forzudo. Me extendieron
la cajetilla, felicitándome nuevamente. Cuando lo encendí y aspiré
el humo, me di cuenta que era el primer cigarrillo que fumaba en diez años,
desde que había prometido no volver a hacerlo. La sensación en el
centro del pecho fue inesperada y la sacudida en los pulmones me produjo un dolor
agudo. Fumé el resto del cigarrillo bajo uno de los castaños, mientras
la corriente cordillerana me enfriaba.
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