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Materiales para una expedición
| | PEDRO UGARTE | |
224 págs. | | ISBN 84-96080-02-1
| | 15,50 € | |
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Texto de la presentación en
la Universidad Autónoma de Madrid el 25 de
febrero de 2003 por Daniel Martínez Alés
y Pablo Fernández de Córdoba Cuando
alguien lee, desempeña a menudo la doble función de disfrutar la
lectura e intentar conocer al autor, abstrayéndose de las palabras. Hay
una subclase de lectores que, en realidad, se interesan superficialmente por la
persona y sólo quieren conocer al escritor que se apodera de la humanidad
del texto. En ese momento, si en el libro se afirma, como es el caso, que cada
ser humano es un palacio con infinitas habitaciones de variedad irresumible, el
lector derivado quiere ver que el propio texto es otro palacio con infinitos cortes
de los que, aleatoriamente, quizá, se han reunido ciento sesenta y un capítulos.
Y en ese palacio del texto, en esa miscelánea de materias y géneros
mezclados y aparentemente inconexos, el lector desviado quiere encontrar algún
resorte del creador, algún habitante común a todas las salas de
lectura, que explique la obra pero también el proceso de creación.
Y la lectura de Materiales de expedición es
fluida, quizá con algún sobresalto suave pero con un correr de páginas
constante. Probablemente, la primera sensación que se extrae es que se
trata de un libro ingenuo, pero no en el sentido iluso de candoroso, sino más
bien en su condición de sinceridad e incluso de honradez. Sin embargo,
el aparente ingenuo es además un estratega, que va ofreciendo el señuelo
de la lectura cómoda para que el lector avance y se vaya empapando, por
un lado, y para que el lector se descuide y reciba con más herida pequeñas
impresiones de agudeza. Por ejemplo, en el capítulo catorce, la impresión
de agudeza que provoca el hombre que por las noches tiene miedo precisamente porque
vive rodeado de seres humanos; o la del loco que considera su deber sentirse completamente
desesperado; la del funambulista que se deja caer del hilo para satisfacer el
deseo oculto del público de verle estrellado contra el suelo; o la del
poeta que se sienta cada día en el retrete a escribir el mismo poema. La
propia condición del libro puede provocar la tentación de leerlo
como un conjunto de aforismos, consejos o relatos, pero la separación en
pasajes me parece sencillamente una estructura literaria que sólo es valorable
en una lectura continuada, porque la coherencia de sentido entre las partes exige
una visión global del texto. Esa estrategia
de ingenuidad le sirve al escritor para llevarnos por las reflexiones y las historias
en las que su conciencia trata de acomodar un hueco para su vida, buscando quizá
un relumbre de verdad o un principio moral o una conjunción, más
bien, de ambos, nunca directa sino más bien velada o inferida necesariamente
de las palabras. En uno de sus pasajes pseudoautobiográficos dice el texto
que, como cree en el vasto e inútil poder de la palabra, «he escrito y
sigo escribiendo, obstinadamente, desde que siento sobre mí todo el peso
de la conciencia». O también, en otro lugar, «Dijo que quería ser
escritor, aunque en realidad acudió a las palabras en busca de la seguridad
que no encontraba en otra parte». Así se suceden
anécdotas, ejemplos, relatos, posibles realidades, ficciones absurdas e
históricas, ideas de arte poética, biografías rescritas,
enciclopedia para expedicionarios. La temática es variada pero siempre
se resuelve en un ámbito muy próximo al que comparten autor y lector,
un ámbito de realidad ficcional, de casi realismo. Cuando encontramos la
fantasía, no infrecuente, es casi imposible no percibirla como una metáfora
que nos devuelve a ese ámbito compartido y que satisface quizá,
el deseo del autor de ofrecer materiales con que pertrecharnos en nuestra propia
expedición por la vida. Entre esos materiales
parece siempre presente una cierta melancolía. Me refiero a melancolía
como una tristeza vaga y permanente, como un mal humor que, sin embargo, produce
gusto y expansión. Por eso la ingenuidad del texto sea, quizá, una
estrategia y la acumulación fácilmente digerible de melancolía
esté continuamente invitando a lo contrario, o no. Pero sí es cierto
que los personajes, incluso cuando se fundan en un verdadero héroe, ofrecen
la imagen debilitada de su ánimo. En el conflicto entre individuo y realidad
o individuo y sociedad el enfrentamiento heroico sufre réplicas contundentes,
la estrategia racional es desenmascarada y el pacto burgués no puede ocultar
su mediocridad. Dice el texto: «Un corto viaje a cualquier parte demuestra que
vivir es muy difícil. No hay calles hechas para nosotros». O en otro lado:
«Es muy probable que los años nos quiten razones para seguir soñando.
En la vejez, los sueños se agostan definitivamente y ya sólo queda
espacio para los recuerdos». Y también, «la verdad no volverá a
aparecer hasta dentro de unas cuantas semanas, formulada del mismo modo, inasible,
secreta, como un mal presentimiento». Pero la verdad,
como dije, es parte de lo que trata de asir y compartir el autor. Y quizá
por eso, sus personajes se enfrentan a menudo a la soledad, a la vejez y a la
muerte. Las tres son situaciones propicias para examinar la vida y tratar de asirla
o lo contrario, y tomar la decisión de abandonarla. En el momento de presentar
sus personajes, lo que parece imposible o desterrado es el conformismo con la
situación, para bien o para mal. El estilo
del autor, como él mismo propone en pseudoautobiografía, es sobrio
y contenido. Su originalidad, más bien, reside en la captación de
historias de la realidad o en su reformulación irónica o paradójica.
El resultado es un volumen en el que Pedro Ugarte opta por una de las posibilidades
que ofrece la literatura: afrontar el conflicto entre realidad y sujeto y ofrecer
alguna posible luz o alguna posible respuesta. Por todo lo demás, no concreta
su visión en una moral organizada o en una verdad revelada, sino que ofrece
más bien cada habitáculo del texto con una serie de puertas y ventanas
que cada cual elegirá proyectándose así en su propia expedición
al vacío.
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