Inicio
Inicio
Atrás
Siguiente

Noctámbulos

CRISTINA CERRADA

160 págs.

ISBN 84-96080-04-8

13,50 €

Noctámbulos 00075)


 

Neumonía


    Llamó a mi puerta cerca de las ocho, cuando yo ya llevaba un rato despierta, con los ojos abiertos y mirando las sombras de las ramas del plátano agarrarse como dedos lúgubres en el blanco de la pared. Al entrar le vi pálido. Tenía el cabello revuelto y los ojos saltones; y caminaba lentamente, con el pijama arrebujado en torno al cuerpo y las zapatillas casi fuera de los pies. Parecía muy enfermo.
    ¿Qué ocurre? le dije, tapándome con el embozo.
    Creo que estoy peor.
    Llevaba una semana así. Hacía una semana que había decidido marcharse. Pero tenía la gripe.
    De acuerdo dije. Realmente, creo que estaba peor. Vuelve al cuarto de los niños; iré enseguida.
    No es necesario. Ahora iré a trabajar, y por la tarde iré al médico.
    Vuelve a la cama repliqué. Deja que me vista, y ahora voy.
    Cuando entré en el cuarto de los niños estaba sentado en la mecedora. Él mismo la había fabricado antes de hacerse vendedor. Se la hizo a Lucas cuando cumplió cinco años; y después la usó también David, y viéndole ahora sentado en ella, al lado de la maleta grande, Mati me pareció más pequeño. La maleta llevaba una semana allí, pero Mati aún no se había marchado. Estaba pálido como un muerto, y temblaba.
    ¿Tienes fiebre? pregunté.
    No lo sé.
    Es probable que la tengas.
    Le puse la mano en la frente, y comprobé que ardía. Respiraba con dificultad. Después de un rato le dije:
    ¿Es por lo que vas a hacer?
    Me miró con sorpresa, y después se meció en la silla.
    Los chicos ya no nos necesitan, Eli dijo. Ya lo habíamos hablado.
    Puedes acostarte en nuestra cama, si quieres. Avisaré al doctor.
    No. No quiero. Me acostaré aquí, y después iré a trabajar contestó.
    Cuando llegó el médico le tomó la temperatura y le auscultó.
    Yo creo que está peor le dije.
    No puedo respirar dijo Mati, y miró a los pies de la cama con la boca abierta.
    Tiene usted neumonía dijo el médico, tras examinarle. No tenían que haber esperado tanto.
    Antes de irse, el doctor dejó unas recetas con los nombres de los medicamentos que Mati debía tomar, e instrucciones para su uso. Las pastillas, que teníamos en casa, eran para bajar la fiebre; y las inyecciones para la infección. Debía darle a Mati una píldora cada seis o siete horas, y llamar al practicante del seguro para que viniera a ponerle los inyectables. Era muy importante; una inyección por la mañana y otra por la noche. El doctor fue muy preciso en todas sus indicaciones; dijo que lo más importante era contener la infección. Dijo que la neumonía no suponía un peligro, siempre y cuando, dijo, se lograse atajar a tiempo la infección.
    Cuando regresé a su cuarto bajé las persianas, y serví un poco de agua en un vaso para que Mati tomase la píldora. Después que lo hizo, me senté en la mecedora junto a él.
    ¿Te molesta que teja aquí? pregunté.
    No contestó. Tenía color en las mejillas y grandes ojeras. Estaba en la cama con los ojos cerrados, y los brazos por encima del edredón.
    Tejí en silencio unos minutos en medio de la penumbra del cuarto; no me hacía falta ver. No dejé de mirarle, pero Mati no había abierto los ojos.
    ¿Dejarás el trabajo? le pregunté.
    ¿Cómo voy a dejarlo?
    Pensé que ella querría que vivieseis en su ciudad declaré.
    Entonces Mati abrió los ojos, y me miró con una mirada entristecida.
    ¿Quién te habló de eso?
    ¿Cómo esperabas que no lo hicieran? No sabes nada de la gente.
    No me parece bien.
    A mí tampoco dije. Rita y Marco vinieron anoche. Preguntaron por ti. Les dije que aún estabas en cama.
    Voy a un hotel terció Mati. Tengo reservada una habitación, ya lo sabes.
    Sí, lo sé.
    Dejé la labor sobre la mecedora, y le puse la mano en la frente. Debía tener treinta y nueve o más, y apostaría a que sus pies estaban helados. Me sorprendió que pudiera estar despierto, pero cuando volví a mirarle sus ojos estaban fijos sobre el fondo de la habitación.
    Tus cosas van a arrugarse mucho dentro de esa maleta. ¿Quieres que las extienda?
    No te molestes dijo él.
    No tiene que ser aquí; puedo ponerlas en nuestro armario.
    Será mejor que no.
    Pensé que la fiebre le haría hablar así, y después de colocarle otra manta encima del edredón, salí por un rato.
    Hacía una mañana fría y hermosa. Las nubes, hinchadas y grises, estaban cargadas de lluvia que de un momento a otro empezaría a caer, y del sol no se veía más que un cerco extrañamente brillante acercándose por las montañas al sur. Pronto, si el tiempo lo permitía, volveríamos a ver colgar en las calles las alegres bombillas de la Navidad. Los chicos regresarían a casa y como todos los años, Mati traería un hermoso árbol y yo prepararía para todos ellos mis dulces de almendra. Por dos semanas, como cada año, volveríamos a cantar y a reír todos juntos. O así sería, al menos, si Mati no hubiera decidido marcharse.
    Al llegar a la farmacia ya había empezado a llover. De regreso con los inyectables para Mati tuve que cobijarme varias veces del agua para no calarme hasta los huesos, y después que amainó un poco, caminé tan aprisa por la avenida desierta que estuve a punto de resbalar.
    Cuando entré en la habitación de los niños, a Mati se le oía respirar. Sonaba como una cafetera rota.
    No puedes respirar, ¿eh?
    Estoy mejor dijo. Pero no era verdad.
    No estás bien, cariño.
    Me acerqué a la cama, y hallé a Mati en la misma posición en que lo había dejado. Tenía los ojos brillantes, y la piel sonrosada por el calor. Aún seguía mirando hacia el fondo del cuarto.
    Le toqué la frente con la mano.
    No deberías haberte marchado de la habitación le expliqué; es más caldeada que esta.
    Ya lo habíamos hablado.
    Lo habíamos hablado, sí.
    Es lo mejor dijo Mati, pero la mirada entristecida de antes parecía ahora llena de mal humor. Nadie puede acusarme de que los chicos no tuvieron de todo.
    Los chicos están muy bien, cariño.
    No hagas caso de lo que dicen agregó. Ya dije que voy a un hotel.
    Lo sé.
    Le vi llevarse una mano a la frente. Probablemente estaba peor. Lo mejor habría sido avisar al practicante.
    Deberías mantenerte a distancia, Eli -me dijo-. No quiero contagiarte mi enfermedad.
    Calló por un momento, y luego, como si nada ocurriese, preguntó:
    ¿Qué dijo el doctor?
    Me senté y cogí las agujas de mi labor y comencé a tejer. Él me siguió con la mirada. Apartó la vista del fondo del cuarto, y me contempló. Estaba esperando mi respuesta.
    Que debes tomar esas píldoras. Con las píldoras bastará.
    ¿Nada más? preguntó.
    Lo más importante es que baje la fiebre dije, mientras me recostaba cómodamente en la mecedora. Para eso son las pastillas.
    Ya, pero... ¿Y la infección?
    El doctor dijo que no había cuidado. Con las pastillas bastará.
    Mati se frotó la barbilla.
    Vaya... ¿No te parece raro?
    No insistí, y continué tejiendo. Si tejía deprisa, podría tener acabado el jersey de Mati antes de Navidad-. Debes tomar esas pastillas, cariño; nada más. Fue lo que dijo el doctor.

 

PrepublicacionesLista de CorreoPremios Búsqueda
NovedadesColección RescatadosColección Nueva BibliotecaColección Otras Lenguas