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Coda |
| ESTHER GARCÍA LLOVET |
| 160 págs. | | ISBN
84-96080-05-6 | | 13,50 € | |
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Kilómetro 17 Yo
soy un conductor seguro. Las dos manos sobre el volante siempre. Mantengo la distancia
reglamentaria con los otros vehículos, no adelanto en las curvas, no levanto
la vista de la carretera. Soy un conductor prudente en las autopistas. A velocidad
continua, uniforme. No me distraigo. No miro a otro lado. Alguna vez, algún
color intenso, contra el cielo. Algo llamativo. El rojo es un color intenso, el
rojo cadmio. El rojo del autobús en la cuneta parece latir contra el azul
del horizonte, palpitar como un gas inestable, vibrar en los bordes. De cerca
se vuelve sólido. Hay diez personas dentro. Diez personas, no hay conductor.
Yo las cuento cada vez que paso. Yo soy el conductor de la línea 6. Yo
las cuento cada vez que paso, las sombras de las cabezas en las ventanillas, de
perfil. De noche no encienden una sola luz, ni un faro. Lleva parado tres días.
La línea 6 es la línea que yo conduzco.
Hace un trayecto corto: la ruta de la Maternidad a la primera estación
de tren. Esta es la línea que yo escogí. La carretera es completamente
recta y apenas tiene paradas: una a la entrada de una urbanización. Otra
en el cruce con la autopista comarcal y otra en el paso elevado. Y en la Maternidad.
La planicie que atraviesa la carretera se despeja en todas direcciones en maizales,
en campos de maíz altísimos, espesos, cuidadosamente sembrados de
manera que la trama de la plantación se comprende y no; se comprende y
deja de comprenderse, alternativamente: filas de maíz perfectamente en
línea y súbitamente desordenadas, azarosas; perfectas y desordenadas,
azarosas, desde la carretera, a 60 kilómetros por hora. En
el autobús rojo nadie mira al exterior, nadie mira por la ventana hacia
la carretera, yo los veo cuando paso despacio a su lado, a la ida y a la vuelta,
y miro adentro. De noche, no duermen. En mi ruta,
aunque no parezca posible, no se suben casi nunca las mismas personas. Hay pocas
caras que se repitan. Yo les echo un vistazo ocasional por el retrovisor. El resto
del tiempo miro fijo a la línea amarilla sobre el asfalto y más
allá, al fondo, detrás de la carretera, al punto de fuga del horizonte
hacia el que fugo, invariablemente, nueve horas al día. Hacia levante primero
y hacia poniente después. Levante, poniente. Cuando una cara se repite
más de lo habitual yo empiezo a preocuparme. Esta es la ruta que yo escogí.
Anoche se acercó alguien con una linterna, por
la carretera, al autobús rojo. Vi el cono de luz pegado al asfalto avanzar,
balanceándose un poco a izquierda y derecha, a veces iluminando el maíz
crecido, como el andar de un borracho. Yo había detenido el microbús
a unos metros. Quienquiera que fuese esperó más de cinco minutos,
inmóvil, con la linterna dirigida al suelo, hasta que de pronto se abrieron
las puertas y subió. Oí el sonido hidráulico, de enfisema,
de la puerta al cerrarse detrás de él. Entonces apagó la
linterna y ya no se vio nada. Esperé un rato. Se oían las chicharras.
Me despertó el sol de la primera hora. Esta
mañana en la urbanización se han subido a mi micro un hombre con
una niña de unos diez años, los pies muy juntos, los ojos rubios,
entre las buganvillas de la parada. Él traía una rebeca de lana
celeste en las manos. Se han sentado atrás, al fondo. Han mirado mucho
por la ventanilla. Él hablaba, señalando al exterior. Él
se ha bajado en la Maternidad. Ella en el paso elevado. No venían juntos.
En la terminal me he tomado una cerveza con un compañero,
un amigo que conduce los remolques del hipódromo. Le he comentado, como
al descuido, mirando a otro lado, lo del autobús rojo de la carretera.
Se ha encogido de hombros. Por la tarde se sube en
la Maternidad el hombre de la rebeca azul con una mujer. Ella trae su recién
nacido en brazos, un recién nacido como un cosquilleo. Yo los miro por
el retrovisor. Él la besa a ella en la mejilla, le arropa los hombros con
la rebeca de madre. Ella abre una bolsa de papel manila que él le ha ofrecido.
Dentro hay algunas conservas, unas medias, una pastilla de jabón; un regalo
antiguo y descolocado, como de estraperlo o de mercado negro. La cara de él
me aturde. La cara de él dice algo que aturde. La cara dice que no es el
padre y que ella no sabe que no es el padre. Me miran los dos en el espejo, sin
verme. A las nueve y media aún es de día.
El maíz se mece vigorosamente con el viento, crujiendo. Ya no quedan coches
en la carretera este fin de semana. El autobús rojo está abierto;
veo la puerta desde lejos. Paso despacio a su lado. Está vacío,
el autobús rojo. Freno. No hay nadie dentro. Al levantarme del asiento
miro al interior. Hay cuatro perros. Cuatro mastines blancos recorren el pasillo.
Llegan a un extremo y luego vuelven, lentamente. Una vez y otra vez. Cuando se
rozan al cruzarse, el pelo largo y lustroso de los animales parece tener la suavidad
extrema de la piel del visón o la viscosidad de la nutria. Llegan a un
extremo y luego vuelven, arriba y abajo. Siete niñas,
hoy, por la tarde. De ocho años, no más. Se suben en la urbanización,
vestidas de uniforme de colegio. Yo miro por el retrovisor; no veo a ningún
adulto subir con ellas. Revolotean, secretean, se suben las falditas escocesas.
Se arreglan el pelo unas a otras, largo y lustroso, en trenzas de cuento de elfos.
Pelo de nutria. Esta es la estación, salta una, con las manos en jarras
en medio del pasillo. Bajan corriendo, temblorosas, felices, aterrorizadas de
pura expectación, en una alegría que se les ahoga en un hipido en
las gargantas. En la línea de horizonte del
maizal, a lo lejos, veo a diez personas avanzar trabajosamente entre las plantas.
Van en fila. No llevan mochilas ni equipajes ni bolsas. Sólo avanzan. Por
allí hacia donde se dirigen no hay nada, ni siquiera el mar; no hay nada
por ahí porque yo lo sé. Entre ellos guardan la misma distancia
que les separaba antes, cuando estaban sentados en el autobús rojo. El
maíz les llega al pecho o más arriba del pecho. Una
madre tan joven, con su primer hijo en brazos, se sube en la Maternidad. Tan joven
que aún no tiene la cara hecha para expresar, que aún no tiene expresión
su cara para decir alegría o pavor por este hijo que lleva en brazos como
un paquete de papel manila. A la vuelta me los encuentro
otra vez. Yo circulo muy despacio por el carril opuesto. La fila de diez camina
por la cuneta, mirando al frente. Tienen los hombros y los brazos quemados por
el sol y andan muy vigorosamente, con paso decidido, el sol de cara. La mayoría
lleva gorra o sombrero. No hablan nada. La última de todos lleva el pelo
recogido en una coleta y gafas de sol. Esta que cierra la fila es Claudia.
Un matrimonio que sube en la estación. Una pareja
de esas parejas que necesitan, como adictos, de la compañía permanente
de conciertos, de hermanos, de restaurantes, de la compañía permanente
de terceros y de las conversaciones de terceros porque cuando se quedan solos
se derrumban en el silencio de los que no tienen nada que decirse. Es ese estupor
lo que los une. Yo los veo. La que cierra la fila
es Claudia, de nuevo, esta madrugada, con el frío que viene del mar a primera
hora, el sol muy bajo, casi verdoso, a treinta kilómetros de donde los
vi la última vez. Calculo rápidamente, pero probablemente mal, me
parece, que han caminado toda la noche. Caminan muy erguidos, balanceando los
brazos con una gracia de coreografía. Así caminan. Airadamente.
Un coche que los rebasa da un bocinazo para que se aparten de la cuneta. No alteran
ni un músculo. Yo los veo desde atrás. Conduzco muy despacio. Claudia
está lo mismo que siete años atrás. Un
poco más adelante, en el cruce, un remolque aparece volcado en el terraplén,
con las ruedas al aire como un perro atropellado. Está mi compañero
ahí, el que conduce los remolques del hipódromo. Me dice que fue
anoche el accidente, que iba demasiado rápido, eso cree. Que han escapado
los caballos. Cuántos. Seis, dice. Que se le cruzó un Ford en la
carretera. Me dice: llévate estos dos niños a la clínica,
tienen algún rasguño, nada más, nada importante. Luego me
avisas. La niña está blanca como la tiza. ¿Sois hermanos?
No. En este cruce ocurren accidentes casi a diario.
A este cruce lo llamamos «el kilómetro cero» de la autopista.
Hoy no se ha subido nadie en ninguna parada. Hoy no se
ha subido nadie en todo el día. Conduzco más despacio de lo habitual,
con todas las ventanillas abiertas para que circule el aire, que corre caliente
y seco formando remolinos de polvo en medio del pasillo. Hoy la carretera no lleva
a ningún sitio. La fila de diez se ha detenido en el cruce con la autopista.
El cruce forma cuatro ángulos rectos perfectos, una cruz singular en el
mundo. Aquí el maíz es de dos especies, una cobriza y otra decididamente
roja, purpúrea, de un color tinto oscuro, como si hubieran salpicado las
plantaciones con baldes de vino, una bendición del pan de los domingos.
Yo creo que es eso lo que miran los de la fila, de espaldas a la carretera. El
que encabeza la fila señala hacia los maizales y entonces descubro una
bandada de cuervos sobre los campos. El que encabeza la fila es el único
que lleva la cabeza descubierta. Los demás miran hacia donde él
señala, con los brazos cruzados y los ceños fruncidos de los combatientes...
Eso es, eso es lo que parecen, combatientes, veteranos, condecorados de guerra.
Los cuervos vuelan en círculo al ras de los maizales, graznando. Claudia
sigue atrás del todo, al final, cerrando la marcha. Claudia está
igual que la última vez que nos vimos, hace siete años. Está
igual, pero no lo mismo, y por eso yo aparco a un lado el microbús y me
bajo. Camino hacia ella. Camino hacia ella y mientras camino me acuerdo de la
última vez que la vi, de la última vez que nos vimos, y el recuerdo
se abre como un campo de maíz a mi paso. Yo maldigo la memoria que crece
sin que nadie la siembre. Esa mañana de hace siete años, la vez
aquella, aquel día, ella me esperaba en el restaurante del puerto de Bahía
Negra donde almorzábamos los domingos de invierno. El sol estaba alto,
las tablas del embarcadero olían a aceite y a arena, y Claudia me esperaba
al final de ese embarcadero. Así descansa la paz de las cosas medianas.
Yo caminaba despacio, empujando el coche de Jorge después de una larga
mañana paseando por el puerto y por la lonja y había llegado ya
la hora de almorzar y yo había tomado el paseo del embarcadero. Ya podía
verla, desde lejos, sentada al otro lado del ventanal sobre el mar, saludándome
con el brazo por encima de la cabeza, como un abanico, el brazo muy alto, un saludo
largo. Se le acerca un camarero que le tiende la carta. Ella abre la carta. Ya
alcanzo a distinguir los claveles sobre la mesa, rojos, sus ojos bajos, el reflejo
ondulado del agua en su cara. El sonido ligero del coche de Jorge sobre las tablas,
acompasado, adormece y despeja como la resbaladura de las olas. Claudia levanta
la vista por encima de la carta. Me sonríe. Luego repite el saludo, algo
exagerado, como de despedida de un barco, que me hace reír. Y me río.
Y ella vuelve a repetirlo, el saludo, sobre los claveles rojos, también
riendo. Y de pronto el brazo se detiene en el aire. Bruscamente, como si hubiera
visto algo a mi espalda. Me giro y vuelvo a mirarla. Qué pasa. Se está
levantando lentamente. Yo miro a mi alrededor. Qué pasa. La veo entonces
acercarse al ventanal, muy despacio, con los brazos extendidos, y pegar las dos
manos contra el cristal. Yo empiezo a correr todo lo rápido que me permite
el coche, no entiendo lo que ocurre y hay algo que ocurre. Qué está
pasando. Acelero aún más el paso y descubro su cara descompuesta,
oigo los golpes en el cristal que da con las palmas abiertas, hay algo que ella
grita y yo no consigo oír, hasta que llego sin aliento a un metro del restaurante,
enfrente de ella, justo enfrente, y me encuentro casi de bruces con mi propio
reflejo, clarísimo, en el cristal detrás del que ella se encuentra,
que me mira, que dice algo, que lo que ella mira es el coche que empujo, el coche
de Jorge que yo vengo paseando desde la mañana, el coche de nuestro hijo
que ahora, en el reflejo del cristal, descubro vacío. Vacío. En
el coche que yo empujo no hay nada. En el coche de Jorge no hay más que
un abrigo azul marino. Lo veo en el cristal. Miro a Claudia. Yo empujo un coche
de niño vacío. Bajo la vista sobre el coche y retiro la capota.
Jorge no está. Yo miro a Claudia. No está, Jorge. A
veces acontecen bucles en el tiempo. Que se detiene y se repite, se repite, se
repite, se repite, esperando un golpe en el hombro para salir de ese vértigo
que se repite. Jorge no está y no estará ya nunca, y no estará
ya nunca. No estará ya nunca. No estará ya nunca, desaparecido esa
mañana de invierno, o secuestrado o ahogado en la playa, quién sabe,
nunca se averiguó, desaparecido esa mañana mientras yo lo paseaba
o creía aún pasearlo al mediodía en su coche por la lonja
del puerto, las caracolas, nuestro hijo Jorge, mientras yo compraba en los puestos
del mercado, tres años, Jorge, las caracolas que yo le coleccionaba. Y
Claudia, la cara contra el cristal, porque se quedó ahí, al otro
lado, al otro lado, al otro lado, hasta que llega la policía y luego llega
una ambulancia por la dársena y se la llevan tapada, tapada hasta la cabeza,
envuelta en mantas amarillas, sedada o desmayada, nunca lo averigüé,
la investigación policial, la foto de Jorge pegada en los postes de las
carreteras, los registros de hospitales, las llamadas de teléfono desde
los aeropuertos, la búsqueda en chabolas, en el lodo del barranco y a partir
de entonces los meses embalsamados, los años de sudario, estos años
fríos como sábanas mojadas, y abandonar el rastro de las clínicas
psiquiátricas por las que pasaba Claudia, los ingresos de madrugada, las
salidas cada vez más escasas, hasta perderse de vista, a lo lejos, cada
vez más remota, casi falsificada en el recuerdo, envuelta en mantas amarillas,
escurriéndose hacia un punto de fuga del que no se vuelve, el sitio del
que no se sale, el sitio donde Jorge y ella habrían acabado encontrándose,
agarrados de una mano y dándome la espalda en el mismo lugar amordazado,
sótano y feroz, no escrito en la página. Y yo creo ahora, mientras
camino hacia ella por la carretera desierta, creo ahora, que la estoy viendo a
diez metros, que todo esto del autobús, lo del autobús rojo en la
carretera y la carretera misma y el maizal al acecho, todo este tremor que me
secuestra y me localiza, este quiebro; todo esto no es más que un trabajo
orfebre, una encarnación, una labor del destino que no me ha dotado con
el bien del perdón ni con el bien del rencor, forastero a mis costumbres,
un ingenio de la desolación que me hubiera destejido el cuerpo en hilachas
de humor, de vigilia y de asmas, esta pena. La coda de mi cuaderno de débitos.
Mis oraciones. La línea amarilla sobre el asfalto que me lleva, por fin,
a tres pasos de la espalda de Claudia, la recobrada, a dos pasos menos y estiro
el brazo, la mano en el aire sobre su hombro izquierdo y en ese instante de entre
el maizal la bandada de cuervos que levanta el vuelo oscuro en una espantada,
entre graznidos, agitando las alas desacompasadamente, coléricos los cuervos,
como un emblema de la ira sobre nuestras cabezas, águilas bicéfalas
los cuervos, volando en formación hacia el mar y el infortunio y hacia
las últimas fronteras de la guerra y las derrotas, los cuervos, hasta desaparecer
por el horizonte del que no llegan noticias. Claudia los señala con el
dedo.
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