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Música y fieras

JUAN ANTONIO GÓMEZ-PINTADO

256 págs.

ISBN 84-96080-09-9

16,00 €

Música y fieras (00079)


 

Mosca

 


    Marcos Romano había hecho una parada a media mañana para tomarse una Coca-Cola y un bocadillo de calamares. Los calamares tenían buena pinta, pero le habían caído como un ladrillo en el estómago. El calor tampoco le estaba ayudando a tener una plácida digestión. Estaba empapado en sudor, se sentía como un pollo dentro de un horno. Mierda de coche, se lo habían regalado y aun así resultaba un timo. Tenía que llevar la ventanilla abierta para no desmayarse. Iba conduciendo por una carretera de tercera. Los baches también contribuían a mantenerle despierto, aunque a costa de ponerle en el gaznate los calamares que no acababa de digerir. Aparentemente el piso no estaba tan mal pero las sacudidas eran continuas. La jodida suspensión del coche, que no valía ni para amortiguar el pedo de una mosca. Algún día tendría pasta y conduciría un coche decente, aquello no era vivir ni era nada. El asfalto parecía chicle bajo la dentellada del sol, el paisaje era llano y yermo. Pero ¿cómo podía crecer nada allí, con aquel sol abrasador que incendiaba hasta las sombras? El aire que entraba por las ventanillas era un chorro hirviente, otro bache, un eructo. Puñeta de calamares. No veía el momento de llegar. Había conseguido un trabajo en una fábrica, era una solución temporal. Le gustaba porque estaba lejos, donde nadie iría a buscarle. Los últimos reveses aconsejaban hacer un poco de distancia. Había llegado a perder por completo el control sobre lo que hacía. La última temporada había estado escribiendo, basándose en anécdotas reales, una serie de historias que a él le parecían muy graciosas y desenfadadas. Abrumado por su agobiante situación, con una economía precaria y sin perspectivas de un cambio a corto plazo, había preferido abstraer y recrearse en una visión amable de las cosas. Esa visión amable la habían definido los demás como ofensiva, propia de una mente enferma y carente de todo valor más que como estudio de una patología: la suya. El resultado era que en las editoriales no querían saber nada de él y que su novia, indignada por lo que contaba de ella, le había dado puerta, aparte de unos cuantos amigos que le habían retirado el saludo. Lo triste, lo miserable, lo patético del asunto era que la mayoría de las cosas que le echaban en cara no recordaba haberlas escrito. Le gustaba dejar pasar un tiempo hasta leerse lo que escribía para tener un poco de perspectiva sobre ello, pero eso era una cosa y otra bien distinta ignorar la existencia de pasajes enteros, que resultaban ser los conflictivos. Pero como tampoco había ningún motivo para que el resto del mundo conspirase contra lo que escribía, sabía que esos pasajes que le eran ajenos formaban realmente parte de su obra, y además, íntimamente, debía reconocer que le gustaban, eran algo así como lo que él no se había atrevido a contar para evitar que alguien pudiese sentirse molesto. Pero ¿qué podía hacer ahora? El solo pensamiento de ponerse a escribir nuevamente le aterraba. ¿Qué revelaría su siguiente escrito, de qué nueva indiscreción podrían acusarle? ¿Algo quizás referente a él mismo, que le volviese definitivamente odioso a los ojos de los demás? ¿Y si había hecho algo terrible de lo que se negaba a acordarse, y todo su afán por escribir obedecía al deseo de su conciencia de purgar un delito inconfesado restituyéndolo a la memoria, para que la verdad fuese conocida por todos? ¿Realmente se habría vuelto majara? No escribir más podía ser la solución, sin embargo la sola idea de no volver a escribir le aterraba aún más. Se había acostumbrado de tal manera a definirse a sí mismo como escritor que le parecía que si no escribía perdía su identidad sin remedio. Se imaginaba a sí mismo mucho tiempo después como un despreocupado funcionario y su propia imagen le resultaba la de un completo desconocido. Ese abismo entre su futuro y lo que era en ese momento, ese desconocido que le esperaba al final del camino, era lo que más le asustaba. Pero, entonces, ¿quién coño era él? Y sobre todo: ¿qué coño era eso que acababa de entrar volando por la ventanilla del coche, yendo a posarse en el parabrisas delante de él, una mancha negra y aleteante, enorme, monstruosa, una pelota de golf peluda y con unos colmillos que quitaban la respiración? No había visto nunca nada parecido. Venía un camión de frente, la carretera era estrecha. Decidió que fuese lo que fuese, era inofensivo. No había otro modo de seguir con los ojos puestos en la ruta. Pasó el camión. Venía una zona de curvas. Debía conservar la calma. Básicamente esa era la diferencia entre seguir vivo o matarse. De momento no podía echarse a un lado, no había espacio suficiente. Se le había acelerado el pulso, conducía brusco. Oía un bisbiseo delante de él, pero no tenía ojos más que para la línea continua, muy borrada en algunos tramos. Eran curvas muy cerradas y seguidas. Todo lo demás no importaba. ¿Realmente serían colmillos? Se lo habían parecido, pero tampoco había podido prestar mucha atención. Había oído toda suerte de historias terribles en torno a las moscas gigantes y sus picaduras, porque esa cosa en el parabrisas debía ser una mosca gigante. No sólo transmitían epidemias como la peste o el tifus. Un hombre se había inflado como un globo y había estallado. A otros les entraba sueño y ya no despertaban. O quedaban ciegos. O se volvían locos. Había moscas asesinas para todos los gustos. Pero debía tranquilizarse. Ese tipo de moscas se daban en los grandes ríos y selvas de África y América, las moscas del país eran inofensivas, ni eran venenosas ni atacaban al hombre. Bastaba con espantarlas con la mano. Le pareció una buena idea. Venía una pequeña recta, de frente estaba despejado. Con gran cuidado soltó una mano del volante y la agitó delante del intruso pegado al cristal. Era la mosca más fea que había visto. Y sí tenía colmillos. Tranquilo, no pasa nada. Es un tábano. Esos sí que atacaban al hombre. Pero su picadura, aunque venenosa, no entrañaba riesgo grande para la salud. En cuanto pudiese pararía. De momento venían más curvas y peor era estrellarse que recibir un picotazo, por desagradable que fuese. Además, el bicho debía de estar más asustado que él. En cuanto pudiese se iría por donde había llegado. Tenía el camino libre. Vamos, tabanito. Miraría otra vez y ya no estaría. Unos colmillos tan enormes. De pronto le pareció que era imposible salir bien de aquello. Lo vio antes de que ocurriese: el coche contra un árbol (porque de pronto había un montón de árboles), el tronco que se parte, el muñón de una gruesa rama golpeando como un mazo contra el parabrisas que se hunde, el impacto terrible en el cráneo, su sangre que salpica los cristales resquebrajados, y después, el silencio, negro y profundo. Sin embargo rectificó a tiempo, recuperando el control del coche no sin grandes esfuerzos, derrapando como estaba y con un turismo que venía de frente y que le pasó a un palmo pitándole como a un loco. No tuvo tiempo ni de echar los calamares fuera. El mal momento pasó. El jodido bicho aquel ya no estaba colgado de su parabrisas. ¿Habría sido todo una alucinación? Fuese o no así, no podía menos que congratularse de haber perdido de vista a aquel felpudo volador. Salía ya de la última curva y volvía un paisaje más despejado a los lados. La carretera seguía siendo mala, pero la continuación era recta y llana. A pocos kilómetros venía anunciada una población. Pararía a descansar un poco y tomarse un café. Oyó otra vez aquel desagradable batir de hojas caducas, miró y ahí estaba de nuevo, en la esquina del parabrisas. Rebotó contra el techo y lo perdió de vista. ¿Habría salido por la ventanilla? ¿Se habría posado sobre su cabeza? Sobrecogido por el asco, dio un volantazo. Nada grave. Estaba histérico. ¿Qué le pasaba? Sólo era un maldito moscón, desde cuándo le asustaban unos bichos tan estúpidos. Todo lo que hacían era ir de una mierda a otra, y cuando ya estaban hartos, reventaban y dejaban su sitio al siguiente. Podían servir para mantener el equilibrio ecológico, por lo demás su existencia era estéril. Vaya. Se sentía más aludido de lo que le hubiese gustado con tamaña descripción. Algo chocó contra su sien. Joder. Lo tenía sobre él. Pesaba. Era frío y viscoso. Durante unos segundos ni respiró. Iba levantando el pie del acelerador. El camino estaba despejado. Pero no era su día. Dio un grito, pisó a fondo y pegó un volantazo, todo a la vez. El bicho acababa de pegarle un bocado en la sien que le había hecho ver las estrellas. El coche se salió de la carretera y fue directo contra un muro. Pese a que tenía oído que la capacidad evocadora de momentos tales llegaba a resumir la propia vida en una fracción de segundo o que ante uno pasaban en desfile mudo los rostros de los seres amados, a él no le ocurrió. Ninguna imagen cruzó por su cabeza antes de estamparse contra el muro. El coche se arrugó como un acordeón, se desprendió la parte alta del muro y cayó sobre el parabrisas, pero él ya no lo vio. El golpe le había lanzado hacia delante, el cinturón había parado el impulso en parte, pero se dio de todas maneras con la cabeza en no sabía dónde. El caso fue que se apagó la luz y que quedó inmóvil, caído en una postura muy forzada. Como si ya no hubiese un enganche sólido entre la cabeza y el cuerpo. Ronroneaba todavía el motor, en alguna parte cantó un pájaro, pero él ya no lo oyó.

 

 

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